¿YA NO TE RÍES DANIEL? (PRIMERA PARTE)
Daniel siempre estaba riendo: cuando su amigo Enric hacía el payaso en el patio del recreo y giraba y giraba y acababa tirado en el suelo, se reía; cuando Virgi, que era muy despistada, se ponía un zapato negro y otro marrón para ir al cole, se reía; cuando le hacían cosquillas, se reía y cuando él intentaba contar un chiste, nunca podía acabarlo porque se reía.
-¡Qué simpático es Daniel!-decían unos -Siempre tiene dibujada una sonrisa en la cara.
Pero Daniel también se reía cuando alguien se caía en la calle, cuando un señor despistado chocaba contra una farola, cuando alguien se atragantaba y estaba a punto de ahogarse, cuando se perdieron en la excursión de la montaña y todos estaban preocupados porque tenían que hacer noche en un refugio, o cuando le escondía los deberes a May y May, que era un poco llorón, lloriqueaba porque la seño le iba a regañar por no llevar la tarea.
-¡Qué maleducado es Daniel!-decían otros –Se ríe de las desgracias de los demás.
Y May, muy bajito, decía:
-Algún día deberían reírse de él como él se ríe de los demás.
Daniel no se pasaba todo el día riendo, también tenía tiempo para muchas otras cosas como jugar al fútbol, tirar garbanzos con el tirachinas a los cristales de la casa que estaba al otro lado de su jardín, jugar con la consola, quedar en el parque con sus amigos, pero, sobre todo, Daniel tenía tiempo para dibujar.
-¡Es un artista! –decía su madre, que le quería mucho.
-¡Es un artista! –decía su tía Florita, que de eso sabía un rato porque trabajaba como vigilante en un museo y veía todos los días muchos cuadros.
-¡Es un artista! –le decía la seño a los otros niños de la clase.
Y Daniel sonreía orgulloso, como un pavo real con la cola desplegada en mil colores, pero lo que todos veían era la risa dibujada en su cara, una risa burlona que les decía:”Yo soy mejor que vosotros y nunca dibujaréis como yo”. Y no les gustaba su sonrisa.
A Daniel le encantaba coger sus pinturas, su cuaderno, su goma de borrar y salir a la calle a dibujar. Si veía un jilguero encerrado en una jaula, él lo dibujaba; si era una maceta con flores de colores, él la dibujaba; si veía un perro correteando y saltando por el parque, él lo dibujaba; o un guardia con silbato y porra dirigiendo el tráfico, o una ambulancia con las luces de emergencia girando, o un árbol enorme que acariciaba la panza de las nubes, o el edificio de correos con su reloj en la torre…Él lo dibujaba todo, todo menos la casa de May porque en esa casa había algo que le daba miedo, algo que le erizaba el pelo cuando pasaba cerca de ella y entonces aligeraba el paso y no se detenía a mirarla, ni a dibujarla porque le parecía que la casa se reía de él y a él no le gustaba que nadie ni nada se riera de él.
May vivía con su abuela, una señora muy viejecita, un poco corta de vista, con una voz un poco temblorosa, o eso es lo que parecía, porque la abuela guardaba un gran secreto: ¡Tenía poderes! Sí, tenía poderes y ensayaba sus hechizos en el sótano cuando May no estaba en la casa. May no sabía que su abuela tenía poderes, si no, le hubiese pedido que, por lo menos, una vez, todos se rieran de Daniel. Pero a la abuela no le hacía falta que May le pidiera ningún deseo, ella los sabía, para eso tenía poderes.
