EL ESPÍRITU DEL BOSQUE

Era de noche y los habitantes de Morata de Tajuña descansaban después de una larga jornada de trabajo. La templanza de esas fechas de Junio promovía reuniones a las puertas de las casas, donde los vecinos sacaban sus sillas después de cenar, convirtiendo las calles en una gran sala de tertulia siendo las conversaciones el alivio necesario al final del día para unos cuerpos castigados por el duro trabajo de la jornada.
Hacía unos días que el único tema que corría de boca en boca giraba en torno al bosque. Los pinos estaban cambiando de color. El verde límpido de la primavera se tornaba en ocres rojizos propios del otoño. Todos estaban preocupados. Sabían que los pinos no cambiaban su color con el transcurrir de las estaciones, siempre eran verdes. Los más viejos del lugar no recordaban algo parecido.
La preocupación de los vecinos no dejó impasible a la corporación municipal que recurrió a expertos en el tema. Ninguno de ellos encontraba una explicación razonable. Los árboles estaban sanos, ninguna plaga les atacaba y no carecían de ningún elemento necesario para su existencia. Sólo habían cambiado de color.
Esa noche, mientras los rumores de las conversaciones vestían de sonidos las calles de Morata, comenzó a rugir el bosque. Comenzó con un ligero sonido no perceptible a los oídos humanos, pero si para los perros que comenzaron a aullar al unísono. Ninguno atendía a las órdenes de sus dueños que se empeñaban incesantemente en hacerlos callar. El rumor del bosque fue aumentando hasta ser percibido por todos.
Un escalofrío recorrió la vida morateña que ahora parecía detenida:
- ¡El Bosque!- gritaron todos al unísono.
Unos corrían hacia el interior de sus casas en busca de sus hijos que se despertaban asustados y comenzaban a llorar. Otros corrían en dirección a la vega para huir, pero ¿de qué? Algunos osados decidieron subir al bosque. Alguien podría estar en peligro, pensaron. En su fuero interno creían que ningún ser vivo era capaz de emitir semejante rugido.
Se equivocaban. El Bosque era un ser vivo en su conjunto formado por sus matorrales, sus árboles, los insectos, los árboles, reptiles y los pequeños mamíferos que se refugiaban en su interior.
Cuando llegaron los primeros vecinos, se quedaron estupefactos. Las raíces de los vegetales asomaban al exterior. Habían recorrido un largo camino desde las entrañas de la tierra hacia la superficie. Rodeaban la estatua de Juan de Ávalos que preside el parque del Bosque, ocultaban el puente y la pequeña cascada, ahora seca otrora delicia de los más pequeñines.
Las ramas de los árboles se agitaban frenéticamente como si el esfuerzo de las raíces fuera extenuante. Entre la estatua y el puente se disponían todos los animales que habitualmente permanecían ocultos a los ojos de los curiosos. Era difícil distinguirlos a través de las rejas que formaban las raíces entrelazadas, pero estaban allí.
El esfuerzo titánico del bosque se traducía en un ruido atronador. Cada vez más curiosos se acercaban, incluso se veían niños que subían con sus padres. Si los mayores enmudecían con el espectáculo los niños se agitaban inquietos preguntando desde su inocencia:
- ¿Qué le pasa al Bosque?
También se personó la autoridad: Primero fue la Guardia Civil, más tarde la policía local, el alcalde y los concejales, Protección Civil, e incluso el cura se acercó.
Era extraño ver a tanta gente paralizada. Nadie tomaba la iniciativa, nadie sabía qué hacer. Estaban ante una gran crisis. No sabían cómo afrontarla.
La inmovilidad de los vecinos duró poco. Las raíces comenzaron a avanzar con un paso lento, apenas perceptible. En su avance rozaron las piernas de los más osados.
El alcalde ordenó retroceder. Podría ser peligroso. Todos bajaban, el terreno cedido iba siendo ocupado por las raíces que no detenían su marcha. El Bosque se extendía hacia el pueblo a través de sus entrañas.
El asombro que invadía al pueblo morateño allí reunido les impedía huir despavoridamente y, siempre de cara al bosque, la bajada se hacía lentamente.
Cuando las raíces llegaron cerca de las primeras viviendas se detuvieron. Levantaron una pequeña muralla. Parecía como si su único objetivo fuera impedir el paso a su través. A la par que el avance, el ruido cesó. La gente detuvo su caminar. Nadie rompía el silencio de la noche que ahora era el dueño del paisaje. Solo un niño se atrevió a alterar esa tensa quietud:
- ¿Por qué el bosque no nos deja pasar?
La pregunta reflejaba exactamente lo que estaba ocurriendo. El bosque impedía el paso con sus raíces al aire entrelazadas a modo de barricada.
Poco a poco la gente se fue dispersando y de regreso a sus casas sólo algunos permanecieron a las puertas. La mayoría se refugió en la calidez protectora de sus alcobas. El silencio seguía siendo el rey de la noche morateña. Pocos conciliaron el sueño en esas horas que quedaban para que el alba hiciera su aparición.
Al día siguiente todo continuaba igual. El Bosque se cerraba en torno a sí mismo impidiendo el paso. Muchos curiosos se acercaban a primera hora a los límites establecidos por las raíces y ninguno se atrevió a allanar esa frontera. Los mayores se fueron al campo, las oficinas o fábricas. Los pequeños al colegio o al instituto.
En la plaza, los vecinos que se arremolinaban a las puertas del ayuntamiento, exigían una explicación. La corporación en pleno estaba reunida. Nadie parecía encontrar una explicación lógica.
-¿Qué había ocurrido para que el bosque reaccionara así?
Los expertos fueron convocados de nuevo, pero si ilógico era el cambio de color esto era demencial. No conocían ninguna reacción vegetal que provocara algo semejante.
Las clases en el colegio no seguían la dinámica habitual. Los profesores no podían obviar lo ocurrido la noche anterior. Decidieron analizar los hechos en cada clase. Propusieron hacer redacciones sobre lo ocurrido y cada alumno debía proponer una explicación aunque fuera totalmente imaginaria. Era la única manera que encontraron para poder retener a los alumnos en el interior de las aulas.
La imaginación infantil estaba desbordada. Para algunos un gran ogro que vivía en el bosque se había despertado por el aullido de los perros y los árboles asustados huían hasta las casas donde se sentían protegidos. Para otros había sido un ovni el que había hecho que los árboles corrieran para no ser aplastados por sus enormes patas.
Otros decían que los pinos se habían vuelto locos: habían olvidado que eran verdes, las raíces les crecían hacia el exterior y que todo lo hacían mal...
