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Relatos, cuentos novelas... todo lo que el genio literario permita.
Sindicación
 
RESTOS DE CIELO


Trozos de cielo se desprendían intentando atrapar su presencia, pero se disolvía en el olvido de un amor en sepia que nació a destiempo. Intentó acercarse a ella pero ella ya no estaba. Abatido invocó a los dioses y los dioses no le respondieron, los santos estaban sordos y las vírgenes se habían diluido. Nadie le escuchaba y su voz ronca gritó a las alturas:
-Quiero desaparecer, si la materia corporal que me forma no puede alcanzarla, tal vez mi espíritu deshilachado llegue hasta su nueva morada.
Dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea porque se puede realizar.
El genio de la noche oscura oyó sus palabras, palabras que nadie más pareció oír y jugando burlón con unos sentimientos que no podía entender, decidió hacer realidad su deseo como burla de un destino que creía adivinar y que gracias a él ya no sería posible.
El futuro era del hombre, debía ser del hombre y por eso su voz sonaba hueca a los dioses, los santos tapaban sus oídos para no tener que hacer caso a su ruego y las vírgenes escondían sus poderes en pos de un bien superior. El destino se había trazado antes que la mujer apareciese y por eso debía partir.
El genio, sintiéndose todopoderoso entonó su conjuro y el hombre comenzó a diluirse en la brisa del día de su liberación. Las manos se extendían por las nubes, el cuerpo se dilataba más allá de sí mismo. Comenzaba a alcanzar las nubes cuando los seres divinos se percataron de su error. Intentaron atraparlo sujetándolo a la tierra con trozos del cielo que nunca le escuchó, pero ya era tarde. Su yo material pasó, por el conjuro del duende, a un yo espiritual que aún vaga por el cielo en busca de una mujer que hace mucho que vivió.
 
RETRATO 5


...Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz...
Mientras ella apagaba las velas, sus amigas cantaban. Muchas velas, muchos años y para todos una sonrisa.
El aire que expelían sus pulmones iba apagando una vela por cada año vivido y el pasado se asomaba entre las marañas deshilachadas que las candelas de colores iban dejando al extinguir su corta vida: Ella era niña y jugaba con su hermana, las dos solas, las dos una. Escuela de pueblo, correrías de chiquillas, vaquería a por leche, campo, huerta, olor a hierba recién cortada. El dinero escaseaba pero el cariño que la rodeaba era mucho. Responsabilidades de hermana mayor cuando su madre se fue con apenas cuarenta años. Ella temía llegar a esa edad y hoy sopla unas cuantas velas más, diez más. La vida no regala nada y suele cobrar por cada logro; unos pagan a regañadientes y otros con sonrisas. Ella era de sonrisas, es de sonrisas, de piropos, de palabras amables y guiños al corazón. Hacía la vida fácil a los que la rodeaban, se entregaba en cuerpo y alma a sus amigos, por ellos cualquier cosa. Encontró quien le abrigara en las noches frías del alma e iniciaron juntos un nuevo camino en la vida. Su meta unos chiquillos que alegraran las estancias de su vacía casa. No fue fácil, no. Muchas piedras hubieron de salvar para conseguir su deseo, muchos años de sufrimiento sin queja. La vida les hizo el regalo más preciado que puede ofrecer y llegó, como venida del cielo, una preciosa niña que les llenó su corazón. No hubo más, no vinieron más pero ella le agradecía a Dios cada día que le había regalado con su hija. Podría pasar como una mujer más en un mundo cualquiera, franca, humilde, en su bondad algo ingenua, el paso del tiempo no ha sabido arrancarle la inocencia del que confía en la gente, con problemas cotidianos, trabajando hasta la extenuación para salir de los apuros en los que la vida le metía, pero no lo es. Ella es excepcional desde su sencillez. Encontrarte por la mañana alguien que te recibe tras su mostrador de flores perpetuas, exóticas o sencillas como ella, con la sonrisa en la boca, siempre dispuesta a echarte una mano, siempre atenta a tus problemas, escucha, sí, escucha con el alma y con su corazón va desbrozando de espinas tu tristeza. Es excepcional porque valora cualquier instante en el que un amigo brille con luz propia y en muchas ocasiones es ella la que enciende la llama para sean los demás los que resplandezcan. Te hace sentir único con la sencillez del que halaga sin adular, del que te dice cómo te ve sin regalar palabras rimbombantes, exageradas, mece tu alma con caricias y te acuna en su seno con cariños sinceros como ella misma.
Sus velas se van apagando y sus amigas le siguen cantando:
... Te deseamos todas, cumpleaños feliz.
 
RETRATO 4


-Es que me miras con buenos ojos, le dijo. Perdona, yo no quería...
-No importa, que mis ojos estén cerrados a la luz no significa que sea ciega.
-Pero estas flores, hoy que no es nada.
- Siempre es algo, es hoy.
-Yo no merezco...
Ella se ruborizaba ante pequeños detalles como un ramo de flores. No estaba acostumbrada a regalos. Su vida había sido dura, demasiado dura. Siempre sacaba entereza donde otros flaqueaban. Apenas sabía nadar y surcaba los mares de desdichas impuestos por un destino cruel que se cebaba implacablemente con ella. Primero un hijo que tuvo que partir produciendo la primera grieta en su corazón. Exilio forzoso en busca de otras tierras, de otras gentes, donde olvidar que una vez fue padre y, que sus hijos desaparecieron tras el manto envenenado de una madre que convirtió en odio todo el amor que sintió una vez por él. Ella perdió en la lejanía de un horizonte eterno un hijo y en la cercanía unos nietos que borraron la palabra abuela de su corto diccionario de amor. No se quejaba, era el eje en el que descansaba la familia, pero su corazón se agrietaba más. Después la enfermedad del marido. Cruel agonía que dibujaba círculos de falsa felicidad entorno a la hija que se casaba. Amargura enterrada en sonrisas, dolor convertido en consuelo, trajes nuevos para cuerpos rotos. La bienvenida de un yerno y la despedida de un padre. Otra nueva grieta. Una casa recién comprada que pagar y una pensión corta para salir adelante. Ella era puro coraje y pudo con todo. Con el dolor de la ausencia a cuestas, con los recuerdos eternos de tardes infinitas en la fría sala de un hospital, con los últimos recuerdos que le acompañarían de quien fue su compañero toda la vida, hizo un equipaje, se lo echó a la espalda y decidió continuar. Decidió remendar. Empuje y voluntad nunca le faltaron, pero la vida se encargó de hacerla de nuevo tropezar. Otro hijo separado y de vuelta al hogar, otro nieto, pero esta vez la vida le concedía una tregua, lo veía crecer cerca . De nuevo la enfermedad se cebó con ella, con ella no, lo hubiera preferido. Fue el hijo que tenía cerca que pagaba los excesos de una juventud que le pudo. El hígado fallaba, el hospital de nuevo, medicinas, depresiones, aislamiento, la madre no sabe cómo actuar, siempre al lado del hijo pero se ahoga, quisiera darle lo que no tiene, ganas de vivir. Cae en un pozo sin fondo, cuando el vértigo anida dentro de su cuerpo el hijo mayor la llama, se va a casar. ¿Cómo ir a compartir ese día con su primogénito si el benjamín está enfermo? Son hijos los dos, uno rehace su vida, el otro aún no. Las hijas se vuelcan con ella. Necesita saborear de la copa de la felicidad, las hermanas cuidarán de él y ella verá a su hijo feliz. Apenas 15 días y tras largas horas de avión está de vuelta y todo sigue igual. Ella sigue acumulando dolor en su saco de desesperanza. Ayer mismo los llamaron de nuevo al hospital, debía ir toda la familia. Les hablaron, les explicaron y por fin la palabra tan esperada: Trasplante. Una ola de oxígeno inunda sus pulmones, hay esperanza, todo va a salir bien. El camino no va a ser fácil, estará lleno de espinas, pero ella sabrá apartarlas para que su hijo vuelva a sonreír.
Y todavía, emocionada, se pregunta el por qué de un sencillo ramo de flores, si hoy no es nada...
 
