31 de Mayo

Unas veces la vida nos arroja a una soledad inexorable y otras veces es el propio ser humano el que se lanza en sus brazos apartando todo lo demás. Esta mañana la he vuelto a ver, huraña, despeinada, vieja no de edad si no de vida desperdiciada. Sentada sobre una piedra del camino espantaba fantasmas que le importunaban con recuerdos que pudieron ser y ella borró. Nunca fue buena. Es duro reconocer algo así de un ser humano, pero ella me llevó a pensar que si entre las fieras de la naturaleza podíamos encontrar los más bellos y más nobles sentimientos, entre los hombres también podíamos descubrir a abominables seres que ni siquiera les salva el instinto animal. Me voy acercando y ella inicia su baile furioso de alejamiento de cualquier cosa que signifique un hálito de vida. Las inocentes amapolas que comienzan a colorear los arcenes del camino han sido pisoteadas, las margaritas arrancadas y al ver a Cora blande un palo con el que pretende exorcizar al diablo que anida en ella pero que ve reflejado en los demás. No me saca muchos años y parece que le pesan dos vidas sobre sus hombros desnudos de afectos. Nunca fue buena. De pequeña, cuando nos obligaban cestillo de la merienda en mano, a ir a lo que llamábamos colegio, porque hoy a ningún padre se le ocurriría enviar a sus hijos a esa especie de campo de concentración a medio destruir con paredes desnudas y ventanas desencajadas que permitían el paso a todo tipo de bichos y de inclemencias, en esos años de hambres y penurias ella se dedicaba a desperdigar la comida de los demás por suelos mugrientos llenos de inmundicias, a retorcer la cabeza de pajarillos indefensos, a romper las ramas de los frutales por el único placer de destruir. Su padre, demasiado ocupado con las tareas que impone una finca de labor de gran extensión y su madre, inmersa en la vorágine de un hogar de ocho hermanos. Nadie se ocupaba de ella, de corregir esos sentimientos que le nacían de unas entrañas negras de pesares y podridas de indiferencias. Llegó a casarse, creo, y tuvo un hijo al que maltrataba insistentemente. Golpes, moratones, costillas rotas... El marido se cansó y se alejó con el pequeño. Nunca hemos vuelto a saber de ellos. Ella se quedó con una casa que no merecía y un dinero que el marido le dio por lástima. Nunca entendí cómo un hombre bueno pudo enamorarse de semejante monstruo. Nos acercamos a ella, se pone frenética amenazándonos con más furia. Coge una piedra y la arroja, pero en ese cuerpo seco de afectos apenas quedan fuerzas para atinar en su objetivo. Vive sola, amargada, encerrada en un mundo de pesadillas labradas día a día. Sus vecinos la oyen suplicar por las noches o entonar lamentos lúgubres, ayes de dolor fingido. Las noches se hacen eternas en sus quejas y cuando protestan ella se ríe y amenaza con que nunca les dejará dormir. Creo que hoy su maldad se ha tornado locura, pero no por eso daña menos. Fue recluida en un psiquiátrico y su comportamiento fue tan ejemplar y la dejaron marchar. Dicen que la mirada maliciosa cuando traspasó la cancela del recinto era premonitoria de las maldades que pensaba cometer. Cora le hace frente, es la primera vez que la veo rechinar los dientes en señal de amenaza, la mujer se achanta y baja el palo, gira la cabeza y escupe a nuestros pies. Sujeto a Cora, le acaricio la cabeza encrespada.-No te preocupes, a nosotras no puede hacernos daño, ya sólo se hace daño ella-. Continuamos nuestro paseo sin volver la cabeza. Es triste la soledad pero lo es mucho más la maldad.
30 de Mayo

Ahora no llueve. Miro a través de los cristales empañados de la cocina y el campo parece que ha recuperado su esplendor en una sola noche. Cora está a mi lado, tumbada, remoloneando un paseo que hoy no le apetece. La quietud del día, la calma tras la tormenta nos ha descubierto ese lado de apatía que todos llevamos dentro. No nos apetece ensuciarnos los pies de barro. Me caliento el café y salimos al porche a disfrutar del frescor de la mañana. El viento húmedo acaricia nuestros rostros. Cora se distrae persiguiendo un pajarillo, desaparece de mi vista pero enseguida vuelve a mi lado. Acompasamos la respiración, la humeante taza de café expande su aroma. Cora levanta la cabeza olfateando, casi exigiendo con la mirada su tostada. Expando mis pulmones llenándolos de quietud, de calma lejana, de olores perdidos. Suelto lentamente el aire viciado de rencores que no debieron ser, de compromisos que fueron complacencias, de tristezas que por compartidas lo fueron menos. Comienza de nuevo una fina lluvia. La mañana se va deslizando entre dedos de nubes que no cesan de acariciar los campos colmados por el agua derramada. Cora cierra los ojos, permanece inmutable, respira con lentitud dejándose atrapar por las sensaciones que el agua evoca en la tierra. Una mecedora acoge el lento movimiento de mi cuerpo que se balancea al ritmo de la lluvia sobre el tejado. El tiempo se ha detenido o quizás lo hayamos parado nosotras. No hay nada que hacer, sólo respirar, acariciar las horas que no pasan. Una nueva inspiración y no me reconozco, creo que por fin estoy aprendiendo a perder el tiempo ganándolo para mí.
29 de Mayo

Hoy se celebra la fiesta del Corpus Christi. Las calles se engalanaron anoche para saludar el paso de la custodia. Brillo, esplendor, mantones heredados guardados en arcones olvidados que sólo se orean de año en año. Cornucopias de pan de oro arrumbadas en zaguanes cubiertos de polvo que son limpiadas y devueltas a su esplendor de antaño por un día. Jarrones de lustre engañoso que fueron cincelados de óxidos en el discurrir de los años. Retamas y jaras que sirven de fragantes alfombras balsámicas que mecen el paso del pan sagrado. Oropeles que enmascaran las calles desconchadas, ajadas por el tiempo. Hoy se estrena ropa, lo dice la tradición, los atavíos de ceremonia son desempolvados y afeites y maquillajes compondrán la imagen real que hay que pasear. El día está nublado, anoche unas fuertes ráfagas de aire podían hacernos pensar que habría tormenta, pero sigue sin caer agua. El cielo plomizo recoge las apariencias, las fachadas restauradas con bellas envolturas impidiendo que reluzcan los brillos ajenos. Nada es lo que parece, donde encontramos un fastuoso altar se esconde una pared con desconchones a punto de derrumbarse, donde una señora altanera cubierta de oro y brillantes, una pobre mujer que solo aspira a ser admirada por sus adornos y no por sus verdades. Ayer se derrumbaron fachadas y aparecieron escombros donde antes había esplendor. Todos nos equivocamos al juzgar pero por el mismo hecho de juzgar. Ayer, el dolor de la separación de Cora no me permitía dar un voto de confianza a aquella que me obligaba a separarme de ella durante un día, apenas dos. Ella vino con sus aires de gran señora, sus perfumes de cristal tallado, sus joyas de brillos opacos que no pueden competir con el rocío en una hoja al amanecer; ni un pelo descuidado y su cara cubierta de afeites dibujaba una sonrisa de falso carmín. Aparentaba las poses de una señora decimonónica, con gestos afectados. Era un papel falso, al principio la repulsión de su figura, su presencia impuesta y mi separación obligada me impedían ver a través de unos ojos aterrorizados que sólo imploraban una ayuda que se sobreponía a la capa de orgullo protector. El campo, que lo dulcifica todo, le hizo ir perdiendo el color artificial de carísimos polvos compactos para ir mostrando su palidez cadavérica. Dábamos un paseo por los alrededores después de comer mientras los caballeros disputaban su honor en una partida de mus. El aroma a campo iba desplazando su altanería, la sencillez de hierbas aromáticas sustituían los elaborados perfúmenes que se apagaban a su paso. El sonido de las hojas arrulladas por silenciosas brisas iba devolviéndole una calma que ya ni recordaba. Los colores del cielo, límpidos, inmaculados, suaves le hicieron volver a épocas en las que era feliz, a recordar sus campos, sus olores, sus risas. El corazón rebosante de nuevo de un espíritu que creía olvidado, desató sus sentimientos y a mí, que apenas me conocía, con quien no había tenido nunca una charla de amigas, a mí que la denostaba por haber sido la causante del alejamiento de Cora, pues a mí abrió su espíritu desgarrado confesando miedos y ansiedades. El cáncer iba corroyendo sus entrañas, el tratamiento era insoportable, las esperanzas eran mínimas y no sabía afrontarlo. Se derrumbó en mis brazos y yo pensé cuán injustos somos. Me culpé de intransigencia, de ceguera, de absurdos prejuicios, yo era como creía que era ella. Le di mi hombro para que llorase, mi pañuelo para que enjugase sus lágrimas y le ofrecí las palabras que mi corazón me dictaba, no sé si le han servido, me ofrecía para lo que quisiese. Se vació de orgullos fingidos y se lleno de campo. Me habló de sus temores a los perros y yo le hablé de Cora. Es curioso, fuimos a verla. No abrí la verja porque vi el miedo dibujado en sus ojos y no merecía la pena hacerla sufrir más de lo que ya sufría. Fue capaz de acariciarle el hocico y Cora se dejó acariciar. Se alegró al verme pero su reacción fue tranquila, como si supiese que todavía su encierro no había terminado y lo aceptaba. Volvimos a la casa, ellos seguían jugando a las cartas. Quiso lavarse la cara y dejar el rostro al aire, al aire purificador de prados no contaminados, el alma se oreaba y el cuerpo se tersaba bajo los últimos rayos de sol de la tarde. Nos despedimos con un abrazo sincero sellando una amistad que había supuesto imposible. Se marcharon de noche, ella prefería descansar en su casa y amanecer hoy allí. Él me ha sonreído por primera vez desde hace tanto que la memoria juega conmigo escondiendo los recuerdos. En el brillo de sus ojos he leído que lo sabe, que quería ayudar a su amigo, que esta vez no han sido negocios aunque esa fuera la excusa, lo he leído pero no me ha dicho nada. La verdad es que hoy sus palabras no me hacían falta, su voz ha callado una vez más pero sus ojos no han podido. Mañana iremos a la procesión y después Cora volverá a su hogar.
28 de Mayo

