Chús
El insolente caballero de barba poseía actitudes deshechables y criticables por todos; era insolente, cruel, se burlaba de si mismo y del prójimo, no creía en nada que beneficiara el bien común. Estaba dotado de características irascibles, irritables. Había paseado su filosofía del odio entre la actividad artística de Viena, era un cabrón con mayúsculas, se reía de todos, a todos desacreditaba. Tal vez fuera un desconsuelo para con el prójimo difícil de explicar, una especie de desencanto con las posturas, las ficciones, el fingimiento de un peronalidad superior de los artistas. Resumiendo, no creía en la pequeña burguesía a la que en realidad pertenecía y debía su éxito como escritor. Era un Thomas Bernhard en estado de rechazo continuo a sus colegas de profesión o de vida artística.
Creía en el suicidio, en la hipocresía, en la mentira como forma de actuación natural del hombre. Condicionaba todo a un error de los hombres a los que desquería con demostraciones rutinarias y espontáneas. No sabía que en su odio estaba implicita su necesidad; necesitaba de la existencia de los demás para justificar su propio yo. Por eso se fue granjeando la merecida enemistad con todos, con sus traductores, con los críticos, con los entrevistadores y ensayistas.
Deambuló por circulos literarios, por teatros, por dances y bailes, por careografías para hacer críticas destructivas. Aparentaba un desconsuelo infinito, una insolencia esencial, un cabreo y un resentimiento de amigas que se separan por haber tenido un novio en común.
Todo lo hacía de forma egoísta, ególatra. Desmitificaba los clásicos, los contemporáneos, amaba a los Bukoskis de bibliotecas marginales y hediondas. Creía en los locos que declaran que el mundo es una porquería, un sitio de impostores, de criterios equivocados. Yo creo que era esquizofrénico. Todo le parecía mal excepto su carita y la protesta fácil, su propia imagen, la queja sistemática sin reflexión.
Supongo que era un Thomas Bernhard. Que era Thomas Bernhard en persona. Que fue odiado en Austria donde vivió y escribió, que descalificó continuamente, de la que se alimentó sin escrúpulos. Muchas de sus obras no pasarón la censura, no se pudieron publicar.
En realidad todo en él era odio y malestar, incendio y protesta. Yo creo que fue un hombre excepcional y necesario, que se pudo deducir de él algo inherente al humano; la ferocidad, el desacuerdo, las caretas, las convenciones, las pulidas e inmaculadas apariencias de los ídolos. Quisó desmitificar a los grandes hombres para hacernos todos iguales. Y en su actitud demostró una valentía inusual, una insinceridad premiable.
Lo más bueno de Thomas Bernhard es que desacreditó todo lo que tenía crédito. Y que el otro día, cuando después de ocho años de no ver a Chus, mi profesora de lengüa, estuvimos hablando de literatura apareció él de forma inesperada. Y no se sabe porque me dijo que leyera a Thomas Bernhard. Que me quería. Yo le dije guapa, ojitos bonitos. Entonces le enseñé el libro que llevaba en las manos de Thomas Bernhard. Ella se puso a llorar de emoción, le abrazé. Y me quedé con una sensación de amor y de alegría de la que aún no he salido.
Creía en el suicidio, en la hipocresía, en la mentira como forma de actuación natural del hombre. Condicionaba todo a un error de los hombres a los que desquería con demostraciones rutinarias y espontáneas. No sabía que en su odio estaba implicita su necesidad; necesitaba de la existencia de los demás para justificar su propio yo. Por eso se fue granjeando la merecida enemistad con todos, con sus traductores, con los críticos, con los entrevistadores y ensayistas.
Deambuló por circulos literarios, por teatros, por dances y bailes, por careografías para hacer críticas destructivas. Aparentaba un desconsuelo infinito, una insolencia esencial, un cabreo y un resentimiento de amigas que se separan por haber tenido un novio en común.