Una tarde, cuando el sol se iba escondiendo detrás de los tejados y las primeras estrellas encendían sus luces, Daniel no tuvo más remedio que pasar delante de la casa de May. Iba a felicitar a su tía Florita que cumplía años. Por primera vez en su vida iba solo. Ya era mayor, no hacía falta que papá o mamá le acompañara. Lo malo es que se había entretenido con sus amigos en el parque y se le había hecho tarde. El camino más corto pasaba por delante de la casa de May. Tenía que armarse de valor y atajar por allí. Pero ese día, precisamente ese día, se había reído de May con todas sus fuerzas: Esa mañana, tenían que entregar el cuaderno con todos los dibujos del trimestre, y todos sabían que si alguien no lo presentaba, se ganaría un cero patatero. Sí, un cero redondo, grande, como un donut gigante, un cero de esos que cuando te cae encima casi te ahoga porque pesa tanto que te aplasta. Todos lo sabían. A May le había costado mucho trabajo hacer todos los dibujos porque él no pintaba muy bien y estaba muy contento porque le había dado tiempo a acabarlos todos. Al llegar al cole, dejó la mochila en un rincón para jugar al fútbol. Era temprano y siempre echaban un partidillo antes de empezar la clase. Daniel lo vio y pensó en reírse de él un rato. Cogió el cuaderno y lo escondió debajo de un banco del patio con tan mala suerte que Virgi, tan despistada como siempre, al ir a sentarse precisamente en ese banco, derramó su batido de cacao y manchó el cuaderno de May. ¡Y ahora qué podía hacer!, pensaba Daniel. Lo mejor era no decir nada, él no sabía nada. May, al ir a recoger su mochila, notó que estaba medio abierta y que faltaba el cuaderno de dibujo. Como un loco se puso a buscarlo por todo el patio y cuando lo encontró y vio que estaba lleno de batido de chocolate se puso a llorar. Con todo el trabajo que le había costado y no servía para nada, así no lo podía entregar. La seño le puso el cero patatero por descuidado y no quiso escuchar las explicaciones que intentaba darle. En ese momento, sólo Daniel se reía.
Pero ahora esas risas de por la mañana le pesaban como un saco de patatas a la espalda. Se acercaba a la casa de May. Sentía que toda ella tomaba vida: el color ocre de las paredes se asemejara al color de la piel, las ventanas parecían parpadear como si fueran ojos, las tejas del tejado parecían ondularse como se ondula el pelo cuando hace viento, la puerta se arrugaba, pero ya no era una puerta, era una enorme boca con una horrible mueca que le hablaba. ¿Le hablaba? No estaba seguro. Aligeró el paso, pero la acera que llevaba a la entrada de la casa de May se replegaba y no le dejaba avanzar, era como la lengua de una rana que atrapase una mosca y él era la mosca. No quería morir. Tenía miedo y no quería morir tragado por una casa-rana.
-Ja, ja, ja-oyó una risa áspera desde dentro -.Ja, ja, ja.
Continuará...
-¡Qué simpático es Daniel!-decían unos -Siempre tiene dibujada una sonrisa en la cara.
Pero Daniel también se reía cuando alguien se caía en la calle, cuando un señor despistado chocaba contra una farola, cuando alguien se atragantaba y estaba a punto de ahogarse, cuando se perdieron en la excursión de la montaña y todos estaban preocupados porque tenían que hacer noche en un refugio, o cuando le escondía los deberes a May y May, que era un poco llorón, lloriqueaba porque la seño le iba a regañar por no llevar la tarea.
-¡Qué maleducado es Daniel!-decían otros –Se ríe de las desgracias de los demás.
Y May, muy bajito, decía:
-Algún día deberían reírse de él como él se ríe de los demás.
Daniel no se pasaba todo el día riendo, también tenía tiempo para muchas otras cosas como jugar al fútbol, tirar garbanzos con el tirachinas a los cristales de la casa que estaba al otro lado de su jardín, jugar con la consola, quedar en el parque con sus amigos, pero, sobre todo, Daniel tenía tiempo para dibujar.
-¡Es un artista! –decía su madre, que le quería mucho.
-¡Es un artista! –decía su tía Florita, que de eso sabía un rato porque trabajaba como vigilante en un museo y veía todos los días muchos cuadros.