“…Harto ya de estar harto ya me cansé, de preguntarle al mundo por qué y por qué…”
Esta canción se encadenó ayer a mí y no puedo abandonarla. Revolotea incesantemente pisoteando mis pensamientos, machacando minutos, repicando como campanas que anuncian cada nuevo instante. Me sacudo la cabeza con fuerza, con a energía del que quiere volver a ser dueño de su propio pensamiento, pero la canción suena una y otra vez. Hoy me espera un arduo día. Tendré que dejar a Cora fuera de mi vida para colocar a unas muñequitas de ciudad en el lugar que es suyo. No me imagino alejada de ella durante más horas de las que sabría contar, a base de repetírselo y de repetírmelo creo que me ha entendido:-No es abandono, es una separación momentánea, antes de que te des cuenta volveré por ti.- Una lágrima surca mi rostro cada vez que me acerco a ella. Puede que los perros no tengan noción del tiempo, que lo que para mí va a ser una eternidad, para ella sea un instante. No sé. Estoy harta, me repite de nuevo la canción. Estoy harta de una vida de apariencias, de que él sólo me busque cuando necesita complacer a otros, agasajar a otros, halagar a otros. De nada me valdrá mi esfuerzo si todo queda como a él le gusta, será mi obligación, pero si algo falla toda la culpa recaerá sobre mí. Pintaré mi cara de sonrisas ajenas, velaré mis ojos con el brillo de ciudad lejana, sepultaré los tomillos con el aroma a suficiencia que destilan cuerpos impregnados, disfrazados de olores embotellados que se compran a dos duros en superficies deshumanizadas. Harta de envidias. Me río por no llorar. Vendrán, como otras veces, encontrando desperfectos en paredes ajenas y tras engullir unos espirituosos, desatarán lenguas viperinas y una vez más se jactarán de despilfarrar los bolsillos que tanto les cuesta a los maridos llenar, se prodigarán en vilipendiar a otras amigas, difamación gratuita, deporte de sociedades saciadas, rivales de esplendor en salones mundanos. Se sienten floreros, adornos relumbrantes y saben, en el fondo de unos corazones enterrados en maquillaje, que sus vidas están más vacías que las mías. El alcohol que todo lo trasmuta abrirá bocas y cerrará mentes, aflorarán sentimientos y cuando los efluvios etílicos pasen y recuerden jirones de corazón desprendidos, sentimientos olvidados escupidos, o sueños que el dinero no puede comprar, se sentirán más desgraciadas y arremeterán como fieras enjauladas contra el primero que cruce su territorio. Y allí estaré yo como testigo mudo de desgracias ajenas de soledades que son la única soledad, de despropósitos que se visten de venganzas, de palabrería que se amontona como la basura en los contenedores y me sentiré menos sola en mi soledad. Sé que en otras reuniones seré yo el centro de conversación, me llamarán pobrecita, dirán lo descuidado de mi aspecto por no ir dos veces a la semana a la peluquería, por no lucir los últimos modelos de modistos de relumbrón, por no poder acudir a las fiestas que engrandecen e iluminan presencias como las suyas, y yo que las oigo sin que aún se hayan ido de mi casa, que las oigo en fiestas que han de venir, me alegro de haber roto con esa vida, de que mi soledad sea menos soledad porque Cora está junto a mí. Pobre Cora, tener que apartarla de su casa por vanidades envilecidas con venenos de envidias. Quizás sea mejor que no respire el aire emponzoñado que destilan sus anodinas existencias a través de poros corroídos de esplendores decadentes. Él, a pesar de mi insistencia, ha contratado una chica para que nos sirva, mi papel es atender a las visitas, no servirlas. Estoy harta de tonterías, de discusiones, cedo, los manjares están preparados, las delicias servidas. Cómo echo de menos a Cora y aún está a mi lado. Es hora de llevarla al destierro. No ha entrado en toda la mañana a la cocina, hoy durante los preparativos, estaba tumbada en la puerta. Extraña inteligencia animal que sabe comportarse mejor que las personas sin haber aprendido en escuelas de urbanidad. Cae una nueva lágrima de mis ojos marchitos de dolor. Es la señal, se acerca a la puerta, la acaricio. Me devuelve el calor de su amor con un roce en mis piernas, sabe que hoy no dormirá aquí, estoy segura que lo sabe y se resigna, como yo. El paseo ha sido amargo, no había música en las nubes, no había aromas en las manzanillas, el color había abandonado a los cerezos. Abro la verja, ella entra. Con el hocico húmedo me echa hacia fuera. Lo ha entendido y no quiere que sufra por ello. Avanza sin mirar atrás con un paso cansino. Se gira, me mira y continúa hasta una sombra bajo un árbol. Se tumba, no se resiste. Tengo que volver, un pañuelo enjuga este abandono. Mañana vendrá pronto, volveré a por ti. Me giro y no puedo volver la cabeza para un último adiós. Estará bien, me digo, seguro que mejor que yo. Deben estar a punto de llegar. He de aligerar el paso. Como dicen en el circo: "El espectáculo va a comenzar"
27 de Mayo

Vuelve a ser viernes. Los días caen del calendario estrellándose contra el suelo, un día más vivido, uno menos por vivir. Este fin de semana veré rota mi rutina. Uno se ancla a su rutina como tabla de salvación a la que agarrarse, quizás no para sobrevivir pero puede que como sea el único asidero que te mantiene a flote. Mi rutina se verá dolorosamente alterada porque, a pesar mío y por primera vez desde que llegó, voy a tener que mantener alejada a Cora de mí, de mi casa. Mañana pasearé con ella pero en dos días no podrá regresar. La llevaré a una pequeña finca que tenemos a las afueras del pueblo. No sé cómo explicárselo. ¿Podrá entender que no la abandono?, que es una imposición de él, que la echaré de menos como se echa de menos a un amigo que parte de tu lado aunque sepas que va a volver. No quiero que sufra, sus ojillos me dirán adiós, se resignará. Dos días pasan rápido, me engaño. Yo estaré ocupada y su recuerdo me asaltará como flashes de fotos que disparan cuando menos lo esperas, pero y ella, ¿qué sabe ella de retornos? Ella sabe de abandonos, de soledades, de amor pero eso se le va a romper. Yo sé que volverá a mí, que apenas podría pasar ya sin Cora, pero no quiero que sufra, no sería justo. Cualquiera que pudiera leer mi pensamiento diría que estoy chocheando, que tanto alboroto por un perro, por un perro que además va a volver. Quizás tengan razón pero no quiero que sufra. Mañana vienen unos compañeros de trabajo de él, tengo que agasajarles con la mejor de mis caras y ser la anfitriona perfecta, deleitarles con conversaciones intrascendentes haciendo que se sientan en su propia casa, cocina selecta, buenos vinos... Parece ser que la mujer de uno de ellos no soporta ninguna clase de animal cerca, no sé si será miedo, asco, o quizás alergia que está tan de moda, el caso es que no puede quedar rastro de Cora. Va a ser un fin de semana duro, desempolvaré mi careta, me disfrazaré para este carnaval tardío, se hará todo a su gusto y confío en que llegue pronto el domingo para ir a rescatar a Cora de su encierro. ¡Vamos bonita, el campo ha desplegado su manto de romero y manzanilla para nosotras!
26 de Mayo