Todo lo hacía de forma egoísta, ególatra. Desmitificaba los clásicos, los contemporáneos, amaba a los Bukoskis de bibliotecas marginales y hediondas. Creía en los locos que declaran que el mundo es una porquería, un sitio de impostores, de criterios equivocados. Yo creo que era esquizofrénico. Todo le parecía mal excepto su carita y la protesta fácil, su propia imagen, la queja sistemática sin reflexión.
Supongo que era un Thomas Bernhard. Que era Thomas Bernhard en persona. Que fue odiado en Austria donde vivió y escribió, que descalificó continuamente, de la que se alimentó sin escrúpulos. Muchas de sus obras no pasarón la censura, no se pudieron publicar.
En realidad todo en él era odio y malestar, incendio y protesta. Yo creo que fue un hombre excepcional y necesario, que se pudo deducir de él algo inherente al humano; la ferocidad, el desacuerdo, las caretas, las convenciones, las pulidas e inmaculadas apariencias de los ídolos. Quisó desmitificar a los grandes hombres para hacernos todos iguales. Y en su actitud demostró una valentía inusual, una insinceridad premiable.
Lo más bueno de Thomas Bernhard es que desacreditó todo lo que tenía crédito. Y que el otro día, cuando después de ocho años de no ver a Chus, mi profesora de lengüa, estuvimos hablando de literatura apareció él de forma inesperada. Y no se sabe porque me dijo que leyera a Thomas Bernhard. Que me quería. Yo le dije guapa, ojitos bonitos. Entonces le enseñé el libro que llevaba en las manos de Thomas Bernhard. Ella se puso a llorar de emoción, le abrazé. Y me quedé con una sensación de amor y de alegría de la que aún no he salido.
Diego Milito
Cuando el Zaragoza perdió la final de la Copa del Rey supe que iba a ser una Semana Santa perfecta. Siempre he pensado que el perdedor poseé una dignidad que el ganador desconoce.
El perdedor no tiene que dar explicaciones de porqué se hace de un equipo y no de otro. El perdedor tiene el derecho a expresarse serenamente y sin hipocresía, a estar con esa dulce tristeza del pudo haber sido pero no fue. Casi la tocábamos y se nos escapó. Estaba ahí, verdaderamente bonita, paseó cerca de nosotros pero no tuvimos el valor ni la ganas de ganar. Imaginate, celebrando a los 25 una Copa del Rey. Queda mejor cuando eres chicquitín, cuando Pessoa y las oscuras golondrinas no existen en cada uno de tus pasos.
Semana Santa fue la de siempre, la del eterno retorno. La que a los quince años sabías que no hacía frio ni calor, la de tacones al unísono en una procesión que despierta esos miedos y esos sentimientos de culpa de Primo Levi en los campos de exterminio, un miedo ancestral, misterioso. Un dolor y un lamento.
La otra Semana Santa, la Pepapapanta de la risa y el absurdo,los chapumonólogos, los eloabrazos, las tonanomalías de este mundo, la frescura en la conversación y la ilimitada agitación, la indecible excitación y entusiasmo, la chaqueteta cuando refresca.
Y la combinación de todo; esa digindad de perdedor con sentimiento de culpa asaltado por las dudas existenciales que decide en eclecticismo perfecto olvidarse de no poder comer jamón. Y entonces sobreviene una risa que quiere vencer al miedo, a la tradición y al contexto, al peso de lo convencional. Y aparecen las genialidades que rompen la tradición. Los excéntricos presos de la libertad, asustados pero corajudos, en busca de esa risa final, de no poder aguantar la alegría por creerse libres y poder construir un destino a nuestra medida.
