EL TÍO LUIS, EL DÍA QUINCE Y LA BODA ¿POR FIN? (FINAL, FINAL ¿FINAL?
...
-Buen hombre, caballero, ¿está herido, está inquieto?
-No señores, muchas gracias, su venida ha sido providencial. Mi hija se casa esta tarde y tengo los nervios a reventar. Ya me había vestido para ceremonia tan principal. Soy el padrino, ¿se lo dije? ¡A que me vuelvo a liar! Si es que para sustos no gano… Esto… ¿Agente tiene hora?
- Las cinco menos cuarto.
-Menos mal, estoy a tiempo, no es tarde y no me estoy liando ahora. Necesito tabaco, cigarrillos, picadura, lo que sea que pueda fumar. Suerte ni mentarla, Fortuna me da igual.
-¿Pero de qué habla caballero? ¿Se encuentra bien? ¿Quiere ir al hospital? ¿El atraco le ha afectado? ¿Le podemos ayudar?
-Si yo sólo tabaco quisiera para entretener la espera, ¿es tan difícil de aceptar? ¿O es que la ley prohíbe también en la acera fumar?
-No se sulfure caballero, tenga calma por piedad. Si me guarda el secreto, un celtas le voy a dar, que yo fumar en la acera no puedo porque es mi lugar de trabajar, pero si me deja encenderle el cigarrillo le doy un paquete no un pitillo.
Cuando el guardia encendía el cigarrillo y saboreaba con placer el humo que de su boca escapaba otra chupada se atrevió a dar, y otra y otra y así hasta terminar. D. Luis atónito esperaba y la calada a él no llegaba. Olía con desespero el aroma celtibero, esperando su turno llegar y nicotina aspirar. Por fin el guardia termina pero el paquete se olvidó de dar y despidiéndose del caballero, con dos palmos lo dejó en el lugar. La pesadilla se incrementa y el ansia va creciendo, necesitan sus pulmones irse ya ennegreciendo. No hay solución, no hay salida, un estanco ha de buscar. Allá a lo lejos cree uno divisar.
-¡Un estanco! ¡Qué consuelo! ¡Horror, están a punto de cerrar! Caballero, caballero, sólo un minuto más, que estoy achacoso y no puedo mis pasos acelerar.
-¿Usted de nuevo? Ayer ya le dije que Suerte no tengo y que no la encontraría predije. Eso todo es caballero, si no quiere otra cosa, un paso atrás que el cierre echo, que aguarda mi esposa para ir a una boda horrorosa entre una novia añosa y un lelo enamorado que ve hermosura donde sólo hay imperfección, pero el amor es así, sordo, mudo y ciego.
-¿Y a dónde dice usted que de boda va a ir?
-A veinte kilómetros de aquí.
-A veinte kilómetros se casa hoy mi hija con un señor enamorado, si es lelo no lo he notado. ¿Y cómo dice que se llama ese pobre enamorado?
- Nicolás de la Guarda, Guarda por papá apellidado.
-¡Cielos mi yerno!
-¿Su hija la novia es? Yo lo siento señor padrino, una equivocación habrá de ser, que me he confundido con la novia del casorio de ayer. Para resarcir este entuerto tabaco le voy a ofrecer, Fortuna, Lucky o lo que haya menester.
- Pues creo que con Fortuna hoy me voy a abastecer, que no quiero ya más embrollos que ya está bien de jaleos, confusiones ni una, gatuperios no quiero, que esta tarde se casa mi hijita, y juré por Fernando, que es el nombre de mi mujer, que al altar la llevaría andando y aunque sea andando a la iglesia vamos a llegar. Así que, por Dios no me líe, y el tabaco presto me ha de dar, que como se cabree Fernando, a usted y a mí nos va a arrear.
- No señor, no estoy dispuesto que con Mari Puri estoy satisfecho, caliente me va a dejar si a la boda tarde cree llegar, que ella quiere ser la primera para de los trajes rajar, es patronista no se vaya usted a pensar. En fin señor mío, su Fortuna. En una hora nos vemos a veinte kilómetros más o menos.
- Hasta entonces estanquero y deudor de usted me quedo.
La hora se acerca la hora está pronta. La limusina ha llegado y el padrino no aparece, la novia se está alterando y Fernando pensando:
-¡Es mejor que rece!
Por fin el padrino asoma el sombrero, la chistera viene agitando, la respiración alterando y las piernas arreando que prefiere morir de un infarto que vivir siempre pensando en el golpe que le aseste, que le aseste su poderosa mujer, osease, Fernando. Pero no hay golpe, no hay violencia que la hora se está pasando, que a la ermita hay que ir y no quieren ir andando. La novia en el asiento trasero, el padrino a su lado y la madre junto al chofer que también se llama Fernando.
En veinte minutos a la ermita llegando. Ya se oye el jaleillo, la gente está aguardando: el chiquillo del bautizo en brazos del padrino llorando, que todavía se acuerda del aliño bauticero. El estanquero con Mari Puri los trajes cortando y el novio, con cara lelo, en la puerta aguardando que se ha adelantado tres horas y ya se estaba impacientando.
-¡Oh ni Nata querida! ¡Que mal rato estaba pasando! Tres horas en la puerta yo llevaba esperando. Y en tres horas por mi mente cien ideas paseando y en todas tú huías y yo no me acababa casando. ¿Tú me quieres? ¿Sí? ¿Entonces a qué estamos esperando? Una pregunta y andando, ¿Tú conoces al cura? Del tarro está desvariando, ¿pues no dice el eclesiástico que ayer estuviste de madrina bautizando? Que para ungir al neonato aceite de oliva y sal yodada había untado y que si no es por Nata el niño renace salado. ¿Será válida la boda si la oficia un abate que confunde el aliño del tomate con el aliño bautismal?
-Amor mío, tú no sufras por este párroco botarate, que aunque de la azotea flojee, si al fin nos da la bendición, no habrá en la tierra quien arruine esta unión y de eso me encargo yo. Te lo juro por Fernando.
-¿Fernando?- el novio se está acelerando, su pequeña Nata a otro hombre nombrando.
-Fernando soy yo, no te vayas equivocando-dice la madre atropellando.
No sea que el novio se espabile y deje a la novia sin casamiento y esperando, esperando que otro lelo pique el anzuelo y se quiera ir casando. Mejor no tentar a la suerte, mejor no desear más fortuna que si ya tiene un lelo para qué esperar nueva ventura.
-Padre-el tío Luis ni caso-. Tiíto, el brazo.
-Nicolás entra y espérame en el altar. Mamá, en el primer banco te tienes que sentar. Vamos amigos adentro que por fin hoy me voy a casar.
Suena el órgano, la alfombra espera, el novio entre flores a su novia aguarda, la marcha nupcial va retumbando que la acústica de la ermita por su ausencia está destacando. La novia avanza lenta, al novio está mirando y pensando por lo bajini:
-Ya está. Ya lo he cazado. Señora de aquí salgo señora y con mando.
-Sí quiero-dice uno.
-¿Lo dudas acaso?-dice la otra- Si estoy deseando.
-POR EL PODER QUE ME OTORGAN LAS ALTURAS YO OS DECLARO MUJER Y MARIDO QUE CREO QUE EN ESTE CASO NO ES LO MISMO QUE MARIDO Y MUJER.
“Alea jacta est” como diría un castizo, un castizo turinés. La pequeña Nata se ha casado y al convite se dirigen, numerosas anécdotas sucederán pero eso, eso quedará en la intimidad.
FINAL
EL TÍO LUIS, EL DÍA QUINCE Y LA BODA ¿POR FIN? (primera parte de la última parte)
El día amanece templado, la nieve se ha derretido, la madrina ha descansado y de nuevo en novia se ha convertido. Después de la celebración del bautizo de Nicolás, se vieron obligados a la otra familia invitar (aunque al novio no saben cómo se lo van a explicar). Sale el sol. Parece que el día no empieza mal. Los nervios de nuevo arreando, el desayuno Doña Cándida preparando. Los rulos de la novia quitando y hasta el narrador temblando. (Basta ya de rimar que lo hacemos bastante mal).