Hace calor, demasiado calor para finales de Mayo. No entiendo de tiempos, ni de cabañuelas, ni de predicciones más allá de lo que voy a cocinar hoy, pero la sequía amenaza nuestras tierras sedientas de un líquido casi más preciado para ellas que nuestra propia sangre. Lágrimas de sangre brotarán de los ojos de campesinos hastiados de trabajo que verán cómo sus cosechas se perderán otro año más. Lágrimas de sangre que no podrán aliviar las estrías profundas, los caballetes alzados por las callosas manos que esperan recoger una cosecha que se morirá en la planta hastiada de calor. Las flores se agostan a nuestro paso y los caminos arderán en un baile macabro de llamas sempiternas que, como ave fénix, reviven año tras año, danzando sin control. Abrimos los grifos y sale agua a borbotones, son los últimos estertores de pantanos y embalses que apuran su sangre transparente para ofrecérnosla en sacrificio y nosotros despreciamos los sacrificios de la tierra, de la madre tierra que quiere permanecer viva y la estamos matando. No hay vida sin sangre, no hay vida sin agua. Nuestros pasos levantan polvo, Cora corretea entre guijarros tempraneros, un gazapo asoma sus orejitas de algodón. Cora corre hacia él pero es más rápido, se esconde en túneles subterráneos donde el calor no alcanza. Cada día horadan la tierra en busca del agua que se refugia en su interior sin saber que si el corazón húmedo de la tierra desaparece nunca más brotará su sangre. Ayer vi una avería en una calle alejada, manaba el agua como un geiser, nadie intentaba parar este derroche que nos empobrece aún más. Agua desperdiciada, agua muerta que se escapará a otras tierras, a otras nubes. Las frutas que comienzan a colorear los campos se tiñen de lutos de sequía. Si mis hijos estuvieran en peligro daría hasta la última gota de mi sangre por ellos pero si de agua se trata no conocemos a hijos ni a hermanos, nos volvemos egoístas, o son los que tienen la riqueza, el agua de vida los que se agarran a ella como avaros abrazando el dinero. ¿Cuándo entenderán que el agua es de todos? El agua debería ser patrimonio de la humanidad como tantos monumentos o ciudades que tan sólo dan belleza y no es poco, pero el agua da vida. Reanudo mi paseo con Cora desangrándome con cada cereza, con cada albaricoque, pera o ciruela que piden ansiosas una lágrima que les aporte el suero para continuar.
25 de Mayo

Los días amanecen antes de que los rayos de sol acaricien el horizonte y se prolongan más allá de los caminos de estrellas. Una mañana tras otra los ojos abandonan el reino de Morfeo iniciando su andadura un poco antes, robándole tiempo al letargo que aturde mi soledad. Como si se tratase de seres regidos por la luna, los ojos varían su ciclo impidiéndome ese descanso que tanto necesito, pero ellos no son los responsables de mi falta de sueño, no sería justo cargarles con culpas ajenas. Las sábanas rozaban mi cuerpo alienado, las manecillas del reloj habían detenido su paso y la ausencia no era sólo del alma. Otra noche más y él no llegaba a casa, otra noche más y la cena, fría como la lápida de unos sentimientos olvidados, descansaba en un comedor que tampoco esa noche se iba a usar. Trabajo, siempre trabajo, esa es la excusa que redobla eternamente en su boca. Vivir para el trabajo, apoltronarse tras la mesa de un despacho que representa poder, energía, superioridad, dinero, ¿es eso lo que llama vida? Qué vida es la que te hace perder los momentos felices, la que aparta hasta lo más nimio en favor de negocios fabulosos, la que compensa con dinero la falta de un beso de buenas noches de unos niños que pronto dejarán de serlo, la que indemniza con costosos regalos los tiempos ausentes, la que olvida vidas ajenas llegando a ser el olvido de la propia, la que marchita el amor por no detenerse a regarlo. Tú no entiendes, me dice. Yo soy importante, dependen de mí. Sí, dependerán de él, pero si nosotros hemos aprendido a sobrevivir sin él, si nos hemos hecho resistentes de la vida, resistentes a la falta de caricias, de tiempos, de ilusiones compartidas, de..., de tantas cosas que ya ni me acuerdo, si nosotros que lo queríamos, que a pesar de todo lo queremos, hemos sido capaces de vivir sin él, cualquiera puede hacerlo. Él piensa que tenemos la obligación de estar, simplemente estar, quizás nos hayamos convertido en una parte más del mobiliario que adorna su vida. Mis hijos han conseguido aislarse de esta ausencia, aunque en el fondo de sus almas queda un hueco helado, vacío, lo sé, mi corazón de madre repara en ello cada vez que los veo. Ya no quedan excusas, él obra ateniéndose a conciencias fabricadas que lo sepultan todo. Me pregunto si se viera solo, si nadie le esperara al volver a casa, si no tuviera a quien despreciar con ausencias baldías, qué ocurriría. Me reconozco cobarde, ya no sabría empezar de nuevo, ¿mi soledad sin compañía sería más soledad? Transitaré, una vez más, el surco que se abre en mi camino de ausencias, saludaré a la mañana con un paseo reparador, me detendré ante una nueva flor que nace, o un pajarillo que canta, observaré al gazapo correr hasta su madriguera y a Cora espantar las penas con sonrisas de alma. Seguiré arando esta mi tierra, aunque ya sólo sea un pedregal.
24 de Mayo

Esta mañana el café podría saber a soledad, a soliloquio, a vejez y no es por la ausencia sabida de Ana, es por la negación de los brazos que una vez me acariciaron, que una vez me abrazaron arrullándome en el eterno canto del amor efímero. ¿Por qué jurar amor eterno si la eternidad sólo la da la muerte? La eternidad de noches vacías, de ojos cansados, de brazos caídos, la eternidad de sonrisas apagadas, de desplantes no provocados, la eternidad de monólogos infinitos que dan calor a lo que resta de cuerpos rotos de pasiones profanadas. Cuando el diálogo se rompe es difícil establecerlo de nuevo. Quizás otras bocas hayan congeniado, quizás otros cuerpos se habrán rozado, quizás sea el mismo cuerpo que ha olvidado dialogar y se baste con discursos unívocos. Mi cuerpo siente frío, mi alma se heló con el primer rechazo, pero sigo teniendo necesidades. Me gustaría volverme de piedra, que pasara el tiempo erosionando la superficie sin penetrar en el interior, sin romper el corazón que se esconde tras las capas encallecidas de la roca, pero no puedo. Mi carne aún siente el latir, el palpitar de la sangre sobre mi piel. Aún soy capaz de enardecerme con su aroma y me desespera reconocerlo. No queda nada pero el deseo no se borra. Quizás me engañe sola y quede más de lo que quiero suponer y, así, evitar más dolor, más burlas del destino y de los Dioses que nos hicieron jurar votos que se han diluido antes de terminar el contrato. El aire de la mañana enfriará mis pulmones, me colmará de paz, me hará olvidar la viudez impuesta, retornará la cordura a un cerebro que ha desvariado espoleado por un corazón que ha querido resucitar pero que vive prisionero en un sepulcro de mármoles y oropeles, fachadas que otros envidian porque son incapaces de asomarse a interiores vacíos. Aborrezco la vida suntuosa, las apariencias engañosas de “ententes cordiales” que permanecen mientras el público aplaude. El café se ha enfriado, lo apuro de un trago, Cora me intuye y deja que me desahogue, me empuja con el hocico hacia la puerta, sabe que la mañana me templará, que asirá las riendas de mi deseo y me frenará otro día más.
23 de Mayo

El café de la mañana es dulce por las horas que me quedan por compartir y amargo por la despedida que se acerca. No, no voy a desperdiciar las últimas horas, no sé cuando llegarán las siguientes. Una amiga de mi hija ha dado a luz y esta mañana, después del paseo, iremos a ver a su preciosa criaturita. Apenas guardo en mi memoria el rostro de mis hijos cuando nacieron, quizás ese primer instante en el que los vi, ese momento en que dejamos de ser uno para convertirnos en dos, el minuto en el que el cordón que nos unía fue seccionado por el bisturí de la vida, ese es el único que mantengo como parte de mí. Sus rostros fueron cambiando con cada nuevo amanecer, con cada nueva leche mamada, con las primeras papillas y el primer currusquito de pan, pero esas imágenes ya no son mías, quedaron inmortalizadas en fotografías que mantienen su recuerdo impreso en papel, sus risas estáticas, sempiternas, sus pucheros congelados en un tiempo que nunca será más, pero ese primer instante es y fue sólo mío. Su olor, ese olor a bebé recién nacido es el perfume que jamás podrá ser embotellado, la alegría, ese estallido de alegría que sobreviven a la expulsión de tu cuerpo dolorido, ese querer saber, ese instante que te lo colocan en tu barriga, ahora yerma, árida, campo que fue abonado y ahora es abandonado, te sientes vacía de cuerpo pero plena de espíritu y todo cambia cuando lo oyes llorar por primera vez, cuando se te engancha en una teta que no sólo sabrá alimentar un cuerpecito indefenso sino que será el sustento que le acompañará el resto de sus días.
¡Qué bonitas son las manos de un bebé! Esas uñas perfectas que prolongan sus dedos más allá del infinito, sincronizadas con un tiempo que ha de venir en el cual sé harán duras, rebeldes, puede que curvadas, quebradizas o cuidadas más allá de sus propias cualidades. Las manos de un bebé es el lazo de unión con la vida, quieren asirla, agarrarse a ella, sentirse seguros a través de unos dedos que se aferran con toda la fuerza que son capaces de desplegar. Cuando vea a esa criaturita soñaré con tiempos pasados, tiempos de desvelos, de inquietudes, de vigilias infinitas que unían un día con otro pero también con ese amor infinito que sólo el corazón de una madre puede albergar. Recordaré sufrimientos, penas, llantos, dolor, pero sobretodo, sonrisas, el primer diente, la primera palabra, los primeros pasos y ese tiempo que pasó tan rápido sin haberlo disfrutado más.
22 de Mayo

