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UNA ROSA PARA DOS ESPINAS


Todavía no me hacía a la idea. ¡Me iba a quedar ciega! Bueno, eso era exagerar, me podía quedar ciega si no me operaba. Esa enfermedad silenciosa que se había adueñado de mis ojos avanzaba inexorablemente oprimiendo el nervio óptico, o eso era lo que me habían dicho. Acababa de salir del hospital y no tenía ganas de encerrarme en casa. No tenía valor para disimular mi angustia con los míos y no quería que se preocuparan más de lo que ya lo hacía yo. Decidí dar una vuelta por el centro. Quizás, entre la gente, se diluyera esa ansiedad que iba desde los pulmones hasta el estómago ahogando toda esperanza.
Siempre había tenido mala suerte o digamos que nunca tuve buena estrella. Tampoco era para buscar el consuelo en amuletos de falsos sanadores que prometen lo que ni ellos mismos se creen pero ese día en especial me sentí como si tuviese que pagar con una culpa que no reconocía. Mi mente se enmarañaba haciendo cábalas extrañas, rememorando falsos pecados, culpas inexistentes, daños subyacentes. Apenas era capaz de ver la cantidad de gente que se agolpaba tras las mesas expositoras de libros nuevos y de ocasión. Mis ojos vagaban entre ellos pero mi mente se negaba a leer la información que querían transmitir. Era el día del libro, 23 de abril de un año aciago, el año que me iba a quedar ciega. Aunque pensándolo bien, ese día estuve más cerca de la ceguera de lo que los médicos habían predicho.
“No hay más sordo que el que no quiere oír”, decía mi madre. Ese día yo era más ciega porque el miedo a dejar de ver me impedía hasta mirar. De hecho ni siquiera sé cómo pero, de pronto, me vi con una rosa en la mano. Seguramente me la habían regalado al acercarme a uno de los puestos donde debí curiosear algo, no lo recuerdo. El caso es que llevaba una rosa en las manos. Apenas saboreaba el aroma que desprendía, ni era capaz de fundirme con el color que irradiaba. Ahora que recuerdo aquel día es cuando soy capaz de ver, aunque sea en la memoria, aquella rosa y disfrutarla y acariciarla con su aterciopelado tacto que podía haber sido el bálsamo de mis desdichas si hubiese sabido alejar mi dolor que no era tanto dolor, era sólo miedo a sufrir un dolor.
Ella debía estar observándome, tal vez para pedirme dinero o tal vez sólo se fijaba en la rosa, no sé, ya te digo, yo ese día sí que estaba ciega y ella, como todo lo demás se borraba a mi paso. Debió acercarse, seguramente me dijo algo. Mi mente en blanco de realidades y sumida en la desesperación de lo que podía ser no la oyó pero algo hizo desviar mi obsesión y devolverme por un instante a la realidad de la que escapaba con la misma facilidad que el globo de gas de un niño pequeño al abrir sus manecitas para intentar asirlo con más fuerza. Fue su mirada la que se alojó en mi alma. Apenas tendría veinte años, el pelo enmarañado, la ropa ajada por sabe Dios qué desgracias, la cara mugrienta, las manos cortadas por los vientos fríos tardíos de ese mes de abril, pero esa mirada pulida, brillante, viva, esa mirada se me clavó y fue el dolor de esa espina la que me devolvió a la realidad:
-¡Qué rosa tan bonita! A mí nunca nadie me ha regalado una rosa.
Todas las rosas que yo había recibido a lo largo de mi vida se precipitaron sobre mí como un aguacero de recuerdos, de sentimientos olvidados, de cariño de hijos, de amor de hombre, de amistad eterna. Yo sí había tenido muchas rosas en mi vida pero, en ese momento, esa rosa se convirtió en la más importante y no era porque me la habían regalado a mí sino porque yo se la iba a regalar a una desconocida que sólo se había acercado a contemplar mi flor.


 
 
Comentario:
Holla, paisana, aunque no me has invitado a tu Blog, me he metido de gorra curioseando, y como yo soy muy cotilla, me esoy leyendo tus textos que son una gozada. Perdona mi atrevimiento. Besitos.
 
Comentario:
Llego, robo letras, y me voy. Mola robar en este banco.


salud
 
Comentario:
gracias a todos
 
Comentario:
Precioso White ;) Me encantan las rosas y si tienen espinas también... porque considero que son parte de su belleza. Un abrazo de Comella :)
 
Comentario:
No hay rosa sin espinas.
Muy bonito, white. Y muy bien narrado
 
Comentario:
Ey, hello. Vaya, lo narras de tal forma que parece que estoy deambulando metido entre los libros pensando apesadumbrado en esa enfermedad, en no volver a ver. Y de pronto aparece una rosa en mi vida y lo olvido todo. ¿Verdad que es bonito regalar algo?. Las espinas son las que más derecho tienen a que se les regales rosas.

Venga, va, que aunque tú no tengas tanto derecho a ello, por no ser espina, te regalo una rosa.
 
Comentario:
Eres buena narradora.
 
Comentario:
Me ha gustado. Bonita fotografía de un instante. Nos leemos ;)
No