La felicidad era olvidarse de la tradición, de los miedos y de los sentimientos de culpa. De saberse uno mismo. Y en esa dualidad del triunfo y el fracaso, cuando se acaba todo y empieza una pena, el enves de tanta risa, la factura de la dicha, vieja dama traicionera entendemos algo que nos debieron explicar en la escuela. Pero el fomento de arbitriariedades, el error de lo convencional, el miedo al error y al fracaso nos impidió ver la luz que ya va siendo hora que nos sea revelada; en la derrota existe una tranquilidad que no es claudicación ni resentimiento, la derrota tiene unas connotaciones desconocidas para el bien pensante. En la derrota hay un asomo de victoria personal, de secreto inconfesable. No le voy a explicar a nadie que no quiera escuchar que la bondad y la inteligencia está hecha de caras parecidas a la de Diego Milito, a la afectación de Tomasino Gondolero. Porque en el final del lamento nació el blues de los negros. Y tanta tristeza derivó en lucidez, arte, filosofía. Y en el secreto que cada uno guarda en el fondo de su alma.
El perdedor no tiene que dar explicaciones de porqué se hace de un equipo y no de otro. El perdedor tiene el derecho a expresarse serenamente y sin hipocresía, a estar con esa dulce tristeza del pudo haber sido pero no fue. Casi la tocábamos y se nos escapó. Estaba ahí, verdaderamente bonita, paseó cerca de nosotros pero no tuvimos el valor ni la ganas de ganar. Imaginate, celebrando a los 25 una Copa del Rey. Queda mejor cuando eres chicquitín, cuando Pessoa y las oscuras golondrinas no existen en cada uno de tus pasos.
Semana Santa fue la de siempre, la del eterno retorno. La que a los quince años sabías que no hacía frio ni calor, la de tacones al unísono en una procesión que despierta esos miedos y esos sentimientos de culpa de Primo Levi en los campos de exterminio, un miedo ancestral, misterioso. Un dolor y un lamento.
La otra Semana Santa, la Pepapapanta de la risa y el absurdo,los chapumonólogos, los eloabrazos, las tonanomalías de este mundo, la frescura en la conversación y la ilimitada agitación, la indecible excitación y entusiasmo, la chaqueteta cuando refresca.
Y la combinación de todo; esa digindad de perdedor con sentimiento de culpa asaltado por las dudas existenciales que decide en eclecticismo perfecto olvidarse de no poder comer jamón. Y entonces sobreviene una risa que quiere vencer al miedo, a la tradición y al contexto, al peso de lo convencional. Y aparecen las genialidades que rompen la tradición. Los excéntricos presos de la libertad, asustados pero corajudos, en busca de esa risa final, de no poder aguantar la alegría por creerse libres y poder construir un destino a nuestra medida.
La felicidad era olvidarse de la tradición, de los miedos y de los sentimientos de culpa. De saberse uno mismo. Y en esa dualidad del triunfo y el fracaso, cuando se acaba todo y empieza una pena, el enves de tanta risa, la factura de la dicha, vieja dama traicionera entendemos algo que nos debieron explicar en la escuela. Pero el fomento de arbitriariedades, el error de lo convencional, el miedo al error y al fracaso nos impidió ver la luz que ya va siendo hora que nos sea revelada; en la derrota existe una tranquilidad que no es claudicación ni resentimiento, la derrota tiene unas connotaciones desconocidas para el bien pensante. En la derrota hay un asomo de victoria personal, de secreto inconfesable. No le voy a explicar a nadie que no quiera escuchar que la bondad y la inteligencia está hecha de caras parecidas a la de Diego Milito, a la afectación de Tomasino Gondolero. Porque en el final del lamento nació el blues de los negros. Y tanta tristeza derivó en lucidez, arte, filosofía. Y en el secreto que cada uno guarda en el fondo de su alma.
Colectivo Casa de Ros; descenso al cielo, paraíso poético y estético.
El último fin de semana de ardorosa pasión concluyó como había empezado. Acaso la poesía, los amigos y el rock and roll sean como las estaciones; circulares, rítimcas y con final feliz.
Inmaculada y Mónica, las mellizas con cabellos lisos, con tranquilidad, con aptitud para saber escuchar. Inmaculada rubita, Mónica morenita.
