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Sindicación
 
¿YA NO TE RÍES DANIEL? (2ª parte)


-Ja, ja, ja-oyó una risa áspera desde dentro -.Ja, ja, ja.
Estaba pegado a la acera, no podía escapar. Ahora sí que lo había oído, la casa se reía de él. Se reía antes de atraparlo para siempre entre sus fauces que ahora parecían de dragón, unas fauces humeantes, negras, terroríficas. La boca se abría, y del interior salía… ¿Qué salía del interior? Era una señora mayor, muy mayor, en realidad él pensaba que era una vieja muy vieja. En otras circunstancias se hubiera reído de su andar cansino, del bastón que llevaba o del delantal lleno de manchas que cubría unas ropas pasadas de moda, pero ahora la risa se le había helado y se negaba a salir.
-¿Por qué ya no te ríes Daniel?
Era una voz chillona, desagradable, una voz de ultratumba que salía de una boca con pocos dientes y que se enredaba en las mellas que asomaban como entradas al infierno. Parecía una bruja. Era una bruja que quería cocerlo en un caldero para luego comérselo y así vivir muchos años más. Pero no, no lo cogió ni lo metió en un caldero. Sacó un lápiz de entre las mil enaguas que parecía llevar puestas y le habló de una manera extraña, era como si las palabras que salían de su boca significaran lo contrario de lo que decía:
-A mí me gustan mucho los niños que se ríen, esos que siempre están alegres y se divierten con todo el mundo y sé que tú te ríes, te ríes de todo. Por eso quiero hacerte un regalo, un regalo especial, muy especial-oía una risa pero la bruja no se reía, ¿sería la casa? -. Mi nieto May me ha hablado mucho de ti…
Daniel, callado como un muerto, pensaba:”Esta es la abuela de May, seguro que sabe lo de esta mañana y ¿a pesar de todo quiere hacerme un regalo? ¿Debo cogerlo o salir corriendo? Debería salir corriendo. ¡Pero si no puedo correr! Estoy atrapado por esta acera pegajosa. Tendré que cogerlo. ¡Quiero que acabe esta pesadilla!”
-…y me ha dicho que dibujas muy bien-continuaba la abuela-, por eso te voy a regalar este lápiz. Tienes que prometerme-la abuela se iba acercando a él con el lápiz en la mano y le hablaba a dos palmos de su cara – que, a partir de ahora, lo vas a usar para todos tus dibujos.
-Pe…pe…pero yo es que uso lápices de colores y este es de un solo color-le decía Daniel.
-Te equivocas pequeño. Cuando dibujes con él verás que cada figura tiene su color, incluso verás colores que nunca antes habías visto, serán colores vivos, reales, colores que vuelan o que huelen, colores que calientan y colores que congelan. Será muy divertido y te podrás reír mucho, mucho. PERO-la voz había cambiado de nuevo, ahora era enérgica, fuerte, la voz de alguien a quien no se puede desobedecer –te repito, PERO, si no usas el lápiz que te regalo, me enteraré y volveré a pedirte cuentas. ¿ENTENDIDO? -la voz de la abuela rodeaba la cara de Daniel y le daba dos vueltas a la cabeza antes de entrar por los oídos. Daniel se empezaba a marear. Creía que iba a desmayarse de un momento a otro. Tenía el lápiz entre las manos. ¿Cómo era posible si él no lo había cogido? Apenas podía sujetarlo porque sus manos temblaban y sudaban. El cuerpo entero se agitaba de puro miedo.
-¡Ah Daniel!-ahora la voz era dulce como la de las abuelitas de los cuentos- ¡Qué suerte tienes! ¡Cuántos niños quisieran tener un lápiz como este! Hasta mi propio nieto lo quisiera para él, pero no puede ser. Este lápiz tiene que tenerlo un niño como tú.
¿Cómo él? Y cómo era él, ya ni lo sabía. Estaba a punto de hacerse pipí en los pantalones. Si miedo le daba la voz áspera o la de mando, esta voz amable era mucho peor.
Cuando la abuela dio un paso atrás la casa volvió a ser casa, la lengua, acera, las ventanas dejaron de ser ojos y ya no había boca si no puerta. La abuela le sonreía desde el quicio de la puerta y le decía adiós con la mano. Lo único que permanecía igual era el lápiz que aún estaba en su mano.
Miró el reloj. ¡Las diez de la noche! ¡Le iba a caer una encima! No había ido a felicitar a su tía Florita y encima era completamente de noche y estaba en la calle. Cuando llegó a casa, su madre y su padre estaban hablando con la policía. Al verlo entrar colgaron el teléfono. Le castigaron un mes sin salir al parque, sin jugar con la consola, sin el balón de fútbol, sin tele, sin… la lista era interminable. Lo único que podía hacer era estudiar, leer y dibujar. ¡Vaya mesecito que le esperaba!
Como no le había regalado nada a su tía Florita pensó que podía hacerle un dibujo. Iba a coger sus lápices de colores cuando oyó la voz de la abuela de May diciéndole que sólo debía usar el lápiz que le había regalado ella. Volvió a sentir un escalofrío. Dejó sus lápices y agarró fuerte entre sus dedos el otro.