Solo un niño no escribía. La profesora al ver su hoja en blanco le preguntó por qué no empezaba la redacción.
- Es que no sé qué le pasa al bosque, pero debe ser algo muy gordo para que se porte así. Siempre ha sido nuestro amigo. Nos ha dejado jugar en él, montar en sus columpios, correr entre sus árboles y a pesar de que muchos no lo respetan nunca había protestado. Seño, ¿no te parece como si las raíces estuvieran en huelga y se manifestaran de esa forma? ¿Pero qué hemos hecho para eso? Porque seguro que hemos sido nosotros.
La profesora recapacitó sobre las palabras del niño. Se acercaba la hora del recreo y los alumnos salieron al patio. Ese día no había juegos, sólo historias que corrían de boca en boca. Mientras, en la sala de profesores, los maestros comentaban lo ocurrido y se sonreían con las explicaciones de los alumnos. Su corta edad les permitía tener ideas tan fantásticas. Un profesor alzó la voz y propuso que a última hora se reunieran los alumnos en el salón de actos de la Casa de la Cultura e hicieran una puesta en común sobre el trabajo de la mañana. De paso los niños aprenderían a respetar el turno de palabra en una gran reunión. Dicho y hecho. Todos continuaban alterados pero consiguieron guardar silencio mientras hablaba la directora:
- Todos sabéis lo ocurrido anoche en el bosque. Me gustaría que de uno en uno, dierais vuestra opinión.
Un gran murmullo envolvió el salón de actos.
- ¡Silencio! De uno en uno, si no será difícil que el resto nos enteremos.
El niño que no escribió nada en el papel alzó la mano y comenzó a hablar:
- El otro día vi. un reportaje en televisión donde al acercar un cigarrillo encendido a una flor, pero sin tocarla, cambiaba de color, otra cerraba sus pétalos para protegerse y me pregunto si lo que ha hecho el bosque no es para eso.
- Sí - dijo otro niño- pero nadie ha intentado quemar el bosque.
- De acuerdo - dijo el primero- pero ¿quién no ha hecho algo que pudiera hacerle daño? No sé, ¿quién no ha tirado un papel al suelo?
- ¿O roto las ramas? - dijo una niña.
- ¿O tirado latas de refresco fuera de las papeleras? - Se oyó desde el fondo.
- ¿A lo mejor se queja de la contaminación? - continuó una niña con pecas.
- O del ruido de las motos- apuntaba otro.
- ¿Quizás no pueda fabricar tanto oxígeno como necesitamos si siguen poniendo fábricas contaminantes?
- Creo que todos hemos hecho algo que le ha herido y la suma de muchos pocos ha hecho que no pudiera más.
Los profesores estaban asombrados, seguían la conversación atónitos. Los chavales tenían razón. Todos éramos culpables del daño que sufría el Bosque. Sus mentes lógicas no les permitía creer que ese fuera el motivo de su reacción, pero en su fuero interno algo les decía que no estaban muy descaminados.
- ¡Orden, orden! - dijo la directora.
Los alumnos se animaban a decir cosas que pudieran afectar al bosque, atropellándose los unos a los otros:
- ¿O matar lagartijas?
- ¿O robar nidos?
- ¿O...?
- Bien, de acuerdo, ésta puede ser una explicación tan válida como otra. Supongamos que estamos en lo cierto. ¿Qué podemos hacer?
Primero fue el silencio el que invadió la sala, luego un murmullo que se iba elevando calentando el ambiente. Hubo que pedir de nuevo silencio. El alumno que había iniciado la conversación propuso hacer una carta de derechos del Bosque y de obligaciones para los vecinos. Por supuesto todos debían ponerla en práctica. Se podrían acercar a la frontera que las raíces habían delimitado, leerla en voz alta y prometer su cumplimiento.
- Me parece buena idea - dijo la directora.
Y así lo hicieron.
Mientras, seguían las discusiones de los mayores en todos los rincones del pueblo: desde la clínica hasta la plaza, desde el supermercado hasta la vega, sin olvidar que en el ayuntamiento estaba reunida toda la corporación junto a los expertos. Todos hablaban y nada resolvían.
Los niños habían dejado de hablar y se disponían a actuar. Una manifestación de alumnas y alumnos con sus profesores se dirigían hacia el lugar cercado por las raíces gritando vivas al Bosque. Los curiosos que les veían pasar se fueron uniendo a ellos. La voz se corrió como la pólvora por todo el pueblo. Pocas horas después de lo sucedido, todos se encontraban de nuevo en el mismo lugar. El silencio volvió a reinar en el entorno, un niño y una niña se adelantaron. Leyeron su manifiesto. Los vecinos asentían con la cabeza a cada palabra pronunciada por esos labios tan inexpertos y tan llenos de sabiduría. De nuevo todos callados y expectantes.
Al principio no sucedía nada, pero nadie alteró su posición. De pronto, las raíces comenzaron su camino de vuelta. Los mayores permanecían anclados al suelo y fueron los niños los que avanzaban al ritmo del retroceso de las raíces. No tardaron en encontrarse a la entrada del parque Juan de Ávalos. La estatua apareció de nuevo ante ellos, la cascada y el puente volvían a ser visibles los árboles se tornaban verdes de nuevo y los animales regresaban a sus refugios.
Los niños habían hallado la explicación y la solución. No hizo falta la experiencia de los mayores.
No han vuelto a repetirse sucesos como aquellos. Los niños de entonces, adultos de hoy, cumplieron su promesa.
La historia corrió de boca en boca. Otros pueblos pusieron en práctica la carta de derechos y obligaciones redactada por los niños morateños. No se tienen noticias de que sucesos como aquellos hayan ocurrido en algún otro lugar y esperemos que no se repita una noche como aquella jamás.
El espíritu del bosque se había revelado y la protesta dio su fruto.
EL TREN

Nunca supo si lo que vivió ocurrió realmente o sólo lo imaginó. Todo transcurrió de un modo difuso, diluido, tan rápido y tan lento que podría pensarse que pertenecía a un sueño.
Ese día comenzó como cualquier otro. Juan se levantó muy temprano, como todos los días. Y como todos los días sabía que sus obligaciones empezaban mucho antes que las de cualquier otro compañero de clase. Antes de que ninguno pensara siquiera en despertarse Juan había dado de comer a las gallinas, había limpiado el corral, ordeñado la vaca y la había llevado al prado.
Vivía sólo con su madre en una pequeña granja a las afueras del pueblo y desde que su padre les abandonó, él se encargaba de las tareas más duras para poder salir adelante. Jamás aceptó ayuda alguna, su orgullo se lo impedía:
-¡De mí nadie va a compadecerse nunca! - Pensaba. ¡Mi madre y yo nos bastamos para salir adelante!
