ANDAR DE PUNTILLAS

Hay días en que me gustaría pasar por la vida de puntillas, sin hacer ruido y sin que me vean. Días en los que las miradas ajenas hieren y duelen como pieles laceradas, días en que el aire quema los alveolos y el oxígeno se olvida de oxidar en las mitocondrias y quema desde los bronquios. Hay días en que la cama te debería atrapar como un pulpo hambriento y no permitirte escapar a su abrazo de morfeo.
Hay días en que las sonrisas se tornan en muecas y en el que las palabras abandonan la boca en forma de grito. Hay días en que 2 más 2 son tres y nunca llega al cuatro. Días en el que los equilibrios se rompen haciendo añicos los futuros inciertos y días en los que la calima ahoga esa pequeña nube que quiere dejar su regalo.
Pero también hay día en los que tu imagen se refleja más nítida en mi recuerdo. Días en los que la almohada rezuma tu esencia. Días en los que el 10 se consigue con dos 1 abrazados (X). Días en los que la lluvia acaricia el rostro acalorado por pasiones satisfechas y hay días en que las zapatillas de ballet resuenan, en los ecos de nuestro delirio, como tacones de gitana arrebolada en tarantos perpetuos con imborrables pasos de amor eterno y hoy es uno de esos días.
TIEMPOS DADOS

A veces piensa que el tiempo encoge sus alas negándole esos segundos que necesitaría arañar en cada instante.
Solicita más tiempo para él y, apremiado por su afán y, henchido de ardor febril y delirante, inicia el camino hacia la cueva donde se atesora los tiempos perdidos, los tiempos malgastados que son devueltos a su origen sin ser usados, tiempos de segunda mano, pero tiempos al fin y al cabo.
El señor de los tiempos le aguarda sentado, conoce de su visita y le espera, él regala el tiempo y él lo deniega. Le conoce, otras veces ha ido a implorarle. La majestuosidad de canas unas entrelazadas con minutos ajenos, de arrugas cinceladas en años de oscuridad, de manos nervudas retorcidas por siglos de paciencia le confieren un aspecto tortuoso que conjura soledades.
Nadie se había atrevido a llegar tan lejos, pero su necesidad le acucia. Lo ha conseguido, de nuevo se enfrenta a su rostro. El señor de los tiempos le mira fíjamente a los ojos y él se avergüenza. Reconoce su osadía, no es la primera vez que le ha suplicado, ni la primera que lo ha obtenido. Baja su cabeza lentamente y el Señor de los tiempos le vuelve a dar lo que a otros escatima porque sabe que para él, pobre mortal siempre hay una caricia que dar, un pensamiento que retener, mil palabras que pronunciar y ni las sonrisas, ni las palabras, ni los pensamientos son gratis, se cobran el peaje del tiempo que se es dado y de nuevo es perdido.
Necesitará más tiempo para escribir, para ordenar sentimientos, para disfrutar de su única compañía, necesitará tiempo para regalarse una canción, una playa eterna, pero nació manirroto y lo poco que abarcan sus manos se escurre de ellas apenas lo tocan, y para el tiempo es demasiado dadivoso con los demás y muy cicatero para sí.
Luego, cuando se ve de nuevo sin él, se queja, protesta, patalea, rabia y se enfada y cuando el Señor del tiempo, nuevamente, le ofrece aquello que no le corresponde, sabe que volverá a derrocharlo, a regalarlo convirtiéndolo en tiempos ajenos y así volver a empezar.
EL BEBÉ PLANTA