VENTANA


Estaba confusa. El rojo lo invadía todo. Unas llamas inexistentes sofocaban una existencia que se extinguía por momentos. Él no estaba, se había ido. Dijo que no podía evitarlo, que era su deber, su deber... Esas palabras atronaban en mi garganta martilleando mi pobre cerebro sin oxígeno ya para continuar. Me asfixiaba, el aire enrarecido lo dominaba todo, como un enemigo avanzaba invadiendo cada átomo de frescor que se resistía a morir. Morir, sí, morir era la única escapatoria. Miro alrededor y sólo hay rojo. Mi mano se apoya en un cristal líquido, un brebaje de sílice infernal solidificado e intocable. Se va deshaciendo en su materia componente y me arrastra a negros sempiternos. El calor sofoca hasta mis sentimientos que ya no sienten. Me doy cuenta de mi error. Tengo que salir, tengo que escapar de esta agonía provocada. El sudor protege mi otra mano, intento traspasar el límite, romper el cristal. Empujo sin fuerzas, apenas un hálito de vida me queda. El cristal se agrieta. El otro lado está más cerca. Un esfuerzo más, un empujón más. La rabia del abandono me guía y me otorga una última oportunidad. Cede, se rompe, una bocanada de aire fresco irrumpe en mis pulmones. El sonido estridente de las sirenas se graba en mi deseo de volver, están cerca, los oigo, sus voces se van apagando en un susurro y yo no sé si los podré esperar.

 
RETRATO 3


Me encargas este retrato y yo no pinto de encargo, dijo el pintor cuando ella se acercó. Mis pinceles no me obedecen. En mis manos toman caminos infinitos y desconocidos. No sé nunca dónde me llevarán. Ella se marchó frustrada pero en su cara iba dibujada una sonrisa. No le presionaría. Sabía que el arte verdadero no atiende a avaricias y sí a inspiraciones. Si el pintor no aceptaba encargos ella no sería retratada porque lo que quería preservar en un lienzo era su alma y no su rostro que siempre calzaba con máscaras venecianas. Esa tarde, mientras ella lloraba en la soledad de su casa dolores eternos que agriaban su ajado cuerpo, el pintor dispuso un lienzo en blanco sobre el caballete, preparó la paleta de colores y oreó los pinceles infundiéndoles calor y vida. Se separó del blanco sempiterno que se difractaría en puro color y la memoria le trajo el recuerdo de unos ojos vivos tras una máscara de cristal. Las imágenes aparecían como flashes inundándolo todo de color. Los pinceles asidos a unas muñecas que danzaban a ritmo de batucada no podían detenerse. La música estaba en un punto culmen, el sonido transportaba al pintor a un mundo irreal y distorsionado y en ese trance comenzó a tomar forma el nuevo retrato. Era una mujer con dos rostros, uno siempre sonriente que miraba hacia el exterior, la amabilidad dibujaba su sonrisa, la indolencia, la pereza o la holgazanería desaparecía de su faz cuando de otros se trataba. Siempre tenía tiempo para escuchar, tiempo para acompañar, tiempo para regalar. Madre sempiterna de polluelos fuera del nido. Coqueta, adicta a la buena conversación en torno a un café o a una mesa repleta de manjares dispuestos por ella, nacidos de sus manos para agasajar otros corazones. Los pinceles se detenían en los tonos pastel, pasteles de amor, confites, tartas, bizcochos con los que alegrar a un vecino efermo, a un amigo triste. Dadora impenitente, generosa de tiempos ajenos egoísta con su propio tiempo. Un fogonazo rojo y la imagen cambiaba.Ese rostro se aislaba en negros de desesperación, negros solitarios sin resquicios de esperanzas, los colores desaparecían y una mueca de dolor lo emborronaba todo. Desesperación, desaliento, desánimo colores oscuros que afloraban desde su interior mostrando la otra máscara, la máscara de la tragedia que guarda para ella sola, la que no comparte, la que le asfixia en dolor, una máscara que ha decidido no compartir para no agobiar a los que la rodean. De nuevo los tambores, golpes secos, una llamada en la puerta de su rostro y cambia de máscara, la suya, la de la tragedia descansará bajo la nueva que ya adorna su rostro. La comedia se dibuja en una cara que no es suya. Abre una puerta. Sonrisa, afecto, palabras, alguien implora su ayuda y ella está para eso, pero el dolor va resquebrajando la máscara más superficial y entre sonrisas dibujadas aparece una mueca de dolor. Intenta recomponer el rostro y casi lo consigue. Necesitará aprender a desahogarse, a compartir dolor, a ser ayudada como ella ayuda, a mostrar su rostro limpio, tal cual es, tal cual se dibuja cada día con sus sentimientos y emociones, con su dolor y desesperación. Debe aprender que ella necesita también ser ecuchada, ser comprendida, ser mimada y querida, que el amor es una moneda de doble curso, se da y se recibe y siempre gana quien mueve ese amor. El pintor está exahusto, el trance llega a su fin, los pinceles se detienen, el color se seca y él abre los ojos. Un nuevo retrato ha sido plasmado, una nueva alma, un rostro con dos caras. Se aleja agudizando la mirada. Sí, es la mujer que suplicó por la mañana que la pintara. Es irónico, piensa. Esa tarde una mano pulsa un timbre, una máscara cae y otra se coloca, se abre la puerta y en el quicio un lienzo con la pintura fresca aún reposa con una nota: Esta mañana se dejó su alma en mi estudio, se la devuelvo.
 
HOY


Hoy me han dejado un ordenador mientras el mio es recompuesto, si es que tiene salvación. Podré pasearme por otras letras y dejar las mías. Espero que mi loro (ordenador) vuelva pronto, lo echo de menos.
 
ESPERA OBLIGADA


Mi ordenador ha entrado en coma profundo. Las asistencias hospitalarias para ordenadores moribundos están en huelga y yo estoy desesperada por no poder acceder diáriamente a esta ventana desde donde miro, oteo y gulusmeo (como dicen en el pueblo donde vivo) a tantos y tantos amigos conocidos o por conocer. Yo creo que fue un atracón de bites alucinógenos o una indigestión de estimulantes blogs los que le han hecho desvariar y negarse a comenzar las rutinas que me llevan por estos mundos de Dios. Intentaré escaparme al ciberespacio desde otras puertas, otros ordenadores que no han sucumbido al mundo exterior y pasar, lo mejor que pueda esta agonía impuesta por un ordenador con gula extrema y empacho crónico. No creo que pueda dibujar retratos ni paisajes con pinturas ajenas, para rellenar con palabras de color mis pinturas necesito soledad, mi rinconcito y mis pinceles y ninguno de ellos me acompañarán hasta esas ventanas prestadas desde donde asomarme a vuestras casas, así que a pesar de mí misma voy a tener que hacer un pequeño parón obligada por los avaters de los chips (y no me refiero a las patatas fritas) Pues lo dicho, pasaremos la indigestión y volveré, (amenaza). Besos para todos
 
RETRATO 2


Dedicado a Trini.