Sólo en algunas ocasiones y cuando la situación era insostenible, aceptaba el amparo del párroco, don Manuel. Entonces realizaba algún trabajo extra en su casa para justificarse ante el dinero recibido. Él trabajaba, no recibía limosna. Con esa pequeña ayuda podían continuar durante algunas semanas o incluso, si se administraban bien, algunos meses más.
Juan tenía una obsesión: los trenes, y un deseo inconfesable: quería conocer a alguien verdaderamente importante. Cada mañana cuando terminaba las tareas en la granja y antes de ir a la escuela corría hacia las vías del tren que se encontraban a varios cientos de metros de su casa. Allí esperaba ansioso que el tren de las ocho cuarenta y cinco pasase raudo como el viento, ondeando esa bandera de humo que adornaba su chimenea, con ese sonido que empezaba como rumor y terminaba siendo el aliento que impulsaba su corazón.
Para él, el discurrir del tren de la mañana indicaba el comienzo real del nuevo día, a partir de ese momento estaba dispuesto a vivir un día más. Ya no se acordaba que llevaba más de tres horas levantado ni que tenía que recorrer más de un kilómetro para llegar a la escuela. Era como si el paso del tren le proporcionara una inyección de esperanza y fe que le daba ánimos para continuar aunque sólo fuera un día más.
- ¡Algo bueno me traerá pronto el tren! – Se decía cada día.
Esa mañana se retrasaba:
-¡Sólo puedo esperar cinco minutos más, gritaba en medio del descampado, date prisa!
Si Juan no veía pasar ese primer tren, se volvía como loco. Se enfadaba tanto que era casi imposible hablar con él, todo se le torcía y no ponía ningún empeño en enderezarlo. El día que se fue su padre, ese primer tren se retrasó tanto que tuvo que marcharse, a pesar suyo, sin verlo. Desde entonces, para él, nada bueno presagiaba su retraso. Tampoco lo podía esperar indefinidamente ya que si llegaba tarde a la escuela era castigado y no podría ver el de las catorce treinta.
No había terminado de esbozar su pensamiento cuando allá, a lo lejos, comenzó a oírse el leve rumor que precedía a la aparición del tren.
- ¡Ya llega, ya llega! - Gritaba mientras la máquina de vapor se acercaba a toda velocidad silbando al viento más fuerte que nunca. Parecía como si aquella mañana tuviese un sonido especial: más vigoroso, más profundo y sobre todo más persistente. El rumor, como todos los días, se transformó en un sonido agudo, aunque a diferencia de otros días, no cesaba ni disminuía su intensidad. Era como si el tiempo quisiera detenerse, pero de repente todo volvió a la normalidad, el tren pasó sin pararse, como todos los días, ni siquiera había aminorado la marcha, pero cuando se dio cuenta era más tarde que de costumbre y Juan tuvo que correr más que nunca para llegar a tiempo a la escuela. Entró cuando estaban a punto de cerrar las puertas.
- ¡Por los pelos! - Le dijo el maestro.
Sí por los pelos, pero ni la gran carrera que tuvo que emprender ni el cansancio que tenía como consecuencia de la misma, le sirvió para olvidar eso tan extraño que había ocurrido. Parecía como si parte del tiempo hubiera sido robado. Mientras tomaba aliento, pensaba que el tren había tenido la intención de parar pero una fuerza superior lo había impedido. No pudo concentrarse durante toda la mañana y a punto estuvo de ganarse un castigo por no responder cuando le preguntaron. Realmente su cuerpo estaba sentado en el pupitre pero él estaba lejos de allí, cerca de las vías, intentando comprender lo sucedido.
Tan absorto se encontraba en sus pensamientos que no se dio cuenta que la jornada escolar había terminado y ya podía marcharse:
- ¡A ver si nos aplicamos y atendemos un poco más Juan, que ni para la hora de la salida estás atento! ¿Te ocurre algo?
- No señor, no me ocurre nada.
Se marchaba cuando se detuvo, se giró lentamente y dirigiéndose al maestro le preguntó:
- Señor maestro ¿El tiempo se puede detener?
- ¡Qué cosas más raras dices, chico! - El maestro dudó un instante y continuó hablando:
- El tiempo es como las estrellas del infinito que no empiezan ni terminan y desde luego nunca se paran. A pesar de que tú las veas quietas, ahí, en el cielo, no lo están. Es sólo una ilusión y siempre continúan su movimiento. De igual modo, el tiempo siempre avanza aunque tú creas que se ha parado.
Juan se marchó, pero no iba conforme. Mientras se alejaba iba balbuceando:
- El maestro siempre tiene razón, pero esta vez se equivoca. ¡Yo lo he visto, lo he vivido! El tiempo ha querido pararse aunque no lo ha conseguido. Es posible que lo quiera intentar de nuevo. He de volver, el próximo tren pasará pronto. ¡Debo darme prisa!
Corrió hacia las vías sin pasar primero por su casa a saludar a su madre, pero ésta sabía que si no había regresado antes de las dos, su hijo estaría castigado o habría ido directo al descampado para ver pasar el tren. En cualquier caso no debía preocuparse, no se demoraría. Juan llegó con mucha antelación pero prefería esperar que perderse su paso.
No se le hizo muy larga la espera. Recordaba lo sucedido por la mañana con pelos y señales, no dejaba de repasarlo en su memoria una y otra vez. Antes de darse cuenta todo empezó de nuevo: el sonido especial, el humo, que parecía dispuesto encima de la chimenea como si de un bonete se tratase, sin dejar ninguna estela detrás, la intensidad del silbido no disminuía y de pronto... parecía como si el tren anduviera por una dimensión paralela donde sin pararse pudiera llegar a detenerse. Era una sensación extraña, apenas comprensible:
- ¿Cómo se puede detener si no se para?
Entonces lo vio por primera vez. Estaba allí, asomado a la ventanilla, con su gabardina impecable y con un sombrero de fieltro nuevo, se diría recién estrenado. Ese debía ser un hombre importante, pensó, los hombres importantes seguro que visten así. Fue visto y no visto, como si la propia visión de ese hombre hubiera acelerado el tiempo y el tren volviera a discurrir por las vías a la velocidad de costumbre.