Comenzó a dibujar un ramo de flores, cada flor tenía un color diferente, era como un arco iris atrapado entre rosas, margaritas, lirios y jazmines. Una deliciosa fragancia, un aroma a flores se derramaba desde el papel hasta el suelo. Pronto el cuarto y toda la casa olía a flores. Pero lo más extraño era que el ramo de flores tomaba vida y saltaba del papel a la mesa. Estaba con la boca abierta cuando entró su madre que había olido el aroma desde el salón.
-¿Qué pasa aquí? ¿De dónde viene ese olor? ¿Y estas flores? ¿De dónde han salido?
Daniel intentó explicárselo, pero su madre empezó a reírse de él.
-Los dibujos no salen del papel, Daniel. Ja, ja, ja. ¡Qué gracioso eres!
¡Cuánta imaginación tienes! Ja, ja, ja.
No tenía gracia, ¿cómo podía reírse de algo tan serio? Nadie le creía y cada vez tenía más problemas para explicarle a los demás cómo había llegado un iceberg en la fuente del parque o cómo habían crecido manzanas en un almendro, o por qué el vecino tenía un perro que en vez de ladrar, cada vez que abría la boca, aparecía una nube encima de su cabeza con la palabra “guau”. Él conocía la respuesta a todos esos sucesos extraños que estaban pasando en su pueblo pero nadie le creía. Se burlaban de él cuando decía que todo lo había hecho con un lápiz mágico. Su vida se estaba convirtiendo en una pesadilla: ¿Por qué a la señorita se le ocurrió mandar que dibujasen un caballo? Hacía una semana que no podía dormir, el caballo no dejaba de galopar de día ni de noche y a todos volvía locos con sus relinchos. Otro día les mandó dibujar un dibujo terrorífico. Daniel pensó que si dibujaba un monstruo saltaría desde el papel y nadie estaría a salvo, ¿qué dibujar entonces? Pensó en un castillo. Diría que era un castillo encantado, pero no dibujaría nada dentro. Lo que no sabía Daniel es que, aunque no los pintara, habría fantasmas en su interior porque lo que pintaba era un castillo encantado y cuando una mañana apareció en lo alto de la colina un castillo, los niños que se acercaron oyeron: “Buuuu, Buuuu”. Y temblando bajaron la colina porque había fantasmas dentro.
Lo peor de todo fue cuando quiso entregar el cuaderno de dibujo de la última evaluación y vio con horror cómo sus dibujos habían desaparecido y eso que la noche anterior los había vuelto a dibujar todos. No quedaba ninguno. Todo avergonzado, rojo como la manzana que crecía en el almendro de su jardín así estaba él delante de la señorita. Ya no quedaba ninguna sonrisa en su boca, ni siquiera una mueca de burla. Ahora eran los otros, sus compañeros, los que se reían de él cuando decía que su lápiz era mágico y que todo lo que pintaba tenía vida y saltaba de su cuaderno, como el iceberg, como las manzanas en el almendro, como el caballo que relinchaba a todas horas…
Las carcajadas se oían desde el otro lado del parque y llegaban hasta los oídos de la abuela de May, que, diciendo un conjuro, deshizo el hechizo del lápiz.
-Seño, si quieres te lo demuestro. Verás, este lápiz es mágico y…
-JA, JA, JA, JA- todos se reían.
-¡Yo me reiré de vosotros!-decía conteniendo las lágrimas.
Comenzó a dibujar una ardilla, pero la ardilla no se movía. Estaba muy bien dibujada con su enorme cola echada hacia atrás, sus patitas delanteras cogiendo una bellota y sus dientes a punto de morderla, pero no se movía. Ahora la risa eran carcajadas. La señorita se enfadó mucho porque no sólo no había hecho los deberes, si no que encima quería burlarse de ella.
-Cero patatero, Daniel, cero patatero.
Sonó un aplauso general envuelto de más risas. La seño mandó que todos se callasen si no querían compartir la nota con Daniel. No hubo más risas.
En el patio, Daniel estaba solo, en un rincón, cabizbajo, pensando en todo lo que le había pasado. Un balón le llegó a los pies. Levantó los ojos y a lo lejos vio a May que le decía:
-¡Eh, Daniel! ¿Juegas?
La abuela de May, que todo lo veía, sonreía. Daniel y May fueron, desde ese día, los mejores amigos del cole.


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Comentario:
Pues bien está lo que bien acaba, al menos la aparición de la abuela sirvió, además de para llamar la atenció sobre Daniel y sus risas, para forjar una buena pareja de amigos.

Muy bonito el cuento White.
Besos
 
Comentario:
hola wapa, paso a djarte buen fin d, veo q has colgado la segunda parte.
tá xula.
chau
vir
 
Comentario:
Hola paisana, aunque no te deje comentario, cuando tengo tiempo me doy un paseo por tus letras y cargo un poco las pilas.

Siempre es un placer leerte. Besito.

 
Comentario:
Pasé a dejarte un abrazo.
 
Comentario:
Hola!! acabo de leer tu comentario en mi blog. Gracias por las felicitaciones :).
Sobre lo del cuento, todas mis ilustraciones están registradas así que no se pueden reproducir con fines lucrativos, ni modificar o copiar.Ahora, si lo que quieres es usar los dibus para un librito sólo para tu sobrino, sin fin lucrativo, claro que las puedes coger :).
Espero que te quede chulo!
un saludo
No