Hoy ha sido un día de esos en los que todo sale bien. Me parece como un sueño, he tenido tan pocos días así. Escribo tarde, cuando el silencio se ha adueñado de estas paredes decoradas, otra vez, de amor. Como cada mañana me levanté temprano. El alba me invitaba a sonreír, creía que mi hija dormía plácidamente en esa habitación que la había visto crecer, florecer como un brote apenas indefenso que está a merced de cualquier inclemencia, pero ella nació fuerte, creció y se abrió a la vida. Estaba calentándome el primer café de la mañana, ese que saboreo con mis amarguras y con mis dichas, el que es sólo mío y desde hace poco también de Cora, cuando unos pasos sigilosos hicieron que mi corazón se arrojara a una carrera para la que no estaba preparada. Mi hija me observaba desde el quicio de la puerta. Había procurado hacer menos ruido del que suelo hacer para que su sueño no se interrumpiese, pero ella, sabiendo que mi día había comenzado quiso compartirlo conmigo. Ese café fue el aliento que avivaba la incipiente mañana. Saborearlo a dos fue el primer regalo del día. Ella comenzó a contarme sus días en el exilio, como decía. Allí se encontraba a gusto, pero echaba de menos el calor de los que, hasta que partió, habían formado parte de su vida. Ese café me abrió los ojos a soledades no compartidas, a soledades sin edad que a todos envuelve, soledades de espacios vacíos rodeados de gentes, soledades de sol y de nubes. La soledad no es de nadie y a todos corroe. Soledades de corazones que añoran lo que dejaron en el camino pero soledades de esperanzas por llegar, esperanzas de regresos, esperanzas de oportunidades y esperanzas de reencuentros. Las semanas caían de calendarios fugitivos, pero los días, o mejor las noches, eran perpetuas, horas eternas que no querían avanzar. Las soledades de pocos años son tan amargas como las soledades arraigadas en el tiempo. Charlamos eternamente. Ella no era infeliz pero echaba de menos el calor de corazones afines y no hablaba de enamoramiento, hablaba de familia, de amistad... Apenas le quedaban unos meses y retornaría, no a esta casa, quizás no a esta ciudad pero necesitaba el sol. Eso me llamó la atención, necesitaba el sol. No nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos. Yo no sé cómo me sentiría si encima perdiera el sol que me acompaña cada mañana.
Salimos a pasear y las tierras eran más verdes, las flores despedían más aroma, Los frutos se sazonaban a nuestro paso. Cora correteaba alrededor nuestro, hasta ella parecía más feliz. La comida sabía diferente saboreada a su lado, incluso el fregar los platos se me antojaba divertido a su lado.
Fui yo la que tuvo que insistirle para que llamase a sus amigos, para que saliera con ellos. Yo soy feliz si ellos, mis hijos, son felices, no lo puedo evitar y no lo quiero evitar. Aún no ha regresado, quiero acostarme antes de que llegue, no quiero que piense que la estaba esperando, ni que se sienta mal por haber vuelto tarde y encontrarme despierta. Sé que no me dormiré hasta que oiga sus pasos quietos dirigirse a su habitación, me dará igual la hora. La he extrañado tanto. El martes regresará a Holanda, pero mientras volveré a ser feliz.
21 de Mayo

Ayer apareció mi hija en casa sin que supiera que iba a venir. Ella es así, le gusta dar sorpresas pero además es que nunca sabe dónde estará de un día para otro. Estaba yo entretenida entre los pucheros haciendo ese arroz con leche que evocaba aromas de infancia cuando un voz pequeña, arraigada en un corazón lejano, asida al pasado de madre omnipresente se escuchó en mi cocina y reverberó en mi corazón. Es curioso, Cora no ladró, ella la había silenciado con un chitón breve como un suspiro y obedeció. Los perros huelen el amor más allá de nuestras propias narices que apenas son capaces de detectar tufos de odio sempiterno. Me tapó los ojos con la suavidad de la caricia de un bebé que retornaba al vientre materno. Ella es tan independiente que duele, duele desprenderse de lo que más se quiere. ¡Qué difícil es dar la libertad a un pajarillo que ya ha aprendido a volar! Y qué alegría agita el corazón cuando el pajarillo decide regresar de nuevo hasta el nido, hasta su nido, aunque sea para un eterno y efímero fin de semana. La alegría ahogaba mis pulmones, apenas podía respirar, hacía más de cinco meses que no la veía. Estaba tan delgada, tan pálida, se había espirituado, pero no como decían las abuelas cuando el peso se alejaba de los cuerpos adolescentes obsesionados que comenzaban a redondearse, se había espirituado porque cada poro de su cuerpo destilaba espiritualidad, delicadeza, sensibilidad. Había dejado de ser la niña alocada que corría en mi recuerdo para ser una mujer capaz de valerse en un país alejado de todos los recuerdos. No sé qué experiencias le habrán llevado a alargar su figura hasta el infinito, ni creo que me las cuente en confidencias a media voz, ya no hay mantas que alberguen recuerdos, ya no hay caricias que reciban lágrimas ajenas. La miro y la veo tan extraña, tan lejana, inaccesible tal vez. Son los delirios con los que mi mente me atormenta. Ella está ahí, me sonríe, coge la cuchara de madera y se entretiene en sabores de su niñez como antes fueron de la mía. El beso con el que me regala acaricia las ausencias vividas. Sé que está deseando ver a sus amigos, que este espejismo pronto será fundido con nuevas ausencias. Telefoneo a su padre. No entiendo a los hombres, parecen no necesitar cariño, ni el de sus hijos. Dice que está ocupado que ya llegará. No entiende que ella se marchará, se alejará de nosotros, que tenemos que compartirla, que ya no es sólo nuestra. Este momento que podía ser para nosotros no existirá. Quizás me esté volviendo una vieja sentimental de lágrima fácil. Cora corretea a su alrededor jugando a juegos de niños eternos. Preparamos la comida y esperamos a su padre. Un beso de recibimiento, un comentario sobre la delgadez y comienza a comer. Ella observa y habla, habla mucho intentando aliviar una tensión que por perpetua apenas reconozco y que ella había relegado a un rincón oculto de su memoria. Quizás fue el motor que impulsó su huída hacia otras tierras, hacia otros hogares, quizás marcamos su alma y no sea capaz de dar y recibir todo el amor que se merece. Lágrimas de sangre rodean mi maltrecho corazón, me ahoga el pensar que hemos podido mutilar su amor. Ya estoy desvariando de nuevo. Cora desde el patio me intuye, susurra caricias que me abrigan, relajo el semblante, una sonrisa se dibuja en mi cara, un apretón el la mano de mi hija y todo está de nuevo bien.
20 de Mayo

