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CASITA DE MUÑECAS



El sol rayaba en el horizonte y los muñecos debían volver a su ilusoria quietud. Los muñecos bebés hacía rato que descansaban en sus cunitas cubiertas de restos de puntillas y encajes antiguos. La muñeca mamá daba las últimas puntaditas a un jersey que, durante el juego, se había desgarrado con una esquina rota. El muñeco papá repasaba el discurso que al día siguiente daría en el auditorio de la universidad. Era un gran profesor de inventos y hacedor de cosas raras (así lo había dispuesto María, la dueña de la magnífica casita de muñecas que, desde su cumpleaños, adornaba junto a decenas de juguetes más, su habitación). En la casita vivían otros muñecos, que por arte de la imaginación infantil, formaban todos, una familia. Y como en toda buena familia, había secretos que ni la propia María conocía.
Los muñecos bebés no crecerían jamás y esos no daban problemas. Cuando cogían un berrinche porque se les caía el chupete, o porque el biberón se derramaba, bastaba acunarlos, acariciarlos, o llegado el caso y si no podían ser consolados, dejar que se agotasen las pilas.
El papá muñeco cada vez estaba más harto de ser un profesor de inventos y hacedor de cosas raras porque era superado día a día por sus alumnos, cuyos comportamientos prefería calificar de excentricidades propias de la edad que de la mala educación que cada día era más preocupante en el mundo de los muñecos y que nadie sabía atajar. Siempre, decía:- hay que darle una oportunidad a los muñecos del futuro, son nuestra esperanza de evolucionar-. Pero él no sabía que los muñecos del futuro no eran los alocados jovencitos, que cada vez menos, dicho sea de paso, acudían a sus clases. Los muñecos del futuro estaban por inventar y no se parecerían nada a ellos.
La mamá muñeca quería ser aviadora de nubes de colores. Nunca había visto una nube de color pero en su corazoncito de plástico sabía que allá fuera, en algún lugar de la vida que no era vida, sus nubes la esperaban.
Había una muñequita muy linda y muy inconsciente que cada día, desafiaba al amanecer, regresaba a la casa más tarde y más perdida. No quería oír a sus padres que les advertían de los peligros de las noches en el país de los muñecos. Ella se reía y con un desaire dibujado como sonrisa, se encerraba en un cuarto que comenzaba a sentir como cárcel.
Los peligros en el mundo de los muñecos podían llegar a ser muy parecidos a los de los humanos, pero además eran acrecentados porque los muñecos no tenían opción de escoger, de buscar nuevos caminos, de ser libres y vivir, no. Los muñecos vivían al dictado de los caprichos de sus amos. Si tenían suerte su vida se prolongaría de generación en generación pero si su dueño era un niño destrozón, manirroto o excesivamente caprichoso su vida sería efímera, pronto serían sustituidos por otros, o peor aún, servirían de blanco de las iras infantiles de sus amos.
Esa mañana sería de vital importancia para sus vidas. María estaba enferma y no iría al colegio. La fiebre le hacía delirar y los muñecos le hablaban, le pedían, le rogaban, como se ruega a los santos que les ayudase en sus vidas. María tenía un gran dolor de cabeza, no podía seguir oyendo tanto murmullo, tanto ruido, tantas súplicas…
- No soy Dios, no puedo hacer nada, dejadme en paz.
Su vocecita llegó hasta su madre, que asustada entró en su habitación.
- María si te dije que no te levantases de la cama, eres muy desobediente.
- Yo no…
Todos los muñecos se arremolinaban en su cama, la expresión de sus caras parecía diferente, pensó la madre, se agitó la cabeza como para dejar escapar una idea excéntrica y abrió las ventanas para que la luz del sol inundase la estancia. Todo volvió a la normalidad menos la gran cantidad de muñecos que había encima de la cama.
-¿Qué significa todo esto María?
- Mamá, llévate los muñecos, no los quiero. Yo les había creado una vida perfecta, cada uno era feliz y todos se quejan, no me gustan, son malos.
-No pequeña, no son malos. Si quieres me los llevo, pero te vas a sentir muy sola sin poder jugar con ellos. A lo mejor la vida que nosotros creemos perfecta, la que nos gustaría vivir a nosotros, no es la que le gustaría vivir a los demás y puede que a tus muñecos les ocurra eso. Yo me los llevo ahora, pero piénsalo. Lo que podemos hacer es que vayas hablando con cada uno en solitario y les preguntas cómo quieren vivir, qué necesitan para ser felices. Seguro que puedes conseguirlo. Y ahora pequeña, duerme un rato.
La casita de muñecas permaneció en el cuarto y María jamás volvió a oír las voces de sus muñecos. Ahora el papá muñeco vuela cometas en el parque mientras la mamá muñeca vuela con aviones extraños sobre las nubes de colores que nacen del techo, los bebés han dejado los biberones y comen galletas y pan y la muñeca jovencita, bueno, esa todavía tiene que encontrar su camino.



 
 
Comentario:
esos muñecos que alguna vez fuimos y fuimos dejando de serlo como movidos por hilos de cometas
 
Comentario:
Bravo, me ha encantado este cuento. Y que verdad en las palabras de la madre de María. Buena moraleja.

besos
 
Comentario:
" A lo mejor la vida que nosotros creemos perfecta, la que nos gustaría vivir a nosotros, no es la que le gustaría vivir a los demás "
Esto es pura realidad, cuantas veces en la vida intentamos gobernar la vida de los demás sin darnos cuenta de que ellos no piensan ni sienten como nosotros creemos.
Un beso
 
Comentario:
White, cuando mi niño jugaba con los Playmovil, yo al verlo no podia evitar pensar que eso somos nosotros, muñecos, manejados por hilos invisibles. Un día el dueño de los hilos se cansa de tu cara o le molesta el color de tus ojos o vete tu a saber y Zas tira del hilo y uno menos dando guerra...

Un texto precioso, White, para relerlo.

Mil besos
No