ME CONOCES, TE CONOZCO.
Me conoces, te conozco. Sé que este silencio que nos rodea es el telón de la comedia que representamos.
Te conozco, me conoces. Las sonrisas a distancia parecen menos sonrisas pero en ellas nos mecemos cuando el tiempo nos ausenta.
Me conoces, te conozco. Las palabras arrancadas al mutismo se clavan en nuestros corazones para que al sangrar las oigamos de nuevo.
Te conozco, me conoces. Tu olor anida en mi recuerdo, mi sabor anida en tu memoria y sabor y olor separados mantienen expectantes la nostalgia del reencuentro.
Me conoces, te conozco. Los paisajes que no anduvimos, los caminos que no disfrutamos, las soledades que vivimos se tornan en imágenes de sueños que son cuando soñamos.
Te conozco, me conoces. Me conoces, te conozco. Y ni la ausencia, ni la distancia podrán olvidarlo.
Te conozco, me conoces. Las sonrisas a distancia parecen menos sonrisas pero en ellas nos mecemos cuando el tiempo nos ausenta.
Me conoces, te conozco. Las palabras arrancadas al mutismo se clavan en nuestros corazones para que al sangrar las oigamos de nuevo.
Te conozco, me conoces. Tu olor anida en mi recuerdo, mi sabor anida en tu memoria y sabor y olor separados mantienen expectantes la nostalgia del reencuentro.
Me conoces, te conozco. Los paisajes que no anduvimos, los caminos que no disfrutamos, las soledades que vivimos se tornan en imágenes de sueños que son cuando soñamos.
Te conozco, me conoces. Me conoces, te conozco. Y ni la ausencia, ni la distancia podrán olvidarlo.
LOS NOMBRES DE MI SOBRINO
Cuando el pequeño sobrinito que esperábamos estaba a punto de nacer, ya tenía el nombre decidido, como casi todos los niños pensaréis, pero no, la tarea de elección del nombre del primer vástago de mi hermano Antonio fue ardua, muy ardua, y curiosa, muy curiosa.
Mi hermano Antonio, que como buen padre chapado a la antigua, deseaba que su primer hijo, su primogénito, arrastrara su nombre, negándole una libertad que nacía en la pila bautismal con un nombre sin lastrar por una vida tan cercana al pequeño como la de su padre, una libertad cercenada por:
• Diminutivos (en el mejor de los casos Antoñín, o Toñín, Antoñuelo o Antoñito si usáramos el segundo nombre impuesto por el cura).
• Comparativos (con ese nombre y es igualito a…).
• Expectativas (de mayor será… tiene el nombre apropiado para ello).
• Deseos irrealizados en el padre y traspasados, con el nombre, al hijo (ingeniero, será ingeniero como yo hubiese sido de no haber tenido que…).
Pobre niño, todos somos marcados, como ternerillos, al nacer con un nombre del que no podremos desprendernos nunca, pero en vez de utilizar un hierro incandescente usamos agua, agua bendita que quema más que el fuego.
Pero ahí no quedaban las perspectivas nominales que se impondrían al pequeño que nacería en las próximas horas. Mi cuñada: María del Cobre Iluminada de las Santas Orillas, sí, era, como decían los viejos (o los mayores, que es políticamente más correcto), era de “allende los mares” (la verdad es que no sé qué significa exactamente, pero es tan musical que no me resisto a usarlo: “allende los mares”, suena a olas que bailan en un eterno vals que gira de orilla a orilla, como el nombre de mi cuñada).
No sé por qué en “allende los mares” los niños tienen que llevar nombres más largos que su reducido cuerpecito de pocos días; nombres tan largos como una procesión de hormigas que avanzan una tras otra, eslabones formando una fila que se enrosca a su cuellecito como una cadena perpetua, para el resto de su vida, hasta el fin de sus días (qué dramatismo, ¿no les parece?).
Mi cuñada, María del Cobre Iluminada de las Santas Orillas, tenía que grabar su impronta al nombre del pequeño. Ella no era una mujer tradicional, no, era moderna, claro que la modernidad tenía unas acepciones demasiado particulares en ella: su primer niño, por supuesto, llevaría el nombre de su padre pero en segundo lugar. ¿Y por qué en segundo lugar? Pues muy fácil, su nombre debería ser sonoro, cantarín, alegre y moderno, sobre todo moderno(es que no se le caía esa palabra de la boca), compuesto, eso no tenía discusión: un solo nombre sería demasiado vulgar y ella odiaba la vulgaridad, Antonio era tan vulgar. Se creía la embajadora del refinamiento de “allende los mares”.