Hoy el día ha querido amanecer antes. Los negros verdeaban cuando el sueño ha abandonado las profundidades oscuras de mi alma. El lucero de la mañana debía estar en su cenit y la cama me pinchaba en la espalda como si se hubiera transformado en una de esas de alambres que los faquires mullen como si de plumas de oca se tratase, aunque pensándolo bien en colchones de plumas apenas pegarían ojo. Me he levantado con una chispa de humor melancólico. Cora está arrebujada en su cojín, dormida, su respiración lenta me dice que es feliz. ¿Los perros sueñan? Sus ojos comienzan a moverse, quizás esté en otro tiempo, en otra casa, o puede que no. Su sexto sentido le dice que estoy cerca, abre uno de sus ojitos y me mira. Se despereza y con su cuerpo tibio de sueños eternos se acerca hasta mí. Necesito respirar el frescor de la mañana que promete fuego, el sol dará calidez con su incandescente corazón y ansiaremos el frescor de estaciones pasadas cuando suplicábamos al astro rey que se apiadara de nosotros, que tendiera su manto de pasión eterna. Nunca estamos contentos con lo que la vida nos ofrece, ni siquiera con el tiempo. Esa agua que tanto necesitamos, apenas fue un espejismo de dos días y ya protestábamos porque se ensuciaban los cristales. ¿En qué mundo vivimos si no nos conformamos con nada? Salimos a la calle, el camino se abre para nosotras. Demasiado temprano para que nadie nos acompañe. Las primeras luces comienzan a chispear tras cristales somnolientos. Respiramos el último frescor de la noche exhausta y entre partículas de rocío se cuelan olores de antaño, olores de otra vida. En una casita apartada, oculta tras un recodo del camino, una ventana abierta ofrece aromas de niñez. Una gris silueta mueve un puchero y el aroma se derrama como una alfombra que pugna por cubrir el alba. Recuerdos de infancia perdida, de un fogón y un mandil, un delantal que la acompañaba allá donde sus pasos la llevaran. Pequeña, nervuda, enjuta de cuerpo, desbocada de alma, seria ante la vida, derrochadora de razones ciertas, afectuosa ante el dolor y despiadada ante la injusticia. Así recuerdo a mi abuela, abuela que me abrió caminos de esperanza, veredas de escape, senderos de confianza y trochas de desesperación. Mis males los curaba con un arroz con leche colmado de amor. Para una pelea de hermanos, arroz con leche; para el mal de amores, arroz con leche; para el ansia de libertad, arroz con leche... Me ató a su recuerdo con un dulce que elaboraba con paciencia, con la dedicación de años efímeros, de momentos infinitos que el tiempo nunca borraría, era el ancla que mantenía la familia amarrada a buen puerto. Sus pucheros eran brillantes, plata en sus manos y nunca dejó que perdieran su lustre de restregones con jabón, jabón, como ella decía. Hoy el aroma cálido de fogones ajenos me la ha devuelto por unos instantes y de nuevo en mi corazón no la volveré a dejar escapar.
-Cora, vamos, hay que llegar a casa, creo que hoy de postre haré arroz con leche.
19 de Mayo

Cuando la muerte tropieza en un lugar entretiene sus pasos. Hace frío en la calle Morería, es el hálito de la muerte que ronda de nuevo. No tenía bastante ayer, sus brazos de gran envergadura no se colmaron con una vida. El guiño de la parca sonrió a Calixta, que escondida entre las gélidas sábanas de un hospital, jugaba con ella. La creyó vencida, mas la parca nunca pierde, se entretiene en otros vientos, en otros caminos, te da cancha, deja que te confíes y cuando supones que su baile ha dejado de arremolinarte en giros eternos, cuando te fías de la ausencia, se acerca despacito, como un susurro y te saca a bailar. Ya no hay escondite, ya se acaba el juego, tú en sus manos danzas olvido, zapateado de colmaos eternos, guitarras que suenan sin cuerdas, voces afinadas en cantes hondos de pesares caducos como los suspiros que quedan deshilvanándose, diluyendo en brazos de la que parece que no quiere partir. Calixta bailará ahora sones infinitos, alegrará las mañanas de almas transparentes, de almas lejanas y cercanas. Su adiós fue un beso, su recuerdo la música que brotaba del alma risueña. Su mente vagaba por otros mundos, por otros saraos, un ratito a su lado era recuerdos, vidas pasadas, un día a su lado era una eternidad. La alegría de la calle ha desaparecido con ella, ya no habrá más cante, ya no habrá más risas de boca eterna, ya se alejarán sus recuerdos: la casa donde sirvió, el colmao en el que nunca bailó, las luces de las candilejas del teatro donde triunfó, del teatro de la vida, se apagan con lágrimas de partida. He ido a verla, quería devolverle las sonrisas que guarde en mi corazón, sonrisas que le harán el viaje más liviano, el camino sin retorno que ha emprendido estará sembrado con el duende que había derramado y muchos se acercaron anoche para darle el último suspiro y oír de sus labios marchitos la última copla. Estoy cansada de muerte y mucha muerte me queda. El frío se arremolina bajo las uñas como la tierra a la que quiero asirme. Mi vida es lamento y soledad pero no quiero decir adiós, los adioses son la frontera de la que no hay marcha atrás.
Cora aguarda, el campo amanece sembrado de perlas eternas, el rocío de la mañana alumbra la noche tétrica que nos deja. La solitaria campana anuncia la partida. Los campos florecen de nuevas vidas, llantos de bebé y de plañideras son las notas que revolotean hoy sobre las ramas de árboles centenarios que observan, desde su eternidad, nuestro paso efímero por sus caminos.
18 de Mayo

La mañana se ha templado tras una noche de frío intenso. Oí en la radio que había nevado cerca y el viento de nieves imposibles en primaveras irreales azotaba rostro y corazón. Pero es el frío que anida en el alma el que hace temblar todo tu ser. Sabía que estaba muy enferma, su rostro era una ventana hacia lo desconocido, se había afilado hasta el infinito y sus huesos asomaban a través de la pátina de color dibujado que quería velar su realidad. Todos sabíamos que se iba y ella también, pero la sonrisa que anidaba en su boca, la sonrisa que había colgado desde su alma suavizando la espera de todos, su espera, servía como antifaz que disfrazaba lo inevitable. Su dolor final fue nuestro dolor, y arropándola, como arropa una manta en las frescas noches de primavera, la acompañamos hasta ayer. Esta noche no ha habido noche, el cielo se cubrió de dolor y tristeza, pocos años para partir, pocos años vividos. Nadie se rebelaba. Supo transmitir su calma y abnegados nos despedíamos de ella. Una estrella más subió al infinito de luces perdidas y nos deja un poco más ciegos. Su última sonrisa la llevo clavada como un cuchillo afilado que ahonda en sentimientos que no se diluirán con el paso del tiempo. Siempre vivirá a nuestro lado y su ejemplo de amor, de ánimo, de vida vivida nos acompañará a todos los que la conocimos. Antes del último adiós voy a caminar, a respirar aire fresco que inunde mis pulmones de la templanza necesaria para la despedida. Cora no reclama su paseo, huele el dolor y calla tendida a mi lado. Su compañía es hoy mucho más para mí. Adiós amiga del alma, hasta siempre.
17 de Mayo

Releyendo las páginas escritas, me pregunto por qué cogí una libreta vieja y comencé a vomitar mis desesperaciones, mis anhelos y mis realidades. Nunca había escrito pero quizás haya sido la necesidad de comunicarme conmigo misma lo que me impulsó a garabatear renglones de vida torcidos, raíces que se desprenden de tierras áridas, tallos que nunca volverán a florecer, soledades despojadas de esperanzas y estafadas de amor, suspendidos los afectos apenas quedaba nada. ¿Cuándo comenzó el olvido? ¿Cómo se inició el alejamiento? No recuerdo nada especial, la vida nos empujaba por caminos diferentes, caminos tendidos de puentes que no supimos cruzar, una bifurcación y el primer alejamiento, las veredas corrían próximas pero ninguno de los dos logramos dar ese paso que nos reuniera en un único camino: su trabajo, los niños, sus amigos, el colegio, sus viajes, mi responsabilidad... Poco a poco la distancia. No supimos de caminos de vuelta, ni de desandar pasos, los niños crecieron y volaron, el trabajo se ciñó a las cuatro paredes de un amplio despacho, despacho con vistas a una realidad tan diferente de la mía… Su mundo se había ensanchado y el mío me había constreñido. Él se había forjado un mundo alejado de mí y yo no permití que formara parte de mi mundo. Mi mundo, qué eufemismo, ya no tengo mundo, estalló con la partida y creí que María uniría los añicos para construir una nueva realidad, pero no me siento inmersa en su existencia, ni en la de su padre. Como un lobo solitario caminaba hasta que llegó Cora. Quizás haya volcado todas mis frustraciones, todas mis necesidades de cariño, todos mis cuidados marchitos en ella esperando que reverdezcan, pero ¿que reverdezcan quién, los cuidados o yo?
Las nubes levantan su camino de cielos recónditos, Cora espera su paseo y yo me acomodo a sus deseos. Ayer él volvió con el semblante nublado de pesares escondidos. Su alma calzaba luto, apenas me dirigió la palabra pero en su mirada intenté adivinar recuerdos de un pasado lejano, de un pasado en el que compartimos algo más que techo bajo el cual alojarnos. Quizás fue una nueva quimera, un juego lúgubre de un alma desesperada que ansía, sobre todo, un rayo de esperanza. Quizás aún estemos a tiempo... Me engaño una vez más. Los añicos siempre dejan huella al intentarlos pegar.
16 de Mayo