Su pasear por la vida fue majestuoso, elegante y sobre todo sincero. Pocas personas podrían decir que no era una señora, sí una SEÑORA con mayúsculas. Una señora de manos eternas con las que acariciar el alma, una señora de cariños inmensos con los que cobijarte bajo sus alas, una señora de luz, de alma límpida y mirada serena. Así era ella. Cuando la conocí, apenas recién llegada, se ofreció a mí como amiga, sin dobleces, sin engaños. Encontré entre sus brazos los abrazos que dejé atrás, las caricias que no me darían los míos, las sonrisas que se apagaban tras la partida. Me ofreció su casa y su corazón. Yo tardé en aceptarlos, mi nueva vida me constreñía y un abrazo era un apretón más. Ella supo esperar y, cuando estuve preparada, pude abrigarme entre sus brazos de madre eterna. Compartimos café, vida, esperanzas y sueños. Un día comenzó a sentirse mal, lo achacaba a indisposiciones pasajeras, tardó en acudir a un médico, se debía a su marido que atrapado entre las pinzas de un cangrejo la reclamaba. Cáncer. Dura palabra para compartir, dura palabra para vivir. Los dos habían comenzado el mismo viaje pero cabalgaban a lomos de distintos corceles. El caballo de él se desbocaba, se encabritaba y relinchaba contra todo el que se acercara, luego, cansado y agotado apenas un susurro salía por sus fauces. El de ella era una yegua alazana, tranquila, templada ante las embestidas de la vida, noble de espíritu, espaldas anchas donde soportar cargas propias y ajenas. Las arremetidas de jornadas sempiternas las templaba a paso lento y sonrisa en la boca. Su fortaleza de espíritu, su carácter amable, siempre una palabra para alentar penas ajenas, siempre una sonrisa para contestar a sus penas. El cangrejo avanzaba y la yegua se detenía, pero siempre un nuevo aliento inventado le hacía dar otro paso más. El caballo llegó a la meta y ella debía continuar. Siempre estuvimos a su lado y era ella la que tenía palabras de consuelo para nosotras. El alma se nos rompía y ella pegaba los trocitos. Su carrera se iba terminando. Veíamos su paso cansino, su cara de dolor y siempre, siempre esa sonrisa que nos acariciaba y nos apuñalaba. Tenía sed y el agua le quemaba, quería vivir y la vida le abandonaba. Detuvo su paso un domingo por la noche, acabó la semana que había empezado y le robó unas horas a un lunes incierto. Todos la lloramos pero sonreía nuestro corazón en una despedida amarga como la hiel de la separación. Juramos que no se iría, que nos acompañaría en el café de cada día, en la terraza del mesón los viernes a la caída del sol, en partidas de cartas que distraían tiempo y dolor. Ella permanecería con nosotras pero sobre todo lo que perdura es su recuerdo, su actitud ante la vida y ante la muerte, su modo de afrontar los pesares y de compartir alegrías. Ella, desde donde esté, brillará para siempre y su luz nunca se apagará de nuestro corazón.

Besos Trini.
 
RETRATO 1


Se inventaba a sí misma adornándose de aventuras imposibles. Quería dar color a una existencia gris, a una vida anodina, a un futuro que no era y un pasado que quisiera olvidar. Aires de grandeza marchita la rodeaba, sueño de gran señora que nunca pudo ser. Ajada la piel, herida el alma. Amanecía a la vida tras noches de insomnio eterno. Pasó del dominio paternal al dominio de un marido que la menospreciaba. Parió tres hijos que pronto emprendieron el vuelo. La soledad iba horadando su maltrecho cuerpo y los cirujanos taladraron su organismo hasta deformarlo como una pintura abstracta. A pesar de todo ella quería ser feliz, aparentaba ser feliz vestida de colores estridentes, envuelta en músicas chillonas, adornada de maquillajes de adolescentes que no cubrían su dolor. Calzaba una sonrisa falsa y se echaba el mundo por montera. Esclava de una casa, que no ama, mendigaba el jornal para alimentar a los suyos. El marido omnipotente le arrojaba unas monedas con las que ir tirando cada día. Pero ella quería ser, no la sombra del brazo de un marido, no la mácula de la figura de un padre, no el humo del cigarro que se apaga entre los dedos de una madre que se disuelve en los tiempos, ella quería ser y sólo parecía el espectro de lo que no fue. Entonces decide crearse un mundo donde ser, donde vivir y convivir, un mundo de letras encadenadas, poesías que se dibujan en unos dedos que nunca cogieron un lápiz, sale a la calle y conoce amigas que no la conocen a ella e imagina, fantasea sobre una vida que no ha sido suya pero que pudo serla, y las amigas la escuchan, prestan oídos a palabras que saben falsas pero no importa. Ella les habla de riquezas que no disfruta, de grandes mansiones, de terrenos que duermen yermos, se va convirtiendo en esa gran señora que nunca será, y que nunca será porque ella misma es el límite de sus sueños. Inventa pasados de tarot anunciados, de adivinos de calamidades porque ella sólo quiere saber lo que de doloroso le traerá la vida, como si no tuviera suficiente con vivirla. El adivino predice jardines de desdichas, flores de deseo que se marchitan a su paso, ceguera... Sí, se estaba quedando ciega, ciega de realidad, espejos translúcidos que no devolvían su imagen, su voz salía desde una caverna que ya ni reconocía como propia, pero comenzaba a ser feliz. Su mundo se diluía con la realidad y ahora sentía que sus sueños saltaban a este lado del espejo y aquí, por lo menos, tenía con quien hablar. Cada mañana se lavaba la cara de días de pasado y la embadurnaba de sueños quiméricos de hoy, y salía a tomar café con las amigas que escuchaban historias que se contradecían, algunas se cansaban de vanidades etéreas pero otras seguían atentas las pinceladas de color con que cada nuevo día dibujaba su vida.
 
14 de junio


Ha pasado sólo un día desde que las pastas de cartón cerraron un capítulo de mi vida y me veo delante de un bolígrafo expectante, ansioso por trazar de nuevo imágenes en folios en blanco. Ayer fuimos de compras con María, un bañador, que hace ya mucho calor, un pantaloncito corto y una camiseta compañera, unas gomas de colores para su precioso pelo y al final hemos entrado en una gran tienda donde se amontonaban las cosas sin más orden que el que sus dueños, arbitraria e incomprensiblemente les querían dar. Allí, mi niña, se fue hasta un estante donde descansaban jarrones, velas, lápices de colores, unos tarros de plástico y muchas libretas. Ha cogido dos paquetes de lápices, dos de rotuladores, dos de ceras y un paquete de libretas. Es que me gusta mucho dibujar, dijo. Él y yo sonreímos y con todos los bultos nos dirigimos a la caja. Cuando salimos a la calle, María revolvió entre las compras y sacó una libreta para él y otra para mí. Es un regalo, dijo, para que pintéis como yo. Yo no sé dibujar, mis imágenes se trazan con palabras, pero si empiezo de nuevo no sé cómo va a acabar, quizás pueda dar trazos de color a historias que no es la mía, sombrear bosques donde se escondan los animalillos para no ser cazados, o diseñar reinos de fantasía donde vivir mil años rodeados de golosinas. Hoy me enfrento a este cuaderno que me ha regalado María, quizás mañana comience a escribir en él.
 