La felicidad brotaba en tallos tiernos que surgían, como una explosión esmeralda, de luz tamizada iluminando tu rostro.
Si recibía un beso de mamá, el ficus alzaba sus hojas bañándose con la sonrisa tierna del bebé.
Si la música saltaba en el aire como un delfín juguetón en los mares de la vida, los jazmines despertaban sus aromas invadiendo las esquinas porosas de sentidos adormilados.
Si las mariposas velaban su sueño, las anémonas giraban sus cabezuelas en una danza vertiginosa y delicada de blancos, rosas, rojos y violetas tejiendo una nana silenciosa de color.
Si el bebé crecía, los anthurium elevaban sus tallos.
Si comía, los claveles reventones estallaban alegres en danzas gitanas de hogueras al anochecer.
Si jugaba con sus manitas perfectas, las rosas guardaban sus espinas y entonaban alegres canciones infantiles, y los tulipanes jugaban al escondite inglés intercambiándose sus pétalos y transformándolos en plumas tornasoladas para confundir a los nardos que, cegados por soles mañaneros, contaban parsimoniosos antes de lanzarse a la búsqueda.
Pero cuando las lágrimas acudían a su carita de porcelana y sus ojos se tornaban en cataratas de dolor, las azucenas cabeceaban transformándose en plañideras silentes, en campanas que tañían voces sordas lanzando al viento la pena honda que se adueñaba de su tierno cuerpecito espasmódico de hipidos incesantes que lo conducían al lado amargo de la vida.
Si el llanto se prolongaba, las dalias escondían su rostro, los iris se tornaban grises, los gladiolos doblaban sus varetas en flexiones imposibles para sus delicados tallos. El mundo de color se iba apagando y, cuando la naturaleza que le rodeaba parecía enfermar, una pequeña alondra, una mariquita roja o una rana saltarina le devolvían la sonrisa y todo volvía a empezar.
Fue un bebé feliz y cuando creció, el bosque fue su hogar.
Para Iván, cuya sonrisa acaba de ver la luz.
EN MIS SUEÑOS

En mis sueños me besabas. Te acercabas a mí sigiloso, silente y la caricia de tu mano sobre la mía me hizo girar la cabeza y sonreír. Estabas ahí, a mi lado, eras tú el que te acercabas y rozabas, por primera vez, porque para mí era como la primera vez, mi piel. Ya no era una caricia robada, no era un encuentro entre dos pieles ávidas de contacto, no era ese pequeño robo al tiempo en el que por un instante coincidían nuestros espacios, no.
Habías decidido romper la barrera de los impedimentos, te habías hecho fuerte, decidido, casi arrogante y me cogías de la mano. No sabías cómo iba a reaccionar pero el contacto de tus dedos, abriéndose paso en la palma de mi mano, me hizo sentir un estallido sereno en mi interior. Sin mirarte sabía que eras tú, siempre habías sido tú y así tu mano que ya era mía.
Una mirada, una sonrisa y la maldición de la ausencia desaparecía. No éramos libres pero en ese momento no importaba.
En mis sueños había mucha gente, gente que nos miraba sin vernos, gente que no detenía su paso ni nos señalaba por las esquinas, gente ciega, sorda y muda que nos dejaban vivir, sentir, reír...
Y llegó el primer beso. Tus labios cálidos, carnosos, llenos de color y amor se posaron suavemente sobre los míos, unos pobres labios ajados, sedientos, resecos de ausencia y dolor. Se obró el milagro y la carne renació de entre los mundos áridos y desiertos.
En mis sueños nos buscábamos por las esquinas, por las arenas cálidas de mares imaginarios, por los bosques esmeralda de luz infinita. La piel de nuestros cuerpos se fundían en una sola piel. Todo ocurría despacio y podíamos saborear cada instante. Teníamos necesidad de nosotros, de un nosotros eterno, no de voces compartidas, no de miradas enlazadas, no de sonrisas veladas y sentimientos escondidos dispuestos a desbocarse, necesitábamos soledad y no la encontrábamos. Una hora elegida, una alfombra voladora que se acerca y nos llevará a nuestro destino. ..
Pero las maldiciones no desaparecen, sólo se adormecen y nos engañan con ausencias que nunca son eternas. Y tú y yo, y , yo y tú sabíamos que aunque nadie nos viera, aunque pareciesen ciegos no lo eran y en algún momento nos verían y verían que la frontera de lo prohibido había sido violada, pero ese tiempo no llegó.
Me tenías entre tus brazos, acurrucada, buscando el calor de tu alma, de tu corazón que se abría para mí, te miraba con la mirada perdida de la que se sabe amada, tus brazos rodeaban mi cuerpo, llegaba la hora de la despedida para encontrarnos de nuevo y ya para siempre, pero ese momento nunca llegó.
Una luz intensa cegaba mis ojos, te solté para protegerme y al querer cogerte la mano ya no estabas. La luz era cada vez más intensa y el regusto a sal de tus besos acampaba en mi paladar cuando ya no estabas, te necesitaba, te buscaba a través del rayo maldito que te alejaba de mí y no te hallaba.
Sólo sentía tu mano cogiendo la mía y ese beso que me diste, pero eso fue en mis sueños y ya era hora de despertar.
PINCELADAS DE UNA FIESTA