Podría parecer que le tenía una especial inquina a mi cuñada, María del Cobre Iluminada de las Santas Orillas, pero nada más lejos, yo la “apreciaba”, apreciaba…bueno, eso se lo dejo a su imaginación que sin duda es tan extensa como el nombre de mi sobrinito (mi sobrinito, mi sobrinito que ya mide casi dos metros y mañana se va a servir a la Patria, porque aún queda un cachito de Patria a la que servir).
Como iba diciendo, Antonio sería su segundo nombre, pero ¿cuál sería el primero? En este país, legalmente sólo se pueden inscribir en el Registro Civil dos nombres para un niño o un nombre compuesto (mi cuñada si fuese de aquí sólo se podría llamar María del cobre y lo de la iluminación de las orillas se apagaría, jejeje).
Barajó un sin fin de posibilidades considerando los diminutivos, aumentativos, siglas formadas con ellos y demás (iba a decir estupideces, pero que bien visto marcarían al pequeño el resto de su vida):
-Pablo Antonio (este no, si usaran las primeras sílabas de cada nombre parecería que estaría pidiendo PAAN siempre: “Monín, ¿cómo te llamas?, PAAN, no rico, no es hora de comer…”), no Pablo no.
-Casildo Antonio (Casildo dice que es un nombre muy apreciado no sé dónde, pero lo es según ella). Por el mismo razonamiento anterior, le llamarían CAAN y su niño no era ningún perro.
La verdad es que mi cuñada, María del Cobre Iluminada de las Santas Orillas, sólo tenía un razonamiento, la ley del mínimo esfuerzo se podría decir o falta de entendederas (no, por Dios, jamás pensé algo así. ¿Qué le vería mi hermano a parte de un par de buenas razones? ¿Somos malas las mujeres? Creo que empiezo a desvariar).
-Pedro Chanel Antonio, San Pedro Chanel, un nombre con tanto estilo y además se celebraba el 25 de Abril, el día en que sus papás se declararon amor eterno y que ella recordaba con especial amor ya que estaba presente en esa declaración). Pero no podía ser, era un nombre compuesto y ya no admitirían Antonio y el bebito debía llamarse como su papá.
-Vicente Ferrer Antonio, desechado por la misma razón que el anterior.
-Vicente Antonio (VICAN, vican, vican vican los mosquitos, ¡ah, no! Es pican, descartado).
-Ricardo Antonio (raan, raan, el coche acaba de arrancar).
-Aniceto Antonio (parecería un gangoso: AN-AN).
-Pío Antonio (PÍAN, era alérgica a las aves).
-Roberto Antonio (no quería marcarle ya una profesión tan definida ROBAN).
-Marco Antonio, como el enamorado de Cleopatra, sería sensual, atractivo, fuerte…y todos le llamarían MARCAN como si estuviesen hablando de un partido de fútbol eterno con infinitos goles.
Hubo cientos de nombres más, pero no quiero aburrirles con las “deducciones” de mi cuñada, María del Cobre Iluminada de las Santas Orillas.
Al final se decidió por ALVARO ANTONIO, que según mi parecer era tan vulgar, desde su óptica tan particular, como Antonio a secas, pero no; ese nombre era grandilocuente, sonoro, internacional.
Yo no veía la internacionalidad por ningún lado, pero es que soy miope y ya se sabe, si no llevo las gafas no veo tres en un burro y la internacionalidad está tan lejos.
-Sí, sí, el bebé se llamará Álvaro Antonio y cuando estudie en USA (para ella Estados Unidos era “iu es ei”) todos lo reconocerían como uno de ellos gracias al nombre: ALAN, porque lo llamaríamos (obligados sin duda) Alan.
Pero cuando mi sobrinito (que de mi cuñada sólo tiene el apellido, a Dios gracias) comenzó a hablar, casi dos años después de todas estas elucubraciones, y le preguntaban como se llamaba, él, muy ufano, respondía: “ANONO”, y por más que mi cuñada, María del Cobre Iluminada de las Santas Orillas, intentó corregirle y enseñarle un nombre tan (según ella, nombre de gente importante) sofisticadísimo y todos los “-ísimos” imaginables e inimaginables de ALAN, él se empeño en ser ANONO y por ANONO le conocen en todos los lugares.
Y sin hacer referencias, ni juegos de palabras con el nombre que eligió mi sobrino para sí, dadas las posibilidades, no fuera a parecer que me burlo del empeño con que mi cuñada María del Cobre… (es tan largo el nombre y lo he dicho tantas veces que no voy a repetirlo más, favor por favor, si es que han tenido la paciencia de llegar hasta estas líneas finales) sólo me queda decir que no sé si, cuando termine los servicios a la Patria, decidirá ir a “IU ES EI” pero desde luego, si va, nadie le conocerá por Alan, de eso se encargará él.