13 de Junio


Ha pasado más de un mes desde que empecé a emborronar este cuaderno que llega a su fin. Apenas unas hojas en blanco me acercan a las tapas de cartón que son la frontera de este tiempo. Releyendo las líneas dictadas desde mi corazón, apenas puedo reconocerme. Leo y se me presenta otra figura con mi rostro, con mis temores, con mis desilusiones y esperanzas pero no soy yo. Otra persona, desde unas letras alineadas por una pluma invisible, habla por mí. Y es que cuando plasmas tus sentimientos en papel ya no son tuyos aunque sólo tú los hayas leído. Apenas un mes y mi vida, que aparentemente no discurría por ningún camino ha galopado a lomos de emociones que se desdibujaban en unas huellas que creí no pisar. Me encontraba sola, naufrago en una isla rodeada de gente que no veía. Aislada, encerrada en mi misma, la amargura desbordaba de un corazón herido, vaciado, inútil. ¿Cuál era mi destino si ni siquiera me permitía sentir el afecto de los que me rodeaban? Cuando más lo necesitaba apareció Cora. Cora de coraje, dije. Cora de corazón que es lo que me devolvió. En tu camino te vas cubriendo de la arena que pisas y si no sabes sacudirte al final del día, la carga crece y crece hasta que no te permite avanzar. Volví a sentir la música en mi piel y la música me trajo añoranza de pasados lejanos en el tiempo y enterrados en las arenas de la vida. Hablé con desconocidos que supieron aliviar mi carga. Reí y lloré con mi hija y acaricié el alma de un niño que ya no lo es. Hoy estoy melancólica pero no triste, por primera vez en mucho tiempo quiero recordar, evocar un trocito de vida, de mi vida y ver, desde la distancia de los días, que no todo es tan terrible. El recuerdo sólo guardaba la carga pesada pero no las miradas, los fracasos, pero no las sonrisas, los desprecios, pero no la gratitud de unos ojos que no saben hablar. Todo sufrimiento tiene un contrapunto, un momento por el que merece la pena vivir, quizás un solo momento, pero ese es único y no lo deberíamos olvidar. Gracias a estas páginas retomo la mirada de María cuando vio el mar, el olor a madreselva en las mañanas junto a Cora, la sed del camino cuando surcaba su rivera paseando por mañanas de frescura y esperanza, llegué a ver la maldad envejecida y reviví la infancia de mis hijos cuando éramos felices, pero es que ahora también lo somos, es diferente, la vida nos muestra distintos senderos por los que avanzar y en todos, si nos lo proponemos, hallamos belleza. Encontré amistad donde había obligación, juzgué y me equivoqué. Vi la muerte pasearse por mi barrio y vi las flores crecer en los caminos tapizando como alfombras de colores los caminos. Añoré la presencia de él, no la tengo aún o eso creo, quizás escondido tras la máscara de tiempos demasiado ocupados, nunca se alejó de mí, quizás eso es lo que quiera pensar, pero desde el viernes él es otro, aquel que vivía en mi recuerdo, hoy lunes descansa en la cama esperando que María le despierte para viajar a países que sólo existen para ellos. Hoy la vida la veo de otro color, puede que sea un espejismo, pero espejismo también son estas letras que abandono en este cuaderno. No sé si lo romperé o seguiré escribiendo otro y otro más donde esconder mis sentimientos, mis vivencias y mis anhelos, donde volcar mis frustraciones y mis paseos con Cora. Hoy voy a disfrutar de mi familia porque he comprendido que mi familia comienza con él, pero con él tal y como es. Todos cambiamos, la vida nos convierte en otros, a veces son tan distantes, que debemos volver a encontrarlos y yo estoy dispuesta a ello. Quiero acabar este cuaderno con palabras de esperanza, me preguntaba el primer día qué me quedaba, me queda vida, toda la vida por recorrer en paseos eternos al amanecer junto a Cora.
 
11 de Junio


Ayer llovió y hoy la mañana se ha levantado plomiza. El ambiente se ha refrescado y el campo huele a vida. He madrugado para dar un paseo con Cora, no quiero descuidar su atención mientras esté María en casa, no sería justo. El olor a tierra húmeda me llevó a mi niñez, a mañanas de mayos olvidados pero siempre presentes, a lánguidos caracoles de parsimonioso paso cargando su pesada casa, a charquitos de nubes y a cuentos olvidados tras cristales empañados. Es curioso, estamos en junio y mis recuerdos atrasan un mes. Hoy el paseo será más corto, no quiero regresar y que María se haya despertado. Cora va dejando sus huellas en la tierra humedecida, apenas se entretiene, también quiere volver y jugar con ella. Cuando salí un profundo sueño la envolvía, pero los niños se duermen igual que se despiertan, sin avisar. Su mundo es instantáneo donde sólo el ahora cuenta. Giro mis pasos, no estoy tranquila. ¿Y si se ha despertado mi niña? Mi pensamiento galopa, veo a la pequeña sola, llorando, mi imaginación se desborda. No debí salir. Cora tiene suficiente espacio en el jardín para no tener que sacarla. Mi mente se desboca, soy consciente de ello. Intento frenar en seco y mis pensamientos se amontonan. Ella no está sola, está él, pero él... Pero él nada, es su abuelo-me digo-. Detengo mis pasos y respiro una bocanada profunda de aire fresco, mis nervios parecen responder al estímulo y se van calmando. Reinicio la marcha más calmada pero sin detenerme en ningún recodo. Apenas cinco minutos y veré la puerta de mi casa. Cora no dice nada, me mira y avanza. La puerta del jardín está entreabierta. ¿Cómo he sido capaz de semejante descuido? ¿Y si se ha despertado y al no verme ha abierto la puerta para ir a buscarme? ¿Y si...? Mis pasos se aceleran, casi inicio una carrera para llegar. Cora se para. No puedo mirar atrás, ya vendrá, conoce el camino y mi niña es lo primero. El aliento me falta, apenas un poco de aire puede entrar y me quema en los pulmones. Abro la puerta de par en par. Jadeo insistentemente intentando recobrar las fuerzas. Apoyada en el quicio de la puerta miro hacia el interior suplicando que mi niña esté allí. Apenas oigo un susurro, mis pasos no responden, las piernas me flaquean pero el susurro no se detiene. Intento escuchar lo que dice el rumor: "Cuando yo tenía seis años yo vi una lámina magnífica en un libro sobre el Bosque Virgen que se llamaba Historias Vividas. Representaba una serpiente que se tragaba una fiera..." ¿Las serpentes tagan fieras? Era María que hablaba con él. Por fin pude respirar tranquila, mi pequeña no se había marchado. No quise dar ningún paso, quería vivir esta imagen que se había materializado desde mi deseo para hacerse realidad. Él estaba contándole un cuento a la pequeña. Los dos solos disfrutando de un amor que él no había expresado desde que nació María y que ahora se vertía por todos los rincones de esa pérgola extendiéndose por el jardín hasta llegar a mí y otorgarme la calma que tanto necesitaba. María se volvió, creo que me había intuido. Ven, mira, las serpientes comen elefantes. Yo me acercaba con una de las sonrisas más grandes que nunca supo dibujar mi alma, me he sentado con ellos. Me gusta El principito, pensé, yo se lo leí a mis hijos cuando eran pequeños y ahora lo compartimos los dos con nuestra nieta. Sin duda, me gusta El principito.
 