Nunca había visto a los recortadores ejercitando el, muy famoso por estos lares, arte madrileño. Después del encierro, al que asistía más por costumbre de pueblo que por verdadera satisfacción, iba a la calle peatonal (es que en mi pueblo sólo hay una) a tomar un café calentito con mis amigas, pero esa mañana no nos encontramos y tras reconfortar el cuerpo aterido, más de miedo que de frió, me dirigía a mi casa cuando el murmullo de la plaza me llamó.
Este espectáculo consigue congregar a medio pueblo en los andamios y al otro medio en el callejón del coso portátil que cada año adorna la plaza durante dos meses (más o menos sin exagerar demasiado) y, entre que, para qué negarlo, a mi los toros en pequeñas dosis, no es que sea detractora ni mucho menos, pero las faenas se alargan innecesariamente, y los toros se caen demasiado a menudo, los toreros..., en fin que un ratito aguanto pero no mucho más.
Me asomé al ruedo y sobre el albero, vestidos a la antigua usanza, cuatro o cinco recortadores haciendo de lo difícil un arte que parecía al alcance de todos. Nunca, algo tan complicado en el que está en juego la vida, me pareció tan sencillo, incluso divertido. Esta gente, gente que le tiene más respeto que nadie al toro, gente que se divierte oliendo el peligro, gente que disfruta con la adrenalina galopando desbocada en el interior de sus venas, esta gente trataba de tú a unas vacas que, y sin que sirva de precedente, daban el justo juego que ellos querían imprimir a la mañana.
Figuras sacadas de la tauromaquia de Goya cobraron vida y arte esa mañana del nueve de septiembre. La patrona, devuelta a su ermita la noche anterior, guiaba sus pasos, sus saltos, sus quiebros. La alegría que desprendían iluminaba los corazones de todos los que estábamos ahí. Parecía como si las reses fuesen imaginarias, los cuernos cintas de colores, como si todo fuese tan fácil que cualquiera sería capaz de rotar con ellos en saltos imposibles.
Un Don Tancredo en pareja, dos pedestales, dos figuras plantadas sobre ellos, quietas, silentes y la vaquilla pasando entre ellos como si jugase a un juego infantil, y la gente desgañitándose con sus oles a cada pasada. Los pedestales que se van acercando y la vaca, que guiada por los que tienen el pie en tierra, pasando cada vez más cerca, bufando a las estatuas de carne y hueso. Cada vez menos distancia y el cuerno más cerca. Se arrodillan, unen sus manos y el astado pasa por debajo de unos brazos entrelazados a ras de un peligro que parece no existir. Siempre se percibe como fácil como si el peligro se hubiese quedado al otro lado del tabloncillo y estuviese tomando el almuerzo con otros mozos.
Una cruz de brazos simétricos, giratorios, con asideras para cuatro valientes, uno en cada extremo. La vaca que se arranca. El primero salta y en su vuelo pasa por encima del animal, el segundo está preparado, el tercero. La vaca se distrae, pero enseguida es fijada su atención: Uno, dos, tres, cuatro, cinco.... diecisiete veces pasa por debajo de unos cuerpos que se elevan hacia el cielo, hacia el triunfo.
La plaza ovaciona a sus figuras. Ellos, siempre sonrientes, saludan cansados por el esfuerzo.
Otras estampas se van dibujando sobre la arena, uno se esconde entre un montón de paja, oculto a los ojos de la vaca que camina sobre ese cuerpo inmóvil, invisible para ella y muy presente para todos nosotros. Ellos se divierten y transmiten su alegría a toda la plaza. No termino de ver el espectáculo. Llevo de pie casi una hora y va para rato, los demás parecen no cansarse pero mi espalda lleva rato protestando.
No sé si el año que viene volveré a asomarme a la plaza, si el griterío de la gente, sus oles y sus ayes me atraerán como este año, pero de cualquier manera, estos recortadores, con su valentía , su torería y su alegría, han grabado unas pinceladas de un arte que me era desconocido y me ha gustado disfrutar.
¡Va por ustedes maestros!