Besitos ANONO y buen viaje, por si acaso. ¡Ah! Y no se te olvide saludar a tu mamá de mi parte.
QUISIERA CREER QUE SUEÑO
Quisiera creer que sueño cuando tu mano acaricia mi labio y siento la ternura de tu alma rozar mi piel.
Quisiera creer que sueño cuando tus ojos encendidos de cielo y esmeraldas se pasean por mi rostro bebiendo de mis pupilas un licor embriagadoramente prohibido.
Quisiera creer que sueño cuando la calidez de tus palabras templa el frío destierro de unos oídos lejanos que se abren al recordar tu voz.
Quisiera creer que sueño cuando tu mano se posa en mi espalda y acompaña el paso titubeante, inseguro, que siente y niega, que vive y muere con tu tacto.
Quisiera creer que sueño cuando escondes tu sonrisa a miradas ajenas y sólo brilla para mí como lucero eclipsado de luz infinita.
Quisiera creer que sueño cuando me niego y te niego y me niegas y te niegas y en el olvido de tiempos imperfectos nos encontramos otra vez.
Quisiera creer que sueño cuando adelantas un paso para rozar mi aliento, cuando distraída dejo caer mi mano para rozar la tuya, cuando, bajo el límite disimulado de una mesa anónima, nuestras piernas se descubren en una caricia efímera, o cuando tu mirada recorre con el deseo mi alma.
Quisiera creer que sueño cuando tu voz lejana me trae tu aroma que se viste de recuerdo y te siento a mi lado y creo que sueño que las distancias no son finitas sino ínfimas y estamos juntos uno al lado del otro rozándonos de palabras.
Quisiera creer que sueño porque mientras sueño estoy junto a ti y tú junto a mí, y no nos anhelamos, ni nos escondemos, ni nos acechamos, no escudriñamos miradas escondidas, ni sustraemos caricias al azar que, apiadado de nosotros, nos las presta, no hay más caricias que las nuestras, ni más palabras que las que nos acunan, ni más sonrisas que las de los luceros al amanecer, ni más yo, ni más tú y sí un nosotros eterno, y las manos acarician y las palabras acunan, y los alientos templan y por eso quisiera creer que sueño.
VACACIONES
Llegan las vacaciones y toda la familia en casa compartiendo espacios y tiempos. Vacaciones, ¿vacaciones para todos? En fin, hay muchas opiniones para eso. Yo me voy a tomar unos días y me iré a respirar incienso y romero, a oír, un año más, las llamadas del capataz y a vibrar con los pasos en sus levantás, a oír las marchas procesionales que suenan en mi alma.
Voy a mi tierra que siempre es tierra de embrujo, pero estos días la magia se recubre de fervor y arte. Recargaré un poco las pilas y no tardaré en volver.
Feliz Semana Santa a todos aquellos que la disfrutáis.
Voy a mi tierra que siempre es tierra de embrujo, pero estos días la magia se recubre de fervor y arte. Recargaré un poco las pilas y no tardaré en volver.
Feliz Semana Santa a todos aquellos que la disfrutáis.
CANTO TRISTE DEL MIRLO VI
Era el primer día que salía sola a la calle. El mundo aparecía como un lugar inhóspito para mí. Ruido, caos, prisas, empujones. Temía cada esquina por si tras ella estuviera Diego esperando, acechando. El psicólogo me había dicho que tenía que afrontar mis miedos, que tenía que dar un paso más, y eso es lo que estaba haciendo. Nunca me había fijado en el olor de la ciudad, en el sonido de la mañana, en la cara de la gente que pasaba a mi lado. Caminaba despacio, más por miedo que por el placer de disfrutar del paseo. Era incapaz de detenerme ante un escaparate y darle la espalda al mundo, no me fiaba del reflejo de los cristales, hacía tanto que no me devolvían mi imagen, esa imagen que vivía en mi mente y que distaba tanto de la que asomaba a los espejos. Para algunos pude parecer descarada, incluso insolente por mirar fijamente sus rostros, pero apenas veía quien habitaba esos cuerpos que pasaban junto a mí. Sólo buscaba sus ojos, sus terribles y engañosos ojos color cielo que eran capaz de esconder el mismísimo infierno. Sentí un empujón en mi hombro, me sobresalté. Un hombre joven, algo despistado, cabizbajo, ralo de pelo, con gafas de sol, la mano derecha en el bolsillo del pantalón y la izquierda cargada de cuadernos y carpetas me pedía excusas por el empujón. Su acento se me antojó vagamente extraño, debía ser extranjero. Iba ensimismado, caminaba por su mundo interior y a él volvió una vez que se hubo disculpado. Fue sólo un instante en el que perdí el miedo, un instante que se esfumó con su sonrisa.