10 de Junio


Ayer fue un día extraño. Las horas se deslizaban raudas por la esfera del reloj de mi vida pero apenas parecían avanzar. Cuanto más tenía que hacer, más giraban y cada vez que las miraba detenían su marcha en una tortura ideada por Cronos. Seguro que desde las alturas de cielos extinguidos, fui su diversión. Yo me escabullía a sus carcajadas y desorientaba su sentido del humor y así salté horas de pasión y llegué a la meta del día, satisfecha, todo estaba preparado. Sí, por fin puedo decirlo, María tiene su mundo dibujado entre paredes de ensueños y sonidos mágicos. Esta mañana lo primero que he hecho al levantarme ha sido descorrer las cortinas de su pequeño universo nacido del prisma de mi amor para que la luz lo inunde todo y le aporte el color tornasolado de este sol eterno que hoy, especialmente, brilla para ella y brilla para mí. He paseado con Cora. El sendero que hemos recorrido a través de amapolas y campanitas se convertía en la alfombra voladora que me transportaba hasta los brazos de mi princesa, porque así acaban todos los cuentos escritos y comienzan los cuentos soñados. Los pajarillos no se asustaban a nuestro paso y nos saludaban con una ligera inclinación de cabeza brindándonos cantos de felicidad. Aspiro el aire más límpido porque tengo su horizonte al alcance de mi mano. Cora observa la naturaleza que ha brotado desde mi corazón derramando aromas que jamás podrán ser vendidos ni encerrados en frascos tornasolados que constriñan su alma, no, el hombre no podrá crear el aroma de las mañanas junto al río paseando con Cora. Es demasiado temprano y mi niña demasiado pequeña para adentrarse en, este, mi mundo interior. Cuando caiga la tarde y el sol vaya escondiendo tímidamente sus rayos desgastados la traeré junto al río y buscaremos peces de colores y mariposas de cristal. Recogeremos frutas exóticas y sobre alfombras mágicas retornaremos al castillo que nos aguardará detrás de las nubes junto al arco iris. Sé que debo volver a casa pero mi espíritu me obliga a dar un paso más, llegar hasta el siguiente árbol, descansar entre la sombra que cobija todas mis ilusiones, respirar, henchir mi yo más oculto vaciándome de temores. No puedo dilatar el tiempo más. Cora me empuja, a veces creo que es mi conciencia materializada, la que me alienta y la que me obliga. Volvemos a casa. Siento un ligero cosquilleo mis manos. Siempre mis manos se han anticipado a cualquier sentimiento. Cora corre por el jardín. Su oído le trae sonidos que al mío no llegan aún. Un coche para en la puerta. El corazón se me acelera. Tranquila, parece decirme Cora desde la entrada, todo va a ir bien. Una llave gira en la puerta y mis pasos están paralizados, mis piernas no quieren acercarme a mi niña. La oigo, ella está aquí. La puerta se abre y unos dulces pasitos recorren un camino eterno. El ladrido de Cora me despierta de la ensoñación y ahora soy yo quien corre a su encuentro. Sus ligeros bracitos rodean mi cuello. Nos abrazamos y giramos en un torbellino sin fin. Mi hijo ve complacido la danza de afectos. Viene solo, ella tiene que hacer el equipaje, me dice, en el fondo lo prefiero así. Cora mueve su cola pero no dice nada, no quiere interrumpir ese momento, pero mi niña la ha visto y con el mismo ímpetu que me abrazaba, me ha soltado el cuello y se ha ido con Cora. Los niños son así su eternidad apenas dura un segundo. Me río con ellas. María intenta que Cora salte y Cora la mira con ojos de madre. ¿Alguna vez habrá tenido cachorros o tal vez su sentimiento maternal haya renacido con mi niña? Van a ser unos días estupendo para la niña, dice mi hijo y yo sé que va a ser así. Quiero que María vea su cuarto pero ella prefiere revolcarse en la arena con Cora. No hay prisa, el día, los días serán infinitos con ella. Nos sentamos en el jardín, hablamos, hablamos, hablamos... Me siento feliz, llena, pero una pequeña sombra se desliza por mi mente, no la dejo salir pero me martillea. ¿Por qué él se pierde estos momentos? ¿Cuándo se dará cuenta de las cosas importantes de la vida? Los negocios, el trabajo, la cuenta bancaria..., ¿Son esas sus prioridades? ¿Y lo que de verdad importa dónde queda? La sombra se desliza por mis ojos intentando arrancar una lágrima, pero no me lo permito, nada arañará esta capa de felicidad. Alguien ha entrado por la puerta principal, alguien que ha imprimido silencio a sus pasos para no ser delatado. Cora eleva una de sus orejas pero no ladra. Una figura permanece invisible entre el claroscuro del quicio de la puerta, observa, calla y dibuja una sonrisa en su alma. María lo intuye, se gira, levanta las cejas con semblante picarón y sonríe. Señala en su dirección. Volvemos la cabeza y allí está él, sonriendo, con los brazos extendidos, casi rogando un abrazo de la pequeña. Ahora sí que se escapa una lágrima furtiva, pero ya no es de pesar. La recojo entre mis manos para que nadie la vea y su sonrisa es ahora mi sonrisa. ¿Puede haber un día mejor?
 
9 de Junio


A penas ha comenzado el día, si por un día nuevo se entiende que se ha sobrepasado el límite de las doce de la noche. Me quedan tantas cosas por hacer. El viernes llega María. Estoy deseando ver sus ojitos abiertos como dos ventanas inmensas con vistas a ese mundo de fantasía e ilusión que le he preparado. El olor a pintura se desborda por todos los rincones de la casa fluyendo, a través de unos poros de cal y ladrillo, respirando y latiendo al unísono, acompasando su nueva existencia a la metamorfosis de una alcoba en un cuento escrito para mi niña. Acabo de colocar el osito que velará sus sueños. Es un oso atrapa-pesadillas, así me lo dijo Pablo, el vendedor de ilusiones. Con este osito María no temerá cerrar sus ojitos. Al abrazarlo, una dulce música invadirá su cuarto adentrándose en su alma y será acunada por un arrullo de canto y esperanzas, de color y armonía girando todo en torno de una sinfonía de sueños de algodón verde mar y azul cielo. María caminará sobre alfombras mágicas que la llevarán donde sus pasos no puedan ser alcanzados y será protagonista de sus propias aventuras. Sus muñecas cobrarán vida y, junto a mí, nunca estará sola. Mares de chocolate y barquitos de galleta, corros de la patata y parchís de colores. Cogida de mi mano saltaremos en rayuelas perpetuas y buscaremos tesoros enterrados en olvido y miel. No sé cuanto tiempo se quedará María a mi lado, no importa, estos días, pocos o muchos, tendrán las horas infinitas, los minutos inmortales, los segundos eternos. El tiempo se detendrá, ella no crecerá, yo no envejeceré y unidas en un amor que no conoce límites vadearemos la vida escabulléndonos de sequías y viviendo nuestra época de bonanza, tiempos mejores, risas, canciones y mariposas revoloteando. Mañana, que ya es hoy, se acerca volando. La luna tiene prisa por marcharse dejando su estela atrás y dando paso a soles absolutos que iluminarán nuestro dulce avanzar. Debería descansar un rato, queda un solo día ya. El sueño se escapa entre mis dedos. Voy a la cocina, me sirvo un vaso de leche fría, Cora duerme, no quiero despertarla, esta noche tengo la compañía de mi sueño, un sueño en vigilia. Mañana compraré helados, montañas de helados de fresa y limón de chocolate y vainilla, dedos, pies, vasitos, lápices... todos los tendrá mi niña. Me voy a la cama. Su recuerdo me llevará hasta su sueño y le diré cositas en voz baja, le diré que vamos a volar con los pajarillos, a nadar con los peces, a saltar como los gamos y a amar como nunca antes lo había hecho porque ella es mi niña y mi niña está en mí.
 
8 de Junio


La mañana me trae música enredada en el aire. Una sinfonía de juguetes y libros de colores conquistan estanterías dispuestas para llenar de imaginación el mundo que estoy dibujando para María. Mi princesa va a reinar en un castillo de muñecas, va a viajar a lomos de briosos corceles, va a dar la vuelta al mundo, entraremos en bosques alegres donde no habrá sombras de brujas malvadas y sí enanitos y mariposas que guíen sus pasos en giros tornasolados de soles infinitos. Los lápices de colores pugnarán por ser cogidos en sus pequeñas manos para dar color a páginas incoloras que renacerán a nuevos mundos creados por mi niña. La música flotará entre los juguetes, música de caramelo y regaliz, bolitas de colores colocadas en un pentagrama que, gracias a su presencia, se deshará de su gabardina negra de seriedad para vestirse de miles de tonos, corcheas y fusas de los colores más estridentes. María danzará, girará con las nuevas notas, con los nuevos amigos, con las nuevas ilusiones que permanecerán en este palacio investido de una pátina de felicidad. Me vuelco en mi niña y no me reconozco. Antes de que traspase el quicio de la puerta y me siento viva. Esa niña me llena como no lo han hecho ni mis hijos, es raro, lo sé, pero a los hijos hay que educarlos y eso es tan difícil. Creo que la consiento demasiado. ¡Y qué más da! Ella tiene sus padres para que la eduquen, yo sólo soy su abuela y solo tengo que quererla. En el fondo sé que no es así, que la educación de una nieta pasa también por los abuelos, pero mientras esté en mi casa va a ser feliz, es el único propósito de mi vida. Cinco añitos que apenas parecen tres, el año de hospital debe ser borrado de su mente y de la mía. Quizás los bebés no tengan memoria, quizás la memoria se desarrolla con los años y ellos sólo vean una neblina que dejaron atrás y cuando sean mayores todo se reduzca a un mal sueño de un bebé que apenas reconocen, pero los adultos si tenemos memoria y cuánto daríamos a veces por enterrarla. No, no voy a permitir que la tristeza de lo que fue inunde mi espíritu ahora que tengo tanto que hacer. Las tiendas no están abiertas y mi impaciencia es mucha. Soy yo la que parece una cría pequeña esperando a los Reyes Magos. Voy a salir con Cora, ella siempre consigue templar mis nervios. Tengo tanto que hacer...
 