Algo estaba ocurriendo ese día aunque no acertaba a adivinar el qué. ¿Sería su imaginación, se estaría volviendo loco o estaría pasando de verdad? No tuvo tiempo de reflexionar mucho ya que a lo lejos venía su madre vociferando:
- ¡Ya está bien Juan, una cosa es que te vengas directo de la escuela para ver pasar el tren y otro muy distinta que no hayas comido todavía! ¿Sabes qué hora es? ¿Qué quieres, que me dé un ataque o que me muera de preocupación pensando si te ha ocurrido algo?
- Pero madre..., intentaba defenderse Juan, si son sólo las...
Juan miraba con desesperación el reloj de su abuelo, debía estar roto, pensaba. No podía ser, ¡si eran más de las cinco! Se encontraba perplejo:
- ¡Ahora sí que se ha detenido el tiempo! - Decía para sí en voz alta.
- Sí, gritaba su madre, el tiempo se te ha detenido a ti en tu cabeza. Andando, a casa. ¿Es que no comprendes que levantándote tan temprano tienes que comer antes? Un día te va a dar un mareo y entonces qué haremos.
Juan caminaba absorto en sus pensamientos sin oír apenas los gritos con los que su madre se desgañitaba. Algo estaba ocurriendo y lo más grave seguro que todavía estaba por venir.
Comió todo lo rápido que sus pensamientos le dejaban. Terminó la tarea de la escuela y las faenas pendientes de la granja. No podía perder tiempo, el próximo tren pasaría pronto y tenía que estar cerca de las vías. Cuando se dirigía hacia el descampado su madre lo llamó:
- ¿Dónde vas tan rápido? ¿Has terminado todo lo que tenías que hacer?
- Sí madre, todo lo de la casa y lo de la escuela también.
- Pero hijo, ¿no te das cuenta que yo sólo quiero lo mejor para ti? Si estudias podrás salir de aquí, vivir donde tú quieras y ser aquello que te propongas ¡Quién sabe... algún día hasta podrías llevar alguna de esas máquinas de vapor que tanto te gustan!
Su madre le soltó una gran parrafada, tan grande que no llegó a tiempo de ver pasar el tren de la tarde.
-¡No importa, pensó, esta noche cuando mi madre esté durmiendo me acercaré a la vía, el último tren pasa sobre las dos y debo estar allí.
Pocas veces veía ese tren, solo cuando el sueño se olvidaba de él y entonces daba un largo paseo que terminaba casi siempre en la vía. Esa noche estaba especialmente excitado, no lograba quedarse quieto en la cama:
- ¡Sólo faltan dos horas para que pase! – Decía - Madre tiene todavía la luz encendida. Esperaré un poco más y me deslizaré por la ventana si fuera necesario, pero debo acudir a la cita.
Alrededor de la una, la impaciencia le atenazaba, no pudo esperar más y salió. No tenía miedo, pero prefirió que Atila, su perro, lo acompañara. Tardó menos que nunca en llegar, la espera fue muy breve. Enseguida adivinó el silbido del tren acercándose. De pronto, todo cambió, una espesa niebla se apoderó del descampado. El olor del tren se intensificaba por momentos, pero no lo veía. El sonido indicaba que estaba próximo aunque no se dejaba ver. La niebla era cada vez más y más espesa; el sonido estaba ya a su lado. De repente, una potente luz lo cegó. Enfrente se encontraba el tren y de su interior descendía el hombre importante. Se dirigía hacia él y lo llamaba por su nombre:
- Juan, acércate no tengas miedo.
Era extraño, pero Juan no tenía miedo. Se sentía atraído de un modo especial por ese hombre, como si de alguien tremendamente familiar para él se tratase. No lo conocía, realmente no sabía quien era y aún así se acercó. Lo más sorprendente es que Atila no ladraba, ni se parecía inquieto. Atila era muy nervioso. Llegó a casa de Juan cuando su padre se fue, convirtiéndose en el mejor amigo y el mejor guardián que pudiera soñar. Jamás permitía que ningún extraño se le acercara, pero con este hombre era distinto. Avanzaron el uno hacia el otro. Alrededor solo la niebla y a modo de decorado, el tren, que tras ellos, era lo único que tenían en común o al menos así lo creía Juan.
Estuvieron hablando durante un tiempo imposible de precisar, quizás una hora o quizás unos minutos. En esos momentos el tiempo estaba realmente detenido. Cuando concluyó la conversación, el hombre importante regresó al tren y en ese mismo instante la niebla desapareció. El tren cobró de nuevo vida pasando por las vías a la misma velocidad de siempre, pero pudo retener durante unos segundos la imagen de ese hombre saludándole desde una ventanilla.
Al regresar a casa todo era muy confuso, al contrario que por la tarde parecía cómo si no hubiera transcurrido ningún período de tiempo. Su madre seguía con la luz encendida dispuesta a dormir tras una larga jornada. Ya no sabía qué pensar. ¿Había ocurrido realmente o había estado soñando? No estaba seguro de nada.
Desde esa noche la actitud de Juan cambió. Ya no iba todos los días a ver los trenes pasar, quizás fuera por lo que el hombre importante le dijo o soñó que le dijo.
El tiempo transcurrió, Juan se hizo mayor, consiguió salir del pueblo; se convirtió en lo que él llamaba un hombre importante y un día decidió regresar.
Su pueblo, con el paso del tiempo había mejorado y ahora disponía de una estación de trenes.
- ¿Qué mejor modo de volver que en tren? - Pensó.
Subido al tren recordaba su infancia. Su perro que no sabía si aún viviría, la escuela, el maestro que un día intentó explicarle que el tiempo no se detenía. Entonces se acordó. Su memoria trajo al presente, como si se hubiera accionado un resorte, al " hombre importante ". Todo renació de nuevo, las vías, la niebla... En aquel momento levantó la mirada. Se vio a sí mismo reflejado en el cristal de la ventanilla, con su gabardina y el sombrero de fieltro que estrenaba ese día. Él era el hombre importante y al otro lado de la ventanilla, en un descampado, un niño le decía adiós.
AL ALBA

Al alba todo terminará, pensaba el caballero mientras esgrimía la empuñadura de su espada, apoyada en el gélido mármol que le atenazaba a una amenazadora, nublada, borrosa y eterna realidad. Aferrado a ella como el cordón umbilical sostiene la vida de un no nacido, inmóvil, silente, inmerso en un desdén del que no puede escapar.
Solo, en la inmensidad del silencio oscuro. Ante si, su juez más severo. Se había enfrentado a mil y un enemigos, nunca temió por su vida, pero su enemigo ahora es él. Ni el arrojo, ni la valentía le podrían liberar esa noche de si mismo.