D. Luis está planchando el chaqué porque, después de tanto trajín en el día de ayer, está que da pena y él es un manitas que todo lo arregla. Lo dejamos cantando, con el corazón alegre, que si todo sale como espera, de la niña por fin, esa tarde, se libera. Entre pasada y pasada, marcando la raya del pantalón piensa en voz alta:
-Hoy es quince ¿no?
-D. Luis, no la líes-desde el fondo se oye una voz, es Doña Cándida mirando el calendario con pavor-, que ya no tolero otro error. Hoy es quince y quince (nadie suponga que al decir quince y quince sea treinta, además en febrero no hay treinta, ¿o sí?) es, la niña hoy se nos casa como me llamo…
- FERNANDO-dicen a coro D. Luis y Nata.
- Sí Fernando, ¿qué pasa?
- No te enfades mamita, no te enfades por favor que hoy por fin me caso con Nicolás (¿o no?).
-Si no te casas hoy del hogar te echo yo-D. Luis está desvariando.
-¿Cómo?-dice la novia compungida.
-¡Primero te echo yo! Que mi niña preciosa de esta casa no sale, que antes salgo yo.
-¡Me voy a librar de las dos!-dice frotándose las manos. D. Luis se desquicia, no puede con la tensión.
-D. Luis que no riges, un ataque de azotea te dio. Mejor siéntate y descansa que como sigas diciendo tonterías te tiro por el balcón.
-¡Mamá! No es posible, que sin padrino no me caso yo. Ya está bien de tonterías, ahora lo arreglo yo. El café por el retrete y de tila un mogollón que ya no sabemos ni lo que decimos y hoy, sin duda, me caso yo. ¿Entendido? ¡Pues hala! Papá sigue planchando…
-Me has dicho papá- D. Luis se sienta en un sillón llorando-¡Hija mía estoy soñando! Yo que, durante cuarenta años, esto estaba esperando y me lo dices el día que del hogar te marchas, si es que te acabas casando. ¡Me has hecho feliz! ¡Hija mía un abrazo!
-¡Papá, déjate de tonterías y sigue planchando! Mamá tengo hambre y todavía no estamos desayunando.
-¡Qué genio tiene la niña! ¡Pobre novio, la que le espera!-D. Luis, más tranquilo y de nuevo razonando, teme por la integridad de su yerno, que entre hombres hay que ser colegas, ese carácter no es una quimera y tiene tanta mala leche como la primera (se refiere a su esposa madre de su hija), pero si la primera se lo debe al nombre, ¿a qué se lo debe su heredera?
-¿Decías?
-¿Yo? Nada, Nata mía.
-Deseando estoy de largarme de esta casa infernal y ser ama y reina de mi propio hogar. De padre estoy hasta el moño, de madre hasta más allá. Por fin seré señora aunque para ello tenga que casarme con Nicolás.
Los nervios a todos atacan y se vuelven majaretas, los unos dicen tonterías y los otros les hacen pedorretas (Ozú qué manía, a ver si dejo las versificaciones que hasta yo me estoy metiendo en el grupo de los majarones).
La mañana avanza lenta, las horas detienen su paso, los nervios se desatan y, como no se calmen, van a empezar los porrazos. D. Luis no tiene tabaco, de nuevo todo se acelera, el día repite sus pasos, coge el frac y la chistera. Calladito, sin hacer ruido, baja el tres por cuatro (si no conoces este compás, retrocede en la historia un rato). En la calle se da cuenta que el tabaco en el tresillo olvidó.
-¡Horror! Sin tabaco y con chistera, qué es lo que hago. Hoy también tengo monedas en el bolsillo, ¿cerillas?-se palpa-, no, mechero. Los nervios se me salen, necesito… ¡Eh, simpático caballero! ¿Por caridad tiene usted un cigarrillo? La marca me da igual aunque preferiría…D. Luis, la boca calladita-se dice a sí mismo.
Un individuo con los pelos erizados, tachuelas al cuello insertadas, una calavera en el hombro, dos huesos en el antebrazo (además del cúbito y el radio), un aro del labio colgando, en la nariz tres bolas, y en las orejas doscientos aros, este es el caballero que a D. Luis se queda mirando pensando que los viejos cada día están más caducados.
-Vaya pinta tiene el vejete. Sabrá satán a quién estará esperando- se ríe en todos sus morros-. ¿Es a mí, al ciendientes, tú a mí me está llamando? ¡Amos, anda, abuelete, que en el asilo deberías estar embotellado! ¿Tabaco pa dar? ¡Viejo, lo estás flipando! Si te quieres envenenar, el bolsillo aflojando, que ahora me vas a dar, dinero, reloj y hasta chistera.
-¡Chistera no, por favor! Es que yo…
-¡Eh tú! ¿Al señor estás molestando?-dos guardias se acercan con la porra en la mano.
-¡Pies pa qué os quiero! ¡Al galope que ya tardo!
(ya sólo queda el epílogo final)
EL TÍO LUIS, LAS PRISAS, LA RUTA Y TODOS ACABAN TURUTAS
A ochocientos kilómetros de su hogar, (bueno quizás en metros no pero sí en el tiempo que tardaron en llegar que tanto podían haber sido ochocientos o mil quinientos), vislumbran la ermita, o eso creen ellos. Los nervios algo alterados, sobre todo los de Doña Cándida que incluso llegó a amenazar con realizar los últimos (y primeros porque en total eran sólo esos) veinte kilómetros a pie si alguna bicicleta más les adelantaba. D. Luis decía que era para que su pequeña no se despeinara y la novia rezaba para que al llegar su novio aún la esperara. En realidad no era la ermita lo que vieron sino el portalón del cementerio del pueblo vecino. D. Luis reaccionó a tiempo y frenó (lo que pudo que era poco ya que reducir más la velocidad era imposible), giró el volante y puso rumbo a…según él a la iglesia, según ella a la ermita y según ellita sabe Dios a dónde la llevaría semejante tortuga. El caso es que, para no errar más el camino y después de preguntar a un lugareño, que tras un esfuerzo ímprobo logró entender la algarabía que había en el coche, y corregido el rumbo, se encaminaron a la que sería la sagrada morada en el que su hijita dejaría de ser señorita para convertirse en señora (¿Natita para ser Natona?, no eso no). El camino parecía que crecía a medida que se iban acercando, no lograban poner fin a la ruta y para colmo una delicada capa de nieve en el campo se va posando.
-¡Ay tiíto! ¡Que está nevando! Aligere usted el paso o nos quedamos en medio (en el usted se notan los nervios de la novia que si bien cambia tiíto por papá, de tú le habla siempre que le inunda la tranquilidad).
-Mi pequeña niña hermosa, no puedo acelerar porque el coche se resfría y puede estornudar, y si estornuda patina y si patina al reguerón vamos a parar. Mejor disminuir el paso que si el novio ha esperado medio día igual le da esperar dos horas más este día.
-¡Mamá!-protesta la niña llorando-¡Haz algo o no te llamas Fernando!
-D. Luis, acelera, que yo te lo mando. Por supuesto que soy Fernando y si no me obedece le aplasto la chistera.
-¿Nervios, mi bella dama? ¿Es acaso cagalera? Si he dicho que llegamos y que el novio espera, ¿qué más puedo hacer yo que caminar pasito a paso a tu vera?
-D. Luis no me tiente.
-Tentarla, eso quisiera.
-D. Luis las manos al volante que la niña espera.
-¡Qué ganas tengo que la niña salga ya de mi exigencia, que me apremia la obligación que conlleva ser varón que a dama tan noble acelera!
-¿Pero qué dices D. Luis? Tanto palabrerío y no entiendo la mitad, nerviosita me siento y hasta el usted pierdo, acelera tú al coche que la dama no sabe y no espera. (Ya me dio el sofocón, ¿los calores de la menopausia o ardores de pasión?).
