EL ABUELO

Era la primera vez que iba al cementerio. Mis padres no querían llevarme, decían que no era lugar para una niña; pero yo en la testarudez propia de los diez años me aferré a esa idea y no supieron o no pudieron impedirlo.
El abuelo había muerto, mi abuelo, pues aunque entre primos y hermanos superábamos la docena de nietos, él era “mi abuelo”.
Juntos habíamos recorrido el mundo desde el salón de su casa. Habíamos estado en las ciudades más impresionantes y en los pueblecitos más pequeños. Los dos habíamos recorrido toda la historia: desde la edad de piedra hasta el salvaje oeste; desde el mundo árabe de califas y princesas, hasta los rudos poblados de los vikingos en Noruega. Habíamos navegado por aguas cuya furia helaría la sangre al pirata más temido y por otras en las que la calma imponía la obsesión de un fondo que albergaba toda suerte de monstruos. Habíamos recorrido las duras jornadas de camino en un oeste lleno de indios y donde siempre el séptimo de caballería hacía su aparición para salvar nuestras exiguas cabelleras:
- ¡Pasajeros a la diligencia! ¡Jía caballo!
Era nuestro grito favorito cuando, a lomos de unas piernas cansadas en tantas andaduras, se iban transformando en un brioso corcel cuyas bridas asía con toda la fuerza que podían desplegar unos brazos tan pequeños.
Aunque yo disfrutaba en las incursiones con los indios, mi abuelo saboreaba cada minuto que los dos navegábamos en los barcos vikingos sembrando el pánico en los terribles pueblos escondidos entre los fiordos, pueblos que nos atacaban e intentaban aprisionarnos y que nunca lo conseguían.
Siempre deseó ser vikingo. Yo me reía imaginándolo con ese casco adornado de cuernos que le conferiría un aspecto terrorífico. Un año para carnaval se disfrazó de Olaf el terrible. Todos nos reímos mucho al verlo de esa guisa ataviado.
Viajar fue siempre su pasión, una pasión que me transmitió desde la cuna y que acompañará hasta que emprenda mi viaje final. Esa era la razón, yo no lo podía abandonar en su último viaje. Ya que lo debía emprender solo, por lo menos, iría a despedirlo.
El cementerio estaba situado sobre una colina y desde ella se podían contemplar unas maravillosas vistas de la ciudad. La ceremonia comenzaría a las once de la mañana. Vinieron a recogerme cerca de las diez. Todos estaban apesadumbrados. Ese lugar donde nos encontrábamos no me parecía especialmente triste o desesperanzador. Recuerdo unos sillones negros de piel que, en mi corto entendimiento, me recordaban al gran sillón de orejeras desde el que vivíamos nuestras aventuras. Eso me hacía pensar que todavía se encontraba entre nosotros aunque no lo pudiera ver. Las paredes forradas de madera y sobre ellas unos cuadros con caballos que representaban la campiña inglesa. Varias mesitas bajas con lámparas y ceniceros llenaban la sala. Ligeramente apartado de la vista una especie de biombo separaba esa estancia de aquella otra dónde debía reposar, dentro del ataúd, el abuelo. No me acerqué, quizás en la ingenuidad de mi corta edad preferí recordarle tal y como era en nuestras aventuras.
Su enfermedad fue corta, pocos días después de sufrir un colapso fallecía en el “Hospital Grande” que era como lo conocíamos en la familia. Tenían que decidir cómo sería su entierro.
La familia tenía un panteón espléndido con una gran escultura de una mujer a los pies de una gran roca. Era tan bonito que la gente que acudía al cementerio se detenía a contemplar la soledad de aquella señora. Pensaron en que sus restos se depositaran allí junto con las del resto de la familia, pero yo los oí:
-¡No, al abuelo no lo podéis encerrar! Él odiaba los lugares pequeños, se ahogaba, no lo resistiría - gritaba insistentemente.
No me oían o no querían escucharme:
- Cariño, el abuelo ya no siente nada, está dormido para siempre y no se entera.
- Eso no es cierto, el abuelo no está dormido, se ha despertado a otra vida donde seguirá viajando, pero si lo encerráis no podrá hacerlo.
Ellos no lo entendían, estaban equivocados, debía ser libre.
-¡Ya sé, pensé, un entierro vikingo!
Decidí convencer a mi madre:
- No enterréis al abuelo, dejad que pueda volar- Insistía- Permitidle que se una al aire y con él siga sus viajes.
Mi madre y mi tío embargados por un dolor solo comprensible a aquellos que han perdido un ser querido, no sabían si tomar en serio o no la proposición de una niña de diez años que parecía conocer mejor que nadie al ser que les abandonaba a todos.
-¿Por qué no? Dijo el tío - Papá siempre hubiera querido ser vikingo. La incineración sería lo que él elegiría para sí si pudiera y sus cenizas las podríamos esparcir sobre el mar.
Por fin alguien comprendía. Ese era el deseo del abuelo.
A las once en punto se acercó el furgón. Cubrieron el féretro y nos encaminamos a una sala muy grande que los mayores llamaban “La Sala del Adiós”. En el centro se dispuso el ataúd rodeado de muchas flores que harían de su última travesía un viaje más agradable. Una música comenzó a sonar imponiéndose a los lamentos que anidaban en el corazón de los presentes. Una señora dijo unas breves palabras y se rezó una oración.
Todos estaban tristes, la prima Ángela con ojos vidriosos, miraba al suelo; lentamente una lágrima tras otra se desprendía de sus ojos. Estaban equivocados, el abuelo no nos dejaba, se iba a incorporar al aire, formaría parte de él y junto a él continuaría sus viajes por todo el mundo. Yo ya no oiría sus relatos, pero en mis sueños cada noche volveríamos a ser compañeros en mil aventuras.
Se lo llevaron hacia el interior, todos desde su alma le dedicaban un último adiós. Pronto se incorporaría al aire y entonces sería él, el que con un hasta luego, nos dejara.
Siempre recuerdo a mi abuelo sentado en su sillón. El sillón con orejeras tapizado en cuero negro, ese sillón que sobreviviría al tiempo y que aún ahora, vacío, en un rincón de mi casa, me hace recordar que para vivir aventuras solo se necesita un sillón.
Comentario:
Entrañable, sensible, genial. Muy bueno white. Perdoname por no haber venido antes, pero más vale tarde que nunca y ha merecido la pena. Pero mucho.
Comentario:
!!!Hermoso,muy hermoso!!!
Me he llenado de paz leyendo esta maravillosa historia. Todo amor. Gracias White. Besos.
Me he llenado de paz leyendo esta maravillosa historia. Todo amor. Gracias White. Besos.
Comentario:
a pesar de que mi tiempo suele ser muy apretado, me estoy acostumbrndo a venir a verte White, porque tus historias me llenan mucho.
esta historia me parece tan llena de ternura y de sentimiento que casi echo a llorar, que me emocioné, sí, te lo digo de corazón. Es un relato excelente.
el final; para vivir aventuras solo se necesita un sillón. Maravilloso.
muchas gracias, me haces disfrutar mucho con tus escritos.
un beso.
esta historia me parece tan llena de ternura y de sentimiento que casi echo a llorar, que me emocioné, sí, te lo digo de corazón. Es un relato excelente.
el final; para vivir aventuras solo se necesita un sillón. Maravilloso.
muchas gracias, me haces disfrutar mucho con tus escritos.
un beso.
Comentario:
no sé qué te ocurre, pero ánimo, muchos besos.
Comentario:
Gracias por esta historia en estos dias tan terribles para mi. Tambien gracias por enlazarme.