Arropado por la capa del desdén tejida por unos ojos que jamás le volverán a mirar, es incapaz de soportar el frío que anida en su interior vacío de sentimientos, extirpados por la guadaña de un desamor que lo condena inexorablemente a la soledad eterna. El sonido es la nada. El silencio un abismo que lo atrapa y conduce a un mundo del que no puede escapar, lo acerca tanto a sí que ni la lucha más feroz puede alejarlo de sus eternos recuerdos olvidados por lejanos. Después de esa noche solo la noche le espera.
Por el rosetón de la capilla se cuela un rayo de luz. La luna herida derrama su líquido vital rasgando el manto oscuro de la noche salpicado de brillantes, rubíes y zafiros que pronto se desdibujarán con el alba. Pero su oscuridad avanza con esa su noche, la más larga, la más oscura. Ni las estrellas, otrora guía y salvoconducto, le pueden ya indicar el camino.
Al alba será caballero, pero qué lejos está el alba. La nada se aúna, el silencio se arremolina y de la niebla profunda surgen los fantasmas que tanto teme: Sus recuerdos. Intenta ahuyentarlos. Esgrime su espada olvidando que está en terreno sagrado. Como un loco corre tras ellos sabiendo que sólo son una quimera. Quiere destruirlos, borrarlos, sin comprender que lo vivido siempre le acompañará como sombra alojada en uno.
Desde un lejano rincón se oyen risas. El sonido le llega confuso, apenas un murmullo que va creciendo hasta hacer temblar las columnas que lo rodean:
- ¿Quién es? ¿Quién anda ahí? – grita con una voz apenas reconocida.
Nadie contesta y la risa lo inunda todo. De la neblina surge un grupo de niños, en el centro uno esgrime una rama de olivo y grita:
- ¡Mañana seré caballero, mañana seré caballero!- mientras todos se ríen de él.
- ¡No pude ser! ¿Qué me pasa? Yo conozco a ese niño, lo vi crecer, jugar y correr. No, no...
- ¡Silencio no te burles de mi! Debo ahuyentar los fantasmas que hielan el espíritu sembrándolo de recelos.
Pero la risa sigue, los niños se burlan de él, le rodean adentrándose cada vez más en su espacio. Él agita la espada espantado por unos recuerdos tan presentes como reales. El niño de en medio es él y al alba se cumplirá su deseo.
Niño y él un todo del que solo ha aparecido una parte. Las piezas se deben recomponer antes del alba.
Un escalofrió recorre su cuerpo, abre los ojos y todo ha desaparecido. Ha sido un mal sueño.
- El silencio, la soledad... son caprichos de la noche que juega conmigo. Con el alba todo se alejará.
El dorso de la mano enjuga el sudor frío que le hizo presente su ayer y se reconforta en la idea de un sueño que ha llegado a su final, pero de pronto los llantos inundan la estancia. Una luz blanquecina nace en un rincón, el más lejano, y sobre un manto púrpura un hombre es velado. Rodean la estancia...
- ¡No puede ser!
Una dama vestida de noche, con la melena al aire, de piel cálida como la mies en verano y el rostro surcado por dos ríos nacientes del manantial de unos ojos perdidos por la ausencia. Tras ella un muchacho erguido, embelesado por un cuerpo que no volverá a latir, sus ojos estériles como campos yermos, silenciando un ahogo que le invade las entrañas y apenas le permite respirar.
Están allí de nuevo, lo vuelve a sentir como entonces. La soledad se hace más patente. Su primera ausencia arrinconada hasta el olvido renace en esa esquina. La memoria se recrea, juega con él en una tortura sin fin. Esta vez no valen espadas, ni siquiera la siente entre sus manos que yacen junto al cadáver de su padre. Una lágrima, que debió nacer entonces, resbala por su rostro adulto acompañando un sentimiento que nunca permitió aflorar.
La luna lo hiere de nuevo con un rayo tenue de muerte que lo devuelve a su soledad. El alba se acerca pero no llega nunca.
El caballero sigue inmóvil, los recuerdos no lo arrancan de su postración, arrodillado frente al tabernáculo que aúna pasado y presente. Desde que la noche nació no ha abandonado esa postura, nada ocurre y todo sucede en las horas en las que está bebiendo el cáliz amargo de la vida revivida, avanzando en un trance que lo guiará al alba.
Sabe que la oscuridad lo conducirá por más caminos, senderos que debe volver a recorrer para purificarse y enarbolar con orgullo su condición de caballero.
La noche vence al alba impidiendo su avance. La guadaña del recuerdo sigue blandiendo sobre su cabeza. Todo se detiene para comenzar de nuevo.
La luna se oculta tras un manto de desolación. Sabe quien va a venir ahora y teme, se duele retorciéndose con la tortura de su presencia. No quiere volver por ese camino, ese no, el más doloroso. Las ortigas azotan unas piernas desnudas que a pesar del dolor avanzan. Ella está ahí, presente en su soledad, llenándola de desesperación, todo renace y nada puede cambiar. El pasado vivido en el presente es un futuro del que se conoce el fin.
Ni las burlas de sus compañeros de juegos, ni la muerte de su padre suman una desolación comparable a la pérdida más cercana, a penas unas horas, tal vez unos días le separan de su ausencia eterna, quizás no haya llegado.
Ella aparece como el primer instante en que se vieron. Altiva, esplendorosa en su soledad, y él a su lado gallardo, engreído. Apenas se cruzan una mirada, apenas un instante descansan las pupilas en las pupilas del otro, sin rozarse con palabras, sin herirse de sonrisas, cada uno sigue su camino para no tener que enfrentarse jamás. El duelo se siente en el aire, se vuelven a cruzar en el camino, miradas desafiantes encienden la llaman.
Los caminos los aúnan en torno a una mesa. Una muchedumbre les rodea, para ellos solo ellos existen. Risas, diversión, alegría, música crean un ambiente del que parecen escapar. Separados, cada uno con su gente. Miradas furtivas los acercan mientras la realidad les mantienen separados. Comienza el baile y sus cuerpos se rozan por primera vez...
Su piel se derrite como gota de rocío acariciada por los primeros rayos de un sol imposible de oscurecer...
-¡Que se detenga la noche! ¿Por qué no se adentra el alba?
El caballero no puede continuar. Ella está frente a él, desnuda, sus cuerpos se funden en un fuego que lo arrasa todo. Él y ella unidos en el infinito de un imposible. Nada puede detenerlos, nada salvo ellos mismos.