La nieve cuaja su manto y la carretera se estrecha, muchos coches se van quedando y D. Luis ahora acelera que ya ha visto el campanario y su hija ha de casar, lo juró por su mujer que se llama Fernando (aunque Cándida prefiera él, que parece con menos mando).
La plaza que la ermita rodea está vacía de público, los invitados no aparecen, ¿escondidos, protegidos, huidos…? La tensión se siente. Los dientes a D. Luis le castañean:
-¡Por Dios, por Dios, que me quedo sin pariente!
Doña Cándida le mira con desespero y Natita se atraganta.
-No te preocupes hija mía, en el templo aguarda la gente. Que hace frío y desde la boda de la infanta, hace feo esperar al relente.
Suspiran los tres en su desvarío, esperando encontrar chanza, (que suerte es palabra prohibida después de lo del bingo y la tardanza). Hacia dentro los pasos encaminan. D. Luis a su hija tiende el brazo y Doña Cándida le tersa la cola (no a D. Luis, al vestido de la novia) y en la música sonando hacia el altar encaminan sus pasos cuando… ¡Ay, horror! ¿Qué está pasando?
Voces que a todos alteran y un señor preguntando:
-¿Qué se ha olvidado el agua? ¿Qué el óleo está olvidado? ¿Y la sal dónde se encuentra? ¿Y la madrina, hasta cuándo la estaremos esperando? ¡Que este niño se nos casa antes de ser bautizado!
-Bautizado no-dice Doña Cándida- ni casado, que es mi hija la que se casa y el altar ya está usted desalojando.
- ¿Casando su hija? ¡No, mi sobrino bautizando! Si se ha equivocado de iglesia, ¡Hala, por la puerta arreando!
- Haya paz hermanos-dice el cura apaciguando-que para todo hay solución en esta vida menos para un entierro organizado.
-¡Eh!-dice uno
-¡Ah!-dice la otra.
-y los dos a la vez- Ya se puede estar usted callando.
-No nombre usted la bicha-dice uno.
Que es de mal agüero mentarla-dice la otra.
-Bueno amados hermanos, yo creo…-al cura ya no le hacen caso.
- Soy D. Jacobo Belicoso, pacifista y padrino del bautizo.
-Yo Doña Cándida F. Horticones, mucho genio, muchos…bueno da igual y madre de la novia.
-¿F?
-Es muy largo de contar y no podemos perder el rato, que a mi hija hemos de casar y a este angelito bautizar.
-A mi me falta la madrina.
-Al novio estamos esperando.
-Al novio esperando, ¿hoy es la boda, seguro?
-Si quiere me apuesto un duro, hoy es quince y andando.
- Lo siento señora mía, hoy es catorce y arreando.
-¡Señor cura, diga algo! ¿Es catorce o es quince?
-Según se mire señora mía, que en China puede que sea ya quince.
- Mire usted que me está liando, aquí y ahora ¿qué día estamos disfrutando?
-Disfrutando, disfrutando, como que ninguno me temo, que de problema en problema voy saltando.
-Señor Cura…
-¡Alabado sea Dios!
-Sea por siempre alabado-responden todos.
-Entonces quedamos que hoy es…
-Catorce, si me permite afirmarlo.
-¡Catorce Dios mío! La boda estoy adelantando. D. Luis al coche y de vuelta que mañana estaremos agotados. ¿Cómo he podido yo equivocarme tanto? ¿Tantas ganas tengo de que Nata se vaya combinando? (digo casando).
-Lo siento señora mía pero del templo no puede salir-el padrino del neonato se dirige a la madre de la novia-. Un metro de nieve cubre ya la entrada y no tenemos con qué retirarla. Y además he pensado, que como la madrina no ha llegado, y su hija iba a ser hoy, aunque por error, protagonista, como neófito no puede ser, ¿qué le parece si es la madrina? Así el viaje no ha sido en balde y hoy es también protagonista.
- Muchas gracias señor mío, para mí un honor cierto, llevar a este niño a la pila, pero ¿y el agua? Habrá que improvisar en esto. Mi madre tiene agua de Bezoya, que para los niños es un acierto, aceite de oliva y sal lleva mi padre en un bolsillo del pantalón del frac, por si tiene que hacer un guisillo en algún desierto lugar (era un chaqué pero no vamos a discutir con la novia, en estas circunstancias, de moda). ¿Puede ser, señor cura, este apaño hogareño? ¿Puede el niño bautizarse con aliños caseros?
-Puede ser señorita y de hecho voy a hacerlo, primero bendecirlos y luego al pequeño aliñar, digo bautizar. (Ego benditum…) Que la madrina coja al pequeño, que el padrino ocupe su lugar. Yo te bautizó con el nombre de Nicolás.
-¿Nicolás?-todos al unísono-¿pero no iba a ser Carlos?
-¿Carlos? Lo siento, ya es Nicolás.
-Padre, Nicolás es el novio con el que mañana me va a casar.
-Ya decía yo que el nombre me era familiar.
…Y ahí dejamos la ceremonia, que de bautizo es en vez de casamiento, mañana está a la vuelta de la esquina, veremos si hay boda y de la novia lucimiento.
LA ÚLTIMA CARTA (2ª PARTE)
...Tú me hiciste sentir especial y yo me creí con todo el derecho del mundo, con todos los derechos, sin dar nada a cambio, lo sé ahora que no te tengo. ¡Qué necio fui! En las noches que el sueño abandonaba mi almohada pensaba en ti, soñaba en voz alta, te evocaba, oía tu voz, te sentía a mi lado cual quimera de leyenda. Éramos como personajes que los dioses caprichosos hubiesen maldecido para evitar su unión.
En esos días rocé la felicidad, me sentía vivo y la vida alborotaba mis sentidos. Anhelaba que llegara el momento en que nos encontraríamos, en el que nuestras palabras brotasen alegres de nuestros corazones. Apenas un día o dos a la semana bastaban para alumbrar tu ausencia. Me enseñaste los rincones de tu alma y dejaste un huequecito para que entrara yo, pero iluso de mí, no quería compartirte, siempre egoísta, hijo único, ya sabes. No es excusa, lo siento.
Las ideas fluyen en mi cabeza revoloteando como mariposas con un vuelo errático y se enredan y saltan de unos días a otros. Me llevan a aquella cena donde la comida reposaba en el plato porque no había más alimento para mí que tú, ¿te acuerdas? Los silencios de palabras vanas envolvían las figuras que nos rodeaban, pero no estábamos solos. Mi actitud desafiante, provocadora, tú eras mi territorio aunque no tuviese escrituras. ¡Mi territorio!- qué iluso- Lo siento. Siento el daño que te infringí.
Vuelvo de nuevo a mi egoísmo, a mi ego que me ha causado tanto daño y a ti tanto dolor. Sí lo has leído bien, reconozco desde el fondo de mí que no soy tan importante como me llegué a creer. Es curioso, tú has sido mi cura de humildad. Tú has sido tanto, eres tanto que me asusta pensar que, a pesar de los años transcurridos, no he podido olvidarte. Mis ensoñaciones nocturnas me transportaron a otras épocas, a otros cosmos en los que compartíamos vida, quizás los sueños fuesen el único lugar donde se nos permitiese vivir unidos en un mismo mundo, los sueños o...
Una vez, mil veces negué mis sentimientos: éramos amigos, sólo amigos. Negué la amistad y negué el amor. ¡Cobarde! Me maldigo. Debí decirte que eras el aliento que me daba alas, que necesitaba sentirte a mi lado, que sólo aspiraba a tu felicidad, que no era suficiente enmascarar sentimientos con palabras de enigmáticos sentidos, palabras dobladas para ocultar la realidad que me ahogaba y me asustaba, esa realidad que, a mi pesar, pervive más allá de los años, de las ausencias, de los deseos marchitos.
