FELIZ CUMPLEAÑOS
Miro hacia atrás y te veo tan pequeña, encogidita, encima de mi cuerpo que te daba el calor necesario para vivir ya por ti misma. Me fijé en los tres puntitos de grasa que asomaban en tu naricilla porque no quería que me trajeran otra niña cuando te volviese a ver. Era la hora de la comida, mucho ajetreo, mucha gente pasando y yo sólo quería tenerte cerca. Las visitas iban a verte al nido y yo muriéndome por tenerte de nuevo junto a mí.
Siempre dije que naciste feucha, pero hoy, 18 años después, te digo que eras la pequeña más guapa que podía tener. Qué más daba que fueses canijilla, que tus manos se alargasen con pellejillos que debías rellenar, que tus piernecillas pareciesen como dos palillos de tambor, que, que, que... Para mí eras mi niña, mi niña para siempre y aunque los años han adornado tu cara, tus ojos, toda tú, quiero que sepas que la belleza ya la traías desde el día que naciste, aquel 25 de junio de 1988. Tu belleza puede apreciarla cualquiera que te vea, pero los que te conocemos, los que te queremos, tenemos la suerte de ver ese inmenso corazón que llena de amor a toda la familia, y aunque a veces seas un poco impaciente, todo se ilumina a tu paso cuando sabes arrancar sonrisas a las lágrimas, cuando acompañas las soledades y cuando compartes las alegrías.
Fui feliz el día que naciste, como lo fui cuando tu hermano vino a hacerte compañía y soy feliz ahora por ver que mi niña, hoy, ya es una mujer aunque siempre será mi niña.
MUCHAS FELICIDADES ANDREA
Siempre dije que naciste feucha, pero hoy, 18 años después, te digo que eras la pequeña más guapa que podía tener. Qué más daba que fueses canijilla, que tus manos se alargasen con pellejillos que debías rellenar, que tus piernecillas pareciesen como dos palillos de tambor, que, que, que... Para mí eras mi niña, mi niña para siempre y aunque los años han adornado tu cara, tus ojos, toda tú, quiero que sepas que la belleza ya la traías desde el día que naciste, aquel 25 de junio de 1988. Tu belleza puede apreciarla cualquiera que te vea, pero los que te conocemos, los que te queremos, tenemos la suerte de ver ese inmenso corazón que llena de amor a toda la familia, y aunque a veces seas un poco impaciente, todo se ilumina a tu paso cuando sabes arrancar sonrisas a las lágrimas, cuando acompañas las soledades y cuando compartes las alegrías.
Fui feliz el día que naciste, como lo fui cuando tu hermano vino a hacerte compañía y soy feliz ahora por ver que mi niña, hoy, ya es una mujer aunque siempre será mi niña.
MUCHAS FELICIDADES ANDREA
SECRETOS DE FAMILIA
…Y allí estaba él, sentado en un banco, una carta amarillenta resbalando de entre los dedos de su mano con la tinta gastada en pasados que nunca existieron para él; con una mirada perdida de años de olvido impuesto, de exilio sin guerra, de repudio, de huida miserable, de expiación de pecados ajenos. Allí estaba él, en aquel banco ajado, como sus años, como su cuerpo, esperando. Ya sólo le quedaba esperar, esperar la parca que le arrancara el suspiro de vida que aún crepitaba en sus dañados pulmones. Había regresado con la vana esperanza que atar los cabos rotos de una familia que le abandonó en manos del destino cruel del alejamiento. Familia, nunca supo lo que era.
Él, apenas un bastardo, un hijo de la mala vida; sí de la mala vida que su padre dio a su madre, una cualquiera, una querindonga, esa, la ramera del “señorito”. Creció lejos, es verdad que nunca pasó hambre, aunque pensándolo bien fue su cuerpo el que nunca pasó necesidad en una época de hambres y miserias, pero el hambre no se siente sólo en la barriga, su alma estaba ávida de cariño que nunca saboreó. La sra. Pérez, viuda, su madre, seria, seca, arisca, amargada, trabajadora en una fábrica de hilado en la Cataluña de la posguerra; nombre falso, papeles falsos, vida falsa. Aspiró a ser la segundona de un señorito con hacienda, de un juerguista fandanguero, la del pisito con balcón floreado, la de los mantones para los toros, la de las peinetas de plata, la que le daba el placer al hombre que le calentaba las noches, pero erró en sus cálculos y quedó preñada. Consintió en alejarse de la pequeña ciudad de provincias sin que el padre conociese al hijo, o eso o el hambre para ella y por ende para la criatura que alumbró fruto del pecado. Siempre culpó al niño de su desdicha, sin admitir jamás que hubiese sido repudiada de la misma manera cuando el”señorito” se hubiese cansado de su capricho.
Él vivió arrastrando los pesares de su madre, de sus reproches, de sus sueños de lechera hechos añicos como el cántaro. Jamás supo de su padre, era la estúpida venganza de su madre hacia aquel que la despreció y que no engendró más descendencia que aquel bastardo del que renegó. No tendría heredero, ni por todo el oro del mundo consentiría que volviera a su lado cuando, desahuciado en la cama, viudo y solo, con la única compañía de la enfermedad y el arrepentimiento que asoma cuando la parca acerca su guadaña, le mandó llamar. Nunca había tenido padre y no lo iba a tener con veinte años. Ocultó más aún todo su pasado pero no pudo desprenderse de esa última carta en la que reclamaba lo que era suyo.
No lo supo, nunca lo supo hasta que al volver del entierro de su madre, hurgando entre los recuerdos que no podía olvidar encontró las líneas borrosas de ese pasado que nunca fue suyo. Sesenta años en la ignorancia, sesenta años de soledad impuesta sin ser culpable y sin saber a quien culpar. Tímido, retraído, débil, solo. Sus manos temblaban intentando descifrar las letras de un moribundo que le llamaba a su lado hacía cuarenta años.
Volvió a sus raíces, a una ciudad que le era extraña, casi hostil, que le recordaba lo que había sido, lo que era, lo que siempre sería. Sentado en un banco de una plaza, con el sonido eterno del agua que caía estrellándose en el mármol de una fuente intentaba entender el sentido que tenía su vida cuando le vi. Creo que tenía ocho o diez años. Me resultaba tan familiar que, a pesar de que mis padres no me dejaban hablar con extraños, me acerqué a él y le pregunté que por qué estaba triste. Me miró me sonrió con la sonrisa que siempre encontraba en la foto de mi tío abuelo. Es curioso, nunca conocí a mi tío abuelo, pero siempre me cayó bien y siempre que me pasaba algo le hablaba a la foto que mi madre tenía de él en el comedor y yo creo que le oía responderme. Ese hombre del banco era como mi tío abuelo pero de verdad. No sé el rato que estuvimos hablando, lo que sí sé es que pronto entró a formar parte de mi vida y creo que para él lo más importante es que mi madre y yo entráramos a formar parte de la suya.
VOLVERÉ
La informática, esa veleidosa deidad de nuestros días, ha decidido abandonarme a mi suerte.
Maldita diosa de infortunio que me dejas cuando más te necesito, reniego de dioses paganos hasta que te materialices en mi fe denostada por los adelantos que se me escapan.
Volveré, lo juro cual Escarlata ante las áridas pantallas negras de mi ordenador.
Maldita diosa de infortunio que me dejas cuando más te necesito, reniego de dioses paganos hasta que te materialices en mi fe denostada por los adelantos que se me escapan.
Volveré, lo juro cual Escarlata ante las áridas pantallas negras de mi ordenador.