Vuelve a estar solo. La capilla gira y gira arremolinada en el triste devenir que le aguarda. Debe dejarla, no es libre de elegir. Su camino tiene que continuar y ella lo impide. La abandona llenando su espíritu de hiel. Él no lo sabe, pero ella no volverá a estar sola. El fuego que los envolvió anidó en su vientre, pero el fuego se apaga con fuego. Las llamas del desdén apagan las ascuas encendidas que no podrán reavivarse. El fuego muerto disipó el último rescoldo de su amor. Mañana él será caballero y a ella nada le queda. El frío se adueña de su ser, la convierte en témpano inerte, nunca otro fuego volverá a brillar, cuando el corazón se hiela deja de latir.
El caballero se aferra a la empuñadura intentando un movimiento imposible, desea correr, impedir que cese su latido. Sus miembros no responden, no es dueño de sí. La noche clarea, el alba se acerca tornando de color la soledad.
Nada ha ocurrido, piensa, pero se equivoca. Ha luchado con su yo y ha perdido. Aún no lo sabe, pero el tiempo, inexorable juez, le hará llegar la sentencia.
Se ha entretenido demasiado en su andar, pero el alba ha engullido a la noche, la ha vencido rasgando su manto púrpura. El vencerá igual. Fuera suenan vítores. Le aclaman. Aún postrado entona su último rezo.
Todo ha llegado a su fin. Erguido camina hacia su destino. Paso firme, apenas se aprecia en su rostro el paso de la soledad. Despacio, alentado por las voces que le gritan, ahonda el caminar hacia su sueño.
Enfrente del rey, cabeza gacha en señal de respeto, hinca la rodilla en el suelo, levanta la mirada esperando tal vez una mirada que nunca volverá. El rey desenvaina su espada y cuando la posa en su hombro otorgándole su título tan deseado, una gota de sangre cae a sus pies, solo él la ve, solo existe para él. El destino cerró su círculo de fuego.
Ella, sola, en el aposento que fue testigo de su unión, empuña una daga cargada de amargura que acariciará su corazón herido de ausencia, por última vez.
Él es caballero, ganará mil y un lances pero sabe que en el día de su gloria fue vencido por la eterna soledad que será, a partir de ese momento y para siempre, su compañera inmortal.
EL VIAJE
- Se arrojó muy lejos y fue recogido en el siglo siguiente...
Cuando escuchó esa frase se sobresaltó. Correspondía exactamente a los sueños que había tenido durante las últimas noches. Pero ¿cómo había llegado allí? ¿De dónde venía?, si es que venía de algún sitio.
No tenía memoria de un pasado, no conseguía acordarse de otro lugar más que ese dónde se encontraba encerrado. El entorno que lo veía crecer era todo su mundo. Algunas voces, algunos sonidos llegaban del exterior, a veces los oía pero nunca lograron adentrarse en su fortaleza. Por eso sabía que existía un exterior, un afuera que no era capaz de traspasar. No sabía por qué no podía salir de su encierro. Nada se lo impedía pero nada le forzaba a abandonarlo. Tenía todo lo que le hacía falta. Como por arte de magia cualquier necesidad era saciada. Nunca pasó hambre, sed, frío...Sólo le acompañaban los sonidos que desde el exterior le envolvían. Sonidos a veces agradables que le infundían una sensación de calma, de tranquilidad inusitada, que le invitaba a relajarse, a descansar. Otras veces los sonidos eran pavorosos, terroríficos, pero no tenía miedo. Estaba seguro, protegido, a salvo de cualquier peligro.
A su alrededor un mundo líquido lo envolvía todo, nunca se sintió húmedo. Quizás la humedad era todo lo que conocía y no le parecía extraña, era tan suya que no podía sentirla.
Estaba solo en su mundo pero nunca sintió la ausencia porque a nadie conocía. A pesar de ello alguien muy cerca le protegía y amparaba, alguien que no veía, que no podía tocar pero sabía que estaba ahí, podía olerlo e incluso oírlo. El olor lo sentía en lo más profundo de su ser, le rodeaba y envolvía; le pertenecía solo a él, siempre agradable y sin duda, siempre tranquilizador. Su voz la oía en la distancia, había una gran barrera inexpugnable entre ambos pero aquel sonido era casi sobrenatural, tan diferente de los otros que a veces percibía... Los otros podían ser estruendo, bullicio, algarabía, zumbidos...pero éste lo sentía en el corazón. La voz estaba cerca pero era incapaz de ver quién la emitía; siempre en voz baja, como un susurro, como una caricia aunque nunca había recibido ninguna.
Cuando las voces se acallaban no se producía en su interior desolación ni intranquilidad. Esos eran los momentos en que un sonido monótono, continuo, repetitivo, obsesivamente martilleante se apoderaba del entorno procurando una calma inusitada, todo un mundo de paz se abría entonces:
- Bom-bom,..., bom-bom,..., bom-bom,...
La repetición del sonido, su eco en el oído, era capaz de transportarle hasta un estado de semiinconsciencia donde los sueños se apoderaban de la realidad y la realidad se convertía en sueño.
Hoy su sueño no era diferente del que se repetía desde hacía ya algunos días:
Se veía arrojado al exterior donde un mundo extraño le rodeaba, ya no había más humedad, apenas podía respirar, el llanto sustituía a las risas, los sonidos eran más atronadores, sonidos nuevos, voces desconocidas, apenas inteligibles. Ya no podía oír la voz protectora y tranquilizadora que tantas veces le había llevado el consuelo o incluso el júbilo a su corazón. Entonces se despertaba alarmado, el desasosiego lo invadía todo, necesitaba apaciguar su corazón desbocado, recobrar la serenidad que solo esa voz era capaz de transmitirle.
En esos momentos sentía como disminuía el tamaño de su morada, los muros que le rodeaban le constreñían reduciendo su espacio vital. Cada día deseaba menos continuar en esa estancia. Cada día era más pequeña, ya no se sentía a gusto, ni siquiera la voz tranquilizadora era capaz de transmitirle sosiego.
Empezaba a considerar que estaba recluido en una prisión de la que tenía que escapar, debía huir. Su permanencia significaría el fin. Solo pensaba en abandonar, pero cómo. No había escapatoria. Los muros se cerraban ya sobre él; apenas unos pocos centímetros le separaban de la barrera que lo cubría y le impedía salir al exterior. Necesitaba serenar su espíritu que ya no se sentía protegido. Sus necesidades básicas seguían cubiertas pero ya no era suficiente. La voz seguía sonando pero ya no deseaba oírla, no desde donde estaba.
Las sonrisas que hasta entonces estaban presentes, se desdibujaban para dar paso a una tristeza esperanzada, donde el anhelo de libertad se fundía con la necesidad de percibir un exterior hasta ese momento velado para él.