Aspiro y el aire me trae de nuevo tu aroma, la estancia se llena de ti, te siento tan cerca que me asusta. La agonía se precipita de nuevo, las falacias, las traiciones, los insultos, la separación. Mi negación de nuevo. Tú no eras nada para mí, me repetía incesantemente, tú no existías para mi corazón, tú eras el estorbo que impedía mi avance. Y me oía y mis propias palabras envenenaban mi aliento. Tenía que desterrarte, aislarte en una isla desierta inexpugnable, abandonarte, olvidarte. Y eso hice. ¿Fue orgullo, egoísmo, cobardía? Aún hoy no encuentro la respuesta, sólo puedo admitir que el miedo nos cerró de un portazo una puerta que tal vez no estuviéramos dispuestos a atravesar o tal vez sí, no lo sé. Lo que sí sé es que el dolor arraigó en tu corazón, que de tu semblante despareció la sonrisa, que tu vida se sumergió en un pozo sin fondo y yo no estaba allí para recogerte, sé por otros que tu vida descendía en picado, sin freno, que la caída podía ser mortal y a pesar de querer correr hacia ti, no supe encontrar el camino.
¿Cuántos años han pasado ya? No sé, la memoria me oculta las fechas para aliviar un poco la carga que soporto. Al verte herida quise reaccionar, intenté librarme de mí mismo, renacer de mis propias ausencias y, así, poder llegar a tu lado para asirte con fuerza, para que no cayeras más, quise caminar junto a ti y mostrarte que aún había una senda posible, pero no supe regresar, no me atreví, no podía soportar tu despecho, no sabía si el rencor había ocultado lo que una vez nació entre nosotros y el miedo me venció una vez más.
Ahora sé que me quisiste tanto como yo a ti, sé que la vida te impedía avanzar a mi lado y que la única vereda que encontramos la cegué yo de negaciones. Sé que la culpa es sólo mía y si estás leyendo estos renglones quiero pensar que me has perdonado y que mis torpes palabras te dirán que sí fue amor, que sí es amor, que siempre será amor.
Una última herida, perdona, creo que siempre seré un cobarde, que nunca encontraré el arrojo suficiente para enfrentarme cara a cara a ti y utilizo este papel, esta carta que es la primera que te escribo y la última que recibirás. ¿Sabrás perdonarme una vez más? Cuando leas esto, si es que he sido capaz de enviártelo, no estaré aquí ya. De mi aliento apenas quedará un vaho, un hálito que se diluirá en el río eterno de la vida y desde la otra orilla te estaré esperando. Nuestros caminos se cruzaron en este mundo, pero fue eso, sólo un cruce de caminos que dejaron una huella eterna. Quizás, tras la frontera, sepamos aunar el paso.
TE AMO.
Rodrigo Doré
En esos días rocé la felicidad, me sentía vivo y la vida alborotaba mis sentidos. Anhelaba que llegara el momento en que nos encontraríamos, en el que nuestras palabras brotasen alegres de nuestros corazones. Apenas un día o dos a la semana bastaban para alumbrar tu ausencia. Me enseñaste los rincones de tu alma y dejaste un huequecito para que entrara yo, pero iluso de mí, no quería compartirte, siempre egoísta, hijo único, ya sabes. No es excusa, lo siento.
Las ideas fluyen en mi cabeza revoloteando como mariposas con un vuelo errático y se enredan y saltan de unos días a otros. Me llevan a aquella cena donde la comida reposaba en el plato porque no había más alimento para mí que tú, ¿te acuerdas? Los silencios de palabras vanas envolvían las figuras que nos rodeaban, pero no estábamos solos. Mi actitud desafiante, provocadora, tú eras mi territorio aunque no tuviese escrituras. ¡Mi territorio!- qué iluso- Lo siento. Siento el daño que te infringí.
Vuelvo de nuevo a mi egoísmo, a mi ego que me ha causado tanto daño y a ti tanto dolor. Sí lo has leído bien, reconozco desde el fondo de mí que no soy tan importante como me llegué a creer. Es curioso, tú has sido mi cura de humildad. Tú has sido tanto, eres tanto que me asusta pensar que, a pesar de los años transcurridos, no he podido olvidarte. Mis ensoñaciones nocturnas me transportaron a otras épocas, a otros cosmos en los que compartíamos vida, quizás los sueños fuesen el único lugar donde se nos permitiese vivir unidos en un mismo mundo, los sueños o...
Una vez, mil veces negué mis sentimientos: éramos amigos, sólo amigos. Negué la amistad y negué el amor. ¡Cobarde! Me maldigo. Debí decirte que eras el aliento que me daba alas, que necesitaba sentirte a mi lado, que sólo aspiraba a tu felicidad, que no era suficiente enmascarar sentimientos con palabras de enigmáticos sentidos, palabras dobladas para ocultar la realidad que me ahogaba y me asustaba, esa realidad que, a mi pesar, pervive más allá de los años, de las ausencias, de los deseos marchitos.
Aspiro y el aire me trae de nuevo tu aroma, la estancia se llena de ti, te siento tan cerca que me asusta. La agonía se precipita de nuevo, las falacias, las traiciones, los insultos, la separación. Mi negación de nuevo. Tú no eras nada para mí, me repetía incesantemente, tú no existías para mi corazón, tú eras el estorbo que impedía mi avance. Y me oía y mis propias palabras envenenaban mi aliento. Tenía que desterrarte, aislarte en una isla desierta inexpugnable, abandonarte, olvidarte. Y eso hice. ¿Fue orgullo, egoísmo, cobardía? Aún hoy no encuentro la respuesta, sólo puedo admitir que el miedo nos cerró de un portazo una puerta que tal vez no estuviéramos dispuestos a atravesar o tal vez sí, no lo sé. Lo que sí sé es que el dolor arraigó en tu corazón, que de tu semblante despareció la sonrisa, que tu vida se sumergió en un pozo sin fondo y yo no estaba allí para recogerte, sé por otros que tu vida descendía en picado, sin freno, que la caída podía ser mortal y a pesar de querer correr hacia ti, no supe encontrar el camino.
¿Cuántos años han pasado ya? No sé, la memoria me oculta las fechas para aliviar un poco la carga que soporto. Al verte herida quise reaccionar, intenté librarme de mí mismo, renacer de mis propias ausencias y, así, poder llegar a tu lado para asirte con fuerza, para que no cayeras más, quise caminar junto a ti y mostrarte que aún había una senda posible, pero no supe regresar, no me atreví, no podía soportar tu despecho, no sabía si el rencor había ocultado lo que una vez nació entre nosotros y el miedo me venció una vez más.
Ahora sé que me quisiste tanto como yo a ti, sé que la vida te impedía avanzar a mi lado y que la única vereda que encontramos la cegué yo de negaciones. Sé que la culpa es sólo mía y si estás leyendo estos renglones quiero pensar que me has perdonado y que mis torpes palabras te dirán que sí fue amor, que sí es amor, que siempre será amor.
Una última herida, perdona, creo que siempre seré un cobarde, que nunca encontraré el arrojo suficiente para enfrentarme cara a cara a ti y utilizo este papel, esta carta que es la primera que te escribo y la última que recibirás. ¿Sabrás perdonarme una vez más? Cuando leas esto, si es que he sido capaz de enviártelo, no estaré aquí ya. De mi aliento apenas quedará un vaho, un hálito que se diluirá en el río eterno de la vida y desde la otra orilla te estaré esperando. Nuestros caminos se cruzaron en este mundo, pero fue eso, sólo un cruce de caminos que dejaron una huella eterna. Quizás, tras la frontera, sepamos aunar el paso.
TE AMO.
Rodrigo Doré
LA ÚLTIMA CARTA (Primera parte)
Querida mía, querida siempre:
Me sonrío ante este encabezamiento cual caballero decimonónico. Sé que nunca me dirigiría a ti así, que estas palabras nunca hubieran salido de mi boca: “querida mía”, y sin embargo es así como te siento, como te he sentido durante todos estos años.