-¡Es un artista! –le decía la seño a los otros niños de la clase.
Y Daniel sonreía orgulloso, como un pavo real con la cola desplegada en mil colores, pero lo que todos veían era la risa dibujada en su cara, una risa burlona que les decía:”Yo soy mejor que vosotros y nunca dibujaréis como yo”. Y no les gustaba su sonrisa.
A Daniel le encantaba coger sus pinturas, su cuaderno, su goma de borrar y salir a la calle a dibujar. Si veía un jilguero encerrado en una jaula, él lo dibujaba; si era una maceta con flores de colores, él la dibujaba; si veía un perro correteando y saltando por el parque, él lo dibujaba; o un guardia con silbato y porra dirigiendo el tráfico, o una ambulancia con las luces de emergencia girando, o un árbol enorme que acariciaba la panza de las nubes, o el edificio de correos con su reloj en la torre…Él lo dibujaba todo, todo menos la casa de May porque en esa casa había algo que le daba miedo, algo que le erizaba el pelo cuando pasaba cerca de ella y entonces aligeraba el paso y no se detenía a mirarla, ni a dibujarla porque le parecía que la casa se reía de él y a él no le gustaba que nadie ni nada se riera de él.
May vivía con su abuela, una señora muy viejecita, un poco corta de vista, con una voz un poco temblorosa, o eso es lo que parecía, porque la abuela guardaba un gran secreto: ¡Tenía poderes! Sí, tenía poderes y ensayaba sus hechizos en el sótano cuando May no estaba en la casa. May no sabía que su abuela tenía poderes, si no, le hubiese pedido que, por lo menos, una vez, todos se rieran de Daniel. Pero a la abuela no le hacía falta que May le pidiera ningún deseo, ella los sabía, para eso tenía poderes.
Una tarde, cuando el sol se iba escondiendo detrás de los tejados y las primeras estrellas encendían sus luces, Daniel no tuvo más remedio que pasar delante de la casa de May. Iba a felicitar a su tía Florita que cumplía años. Por primera vez en su vida iba solo. Ya era mayor, no hacía falta que papá o mamá le acompañara. Lo malo es que se había entretenido con sus amigos en el parque y se le había hecho tarde. El camino más corto pasaba por delante de la casa de May. Tenía que armarse de valor y atajar por allí. Pero ese día, precisamente ese día, se había reído de May con todas sus fuerzas: Esa mañana, tenían que entregar el cuaderno con todos los dibujos del trimestre, y todos sabían que si alguien no lo presentaba, se ganaría un cero patatero. Sí, un cero redondo, grande, como un donut gigante, un cero de esos que cuando te cae encima casi te ahoga porque pesa tanto que te aplasta. Todos lo sabían. A May le había costado mucho trabajo hacer todos los dibujos porque él no pintaba muy bien y estaba muy contento porque le había dado tiempo a acabarlos todos. Al llegar al cole, dejó la mochila en un rincón para jugar al fútbol. Era temprano y siempre echaban un partidillo antes de empezar la clase. Daniel lo vio y pensó en reírse de él un rato. Cogió el cuaderno y lo escondió debajo de un banco del patio con tan mala suerte que Virgi, tan despistada como siempre, al ir a sentarse precisamente en ese banco, derramó su batido de cacao y manchó el cuaderno de May. ¡Y ahora qué podía hacer!, pensaba Daniel. Lo mejor era no decir nada, él no sabía nada. May, al ir a recoger su mochila, notó que estaba medio abierta y que faltaba el cuaderno de dibujo. Como un loco se puso a buscarlo por todo el patio y cuando lo encontró y vio que estaba lleno de batido de chocolate se puso a llorar. Con todo el trabajo que le había costado y no servía para nada, así no lo podía entregar. La seño le puso el cero patatero por descuidado y no quiso escuchar las explicaciones que intentaba darle. En ese momento, sólo Daniel se reía.