7 de Junio


Últimamente tengo la guerra declarada al sueño. Deben ser las hormonas que andan demasiado revolucionadas en su despedida. Anoche el insomnio, debo reconocerlo, era placentero. Mi hijo llamó diciéndonos que si no nos importaba que María viniese dentro de dos o tres días. Todavía me pregunto cómo puede dudarlo siquiera. La emoción de tener a mi niña conmigo unos días ha espantado el sueño. Yo creí que sería a final de mes cuando las vacaciones aparecieran para alegrar a los hijos y revolucionar a los padres, pero María apenas tiene cinco años y no va a ser mucha la pérdida. Ellos se van de viaje, lo necesitan y yo necesito a mi María. Debo confesar que estoy nerviosa, queda tanto por hacer. Debo templar mis nervios, aplacar mi corazón desbocado y organizar la llegada como si se tratase de una visita de estado. Todo debe estar a punto. Lo único que temo es la expresión de mi nuera, para ella algo estará mal, seguro. Mis ilusiones y mi cariño no contarán nada, ella lo echará por tierra una vez más. Hoy corre aire por el margen del río. Cora se entretiene entre unos matorrales y de él aparece una nube de mariposas de todos los colores. Su aleteo incesante pero majestuoso ha detenido mi paso. La danza teñida de color me transporta a un mundo de ensoñaciones donde todo está dibujado de colores orgullosos, colores que exhiben su poderío desplegando un manto irreverente que desafía a la tristeza alejándola sin compasión. Un mundo onírico de flores perpetuas y mariposas que vocean vida por aquellos rincones en los que detienen su aleteo. Una alza el vuelo, dibuja un camino entre dos nubes de algodón, otra sigue su estela y derrama rojos, anaranjados, amarillos. Vaciada su hermosa carga otra toma el relevo chorreando los tonos verdes, azules, añiles. Una última, una mariposa negra como la noche, elegante, inmensa, con alas majestuosas y vuelo reposado se pasea por la obra de sus hermanas dando el toque final violáceo. En el negro también hay escondido otro color, parece decirme desde la altura. El hocico húmedo de Cora me devuelve a otra realidad, a la realidad de un día lleno de esperanza, de espera que no va a desesperar porque no tiene tiempo para perder. Me sonrío y Cora gira entorno a mí. Tengo que volver a casa, voy a prepararle a María un mundo como el que acabo de visitar. El Techo será el cielo que despierta a un nuevo día, en las paredes, nubes de algodón dulce, flores de mil colores, mariquitas rojas de siete lunares, pajarillos revoloteando alrededor de las flores y mis mariposas, esas que me han llevado a Fantasía, ellas dibujarán un arco iris eterno para mi niña.
 
6 de Junio


Una noche de sueño reparador te hace ver la vida de modo diferente. Estoy desayunando en la terraza. Estas serán las únicas horas del día, hasta que caiga de nuevo la tarde, en las que podré disfrutar del jardín. El aroma a madreselva se extiende a través de la mañana reconfortando los sentidos. Vuelvo al calor de mi niñez en una casa tan lejana, tan distinta. Aquellas mañanas de ruidos y algarabías, de luchas de albaricoques y acuerdos firmados en torno a un zumo, días llenos de esperanza, de olores a campo en sazón y sabores de vidas recién amanecidas. Miro al pasado y todo ha cambiado tanto. Hace una eternidad que no sé nada de mis hermanos. Me he refugiado en este oasis, en este remanso de paz aislándome hasta de mi familia. La fragancia de una rosa acaricia mi piel. Giro la cabeza intentando descubrir desde dónde me llama y veo que por fin el rosal de terciopelo ha echado su primera flor. Ya había perdido toda esperanza. Tres años sin florecer y pensaba ya en su esterilidad. ¿Los rosales pueden ser estériles? No había querido arrancarlo de su lugar, bastante desgracia tenía con no poder lucir su perfume ni regalar su color, para extraerlo sin piedad del suelo donde había arraigado. Su agradecimiento, la recompensa se ha hecho hoy flor. Me acerco hasta él acariciándolo como un hijo pródigo del que nunca esperarías su retorno, los pétalos se abren para mí en una sinfonía de color y aroma que danzan al unísono llenando de placer esta nueva mañana. Cora se acerca, parece celosa, ladra a la flor reclamando la atención que le presto. Me giro y sonrío, acaricio su cabeza y restriego mi nariz sobre su pelo. No se aleja de mi lado y continúa con un silencioso gruñido. El perro y la rosa luchan por llamar mi atención. Me río de mí misma por este pensamiento. Sigo deleitándome con esta nueva maravilla de mi jardín. Veo que esta rosa no está sola, otra comienza a formarse y tal vez sea ahora cuando ya no cese de parir. Todo tiene su tiempo y nunca ese tiempo es baldío. Si se sabe esperar quizás se alcancen los sueños, quizás se transformen en realidades. ¿Pero cómo aprender a esperar? ¿Dónde se pueden adquirir las píldoras de paciencia? El tiempo es el gran enemigo del que espera y doblegarlo es una lucha titánica, pero si se consigue, al final, podremos disfrutar de una maravillosa rosa.
 
5 de Junio


Siento que me pierdo entre la muchedumbre, que caras impávidas me acechan desde rincones oscuros a los que no tengo acceso, me miran, me observan, me juzgan. No hablan pero un murmullo se levanta entre ellas, un murmullo que crece y me rodea girando como una espiral eterna sobre mí. No distingo voces, no distingo palabras, sólo ruido que no cesa, que me atrapa y me arroja a un laberinto del que no sé salir. Perdida entre paredes azules que van intensificando su fulgor, voy caminando, descalza, el suelo se calienta, me quemo los pies pero no puedo saltar, las paredes también queman, me arrojan llamas que al contacto con la piel se congelan. Se ha establecido una lucha sin tregua y yo, en medio de la desesperación, me paralizo. Una gota de sudor cae por mi espalda. Es sudor frío, pusilánime, cohibido. Otra gota acecha y se une a otra más. Mi espalda se desdibuja en un mar de ansiedad donde olas inmensas tratan de sumergirme. Tengo miedo, no sé nadar... El corazón late desbocado y de pronto todo cesa. Me despierto agitada con el corazón a punto de estallar. Ha sido una pesadilla, una pesadilla de la que he despertado. Me da miedo volver a dormirme, no quiero que se repita, no quiero continuarla y llegar a un final, a mi final. No consigo tranquilizar mi espíritu. Voy a la cocina. Cora me oye, rasca las puertas del jardín. Le abro. El sentirla a mi lado me da paz, el corazón de nuevo se ralentiza, la respiración se sosiega. No me apetece volver a la cama. Salimos al jardín, la noche está fresca. No sé que hora es, no me importa. Siento la humedad de la tierra en mis pies desnudos, un pequeño escalofrío recorre mi espalda pero, con Cora a mi lado no tengo miedo, no me siento sola. Me me acomodo en el viejo columpio y mezo mis temores alejándolos con cada empujón. Creo que el sueño se acerca lánguidamente, con la desidia del que no tiene nada más que hacer. Me acurruco y Cora me presta su calor. La mañana calienta de nuevo mi cuerpo. Los rayos de sol me devuelven a la vida como una tortuga que se desprende lentamente de su caparazón. Desentumezco mis huesos dolientes. He conseguido dormir. La pesadilla huyó y su lugar lo ocupó un sueño imposible. En mi seno se desarrollaba de nuevo una criatura, la sentía moverse, crecer, inundar de dicha mi espíritu desbaratado. La realidad me ha traído la pesadilla, el vacío, la oquedad que jamás se volverá a llenar. No sé qué significan los sueños, no sé si el espíritu universal hablará, a través de ellos, de pesadillas o de felicidades y no sé si quiero estar despierta o dormida. Hoy va a hacer mucho calor. Un viento cálido y asfixiante empieza a soplar por el este. Voy a tomarme un café. Cora me sigue, su tostada la espera.
 