Como verás, la carta va sin fecha porque no sé cuándo la recibirás, ni siquiera si seré capaz de enviarla, ignoro si llegará a tus manos o si la leerás con el alma descarnada, dolorida, arañada por lo que siempre habrás creído como huida o cobardía.
Demasiado daño, demasiado silencio entre nosotros y aún así me atrevo a decirte con letras lo que mis palabras te negaron, a decirte con letras lo que mis ojos evitaron, a decirte con letras lo que tu alma sedienta de amor quizás, una vez, necesitó para saciar la sed que desecaba nuestros maltrechos corazones. Si, nuestros maltrechos corazones porque tu dolor era mi dolor y, aunque creyeras que no lo sentía en mi carne lacerando mi espíritu, era ese dolor tuyo el que horadaba mi alma con cada nuevo alejamiento, con cada paso atrás en ese baile sin giros ni compás en el que deambulamos sobre el filo de la lealtad. Lealtad sí, lealtad para con tus compromisos, lealtad para tu vida, pero, ¿dónde quedaba la lealtad para con nosotros? Lealtad, nobleza, rectitud, honradez, valores tan difíciles de romper, hubiera querido hacerlos añicos y que volasen sobre nuestras cabezas girando como anillos de un compromiso que nunca llegaría porque no podía llegar. Yo era libre y tú no quisiste o no supiste romper cadenas.
Te quise tanto, te quiero tanto que no pude pedirte que dieras ese paso que te arrojaría al abismo, a esa profundidad en la que yo te estaría esperando para evitar el golpe de la caída a ese pozo profundo pero con agua clara que había dispuesto para ti. Nunca te lo pedí, nunca te pedí que comprometieras tu vida para que fuera nuestra vida y ahora es demasiado tarde. Supongo que alguna vez pensaste que fue cobardía, que por ti no expondría mi vida a pesar de que la tuya se haría astillas y puede que tuvieses razón, siempre he sido un cobarde, no supe arriesgar cuando todavía era posible.
He dicho te quiero, sí, te quiero, te quiero… Es la primera vez que te lo digo y ahora estas palabras se arremolinan en mi garganta y les gustaría ser escuchadas, les gustaría surcar nubes y estrellas hasta llegar a ti pero no sé si algún día las oirás. Si esta carta está en tu mano, dilo en voz alta, te quiero; dilo y recuerda mi voz acompañando tus días; dilo y recuerda aquellas miradas furtivas que nos unían en medio de la muchedumbre; dilo y escucha la música que nacía en mi corazón para abrigar el tuyo.
Una vez dije que prefería que me quisieran a querer. Si me quieren no sufro, pero querer sin esperanzas… Demasiado egoísta, lo sé ahora, lo sé con el tiempo que me ha sembrado de espinas este corazón que no ha dejado de sangrar por ti.
¿Me quisiste alguna vez? En mis horas de oscuridad te reprochaba que tu amor nunca hubiese sido lo suficiente para dejarlo todo y venir corriendo en mi busca. Estúpido, engreído, vanidoso, soberbio, arrogante, ya me califico yo. Jamás te lo pedí, ni siquiera te lo insinué, no hacían falta palabras-me decía a mí mismo- los sentimientos traspasan las barreras de la piel.
Muchas noches recordaba qué era lo que me enamoró de ti. ¿Recuerdas? Al principio apenas nos soportábamos, mi mirada sonríe con el recuerdo de nuestras luchas dialécticas, los brillantes debates que sosteníamos, esa rivalidad que parecía a ojos ajenos y nosotros engrandecíamos con las llamas de nuestro verbo inflamado, pero nosotros sabíamos que no era desafío, que no había discrepancias, que las desavenencias eran caricias para el corazón. Fue la palabra lo que nos acercó, lo que nos unió. La palabra y tus maravillosos ojos salvajes, profundos, infinitos, ojos que temía porque me desnudaba en ellos, porque mi alma sedienta ascendía desde los rincones más oscuros y se abría ante ti. Fuiste la única que supo escucharla, ampararla, cobijarla. Las palabras se deshacían entre las horas que compartíamos. De tu boca, siempre, nacía esa voz que calmaba mi dolor, que alentaba mi camino, que me impulsaba a aceptar nuevos retos. Una vez me dijiste que ojalá el resto del mundo me viese con tus ojos, pero yo no necesitaba que nadie me viese con tus ojos, para eso bastabas tú. Te percibía tan cerca…
EL TÍO LUIS LA BODA Y EL BERRINCHE DE SU PEQUEÑA HIJITA, LA NOVIA
D. Luis abre la puerta y entra a su casa donde podemos ver un pequeño recibidor atestado de objetos inservibles y amontonados simulando gran opulencia-para dar envidia a las vecinas diría Doña Cándida-. Al fondo se oye un estruendo ensordecedor, es la bella Nata sonándose las secrecioncillas que deciden abandonar su dulce naricilla tras tremendo sofocón. Al ver a su padre corre a su encuentro. D. Luis con la cara cárdena, no se sabe muy bien si congestionada del esfuerzo del tres por cuatro( subir tres pisos de cuatro en cuatro escalones), o por el encogimiento que sufre su terso rostro al filosofar, presuponer e incluso asumir (a su mente culposa le da tiempo a torturarse con la idea de que van a tener que cargar otros cuarenta años más con su hija) que su pobre hija no se pueda casar y su vida pueda ser pasto de la ruina al perder la ocasión que tantos años ha estado esperando.
Nata, que se parece a mamá, (del tío Luis sólo ha sacado los apellidos) al ver a su padre, el susodicho tío Luis, corre a su encuentro y se echa literalmente encima de él. El pobre hombre intenta retroceder al ver a su hija como la máquina de vapor de una locomotora desbocada, con la mirada fija en la estación que es él y echando humo por la boca (la chica no está fumando, es el frío que hace en la casa para evitar que el maquillaje se corra y deje su peculiar faz al descubierto). El Tío Luis no sabe cómo frenarla y para evitar semejante atropello se aparta de su camino. Doña Cándida que está detrás (y cómo es una gran señora, de tamaño se entiende) sirve de colchón amortiguador de tan frágil doncella (diría ella de su bella hija, hasta las mamás cucarachas encuentran hermosas a sus crías).
-¡Ay tiíto que no me caso! ¡Ay tiíto qué pena más grande!
-El corazón me tiene eso compungido-dice el Tío Luis en un aparte.
-Ahora que había pescado un merluzo y le había echado las redes, con lo que cuesta que caigan en el anzuelo y esta demora puede hacer caducar el cebo pues la fecha de caducidad está ya pronta si no pasada con creces. ¡Ay tiíto tú me abandonas a mi suerte!
- Pero si Suerte es lo que buscaba.
- Ya, pero era tu Suerte no mi suerte-dice la novia con los labios fruncidos haciendo un puchero a su tío.
- ¿Es que fumas, pequeña Nata? ¿No ves que el humo enrancia tu sabor, los pulmones ennegrece y encima cuesta un pastón? (como todos sabemos las mayúsculas y las minúsculas no se distinguen en una conversación, de ahí el equívoco).
-No me refiero a esa suerte…
- Basta ya de tanta suerte-dice airada Doña Cándida- que no parece suerte si no desgracia-La señora dispuesta a arreglar el entuerto comienza a disponer-. A ver hija preciosa, recompón tu cara: maquillaje, barra de labios y eye line del mejor, para las pestañas rimel y para las mejillas un poco de rubor. Los mocos fuera de la cara y el velo cubrirá tu sofocón. D. Luis atento, la limusina no ha llegado, coge tu coche que en él vamos.
-Pero mi coche, digo nuestro coche-intenta protestar el padrino-…
-Nuestro coche aunque abollado anda como las tortugas pero mejor una tortuga lenta a mano que una liebre volando.
-Pero mamita querida, estas desvariando, las liebres no vuelan.
- Tú a callar y ya te estás arreglando que hoy tú te casas como me llamo Fernando.
-¿Te llamas Fernando?-dicen los dos muy asombrados.