Me he levantado temprano. El amanecer me susurraba al oído y he contestado a su llamada. La playa se abría ante mí solitaria, profanaba sus arenas con paso tardo como queriendo que el aire fresco de la mañana atrapase los segundos entre su eternidad y mi fin. Quería respirar la felicidad que quedará anclada entre espuma y olas, entre arena y conchas de ilusión. Qué rápido se pasa el tiempo cuando intentamos saborear cada minuto, cada segundo. Este tiempo ha sido un suspiro y ha sido eterno. María se ha revolcado entre las olas de un mar que había calentado sus entrañas para ella, para mi niña. Cora correteaba en la orilla vigilando los pasos inciertos que mi pequeña daba cuando una ola se acercaba a acariciar su carita. María reía con las cosquillitas que la espuma de mar le hacía en su rostro, ahora iluminado de felicidad. -Talla- le decía a Cora con su media lengua de trapo,-talla, pasa na- Hicimos castillitos de arena para la princesita de mis sueños, montamos a lomos de dragones que nos llevaban a países imaginarios rebosantes de caramelos de todos los colores. Salpicamos de felicidad a la luna, entonamos canciones de ofrenda a soles que se iluminaban sólo para nosotras. Bebimos de las fuentes de la felicidad en un tiempo efímero que ha sido eterno. Esta tarde regresamos, la vida, esa vida que nos tiene agarrados como esclavos, como prisioneros de un destino que no se decide a avanzar, a dar un paso más, nos reclama. Había soltado demasiado lastre y podía pensar que la libertad queda a la distancia de un rompeolas, pero no. Nos reclama, ha tirado de la cadena y debemos volver. No importa. Este suspiro de amor, este latido de libertad quedará como huella imborrable en mi corazón. Mañana Dios dirá.
12 de Mayo año 1

Ha estado toda la noche lloviendo lágrimas de cielo roto. Los rayos herían los corazones de nubes cargadas de pérdida, de desprecio. Nubes que lloraban y en su desdicha alimentaban los campos sedientos. Nubes que, traspasadas de dolor, rugían intentando liberarse de la carga que las hacía esclavas. Poco a poco sus gritos se tornaban ecos lejanos y mansamente, como el que acepta la derrota, descargaban su dolor transformándose en placer infinito de campesinos desesperados. Llanto de cielo, esperanza del que camina. Esta mañana ha amanecido en calma, la calma tras la tormenta. El olor de la lucha se ha transformado, un día más, en olor de vida. Cora me mira impaciente desde el alféizar de la ventana. Me he acomodado a Cora, siempre está junto a mí respondiendo con su mirada, con sus caricias, con sus labios empapados de amor. La tierra húmeda la llama con una voz queda que la invita a pasear, a danzar sobre esa alfombra que ha preparado para ella, tierra ablandada, corazón lavado. Inusualmente hoy el campo se ha vestido de gente. Quizás estén ahí todas las mañanas y desde mi abismo de soledad no les haya visto, no les haya oído, no les haya sentido como ramas del camino, ramas como yo. Una señora se detiene junto a Cora, acaricia su lomo, se detiene en las antiguas cicatrices y sonríe.
-Bonito perro-dice. Su sonrisa me invita a la confianza, sus ojos traspasan la armadura de la que voy investida. Nuestras almas conectan en una dimensión desconocida para mí. Quizás sea la soledad que imprime un sello de amargura, pero ella no parece sola. Apenas cruzamos un saludo amable pero nuestros pasos armonizan sus ritmos. Cora se sitúa entre ambas, es el lazo de unión. Poco a poco voy desgranando mi alma, algo hay en ella que me invita a hacerlo. Le hablo de mis hijos que están demasiado lejos, de María... ella apenas pronuncia palabra. Sabe escuchar, mis labios se desatan con una suavidad que no existía en mí. Hablo despacio, recreándome en mis sentimientos, en mis recuerdos, en mi vida que ahora comparto con alguien que siento próximo a mí, alguien de quien desconozco todo, hasta su nombre pero es como si las dos hubiésemos unido sino y camino. Quizás mañana no exista, quizás haya desaparecido o quizás las dos estemos predestinadas a compartir paseos con Cora por la mañana. El tiempo lo dirá y aunque esté unos días fuera, si los dioses quieren, nos volveremos a encontrar.
Me voy de viaje con mi hijo y con María. Un fin de semana de sol, de espuma y arena. Un fin de semana de goce eterno, los tres y Cora, porque Cora va a conocer el mar. Él no viene, se ha lavado la conciencia con excusas inertes. Ni siquiera su nieta le devuelve el brillo de ojos que un día me enamoró. ¿Por qué ha dejado de sentir? ¿Qué es lo que siento yo? Hoy da igual, mañana voy con María al mar.
11 de Mayo año 1

"Somos ricos, somos ricos porque nos queremos". La voz de Juan, cuando aún era Juanín, y la de Ana haciendo los coros perfectos, todavía resuenan en los rincones escondidos de mi mente y casi olvidados de mi corazón. Somos ricos, éramos ricos. ¿Cómo se puede dilapidar esa riqueza en una vida? Esa riqueza debía haber sido incrementada con cada nuevo paso, con cada nuevo amigo, con cada nueva persona que, con un saludo, formase parte de tu vida aunque fuese durante ese segundo eterno en el que se le desean buenos días. Tras pasos equivocados, caminos que te llevan a ninguna parte, senderos escabrosos que te obligas, sin razón, a transitar, la fortuna, tu fortuna se va empañando. Muchas veces me pregunto si en este mundo en el que vivo, que es uno de tantos mundos que comparten tiempo en esta Tierra, me pregunto si en este mundo hay personas que merezcan la pena conocer. Personas que compartan tiempo y esfuerzos, sonrisas y confidencias, letras y notas que hacen menos escarpado el transito, gente que te tienda una mano para servirte de apoyo sin más recompensa que sentirte a su lado, gente que no odie, que no envidie, que sólo pretende hacer tu vida, su vida y la vida, Vida con mayúsculas, un camino con sus rocas, sus baches, sus senderos o sus desfiladeros pero fáciles de esquivar, gente que consiga sacar la sonrisa de los pliegues de tus entrañas ajadas, zaheridas, injuriadas, humilladas o burladas, gente que su sola presencia te de paz, que sepa que vivir es amar. Gente capaz de derrochar su riqueza, su amor, sabiendo que dar con manos llenas es recibir, que entregarse es ganar y que serán, sin pretenderlo tan ricos como nunca el más rico pudo soñar. Quiero creer que sí existen, que incluso se encuentran cerca de mí, que tras su apariencia de poquita cosa sean los más grandes. Quiero, quiero, quiero conocer a alguien así.
Vuelvo a la realidad, mis pensamientos me han abandonado a ensoñaciones imposibles. Hoy no voy de paseo con Cora, no me apetece caminar. Entretendré mi tiempo y mi desgana en la cocina. Tiempo para nadie, hoy tampoco vendrá.
10 de Mayo año 1

Por fin llueve. Hoy, al salir a caminar, mi paso no iba sólo acompañado del paso de Cora, finas gotas de lluvia marcaban el sendero por el que mi pie avanzaría despacio, con calma, saboreando el alimento tan esperado, la ambrosía que devolverá a los suelos ajados, agrietados de sed esa tersura que despliegan en el mes de mayo. El campo agradecido cambiaba de color con cada nueva gota de vida que se adentraba por sus venas. Los verdes se hacen más verdes, los colores se iluminan ofreciendo al Dios de la lluvia, vestimentas limpias, brillantes, deslumbrantes. Las piedras, rocas de siglos inertes, lavan sus caras rugosas para que los pajarillos se posen cuando la lluvia haya amainado. El olor a tierra mojada, tierra viva, tierra fértil va traspasando la frontera de una sequía que era muerte y desdicha. Empieza a arreciar pero no aligero el paso. Un rayo despabila a los gazapos que se esconden en sus madrigueras pero no pueden evitar salir y mojarse los hocicos. Para ellos es nuevo. Se asustan pensando que el cielo se cae a pedacitos pero al verme pasar, se abandonan al placer de sentir la humedad en sus pieles apenas estrenadas. Cora ladra a la tormenta, no es miedo, creo que hasta ella se da cuenta de lo necesario que es el agua que nos regalan las nubes. Voy empapada pero sigo caminando. Las gotas se mezclan con mi sudor, me voy purificando, mis temores van diluyéndose en agua bendecida por los campos, en agua sagrada que devolverá vida a la tierra y esperanza a mi alma. Siempre me ha gustado la lluvia, pero hoy paseando por el campo con Cora, saludando a los animalillos que se asoman sus inquietas cabecillas a través de veladas aberturas, viendo cómo el campo se viste de nuevo como novia que va al altar, hoy me gusta mucho más.
9 de Mayo año 1