4 de Junio de 2005


Con el regusto amargo que dejan las miserias humanas apenas he podido dormir una noche más. Alguien me dijo una vez que no estamos educados para ser felices, no nos enseñan cómo conseguir la felicidad. ¿Realmente sabemos lo que es? ¿Ser felices es tener más?, ¿más qué? Yo ahora dispongo de más dinero que antes y no soy más feliz, ahora debería tener menos problemas que cuando los niños eran pequeños pero no es cierto, me siento mucho más desgraciada que cuando tenía que estar mirando la peseta para poder llegar a final de mes. Tengo comodidades que ni siquiera podía imaginar, una casa abierta al aire puro en el campo, una vida tranquila y saludable, algunos achaques que voy sobrellevando como puedo, pero no soy feliz. Muchas veces he pensado que me equivoqué al elegir recodo del camino. Me siento con las ventanas abiertas, permitiendo que el aire frío de la mañana inunde unos pulmones adormecidos de infortunios, despabilándolos a un nuevo e indiferente día, y pienso que si hubiera escogido otro camino, otro sendero por el que caminar a dónde me habrían llevado mis pasos. No tendría mis hijos, no tendría a mi María, seguramente ahora Cora no estaría relamiéndose con la tostada chorreante de café que engulle con avidez, no estarían ellos pero abría otros hijos, otros nietos, otras casa, otros amigos, otras ilusiones. Me consuela el pensar que otra vida no significaría una mejor vida o puede que sí. ¿Estoy a tiempo de cambiar? ¿Pero qué cambiaría? Ayer veía muy claro que la mujer de la tienda debía separarse de ese que se cree tan hombre y la menosprecia, degrada e insulta constantemente. A mí no me insulta, pero me veo menospreciada, no me degrada pero no cuento en su vida, no me quiere pero se ha acomodado a una compañía que se mantiene con una inercia difícil de parar. ¿Soy demasiado mayor para alzar el vuelo y vivir en solitario? Nunca había imaginado una vejez en soledad y aunque me siento más que sola, abandonada, sé que cada noche ocupa un lado en la cama, un lugar en la casa. No quiero envejecer y no tener a nadie a mi lado, me asusta no tener a quien recurrir pero ese no es motivo para vivir bajo el mismo techo que él, ¿o sí? Una vez hubo fuego entre los dos, una vez hubo un proyecto de amor que se transformó en familia, en risas, en juegos, en llantos. Una vez hubo un nosotros, no la suma de un tú y un yo, un nosotros. Irónico es cómo la vida arroja recuerdos al alma herida que laceran como cuchillos afilados unos sentimientos maltrechos, fatigados, mortecinos. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo empezó a desdibujarse un pronombre para disolverse de nuevo en dos? Ahora sé que los corazones fundidos no son eternos, que dos corazones no pueden habitar en un solo cuerpo, que luchan entre sí y el propio anhela echar al que te ha invadido, no han encontrado la paz y como polos semejantes de imanes, que una vez fueron afines, se repelen. ¿Cuándo dejamos de ser personas y nos convertimos en marionetas cuyos hilos son manejados por un destino que parece ajeno a nosotros mismos? La rueda gira y gira estrangulando el camino. Cuándo sabré decir basta, ¿pero eso es lo que quiero? No, yo quiero que todo se hubiese mantenido inalterable, sentimientos eternos, alegrías unívocas, una vida en dos cuerpo, utopías que jamás dejarán de serlo. No es lo que quiero pero es lo que tengo. Debo alejar estos pensamientos que me corroen las entrañas, debo dejar de sentir y continuar sonámbula por este paseo que cada día emprendo con Cora a mi lado. No me apetece el café, lo dejo enfriar. Miro a Cora y ella responde. Hoy el paseo será más de lo mismo.
 
3 de Junio


Apenas he pegado ojo esta noche. No he desayunado. Necesitaba pasear, enfriar mis pesares, apenas le he dirigido la palabra a Cora. Perdida en mi pensamiento avanzo por un camino que aparece desdibujado entre nieblas difuminadas, imaginarias. Cora respeta mis silencios ¿Me estaré volviendo una vieja intransigente? ¿Es la edad la que hace que se te revuelvan las tripas con más facilidad que cuando los años avanzaban de tres en tres ansiando que volaran para ser mayores? Estoy harta de ver en las noticias los casos de malos tratos, de vejaciones, de asesinatos entre los que son o fueron parejas. ¿Qué lleva a alguien a maltratar a otra persona? ¿El sentimiento de posesión? ¿Es que se creen dueños de los demás o tal vez más que los demás? ¿Por qué la otra persona no se revela, no lucha, no alza su voz? ¿Miedo a una bofetada, a una paliza? ¿Y cuando los malos tratos son verbales? Ayer presencie una escena, tantas veces repetida, que me asqueó. En la tienda donde habitualmente compro un matrimonio atiende los clientes. Él es el que todo lo sabe, el que enmienda la plana de su mujer, el que la anula e intenta dejarla en ridículo con bromas que nadie aguantaríamos, lo peor de todo es que hay gente que le hace gracia, se lo toma a broma, lo ve como algo jocoso que hay que alentar y, mientras, esa mujer calla, sus ojos se nublan de lágrimas secas, su sonrisa es una mueca que resbala estridente entre sus facciones deshechas. Cada nuevo chiste es una puñalada certera en el centro de un corazón destrozado, pero ella sonríe, sonríe con un ademán que más parece un esguince del alma. Sonríe y calla, sonríe y sangra. Su sangre no aflora de su herida, su sangre es tragada y se va ahogando poco a poco en ella. Y él, que bebe de esa sangre para alimentarse, la achica con cada nuevo sorbo. Ella apenas se ve ya como un gorrioncillo que ha caído del nido, no reconoce su nido, las paredes se le han vuelto extrañas, los brazos no tienen carne, son barras de hierro que azotan espíritus hechos jirones. ¿Por qué aguanta? ¿Por qué no se va? No hay hijos de por medio, sólo se tienen el uno al otro. No, no es cierto, ella no tiene a nadie. Intenté defenderla, hacer que él tragase de su propia mierda pero ella se reveló, se reveló silenciosa defendiendo lo indefendible. ¿Es que nadie puede hacer nada? Él, herido en su orgullo, arremetió contra ella. Cobarde. No fue capaz de contestarme y ella lo pagó con más crueldad verbal. Ella sigue achicando su figura, diluyéndose en razones que se nutren de miedo, porque debe ser miedo, miedo al abandono, miedo a la soledad, miedo a no resistir más. Cómo decirle que hay otro mundo, otros hombres, otra realidad, que hay quien le ayude, mas ella debe querer, y ese es el problema, ella no quiere, o tal vez no pueda querer. Una lágrima recorre mi alma al intentar auxiliar a una mujer que apenas cree serlo. No sé que más hacer. No se pueden denunciar los golpes no propinados, las puñaladas no asestadas, la sangre no derramada, la estima pisoteada, la dignidad maltrecha. No, no se puede denunciar si la víctima ni siquiera se reconoce como torturada. Hoy más que nunca lamento no poder ayudar a mujeres que son maltratadas hasta que se convierten en piltrafas humanas, sin apoyo, sin salida. Yo, que me quejo tanto de mis soledades, creo la soledad sería su salvación. Se hace tarde, el aire ha detenido su paso, es hora de regresar. Un café reconfortará mi cuerpo pero el alma tendrá que esperar.