- Era un secreto de familia, pero, ea, ya está desvelado. Mi padre quería un varón que como él se llamaría y al nacer yo mi padre se ofuscó, su mente se nubló y en el registro me asentó como Cándido Fernando, al preguntarle el chupatintas el sexo de la criatura, suponiendo que era varón por el nombre de asentadura, y decirle mi padre que varón sí pero sin pirula colgando, apiadose de mi el funcionario y con Cándida me asentaron. Ahora ya lo sabéis Cándida Fernando soy aunque oculte lo de Fernando. Ahora entenderás D. Luis, esposo mío, que tanto arresto y tantos… me vienen del nombre de mi padre D. Fernando Horticones.
Y basta ya de conversaciones que el novio espera, los invitados ya se habrán hartado, en el bar de al lado se habrán refugiado y con tapas y vinitos habrán entretenido la espera. Esperemos que el cura no se haya unido a la concurrencia y la labia tenga intacta que aunque se repita y tambalee, yo te juro que hoy te casa como me llamo Fernando.
…Y dejamos a la familia bajando las escaleras en busca de la tortuga, que el novio espera. Y si no se caen por la escalera y llegan sanos a la ermita y si el novio aún espera continuaremos con las cuitas de D. Luis, la novia, Doña Cándida, los invitados, el cura y la boda.
Nata, que se parece a mamá, (del tío Luis sólo ha sacado los apellidos) al ver a su padre, el susodicho tío Luis, corre a su encuentro y se echa literalmente encima de él. El pobre hombre intenta retroceder al ver a su hija como la máquina de vapor de una locomotora desbocada, con la mirada fija en la estación que es él y echando humo por la boca (la chica no está fumando, es el frío que hace en la casa para evitar que el maquillaje se corra y deje su peculiar faz al descubierto). El Tío Luis no sabe cómo frenarla y para evitar semejante atropello se aparta de su camino. Doña Cándida que está detrás (y cómo es una gran señora, de tamaño se entiende) sirve de colchón amortiguador de tan frágil doncella (diría ella de su bella hija, hasta las mamás cucarachas encuentran hermosas a sus crías).
-¡Ay tiíto que no me caso! ¡Ay tiíto qué pena más grande!
-El corazón me tiene eso compungido-dice el Tío Luis en un aparte.
-Ahora que había pescado un merluzo y le había echado las redes, con lo que cuesta que caigan en el anzuelo y esta demora puede hacer caducar el cebo pues la fecha de caducidad está ya pronta si no pasada con creces. ¡Ay tiíto tú me abandonas a mi suerte!
- Pero si Suerte es lo que buscaba.
- Ya, pero era tu Suerte no mi suerte-dice la novia con los labios fruncidos haciendo un puchero a su tío.
- ¿Es que fumas, pequeña Nata? ¿No ves que el humo enrancia tu sabor, los pulmones ennegrece y encima cuesta un pastón? (como todos sabemos las mayúsculas y las minúsculas no se distinguen en una conversación, de ahí el equívoco).
-No me refiero a esa suerte…
- Basta ya de tanta suerte-dice airada Doña Cándida- que no parece suerte si no desgracia-La señora dispuesta a arreglar el entuerto comienza a disponer-. A ver hija preciosa, recompón tu cara: maquillaje, barra de labios y eye line del mejor, para las pestañas rimel y para las mejillas un poco de rubor. Los mocos fuera de la cara y el velo cubrirá tu sofocón. D. Luis atento, la limusina no ha llegado, coge tu coche que en él vamos.
-Pero mi coche, digo nuestro coche-intenta protestar el padrino-…
-Nuestro coche aunque abollado anda como las tortugas pero mejor una tortuga lenta a mano que una liebre volando.
-Pero mamita querida, estas desvariando, las liebres no vuelan.
- Tú a callar y ya te estás arreglando que hoy tú te casas como me llamo Fernando.
-¿Te llamas Fernando?-dicen los dos muy asombrados.
- Era un secreto de familia, pero, ea, ya está desvelado. Mi padre quería un varón que como él se llamaría y al nacer yo mi padre se ofuscó, su mente se nubló y en el registro me asentó como Cándido Fernando, al preguntarle el chupatintas el sexo de la criatura, suponiendo que era varón por el nombre de asentadura, y decirle mi padre que varón sí pero sin pirula colgando, apiadose de mi el funcionario y con Cándida me asentaron. Ahora ya lo sabéis Cándida Fernando soy aunque oculte lo de Fernando. Ahora entenderás D. Luis, esposo mío, que tanto arresto y tantos… me vienen del nombre de mi padre D. Fernando Horticones.
Y basta ya de conversaciones que el novio espera, los invitados ya se habrán hartado, en el bar de al lado se habrán refugiado y con tapas y vinitos habrán entretenido la espera. Esperemos que el cura no se haya unido a la concurrencia y la labia tenga intacta que aunque se repita y tambalee, yo te juro que hoy te casa como me llamo Fernando.
…Y dejamos a la familia bajando las escaleras en busca de la tortuga, que el novio espera. Y si no se caen por la escalera y llegan sanos a la ermita y si el novio aún espera continuaremos con las cuitas de D. Luis, la novia, Doña Cándida, los invitados, el cura y la boda.
A RITMO DE TUS DESENCANTOS
Camino al ritmo de tus desencantos. El silencio de tu cuerpo apaga mi voz, y basta un leve susurro para que mi aliento entone la melodía que acune tu razón.
Me quieres o eso dices y no estoy tan segura yo. Tus ojos en la penumbra no mienten y sin embargo, a pleno día, el sol apaga la pasión.
Un amor en penumbra me regalas que refleja sombras de dolor, de dudas, de miedos. ¿A eso llamas amor?
Camino a ritmo de tus desencantos, asilada bajo tu sombra vivo yo. No te pido, no te ruego pero no detengas tu paso que si al infinito quieres ir, hasta allí te sigo yo.
EL TÍO LUIS, LA BODA Y EL REENCUENTRO CON SU SEÑORA EN EL PORTAL DEL DULCE HOGAR
-¡Anda, mi señora espera!
-D. Luis- se hablan con todo recato. Ante todo civismo, fineza y respeto.
- Doña Cándida.
-Cándida, sí, de nombre que no de condición-aclaración en un aparte.
-¿Dónde se ha metido usted desde hace más de cuatro horas?
- Pues verá, yo…
- Ver, ver le veo bien, pero creo que peor le voy a ver-dice aplaudiendo con el rodillo-¿o mejor decir se va a ver? Porque puede que acabe sin ver, usted.
-Perdone mi tardanza y le juro que no es chanza-con el estado nervioso que está adquiriendo D. Luis no consigue más que hablar en verso Su principal anhelo es no enojar a su gran señora, no sea que el rodillo empiece a bailar de hombro a hombro(suyo, claro) marcándose un cha-cha-chá.
-¡Mal empieza! ¡A ver cómo acaba!
-Pues-dice temblando hasta la chistera-verá, mi hija de usted, su hija de mi, esto ehhh, nuestra hija de nos, nuestra pequeña Nata…
-Na-ta-lia-dice la señora con retintín.
-Si, sí Nata parecía un flan, un flan con nata, y como la nata y el flan se hacen con azúcar y en siendo yo diabético y no queriendo estropear su textura, su velo ni su hechura…
-Nerviosa me está poniendo con tanto cocimiento…
-Perdone usted fermosura, es un poco de aturdimiento. Pues como le iba diciendo-el rictus se le enervaba al ver el vaivén del rodillo-me bajé a la calle para fumar un cigarrillo. El chaqué no tiene bolsillo, el tabaco escondido en el tresillo olvidé yo de coger, pero cualquiera subía a por él. La ansiedad aumentaba, los nervios también, falta de nicotina pensé. Me cacheé enterito, ¡es que uno tiene un cuerpecito…!-perdón dijo al ver del rodillo el meneito-En el bolsillo del chaleco unas cuantas monedas encontré, mis pasos al estanco encaminé con donaire, salero cerillas y algo de dinero. El estanquero no me entendió, y como mi tabaco no tenía, dirigí mis pasos a…
- Si dos horas llevas fuera y otras dos horas para contarlo, nuestra pobre hija a este paso…-D. Luis se pone nervioso, Doña Cándida acalla su boca, se arremanga las mangas y mirando con ojos de esposa pone cara de curiosa-…¿Y esas arrugas?