Los sueños ya no se fundían con la realidad. Todo, realidad y sueño, se encaminaban hacia la huida. Esta se presentía cada vez más cercana.
Un grito desgarrador. Una sensación hasta entonces desconocida le empujaba hacia fuera. Las paredes se iban separando con cada nuevo grito. Una fuerza le obligaba a descender una rampa imposible, desconocida, surgida desde el infinito para rescatarle. Ahora siente miedo. ¿Qué le espera en el exterior? ¿Será peor que la prisión que lo albergaba? Ya no hay marcha atrás. Voces desconocidas se van apoderando de su nuevo mundo. Ya no está en la prisión pero tampoco en el exterior. Continúan los gritos y una luz se abre paso entre las tinieblas. Ruidos metálicos lo envuelve todo.
¿Dónde está la voz? Esa es el único pensamiento que ocupa su mente. No siente dolor, ni siquiera el fuerte tirón que le obliga a salir. De pronto algo le impide el paso. La luz estaba cerca pero ahora ha desaparecido:
- ¡Con cuidado, despacio, espera! ¡Ahora empuja fuerte!
Todo se hace luz, todo silencio. Un momento que se extiende a través del infinito lo saluda.
- Es un niño.
La voz ha roto el silencio, el desconcierto se apodera del recién nacido. Todo se va haciendo cada vez más borroso. Su mente apenas es capaz de retener unas sensaciones, unos sentimientos que hasta hace unos momentos eran toda su vida, que lo han acompañado durante nueve meses. Cada minuto que pasa elimina un recuerdo, una esperanza, una angustia. Los sonidos han cambiado. Los olores son diferentes. Nada le es familiar, nada conocido. Empieza a llorar, en ese momento sus pulmones saludan al mundo exterior y su nueva vida comienza.
No sabe dónde está, qué va a ser de él. No está solo pero un sentimiento de soledad, hasta ahora desconocido se va apoderando de él. Su llanto desconsolado
En ese momento la oye, ¡Es ella! ¡No está solo! Alguien lo coloca entre unos brazos que desprenden amor. Es su primera caricia, recibe su primer beso. Entonces percibe el olor, ese olor tan familiar que le ha acompañado durante toda su vida, su vida interior y se da cuenta que siendo dos han sido uno durante todo el tiempo, todo su tiempo. Sabe que nunca le va a fallar. Su voz suena distinta pero es la suya, la que tantas veces ha oído. La soledad se ha roto, está ella y mientras sus recuerdos le dicen adiós, él, aferrado a su madre, saluda su nueva vida.
Cuando escuchó esa frase se sobresaltó. Correspondía exactamente a los sueños que había tenido durante las últimas noches. Pero ¿cómo había llegado allí? ¿De dónde venía?, si es que venía de algún sitio.
No tenía memoria de un pasado, no conseguía acordarse de otro lugar más que ese dónde se encontraba encerrado. El entorno que lo veía crecer era todo su mundo. Algunas voces, algunos sonidos llegaban del exterior, a veces los oía pero nunca lograron adentrarse en su fortaleza. Por eso sabía que existía un exterior, un afuera que no era capaz de traspasar. No sabía por qué no podía salir de su encierro. Nada se lo impedía pero nada le forzaba a abandonarlo. Tenía todo lo que le hacía falta. Como por arte de magia cualquier necesidad era saciada. Nunca pasó hambre, sed, frío...Sólo le acompañaban los sonidos que desde el exterior le envolvían. Sonidos a veces agradables que le infundían una sensación de calma, de tranquilidad inusitada, que le invitaba a relajarse, a descansar. Otras veces los sonidos eran pavorosos, terroríficos, pero no tenía miedo. Estaba seguro, protegido, a salvo de cualquier peligro.
A su alrededor un mundo líquido lo envolvía todo, nunca se sintió húmedo. Quizás la humedad era todo lo que conocía y no le parecía extraña, era tan suya que no podía sentirla.
Estaba solo en su mundo pero nunca sintió la ausencia porque a nadie conocía. A pesar de ello alguien muy cerca le protegía y amparaba, alguien que no veía, que no podía tocar pero sabía que estaba ahí, podía olerlo e incluso oírlo. El olor lo sentía en lo más profundo de su ser, le rodeaba y envolvía; le pertenecía solo a él, siempre agradable y sin duda, siempre tranquilizador. Su voz la oía en la distancia, había una gran barrera inexpugnable entre ambos pero aquel sonido era casi sobrenatural, tan diferente de los otros que a veces percibía... Los otros podían ser estruendo, bullicio, algarabía, zumbidos...pero éste lo sentía en el corazón. La voz estaba cerca pero era incapaz de ver quién la emitía; siempre en voz baja, como un susurro, como una caricia aunque nunca había recibido ninguna.
Cuando las voces se acallaban no se producía en su interior desolación ni intranquilidad. Esos eran los momentos en que un sonido monótono, continuo, repetitivo, obsesivamente martilleante se apoderaba del entorno procurando una calma inusitada, todo un mundo de paz se abría entonces:
- Bom-bom,..., bom-bom,..., bom-bom,...
La repetición del sonido, su eco en el oído, era capaz de transportarle hasta un estado de semiinconsciencia donde los sueños se apoderaban de la realidad y la realidad se convertía en sueño.
Hoy su sueño no era diferente del que se repetía desde hacía ya algunos días:
Se veía arrojado al exterior donde un mundo extraño le rodeaba, ya no había más humedad, apenas podía respirar, el llanto sustituía a las risas, los sonidos eran más atronadores, sonidos nuevos, voces desconocidas, apenas inteligibles. Ya no podía oír la voz protectora y tranquilizadora que tantas veces le había llevado el consuelo o incluso el júbilo a su corazón. Entonces se despertaba alarmado, el desasosiego lo invadía todo, necesitaba apaciguar su corazón desbocado, recobrar la serenidad que solo esa voz era capaz de transmitirle.
En esos momentos sentía como disminuía el tamaño de su morada, los muros que le rodeaban le constreñían reduciendo su espacio vital. Cada día deseaba menos continuar en esa estancia. Cada día era más pequeña, ya no se sentía a gusto, ni siquiera la voz tranquilizadora era capaz de transmitirle sosiego.
Empezaba a considerar que estaba recluido en una prisión de la que tenía que escapar, debía huir. Su permanencia significaría el fin. Solo pensaba en abandonar, pero cómo. No había escapatoria. Los muros se cerraban ya sobre él; apenas unos pocos centímetros le separaban de la barrera que lo cubría y le impedía salir al exterior. Necesitaba serenar su espíritu que ya no se sentía protegido. Sus necesidades básicas seguían cubiertas pero ya no era suficiente. La voz seguía sonando pero ya no deseaba oírla, no desde donde estaba.