Pero ahora esas risas de por la mañana le pesaban como un saco de patatas a la espalda. Se acercaba a la casa de May. Sentía que toda ella tomaba vida: el color ocre de las paredes se asemejara al color de la piel, las ventanas parecían parpadear como si fueran ojos, las tejas del tejado parecían ondularse como se ondula el pelo cuando hace viento, la puerta se arrugaba, pero ya no era una puerta, era una enorme boca con una horrible mueca que le hablaba. ¿Le hablaba? No estaba seguro. Aligeró el paso, pero la acera que llevaba a la entrada de la casa de May se replegaba y no le dejaba avanzar, era como la lengua de una rana que atrapase una mosca y él era la mosca. No quería morir. Tenía miedo y no quería morir tragado por una casa-rana.
-Ja, ja, ja-oyó una risa áspera desde dentro -.Ja, ja, ja.
Continuará...
TRES GOLPES
Al otro lado del paseo marítimo, la calima emborronaba el horizonte. La superficie del mar, a esas horas, parecía un espejo. Los niños más madrugadores jugaban desde hacía rato en la orilla de la playa.
A este lado del paseo marítimo, calma; demasiada calma para lo que iba a venir. Las doce, era la hora. Cuánto se arrepentirían después. Ellas lo sabían, debían dejar a los espíritus en paz, pero era un juego, sólo un juego.
Sandra, Pili, Horten, Mari Carmen y Montse, las cinco estaban delante de la puerta de la cochera de Sandra. Era la hora más segura, no podía haber peligro mientras el sol anduviese su camino por el cielo. Además, estaban convencidas de que no iba a funcionar. No habría ningún problema, repetían en su interior y en voz alta. Sus corazones estaban en un puño, pero no sabrían hasta después lo que realmente significaba eso.
Montse se encargó de traer las letras, los números, el SÍ y el NO que la tarde de antes las cinco amigas habían recortado. Pili cogió un vaso de cristal que luego resultó ser demasiado pesado o tal vez no lo era y todo ocurrió como tenía que ocurrir. Mari Carmen llevó un poco de sal, decía que la sal era protectora, que lo había leído en algún lado, pero se le olvidó hacer un círculo alrededor de ellas. Sandra llevaba unas velas para dar más ambiente, y Horten llevaba el miedo de las cinco. Un miedo que sólo ella reconocía, y aunque tampoco creyera que fuera a suceder nada, el hormigueo que sentía por su espalda y que le erizaba el cogote le hacía temblar a pesar de los más de 32ºC que anunciaba, estridente, el termómetro de la farmacia que estaba cerca de la cochera, y 32ºC a la orilla del mar eran muchos grados.
Sandra sacó la llave. Se agachó y sujetó el candado que mantenía cerrada la cochera. La mano le temblaba un poco, no podía achacarlo al frío. Las manos le sudaban. Consiguió meter la llave y girarla. Subieron la persiana metálica entre Montse y ella. Una vez abierta, entraron titubeantes. En la boca sentía el sabor pastoso del miedo. Dejaron la persiana levantada, por si las moscas. Cogieron una mesa bajita que estaba arrinconada al fondo. Le limpiaron el polvo que tenía acumulado después de tantos años de olvido. ¡No era redonda! Ellas habían visto en un programa de la tele que la mesa debía ser redonda. ¿Sería ese un problema? Decidieron intentarlo de cualquier manera. En fin, era lo único que tenían y ya que se habían decidido no se iban a echar atrás por la forma de la mesa.
Pusieron la mesa en el centro del espacio libre. Como no tenían sillas, extendieron las esterillas de la playa alrededor de ella y se sentaron. Colocaron las letras de la A a la Z y los números del 0 al 9 formando un círculo, el vaso en el centro, el Sí a un lado y el No al otro. La sesión de güija iba a comenzar. La persiana seguía levantada, era por el calor, decían. Más bien era por el miedo que iba creciendo. Todo estaba listo. Se cogieron las manos formando un círculo externo, Mari Carmen tomó la voz cantante, ella era la experta:
―Respirad profundo y concentraos en lo que vamos a hacer. Inspirar, espirar, uno, dos, uno, dos…―Tenía una voz casi hipnótica.