-Un sillón-dice el caballero ojeroso.
-¿Un mojón?-inquiere la señora.
-¿Me estás llamando capón?-Dice D. Luis altanero.
En manteniendo esta conversación, las carrozas se van alejando, la música divertida se entretiene las palabras disfrazando, así troca sillón por mojón y mojón por capón, lo que es negro hace marrón y a D. Luis le cuesta la primera amenaza.
-Suba usted, D. Luis deprisa que el rodillo está que amasa y nuestra adorada Nata se deshace derretida en lágrimas de melaza. Corra usted por las escaleras que como le pille de padrino a la iglesia no llega.
…Y en esto queda D. Luis subiendo apresurado, su señora le sigue unos escalones tras él rodillo en mano y la novia…Ya veremos cómo está la novia.
EL TÍO LUIS, LA NOVIA Y SU ...MADRE
El Tío Luis, apresurando el paso, sale del establecimiento lúdico con el bolsillo interno derecho llenito de billetes de a cincuenta porque los de a cien no le iban bien con el color de los ojos de la novia, es decir de la hija que engendró, o eso le han dicho, hace cuarenta añitos y que le llama Tío aún siendo su padre, y es que la susodicha señorita, por poco tiempo si el cura, el novio o el Tío Luis no lo impiden, tiene los ojos color canela y todo el mundo sabe que el verde de a cien no casa con el canela, y como el Tío Luis lo que no quiere es impedir tan solemne acto cívico-religioso, evita por todos los medios portar en su bolsillo interno derecho algo que no case. Antes de continuar sólo decir que estamos en carnaval no porque el Tío Luis esté disfrazado de padrino, sino porque es carnaval y la música de Carlinhos Brown suena por todos los rincones.
Cuando deposita su pie derecho, porque él siempre inicia el paso con el pie derecho, en la acera que rodea el susodicho establecimiento una suave melodía, bastante estridente para cualquier oído excepto para el suyo, entrenado en los más altos tonos que de una cavidad bucal puedan salir, en concreto los de sus susodicha señora, oye que de una carroza inmensa una voz rodeada de una agradable musicalidad le grita:
-…fanfarrón…
- ¡Eh! ¡Oiga usted! ¡Sí usted! ¡Ese usted no, el otro usted! ¿Es que no me oye? ¡Baje de ahí si se atreve! ¡Digo, llamarme fanfarrón a mí!...
-…Carlito majón…
-¿Encima se atreve llamarme mojón? ¡Baje de ahí hombre! ¡Baje y le quito el color de la cara a base de estropajo de aluminio!
-…vamos bailá esa balada sesuá…
-¿Es que ya no hay decencia en este mundo, en este país, en esta ciudad ni en este barrio, o es acaso la acera la que le incita a actividades afroasiáticas-carnales? Muy señor mío que yo estoy casado, no muy bien casado porque mi señora es mucha señora, vamos que tiene la talla 66, pero eso a usted no le importa.
- … Sígueme, carna…al, carna…al… disfraz…carroza…- La estridencia de la música y los coros improvisados de cientos de negros de betún, indios de plumeros descoloridos, chinitos de porcelana de Taiwán y un sinnúmero de personajes no identificados, van borrando letras de las palabras y repiten sólo soniquetes machacantes.
El Tío Luis no desentona, con su chistera y su frac recién almidonado arrugado por las horas pasadas en la sala que acaba de abandonar y con el bolsillo repleto de fortuna, que no de Suerte como él esperaba, se va encrespando con todo bicho viviente que agitando los cuerpos en una extraña danza ritual avanzan inexorablemente en dirección contraria al hogar, dulce hogar de sacarina porque es diabético, en el que le espera sus susodicha señora y la niñita de sus ojos. Pero al Tío Luis le han hecho hervir la sangre y eso es poco frecuente, casi nada frecuente, bueno es la primera vez que le pasa, pero eso es sólo una anécdota sin importancia que no altera el desarrollo de los hechos. El Tío Luis está que trina-pío, pío, pío- En apenas dos minutos le han llamado fanfarrón, carroza, se han burlado de su atavío de ceremonia y le han hecho proposiciones indecentes. No, por ahí no está dispuesto a pasar, no señor.
-Por ahí si que no paso, no señor.
- Pues no pase hombre-le dice un oso hormiguero que le dobla el tamaño-pero déjenos pasar a los demás, y cambie ya esa cara, ¿no me ve usted a mi?...
-No señor, no pienso cambiar mi cara, llevo taitantos años con la mía y me ha ido muy bien, además yo que usted reclamaría en el departamento de caras horrorosas, en serio hágame usted caso, reclame y sáquele al gobierno un pastón porque le han engañado con la que le han dado.
- …fanfarrón…
-¿Es que ya no permanece el respeto hacia las canas que pintan de años la cabellera de este señor que se muestra ante ustedes, usease, yo?
-¡Anda novio de pacotilla! ¿Estás huyendo de la novia?
Al nombrar a la novia se acuerda de su niñita que le espera en casa para que, asida a su brazo, recorra la alfombra roja, como las actrices de holliwú pero en versión iglesia, y él la entregará orgulloso al doliente novio, digo paciente novio que ansioso la estará esperando en el altar mayor desde…
-¿Pero qué hora es?
Creo que al Tío Luis le están empezando a recorrer los sudores de la muerte, muerte que acaecerá a manos de su señora, la del tono de voz elevado, cuando aparezca o como no aparezca. Ese es un dilema que creo que no tiene tiempo de dilucidar en este momento.
Bien por intervención divina o porque se había equivocado en el sentido de la calle cuando salió del establecimiento lúdico-numeril al que había acudido, como todos sabemos, en busca de Suerte, el caso es que cuando, cansado de caminar o ser llevado en volandas de espaldas, se giró y, asombrado por lo que sin duda era un acto de suerte (pero esta vez en minúscula), encontró en el portal de la casa en la que habitaba y en la que, sin duda, le estarían esperando con impaciencia, con impaciencia y con un rodillo de amasar en manos de su señora, que atenta a cualquier transeúnte que circule por la acera, y eran cientos, esperaba descubrir la cara del Tío Luis o su chistera para plancharlos en el acto si es que fuese necesario. Y aquí dejamos al Tío Luis, con la cara que esta vez sí había cambiado al ver a su gran señora, que seguirá la aventura si es que sale vivo de esta.
(Música de carnaval: Carlinhos Browm en el Milagro de Candeal)
EL TÍO LUIS, EL BINGO Y LA BODA
-¡Bingo! ¡Bingo! ¡Bingo!
- Han cantado Bingo, señores. Han cantado Bingo. Bingo para el caballero del chaqué y chistera.
- ¡Pero hombre de Dios! ¿Cómo se le ocurre venir al bingo de “aquesta guisa”? ¡Si más parece que esté vestido para su boda!
-¡La boda! Dígame caballero qué hora lleva.
-Llevar, llevar, lo que llevo es un reloj que heredé de mi abuelo paterno, que en paz descanse.
- ¿Y ese reloj de su abuelo paterno que en paz descanse no tiene hora?
- ¡Sí hombre, vaya pregunta! ¡Claro que tiene hora! ¡Y buena, eh! No se vaya usted a creer…
- ¿Y tendría a bien decirme qué hora buena marca ese reloj de su abuelo paterno?
- Bueno, ya no es de mi abuelo, ya es mío.
- ¿Que qué hora es?-dijo irritándose pero amablemente.
- Las siete cuarenta y cinco-dijo muy educadamente el señor de la mesa de al lado al ver la impaciencia del caballero de la chistera y la parsimonia de su compañero de juego.