Cuentan de un sabio, que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.
Estoy leyendo "La vida es sueño". ¿Sueño, pesadilla? ¡Qué sé yo! Quizás lo sea y siendo sueño o pesadilla de ambos, algún día, deberíamos despertar. Cuando despiertas de una pesadilla no sientes el alivio de la realidad hasta que te das cuenta que todo ha terminado, pero es tan real, tan vívido, que dudas de si estabas dormido y has despertado o estabas despierto y te has dormido. Me ha impresionado estas estrofas, ya las conocía, claro, el colegio, el instituto, las clases de Lengua y Literatura que tanto aborrecía. ¡Qué malo es tener pésimos profesores! Esos que no te seducen con las palabras que enredan pensamientos y vidas, palabras que te acarician y te queman, palabras que te dan esperanzas y te acompañan, palabras de vida y muerte, de honores y desengaños, palabras, palabras, palabras con las que comunicarnos. Las letras te enseñan como te enseñan los buenos amigos, pero para ello hay que saber escucharlas...
..."Y cuando el rostro volvió halló la respuesta,..."
Hoy he vuelto el rostro yo. Venía como cada mañana de ese paseo que ya no es olvido, desidia, apatía, de ese paseo que es vida, aire, brisa en el alma, de ese paseo en el que la vista se dirige al frente, no al olvido. Paseo de aromas, de flores, de vida renaciendo. Con la vista abarcamos hasta el horizonte, con el olfato abarcamos los recuerdos, vida enterrada, oculta por la humareda de los años. El campo tapizado de campanitas blancas, rojas amapolas, malvas locas... sinfonía de colores que comienza a despertar las primeras notas. Olía a madreselvas y jazmines, los primeros que abrazan esta calurosa primavera. Caminaba hacia atrás en el tiempo, otros tiempos, otras flores pero los mismos aromas. Y mi recuerdo se detuvo junto a la ventana de las enredaderas, aquella en la que, mañana tras mañana, amanecía con el trino de los pájaros, con las notas de una canción y el llanto de un pequeño. Hoy la ventana está vacía, la enredadera seca y el niño, el niño muerto. De qué me quejo yo. No es consuelo pensar en la desdicha de los demás. Siento pena por esa familia rota de dolor, torturada por unos recuerdos que quisieran borrar como si el pasado pudiera desaparecer de nuestro presente. De qué me quejo yo si mis hijos viven su vida, si tienen sus caminos y viven. De qué me quejo yo, ¿de ausencia? Ingrata soy, unas horas, puedo volar como una cigüeña que quiere alcanzar sus polluelos ya crecidos y estar a su lado, Ingrata soy, un viaje en autobús y mi pequeña María sentirá mi abrazo y mi hijo, mi hijo eligió. Pero ellos no tienen avión que les lleve, ni autobús que les conduzca, no hay caminos que seguir cuando tu destino no ha llegado aún. Una lágrima se escapa de mis cansados ojos. Una lágrima por ellos y una lágrima por mí. Detengo mi paso y elevo una plegaria, un susurro, Cora se detiene a mi lado, se sienta, aúlla. Mi dolor parece su dolor. Restriega su hocico en mi pierna. Es hora de regresar. No sé si en mi caminar voy tirando hierbas que otros recojan, lo dudo, apenas me valgo con las que recojo, pero ellos que ya no se asoman a la ventana de enredaderas, ellos son más pobres que yo.
8 de Mayo año 1

Ayer fui a un concierto en el salón de actos de la Casa de la Cultura. Hacía tanto que no me daba una tregua y compartía espacio con otras gentes. Había saludado por la mañana a una vieja amiga y me lo comentó, le dije que no, que no me encontraba bien y que no me apetecía salir. Ella fue enredándome en sus palabras y aunque negaba la posibilidad de ir una y otra vez, su semilla iba anidando en mi interior y al acercarse la hora era como si las notas musicales que se escapaban de los instrumentos que comenzaban a calentarse, me asieran del brazo y me empujaran hacia ellas. Fue extraño, los ladridos de Cora parecían un aria de ópera, el trino de los pajarillos, las dulces voces de flautas traveseras que entonaban su canto para mi, el susurro del viento entre las hojas, clarinetes templados que murmuraban conjuros de acercamiento, los hombres que pasaban por la calle aligerando el paso para llegar al casino y ver el partido eran saxofones roncos en conversaciones sin fin. Parecía como si toda la naturaleza se confabulara para que la música atrapase mi corazón haciéndolo prisionero de un sentimiento que tenía por olvidado. Cuando mis hijos eran pequeños pertenecían a la Banda de Música. Recuerdo a su director, ¿cómo se llamaba? Antonio, sí, era Antonio Santamaría. Antonio tenía un don, amaba la música y hacía que todos los que estuviésemos a su alrededor sintiéramos la vida que desprenden las notas de una partitura. ¡Dios mío! Si hasta los niños adoraban las clases de solfeo. ¿Hay algo más árido para un niño, y un no tan niño que estudiar solfeo? Un año pasaba antes de que les entregara el instrumento y pudieran ir desgranando su alma, el alma de un saxo inerte o de un requinto inquieto. El comienzo fue difícil pero tan alentador. Él se desvivía por los niños y los niños, incipientes músicos, le pedían más. Pronto dieron el primer concierto, y el segundo y así hasta, no sé, fueron tantos y tan gratos momentos. Antonio supo implicar a todos en el gran proyecto que había iniciado, padres, abuelos, amigos... Éramos como una gran familia. Verle dirigir, un espectáculo. La música se adueñaba de su ser y cada nota se anticipaba con el movimiento de su brazo, de su batuta, de su cuerpo entero, de los poros de su piel emanaba música que se adueñaba de la sala. Evoco la figura de Antonio ahora que se ha ido. Se fue y no hay marcha atrás.
Hoy en el concierto, creía verle a través de los brazos del director de una de las Bandas invitadas que han venido y es que cuando se siente la música el baile que desencadena es el mismo baile, amor en estado puro. Sonaba la percusión: Bom, bom, bom... era el nacimiento de un río. En el programa decía que era una obra de Malando y Vlak: El ciclo de los ríos. He cerrado los ojos y he visto el río nacer, crecer, discurrir por meandros escarpados entre grandes montañas, descender rápidos y saltar en cataratas eternas que no tenían fin, los afluentes llenaban su cauce y majestuoso discurría en su madurez hasta que lentamente se fundía con el mar. Era un río y eran vidas que iniciaban su andadura, recorrían su camino, se engrandecían a su paso, y dulcemente les llegaba el final fusionándose con un mar que extendía sus brazos para acogerlos en él.
Es curioso cómo cerrando los ojos puedes ver la música, las notas se transforman en imágenes, en visiones de lugares que puede que no existan pero que, en ese momento, son tan reales... Abro los ojos y el río ha desaparecido, estoy en mi realidad y debo volver. Cora me espera, no quiero que esté sola cuando llegue él. No se atrevería, pero no quiero darle esa oportunidad. Me alegro de haber salido, quizás lo debería hacer más.
7 de Mayo año 1

Acabo de llegar de mi primer paseo por el campo con Cora. La mañana está templada o quizás sea mi corazón que comienza a derretir el hielo que le rodeaba. Primavera, estación del deshielo. Curioso, nunca he visto un glacial deshacerse y sin embargo siento en mi interior un río de vida que apenas comienza a descender. No me atrevo a decirlo, pero creo que Cora me trae suerte. Suerte, extraña palabra en mi boca. Una niñez con escasez, una adolescencia reprimida, qué diferente hoy en día, veo a los jóvenes en el parque y sonrío a su amor. Nunca conseguí ver pecado en un beso. Matrimonio demasiado joven, pero eran los tiempos del predominio masculino. No me dejó trabajar, no lo necesitaba-decía- y no iba a abandonar a los hijos que tendríamos. Hijos, qué poco duran. Nunca pensé que el tiempo volara con ellos, Ana y Juan. Apenas habían nacido y ya correteaban alentando a las gallinas en un vuelo imposible, el colegio, los huesos rotos, las caídas infinitas, la primera comunión y a partir de ahí el vértigo. Cómo pueden pasar los años tan deprisa. Se fueron demasiado pronto, si demasiado pronto para mí. La ciudad, otras ciudades, otros amigos, otros países. La niña me escribe de vez en cuando, está por Holanda, creo, en una universidad dando clase. Como si aquí no hubiese universidad. El niño, el niño se hizo hombre y se casó. Mi María vino pronto pero apenas la veo... ¿Por qué recordar ahora? la melancolía va penetrando en mis encallecidas venas y no lo voy a permitir, no. Cora me mira, algo intuye, me lame los pies y me sonríe. ¿Me sonríe? ¿Los perros sonríen? Quizás las incipientes lágrimas me hacen ver espejismos. No, decididamente esa lágrima no va a caer, una sonrisa tomará su camino y la vida hará un bucle para comenzar de nuevo.
Cora ha saltado y brincado por los caminos y ella me está enseñando a sonreír.
6 de Mayo año 1