Las sonrisas que hasta entonces estaban presentes, se desdibujaban para dar paso a una tristeza esperanzada, donde el anhelo de libertad se fundía con la necesidad de percibir un exterior hasta ese momento velado para él.
Los sueños ya no se fundían con la realidad. Todo, realidad y sueño, se encaminaban hacia la huida. Esta se presentía cada vez más cercana.
Un grito desgarrador. Una sensación hasta entonces desconocida le empujaba hacia fuera. Las paredes se iban separando con cada nuevo grito. Una fuerza le obligaba a descender una rampa imposible, desconocida, surgida desde el infinito para rescatarle. Ahora siente miedo. ¿Qué le espera en el exterior? ¿Será peor que la prisión que lo albergaba? Ya no hay marcha atrás. Voces desconocidas se van apoderando de su nuevo mundo. Ya no está en la prisión pero tampoco en el exterior. Continúan los gritos y una luz se abre paso entre las tinieblas. Ruidos metálicos lo envuelve todo.
¿Dónde está la voz? Esa es el único pensamiento que ocupa su mente. No siente dolor, ni siquiera el fuerte tirón que le obliga a salir. De pronto algo le impide el paso. La luz estaba cerca pero ahora ha desaparecido:
- ¡Con cuidado, despacio, espera! ¡Ahora empuja fuerte!
Todo se hace luz, todo silencio. Un momento que se extiende a través del infinito lo saluda.
- Es un niño.
La voz ha roto el silencio, el desconcierto se apodera del recién nacido. Todo se va haciendo cada vez más borroso. Su mente apenas es capaz de retener unas sensaciones, unos sentimientos que hasta hace unos momentos eran toda su vida, que lo han acompañado durante nueve meses. Cada minuto que pasa elimina un recuerdo, una esperanza, una angustia. Los sonidos han cambiado. Los olores son diferentes. Nada le es familiar, nada conocido. Empieza a llorar, en ese momento sus pulmones saludan al mundo exterior y su nueva vida comienza.
No sabe dónde está, qué va a ser de él. No está solo pero un sentimiento de soledad, hasta ahora desconocido se va apoderando de él. Su llanto desconsolado
En ese momento la oye, ¡Es ella! ¡No está solo! Alguien lo coloca entre unos brazos que desprenden amor. Es su primera caricia, recibe su primer beso. Entonces percibe el olor, ese olor tan familiar que le ha acompañado durante toda su vida, su vida interior y se da cuenta que siendo dos han sido uno durante todo el tiempo, todo su tiempo. Sabe que nunca le va a fallar. Su voz suena distinta pero es la suya, la que tantas veces ha oído. La soledad se ha roto, está ella y mientras sus recuerdos le dicen adiós, él, aferrado a su madre, saluda su nueva vida.
EL SOBRE

El sobre descansaba en la cómoda. Llevaba tanto tiempo ahí que parecía madera pulida, ajada, pero eterna como el resto del tiempo.
Llegó a la casa una mañana de primavera y se alojó allí y allí yace inerte, adormecido, a la espera de una mano, de su mano. Ansía ser herido, rasgado para dejar de ser prisión a cuantos sentimientos alberga en su interior, sabe que los sentimientos se engrandecen cuando afloran, cuando se expanden y lo envuelve todo con su dulce amargor de plenitud, y para ello, a veces, es necesario querer.
- ¿Por qué no lo abres?
- Todavía no es tiempo.
Ese tiempo que debía llegar se dilataba y mientras, el sobre adormecido anidaba en su guarida de madera.
Pasaban los días que se convirtieron en meses y estos en años, y los años en lustros. La respuesta era siempre la misma:
- Todavía no es tiempo.
A veces, cuando pasaba a su lado lo miraba, lo acompañaba en esa tediosa espera donde los minutos se tornaban en horas. Alguna vez se atrevió a rozarlo, suavemente, como si a través del tacto se acercara más a su interior, a su alma... Pero no, no era tiempo.
Ese tiempo que tanto tardaba, se prolongaba en una agonía sin fin. Su color fue cambiando con cada respuesta: Del blanco de la premura al marfil del olvido.
No era tiempo, pero en su avance, el tiempo dejaba su inexorable huella que no solo se hacía sentir en el sobre. En el semblante de ella, aparecían surcos arados en un campo ya estéril. Sus ojos se apagaban entre las luces refulgentes de sus recuerdos. Su sonrisa, casi olvidada, apenas reflejaba esplendores pasados.
Todo había cambiado: muebles, luces, ilusiones..., tan solo la cómoda y el sobre traspasaron el umbral del tiempo, de ese tiempo que todavía no era.
El tiempo se llevó la risa, los llantos pero dejó olvidado algún suspiro escondido, quizás, en algún rincón, quizás en la cómoda, y era lo único que le recordaba que, a pesar de todo, seguía viva.
Aún no era tiempo, pero este se acercaba.
La mañana amaneció envuelta con el velo de la niebla, dándole un aire de ensueño tardío.
Se levantó despacio, como si la vida se le escapara con cada paso dado. Se acercó a la cómoda. Una mano fría, lánguida, extendida en todo su esplendor, acercándose al sobre como la perla que se acerca irremediablemente a la madreperla para formar un todo eterno: el sobre y ella.
Lo acarició, sintió su tacto suave, saboreando todo el tiempo pasado, reviviendo aquellas ilusiones que destellaban en una memoria lejana que no había conseguido envejecer como su cuerpo, ahora sarmiento retorcido cuyas raíces habían cedido hasta el infinito en un último esfuerzo por acercarse a él.
Lo depositó suavemente en sus manos, acariciándolo con la ternura de una madre que acaricia por primera vez a su hijo, con la ilusión de una niña que sostiene entre sus bracitos esa primera muñeca, con el temblor que recorre el cuerpo enardeciéndolo con el primer beso, con el dolor de un abandono sin razón... Todas las emociones las recibía con un sentimiento dulce y amargo que la atraía atemorizándola.
Ya era tiempo. Anduvo, recorriendo el camino de vuelta, despacio, intentando prolongar un instante más ese tiempo que llegaba a su fin. Acostada de nuevo, recibiendo por última vez la suave caricia de sus sábanas de hilo, abrió por fin el sobre.
Una lágrima brotó de sus ojos, de nuevo rejuvenecidos, que no podían ocultar un tiempo pasado que se fundía con el presente, siendo ya uno, para desaparecer. Sonrió mientras la envolvía el sueño eterno del que ya no podría despertar.