 
2 de Junio



Hoy el frescor de la mañana se esconde entre los últimos retazos deshilachados de unas nubes que han paseado su color sin aliviar la preciosa carga que transportaban en sus entrañas. Los pajarillos revolotean inquietos, se enfrentan entre ellos en una guerra fratricida por un poco de alpiste que cada mañana les acerco a su comedero. Un verderón impide que otro se acerque, se hace fuerte con sus garras disparadas hacia delante y el más débil huye, quizás, más tarde, lo intente de nuevo. El gallito del corral se siente triunfador, pavonea su cola en un movimiento que me hace sonreír. Pero su hazaña tendrá como recompensa que le eche del árbol, no voy a consentir, mientras pueda evitarlo, que el cabecilla de turno decida quien puede comer de la comida que les doy yo. Quizás me equivoque y no entienda las leyes de la naturaleza, pero aquí el alimento no es ganado, es dado y es para todos igual. Cuanta utopía, para todos igual. Nada es igual para nadie, incluso teniendo lo mismo no es igual, cada uno lo usa o lo derrocha según tenga a bien entender. Salimos a caminar. Cora no tiene hoy prisa. Ha acomodado su paso cansino al mío. Estoy distraída, apenas veo que las flores han cambiado de color, que las que ayer abrían sus pétalos hoy han sido desbancadas por otras diferentes, los rojos pasan a malvas, los amarillos a blancos, amaneceres que son atardeceres, oro trasmutado en nieve. El riachuelo que un día fue río surca tierras áridas en pos de arroyos vivos, de lechos fogosos que no detengan su caminar hasta fundirse con el mar. Los árboles caídos se amontonan echando el cierre a un agua que no quiere ya correr. La naturaleza va muriendo poco a poco en un ciclo que no va a devolverle la vida. Antes muerte era simiente para nueva vida, alimento de nuevas esperanzas, podrir y renacer, morir y vencer a la muerte. Ya no, lo que se muere muerto queda, nutre tierras áridas que no volverán a germinar. Los frutales se convierten en farolas, las mieses en calles adoquinadas, la huerta en parques y jardines que serán regados con las últimas gotas de este río desangrado. Pronto me quedaré sin paseos por el campo. No, me niego a pensar en ello, siempre habrá campos, ¿realmente los habrá? Estoy desvariando, Cora ha visto algo, tal vez un gazapo, le gusta correr tras ellos, el día menos pensado se convierte en cazadora y me traerá alguno entre sus fauces. Apenas corre una brisa, el tiempo encamina sus pasos hacia el estío. Pronto le darán las vacaciones a mi pequeña y vendrá a pasar una temporada con nosotros. Sus padres necesitan un tiempo para ellos. Será la primera vez que estén una semana sin ella. No sé si lo resistirán y volverán antes, espero que no, por ellos y por mi. Mis brazos de abuela rejuvenecerán con mi niña. ¡Cora, ven! Se ha alejado demasiado y no quiero que se pierda, no quiero perderla. Inspiro el aire de la mañana y renuevo el soplo viciado de noches de vida oscura. Hay que mirar hacia delante y delante está mi pequeña María que pronto será la reina de este lugar.
 
1 de Junio


Días de nubes y melancolías, de olor a madreselva y recuerdos redivivos. El frescor de la mañana me transporta a otras mañanas en las que remoloneaba entre sábanas de algodón blanco intentando prolongar unos minutos más el sueño, los sueños de edades perennes siempre inmortales. Qué lejos de la verdad, nada hay inmortal, nada permanece como recuerdo de nuestro paso. La puerta de la cocina está abierta y Cora respira el aire de la mañana, ella es ajena a recuerdos que fueron abandonados aquel día que me hizo su compañera, pero mis recuerdos florecen entre hojarasca seca, entre espinos dolorosos que reverdecen año tras año, como un sorbo amargo del que la vida no me quiere privar una vez más. Las nubes danzan en su baile perpetuo de caminos en el aire y, cuando desempolvan la memoria no hay viento que la arranque de mi maltrecho corazón. Echo de menos una madre, siempre la he echado de menos. ¿Qué es una madre? ¿Es la mujer que te parió entre dolores? ¿Es la mujer a la que te asías desesperado cuando el hambre devoraba tus entrañas y de sus pechos turgentes manaba el alimento que te saciaba? ¿Es la mujer que cuidaba de que las comidas estuviesen siempre a su hora, la que limpiaba la casa, zurcía la ropa y la que con voz de capitán pirata siempre ordenaba? Hoy mi madre se ha sentado en mi memoria y toma café conmigo, pero un café distante como distante fue nuestra relación cuando vivía. Siempre cubrió a sus polluelos para que sus necesidades materiales fuesen satisfechas, aún a costa de su propia necesidad, pero una madre tiene que ser algo más que la que te alimenta y cuida. Eran otros tiempos, lo sé. La confianza que tengo con mi hija no se parece en nada a la que tuve con mi madre. Nunca hubo conversaciones, nunca consejos sólo órdenes, la sonrisa la guardaba como si fuera un tesoro que con mostrarlo se difuminaba. No creo que la oyera reír jamás. Cuando me casé me encomendó al cuidado de mi marido, ella ya había culminado su labor. Triste fueron esas noches de desesperación cuando no podía contar con alguien para que me consolara, tristes los amaneceres entre lágrimas no enjugadas que anegaban esas almohadas que naufragaban junto a mí. Me juré que yo no sería así, que si tenía hijos podrían confiar en mí, recurrirían a mí cuando tuviesen problemas, cuando quisiesen compartir una sonrisa, cuando necesitasen, de nuevo, un pescozón. ¡Qué equivocada estaba! No sé si seré tan diferente de mi madre, pero ellos no acuden a mí. Son mayores, tienen sus vidas y a veces creo que yo estorbo. A lo mejor fue eso lo que sintió mi madre, que estorbaba o para evitar el hastío de una presencia impuesta se hizo a un lado. El café se enfría en mi recuerdo, Cora se asoma a la puerta, es hora de salir. Estiro los minutos un poco más. Mi pensamiento sigue al compás de las nubes, todavía no se aleja, no se despeja la mañana ni mi recuerdo. Cuan desagradecida puedo llegar a ser creyendo que me abandonó. Mi adolescencia se forjó a golpe de látigo, de órdenes impuestas, de gritos marciales que no podíamos desobedecer. No hubo rebeldías manifiestas porque nuestras caras eran cruzadas por las manos callosas de un padre autoritario. ¿Cuantos silencios ofreció mi madre para evitarnos un nuevo castigo? No sé, supongo que ella obró como mejor sabía y aunque ahora que soy capaz de enfrentarme a esa realidad, no dejan de dolerme mis soledades. Ya no hay remedio, ya no está para que me abrace, para que me dé ese beso que me negó, ya era mayor para carantoñas, decía. Ya es tarde. ¿Aprendemos de los errores de nuestros padres? Ser padre es equivocarse. Nadie nos enseña y creo que es la tarea más difícil con la que nos enfrentamos en la vida. Cora ladra, voy a despejarme de recuerdos de madre, de recuerdos de hijos. El cielo sigue cubierto, los grises son el color de mi vida, quizás ella lo vio todo al revés y la mala hija fui yo y la mala madre sea ahora yo. Agito la cabeza negando esa idea que se ha enganchado en mi pensamiento gris. Echo de menos a mi madre. Cora, a la calle que la mañana está fresquita.