Es curioso cómo un perro se puede hacer querer. Cora me ha despertado esta mañana con la suavidad del amante que acaricia apenas sin rozar. He dormido profundamente, mis sueños han viajado más allá de tormentas y granizos llevándome a una pradera en flor. Las jaras y los tomillos han volcado sobre mí sus aromas. Me siento más joven, más viva, volátil. He caminado sobre la hierba y he volado sobre las nubes y Cora, con el alma anclada a mí ladraba cantando una canción de amor, de cuna, de batallas por luchar y ganar, un poema eran sus ladridos, un canto a la vida que viviremos juntas. (No quiero engañarme, era solo un sueño pero tan real...)
He descubierto que a Cora le encantan las tostadas y si las mojo en café con leche mejor. Le he puesto un poco de leche a ella, en algún lugar leí que la leche no era buena para los perros, pero no tengo otra cosa. Cuando vuelva del paseo la llevaré al veterinario y compraré comida.
Cora está bien, las heridas están cicatrizadas y su delgadez se cura con alimento. Ella es feliz, lo hace notar. Mañana iremos de paseo juntas, le enseñaré mi campo, mi tierra mis raíces que, sin ser mías, yo siento como tal.
Es curioso, no le he oído marcharse, ni siquiera el portazo de la mañana ha servido de despertador. Sé que mi osadía será castigada, que esta calma chicha de hoy se tornará furia desatada mañana, pero eso será mañana, para qué preocuparme, ya llegará el tiempo de llorar. Hoy no, hoy voy a ser yo quien llame a María. Le contaré que Cora quiere conocerla, quizás vengan este fin de semana, más ilusiones que se romperán en añicos, en jirones de corazón. ¡Ya basta! Basta de lamentaciones. ¿Será posible que este perro infunda en mí nuevos alientos de vida?
No sé, el tiempo hablará y, mientras, yo sigo aquí con Cora.
5 de Mayo año 1

Es tarde. Escribo en la soledad de la compañía lejana de un ronquido por música, pero hoy no me importa, he acariciado la felicidad. Es que ya me conformo con tan poco que cualquier aliento supone una inyección de felicidad. Se llama Cora, realmente acaba de estrenar el nombre y creo que se siente bien con él. Esta mañana, al volver de la carnicería, ha acomodado su paso cansino al mío. Sin mirarme a los ojos, me suplicaba con su vaivén de años sufridos que le dejase acompañarme. No sé qué se me pasó por la cabeza, o tal vez fue por el corazón. La vi reflejada en mí, en una existencia como la mía, peor que la mía. Yo tengo techo bajo el que guarecerme cuando hace frío, o calor, o lluvia, o lo que sea, da igual, pero ella, al igual que yo vivimos aisladas, en soledad impuesta por un abandono que en el fondo es el mismo abandono. Seguramente ella se escapó del lado de quienes le hacían daño, tuvo el coraje de decir basta y huir, yo sé que nunca lo haré. Me detuve y ella aminoró el paso, no se detuvo pero miraba de reojo, cruzó su mirada conmigo por primera vez y entonces lo supe, Cora viviría conmigo. En ese momento no me importó su origen, sus amos, nada. Me agaché y la acaricié. Estaba famélica, algunas cicatrices se escondían entre su pelo enredado, y por primera vez la llamé por su nombre: Cora, Cora de coraje por vivir, Cora de coraje por huir, Cora de corazón vivo que es lo que me hizo sentir. Me hizo sentir viva, tenía alguien que cuidar de nuevo. Tenía heridas en el cuerpo, las mías eran en el alma. Vidas paralelas que se unían. En ese momento no pensé en él, ni en su reacción. Fue en casa cuando, al limpiar las llagas, cuando frotaba el pelo hastiado de golpes y suciedad, me di cuenta que, como cada noche, volvería imponiendo la ley de su hombría, eso decía él, pero no puede ser hombre el que actúa así. Da igual, hoy he acariciado la felicidad y su recuerdo no me va a amargar. Sí, llegó tarde, oliendo a vinaza y traición, era el mismo olor que tenía profundamente enraizado en mi pituitaria, pero Cora no lo conocía. Oí un portazo, el mismo portazo que todas las noches se repite, la misma noche, la misma vida. Cora se asustó y lanzó un gemido al aire. Él lo escuchó, se quitó un zapato e intentó darle. Ella se refugió entre mis piernas. Casi me caigo:
- Ese chucho fuera de mi casa -dijo como saludo. Pero Cora, entrelazada a mis piernas, enroscada a mi alma, me dio el coraje suficiente para hacerle frente y él se achantó. Aún no entiendo cómo pude revelarme, cómo tuve palabras que arrojarle, ni me acuerdo de lo que le dije, pero ahora Cora juguetea con mis zapatillas mientras él se ha mudado de habitación. Estoy deseando acostarme para dormir tranquila. Hace tanto que no sabré si podré conciliar el sueño y allí, a mi lado estará Cora para hacerme compañía.
Suena el teléfono.
Era María, he oído su sonrisa. Hoy, los hados se han confabulado para que acaricie la felicidad
4 DE MAYO AÑO 1

¿Demasiado temprano o demasiado tarde para comenzar? Vuelvo de caminar entre las brumas del amanecer, esperando que el aire frío de la mañana me despabile de una noche más en blanco. Una semana ya que no he visto a mi nieta. Escondida entre los brazos de una sobreprotectora madre, que evita el contacto con el mundo exterior, mi pobre María sueña con despertar de la pesadilla del encierro entre cuatro paredes blancas con nubes rosas que la albergan desde que nació. Sabe que ya puede salir, oler el aire de la mañana, revolcarse entre romeros y manzanillas, adquirir el color a tierra que la hará fértil, pero su madre se niega. Si su niña florece ella quedará vacía, como yo, vacía porque la vida que engendramos no nos pertenece. No, es un préstamo de la madre naturaleza, un préstamo que debemos devolver con intereses. Criamos a los hijos, los educamos lo mejor que podemos, sabiendo que ellos se quejarán, que no apreciarán nuestro sacrificio de amor, que no sabrán de padres hasta que tengan hijos.
La mañana se dibuja en el horizonte. El sol velado entre nubes de desesperación lucha por vencer la alborada. El olor de campo se transforma en olor de pueblo despierto, los primeros panes florecen tras las tahonas curtidas de sudor, curtidas de esfuerzo y amor. Las chimeneas ya no danzan alrededor de llamas perpetuas, la leña aguardará mortecina hasta que el frío otoño anide de nuevo en nuestras vidas, pero yo ya estoy instalada en mi otoño perpetuo, otoño de vida sin retorno. La primavera se deshace en color y calor, no hacen falta llamas en el hogar, dicen, pero yo siento frío en el alma y ésa es difícil de calentar. Los corazones de los adolescentes comienzan una danza frenética, corazones hirvientes, sangrantes, rebosantes de sensaciones, corazones eternos, eternidad de días sin fin y noches de sueños y esperanzas. ¿Cuándo comencé a morir? ¿Son tantos 58 años?
Quiero que resurja la primavera, poder evocar aroma de los naranjos en flor, azahar, renacimiento, vida, sueños, esperanzas. Quiero ver a mi hijo feliz y quiero estrechar a mi nieta entre estos mis brazos ajados, flácidos por no abrazar, temblorosos de miedos infundados. Quiero volver a ser feliz.
3 DE MAYO AÑO 1

Se ha terminado el puente. No hemos salido y quizás me haya ahorrado algún que otro disgusto. Me he acomodado a una situación en la que nunca quise vivir, jamás me imaginé evaporada, sí evaporada, disminuida como el vapor que dilapida el agua en un aire sin sentido, sin destino. La indiferencia absoluta, la negación de la realidad, sentimientos ficticios que en la ausencia de una cama vacía, retornan cual fantasma vuelve al castillo que abandonó. ¿Queda aún esperanza? Palabras adornadas, dichas sin sentido, o tal vez con el sentido que da la desidia: Olvido, alejamiento, muerte del espíritu, entierro de sentimientos que no pueden ser. ¿Qué me queda? Lo di todo y ahora me arrepiento. Me quedé sin ilusiones, sin esperanzas, sin posibilidades. Vacía de hijos, vacía de hombre, vacía de mí misma. Unos pájaros revolotean en el alféizar de la ventana. La vida transcurre detrás de los cristales, pero aquí, en mi torre de cristal líquido, todo se diluye en la niebla de lo que agoniza. Quizás mañana sea otro día, quizás sea el mismo día revestido de color o investido en el gris oscuro de las nubes de mi existencia. El camino no existe, se desdibujó cuando cedí a mí misma, cuando dejé de ser yo para ser demás, y sin embargo sé que debo continuar, pero ¿hacia dónde? Sin sendero por el cual avanzar, sin ilusión que me empuje, sin deber que me obligue, por qué no parar, tirarlo todo por la borda y descansar. No, algo lo impide, quizás ese último aliento que no deseo entregar y por eso malvivo en este mundo de humo sulfurado que casi no me deja respirar. Un inhalador es mi compañero de camino y mientras me abra los pulmones daré otro paso más.