Una risita rompió la concentración. Todas volvieron sus ojos hacia Pili. Ella se disculpó entre hipidos:
―Si os vierais, es que os partiríais de risa: uno, dos, delante, detrás―y hacía gestos de burla mientras hablaba, pero más que de burla era para espantar el repelús que iba sintiendo mientras el silencio lo iba inundando todo.
―¡Está bien!―La voz de Mari Carmen sonó demasiado fuerte. Se levantó y con un dedo amenazante le dijo― Pili, si no quieres estar aquí vete y si te quedas, cállate o el espíritu se va a enfadar―lo decía totalmente en serio. Se lo creía de verdad y más que se lo creería después.
―Vale, vale, me callo―Pili no quería marcharse, así que optó por dejar de interrumpir―.
Volvieron al principio, se sentaron de nuevo alrededor de la mesa, se cogieron de las manos, respiraron… y pusieron cada una su dedo índice derecho sobre el vaso:
―Espíritu, ven. Ven, te llamamos. Todas esperamos tu presencia― Mari Carmen repetía una y otra vez la orden―.Ven, te estamos llamando, no temas. Queremos saber quién eres. Ven.
El vaso seguía quieto y empezaban a cansarse. No se había movido ni un ápice. Pili, de manera instintiva lo cogió y se lo acercó a la nariz. Le gustaba oler todo lo que tocaba. ¡Olía a huevos podridos! Se alarmó. ¿Cómo iba a oler a huevos podridos si era un vaso limpio que había cogido de la alacena. Todas lo olieron y lo confirmaron. Algo estaba pasando. Montse dijo que el espíritu quería comunicarse pero que tal vez el vaso pesase demasiado para que lo pudiera mover. También dijo que a los espíritus no les gustaba demasiado la luz. Las cinco estaban convencidas de que lo que fuera que hubiera producido aquel olor en el vaso estaba cerca de ellas, incluso pensaban que estaba ya dentro de la cochera. Se les erizó el vello de todo el cuerpo. No lo podían evitar, tenían miedo pero tenían más curiosidad por ver qué pasaba y decidieron cerrar la persiana metálica. El chirrido del cierre bajando por los raíles y ver cómo la luz se perdía dentro les hizo sentir un escalofrío. Encendieron las velas. Su luz tenue proyectaba unas sombras fantasmagóricas dentro del espacio reducido de la cochera que parecía haberse encogido más. Se sentaron de nuevo. Colocaron los dedos sobre el vaso invocando al espíritu. Parecía como si el tiempo se hubiese detenido. Mari Carmen comenzó de nuevo:
―¿Espíritu estás aquí? Manifiéstate, yo te lo ordeno―El vaso seguía inmóvil.
―Espíritu, te invocamos, manifiéstate―repetían las demás.
Ningún movimiento. Todos los ojos estaban pendientes del vaso, los dedos índices seguían posados sobre él. No se movía. Sandra levantó la mirada, tenía enfrente a Mari Carmen. Se alarmó. El rostro que tenía delante se estaba transformando: parecía como si los ojos hubieran cambiado de color y de forma, el pelo era como más oscuro, más rizado, la expresión de su cara era totalmente diferente. Mari Carmen comenzó a respirar de una manera extraña, muy fuerte y muy seguida. Montse dijo que el espíritu había entrado en ella. Un grito y un montón de voces pidiendo silencio. Si el espíritu salía violentamente de su cuerpo le podía pasar algo, dijo Horten entre susurros. Para probar que era un espíritu el que estaba en el cuerpo de Mari Carmen decidieron hacerle algunas preguntas cuyas respuestas sólo sabían ellas. Las respuestas no venían de sus labios, Mª Carmen no hablaba, movía su dedo índice. Si la pregunta tenía un No por respuesta, como cuando preguntaron si alguna de ellas era un chico, el dedo índice se movía hacia la palma de la mano.