- ¡Las siete cuarenta y cinco, Dios mío! ¡Me van a matar!
- ¿La novia?
- No, su señora madre que es mi propia señora. Verá usted, salí a por tabaco mientras la niña se arreglaba y como en el estanco no había de la marca que habitualmente fumo…
-¿Y cuál es esa marca?
- Pues cual va a ser, Suerte.
-¿Suerte? No conozco esa marca.
- Eso mismo me dijo el estanquero. Lo que ocurre es que la gente no está versada en lenguas vernáculas o foráneas y como yo siempre hablo en el idioma del país en el que me encuentro, pues pedí Suerte en vez de Lucky, ¿comprendido? Al no servirme en el estanco el tabaco demandado encaminé mis pasos a este lugar de juego y depravación.
- ¡Eh, oiga! ¿Qué me está usted llamando? Porque si usted está aquí, se lo llamo a usted yo corregido y aumentado en la longitud de su chistera.
- No se me distraiga que tengo prisa. Pues caminando, caminando llegué aquí y en la puerta vi el inmenso cartel que anunciaba: “PRUEBE SUERTE” y entré. Tabaco no había por ninguna parte, sólo vi letreros de “ESPACIO LIBRE DE HUMOS” y al reclamar al dueño del establecimiento por lo que consideré publicidad engañosa, me regaló unos cartones de este juego que no conocía, que no de tabaco, explicándome las reglas y conminándome a permanecer calladito. Así, cuando comencé a rellenar el primer cartón, levanté la mano, como en el colegio, tenía dudas, ¿sabe? No me hicieron caso. Alguien vociferaba detrás de mí y le rogué encarecidamente que bajase el tono de voz, que allí había que guardar silencio por orden expresa del dueño. Como el susodicho señor tampoco me hacía caso, nos enzarzamos en una discusión enorme en tono e intensidad y el dueño tuvo la amabilidad de volver y explicarme que cuando se tachan todos los números del cartoncito se está autorizado a levantar la voz y gritar “BINGO”. Y en esas estaba cuando he rellenado, después de cuarenta cartones, por fin uno y he cantado BINGO, porque ¿sabe usted? A mí me gusta mucho cantar, vamos que siempre estoy dando el cante, o eso es lo que dice mi señora que es la madre de la novia, osease, mi hija. ¡Mi hija! ¡Me mata, hoy me mata! ¡Pobre tío Luis! Antes de que pregunte voy a explicarle, para abreviar ya que no puedo perder tiempo. El tío Luis soy yo, me llaman así porque tengo catorce sobrinos y una sola hija y ¿para qué me iba a llamar papá si no estaba acostumbrado? En fin que mi hija me llama también tío Luis y disculpe usted que no pueda seguir explicándole a usted, pero es que hace cuarenta y cinco minutos que mi hija debería haber llegado a la iglesia, ¿le he dicho que se casa? Sí señor, se casa y yo soy el padrino. Mi hija, mi única hija y se casa-saca el pañuelo para secarse las lágrimas que resbalan sobre su rostro emocionado-. Perdone usted la emoción, señor. ¡Es que es tan joven! Apenas cuarenta añitos de nada-se suena la nariz-. Perdone, de nuevo señor, la emoción. Pues lo dicho, me tengo que ir que es posible que esté algo enfadada por mi tardanza. Y digo yo, si la novia siempre llega tarde, ¿qué más da unos minutitos de nada para ir a comprar Suerte?
...Puede que continue si es que sale vivo de esta.
- Han cantado Bingo, señores. Han cantado Bingo. Bingo para el caballero del chaqué y chistera.
- ¡Pero hombre de Dios! ¿Cómo se le ocurre venir al bingo de “aquesta guisa”? ¡Si más parece que esté vestido para su boda!
-¡La boda! Dígame caballero qué hora lleva.
-Llevar, llevar, lo que llevo es un reloj que heredé de mi abuelo paterno, que en paz descanse.
- ¿Y ese reloj de su abuelo paterno que en paz descanse no tiene hora?
- ¡Sí hombre, vaya pregunta! ¡Claro que tiene hora! ¡Y buena, eh! No se vaya usted a creer…
- ¿Y tendría a bien decirme qué hora buena marca ese reloj de su abuelo paterno?
- Bueno, ya no es de mi abuelo, ya es mío.
- ¿Que qué hora es?-dijo irritándose pero amablemente.
- Las siete cuarenta y cinco-dijo muy educadamente el señor de la mesa de al lado al ver la impaciencia del caballero de la chistera y la parsimonia de su compañero de juego.
- ¡Las siete cuarenta y cinco, Dios mío! ¡Me van a matar!
- ¿La novia?
- No, su señora madre que es mi propia señora. Verá usted, salí a por tabaco mientras la niña se arreglaba y como en el estanco no había de la marca que habitualmente fumo…
-¿Y cuál es esa marca?
- Pues cual va a ser, Suerte.
-¿Suerte? No conozco esa marca.
- Eso mismo me dijo el estanquero. Lo que ocurre es que la gente no está versada en lenguas vernáculas o foráneas y como yo siempre hablo en el idioma del país en el que me encuentro, pues pedí Suerte en vez de Lucky, ¿comprendido? Al no servirme en el estanco el tabaco demandado encaminé mis pasos a este lugar de juego y depravación.
- ¡Eh, oiga! ¿Qué me está usted llamando? Porque si usted está aquí, se lo llamo a usted yo corregido y aumentado en la longitud de su chistera.
- No se me distraiga que tengo prisa. Pues caminando, caminando llegué aquí y en la puerta vi el inmenso cartel que anunciaba: “PRUEBE SUERTE” y entré. Tabaco no había por ninguna parte, sólo vi letreros de “ESPACIO LIBRE DE HUMOS” y al reclamar al dueño del establecimiento por lo que consideré publicidad engañosa, me regaló unos cartones de este juego que no conocía, que no de tabaco, explicándome las reglas y conminándome a permanecer calladito. Así, cuando comencé a rellenar el primer cartón, levanté la mano, como en el colegio, tenía dudas, ¿sabe? No me hicieron caso. Alguien vociferaba detrás de mí y le rogué encarecidamente que bajase el tono de voz, que allí había que guardar silencio por orden expresa del dueño. Como el susodicho señor tampoco me hacía caso, nos enzarzamos en una discusión enorme en tono e intensidad y el dueño tuvo la amabilidad de volver y explicarme que cuando se tachan todos los números del cartoncito se está autorizado a levantar la voz y gritar “BINGO”. Y en esas estaba cuando he rellenado, después de cuarenta cartones, por fin uno y he cantado BINGO, porque ¿sabe usted? A mí me gusta mucho cantar, vamos que siempre estoy dando el cante, o eso es lo que dice mi señora que es la madre de la novia, osease, mi hija. ¡Mi hija! ¡Me mata, hoy me mata! ¡Pobre tío Luis! Antes de que pregunte voy a explicarle, para abreviar ya que no puedo perder tiempo. El tío Luis soy yo, me llaman así porque tengo catorce sobrinos y una sola hija y ¿para qué me iba a llamar papá si no estaba acostumbrado? En fin que mi hija me llama también tío Luis y disculpe usted que no pueda seguir explicándole a usted, pero es que hace cuarenta y cinco minutos que mi hija debería haber llegado a la iglesia, ¿le he dicho que se casa? Sí señor, se casa y yo soy el padrino. Mi hija, mi única hija y se casa-saca el pañuelo para secarse las lágrimas que resbalan sobre su rostro emocionado-. Perdone usted la emoción, señor. ¡Es que es tan joven! Apenas cuarenta añitos de nada-se suena la nariz-. Perdone, de nuevo señor, la emoción. Pues lo dicho, me tengo que ir que es posible que esté algo enfadada por mi tardanza. Y digo yo, si la novia siempre llega tarde, ¿qué más da unos minutitos de nada para ir a comprar Suerte?
...Puede que continue si es que sale vivo de esta.