―Eso lo está haciendo ella sola, no es el espíritu―decía por lo bajito Montse―¿Y si nos está tomando el pelo y lo hace para asustarnos?
Pero no era ella la que lo hacía, no. De eso se convencieron cuando le hicieron una pregunta cuya respuesta era afirmativa:
―¿Está Juan enamorado de Horten?― Preguntó Pili que la tarde anterior oyó cómo se le declaraba en el paseo marítimo.
Horten fusiló con la mirada a Pili. En ese momento, el dedo índice, se giró sobre sí mismo, hacia atrás, llegando a tocar el dorso de la mano con la uña. ¡Se había girado hacia detrás solo! Eso era imposible que lo hiciera Mari Carmen. No había señalado ninguna letra, ni ningún número, el Sí y el No estaban situados en el mismo lugar en el que habían permanecido todo el rato; era el dedo el que se movía hacia atrás para responder a la pregunta. La respiración de Mari carmen era cada vez más extraña, el miedo subía y bajaba desde la curcusilla hasta la nuca de cada una como si estuviera montado en un ascensor. Los nervios se estaban desatando. No sabían cómo para eso.
De repente, tres golpes secos:
Pom … Pom … Pom …
La persiana se levantó en seco. El miedo las paralizó. Mari Carmen giró la cabeza muy rápido, parecía mareada, no sabía dónde estaba ni qué había pasado. Volvía a tener su cara, sus ojos, su expresión, pero parecía agotada. Todas miraron con pavor al exterior de la cochera y allí, plantado como un pasmarote, Paco, el hermano de Sandra, preguntando que qué era lo que estaban haciendo. Le gritaron, le insultaron, le empujaron. Él no sabía a qué venía semejante enfado, además no entendía lo que le explicaban de caras raras y dedos que se movían. Las cinco amigas salieron rápidamente de allí no sin antes romper las letras y los números, el Sí y el No y arrojarlo todo al contenedor de basura más cercano. Cuando bajaron a la playa, estaban blancas como el papel. El moreno de mes y medio había desaparecido y el jolgorio de cada día se había transformado en silencio. Ese día no dijeron nada, ni el siguiente ni el otro. Pasó una semana antes de poder comentar lo que esa mañana había sucedido en la cochera y nunca más se les ocurrió jugar a la güija.
MIGUEL Y JULIA
Miguel y Julia son hermanos, y, aunque son hermanos, no se parecen en nada. Miguel es el mayor, ya tiene un montón de años, por lo menos diez. Julia aún tiene siete.
Miguel es tímido, o eso se creen sus papás, porque cuando está con su amigo Moi se transforma en un superhéroe o en un jugador de fútbol famoso, o en el mejor base de baloncesto de la historia. Pero si Miguel va de compras con mamá o papá, o va al médico, nunca dice nada, le da vergüenza. Con quien sí habla mucho es con Julián. Julián es el jardinero que arregla el jardín de su casa. A Julián le pregunta el nombre de las flores, para qué sirven las herramientas, y también cómo regar las plantas. Julián le dice que las plantas no saben nadar, así que no hay que echarles mucha agua porque se ahogarían, pero que como no tienen patas no pueden buscar el agua por su cuenta, así que hay que echarles el agua suficiente para que no pasen sed.
-¿Por qué las plantas no beben coca-cola?-le pregunta a Julián-¿También les quita el sueño como a mí? Por eso, mi mamá sólo me deja tomar coca-cola los sábados, porque el domingo no tengo que ir al cole y si no me duermo pronto no pasa nada, puedo levantarme más tarde.
-Pues no sé-respondía Julián-pero ni se te ocurra darles coca-cola.
-Vale, sólo agua, pero cuánta agua-le pregunta Miguelito-.
-Pues ni mucha ni poca-le dice Julián-Es cuestión de experiencia.
Pero Miguel no sabe qué es la experiencia y ya ha ahogado un rosal, una margarita y una hierba que no sabe cómo se llama pero que huele muy bien, y una planta con las hojas verdes y unas flores blancas le está pidiendo a gritos agua, pero no la oye.
La semana que viene va a ir con los niños de su clase a una granja escuela. Todos los días se despierta preguntándole a mamá cuántos días faltan y mamá siempre le responde que un día menos que ayer. Miguel es muy buen estudiante. Hoy les han dado las notas de un control de mates que hicieron el lunes y ha sacado un diez, pero en dibujo nunca saca más de un seis. Julia, su hermana, le llama empollón y no le dice gafitas cuatro ojos porque ella también lleva gafas. Las gafas de Julia son rojas coloradas, porque podían ser rojas fresa o rojas cereza, pero no, las suyas son rojas coloradas y si le llevas la contraria con el color, durante media hora te irá diciendo:
-Rojas-coloradas, rojas-coloradas, rojas-coloradas…
Julia de mayor quiere ser domadora de leones de osos y sobre todo de rinos, porque los rinos son muy guapos y no le dan nada de miedo. En la selva que hay en el jardín de su casa, tiene un árbol al que se sube para otear el horizonte. Ella no sabía que era otear el horizonte, pero vio en una película de la selva que el guía se subía a un árbol que había y decía “estoy oteando el horizonte”. Así que eso debe ser importante y ella hacía lo mismo.
Muchas noches sueña con ganar en las carreras de caballos:
-La campeona ha sido Julia-gritan los altavoces mientras es el despertador el que suena.
-Gracias público, gracias –saluda ella subida a la almohada que durante el sueño era su maravilloso caballito Lágrima, porque en la frente lleva dibujada una enorme lágrima negra.
Cuando Julia está en casa y no se oyen sus pasos, es que está escondida en el armario de los juguetes. Tiene muchas máscaras que ella pinta y muchos disfraces, unos comprados y otros hechos con ropas viejas. De lo que más le gusta disfrazarse es de payaso. Se pone el traje de muchos colores, coge las pinturas de mamá y se maquilla.
-Pareces un payaso-dice mamá cuando la ve.
-Es que soy un payaso-le contesta Julia-, el payaso saltimbanqui. Mira como doy volteretas.
-Te voy a llevar a un circo-dice mamá riéndose.
-Sí, que hay muchos animales-dice muy contenta Julia.
-Pero te voy a llevar para que te contraten de payaso.
-Bien, mamá, bien- Julia está deseando que mamá la lleve al circo para estar todo el día vestida de payaso.
A Julia siempre se cree la protagonista de los cuentos que lee. Ella es una pirata, o un canguro saltarín, o una tortuga veloz o una liebre dormilona, ella es cualquier bichito que aparezca en cualquier cuento, excepto un vampiro. Da igual que el vampiro sea grande o pequeño, bizco o con tres ojos, vestido de negro o de blanco y es que los vampiros comen sangre y la sangre le da mucho asco. Cuando mamá le pone un puré le dice que es sangre espesa y no se la quiere comer y aunque mamá le dice que la sangre es roja y el puré es blanco ella no se la quiere comer, pero sabe que no tiene nada que hacer, si mamá le mira a los ojos y le señala con la cuchara y la llama por su nombre, así, bajito, sin gritar y moviendo la cuchara de arriba abajo:
-Julia…
Pues entonces está todo dicho y Julia se tiene que comer el puré, y aunque ponga cara de asco, no puede dejarse nada en el plato , porque si se deja algo sabe que el sábado siguiente no podrá montar en su caballito trotón, en el de verdad no en el de los sueños.