Sin palabras para Ros, Samuel y Monsieur Robert que deshicieron su alma para convertirla en esencia, presencia, actitud y elegante pose rocanrolera. Ahí estábamos dando al swing, las caderitas, lisonjeando de forma provocadora a las new pijitas del principio de siglo, con sus camisetitas, sus sonrisas, con su sabia ironía.
Esperé que Inmaculada exisitiera; el arte sucede, la dicha también. Solo que la dicha viene precedida por momentos poéticos de extrema locura, cuando los amigos abren la cervezita, se ponen furiosos por no tener ternera en el plato. Las salchichas de Frankfurt pueden desmontar la tranquilidad y la armonía de cualquier persona decente. Ros lo sabe, Monsieur también.
Cristina se sabe poeta pero no es brillante, se cree Alfonsina pero no lo es. Sería preciso añadir que la altanera inmodestia desmitificó a los pobres chavales que se veían sin madurez, exentos de lecturas apropiadas, sin alma. Sergio lo sabía, menuda mierda de poesía de tres de la tarde, del canuto y del barrio, aquella que finamente realiza sin vergüenza alguna Calamaro. Pero Calamaro es otro estilo, es menos respetuoso porque alcanzó determidados éxtasis poéticos. La locura deshizo su cabeza, la esquizofrenia de Ariel rot, el guapo del grupo, ayudo a sostener esa brillantez y calidad personalísima que hizo de los Rodriguez una gran banda de rock. Con Julian Infante en la memoria.
Pero si existiera Inmaculada, si fuera una verdad no soñada, fuera una verdadera verdad, Calamaro sería morboso para las chiquitas, Tomasin renacería para la dicha, para esa vitalidad de flaco, fuerte y formal. ¿Sabes, Loquillo?. Me gustaría que Inmaculada existiera un ratito, para que la poesía tuviera calidad, para que Monsieur fuera Baudelaire o el espectro de Panero. Para que Samuel e Ionesco fueran un todo total indivisible.
¿ Que a qué viene todo esto?. Pues a que tengo unos amigos desbocados, derrochadores de vitalidad, dañando físicamente su figura para bailar de verdad, deshaciendo sus rodillas para arrastrarlas por el suelo si la hoja de ruta lo requiere, morandose los ojos y chocando contra la pared o el techo, que me hicieron vivir el fin de semana más dichoso de mi vida. Fui engendrado con el destino de bailar de forma vanidosa, para chulearme a mi mismo. Para deciros gracias. Que existiera Inmaculada sería cruel. No se podría tolerar tanta armonía, tanta belleza sin torpeza.
Sin estos fines de semana perfectos; sin el sexo, la birra y el swing, nada de lo posible hubiera alcanzado lo real. Si las camas vacías se llenan, si juntarse es comer hamburguesas con inmaculada impunidad, si se desayuna a la francesa, se merienda como pequeñoburgueses austriacos, si se soluciona una melodía sin una cuerda de la guitarra, si los domingos son soleados, si los Timoteo Garraldas de tercera categoría existen, si olemos a cebolla pero tenemos buena cintura, si existe la postura cuatripatista y el partido de las pijitas fugazes, si la filosofía combina con la luz, si la poesía y la prosa, si Robert Louis Stevenson, si Carl Seelig y si Robert Walser.
Muchas gracias, mis amigos roquerillos de principio de milenio. Muchas gracias Ariel Rot por los altares, por perder el rigor y no saber bajar de las alturas hasta la penúltima estación. Hay quien se ha ido del pelotón y ahora está colgado de la luna y ya no volverá.
Mi sincera pasión, el último fin de semana ardorosa sensibilidad se lo debo a la inteligencia estética de los muchachos del Colectivo. A sus ganas de romper el mundo en pedazos, de romper espejos, de lastimarse las piernas y el alma. Por sus ilimitadas ganas de escupir, de cagar y de follar.
Os odio todo el día, grandiosos hijos de puta!
Inmaculada y Mónica, las mellizas con cabellos lisos, con tranquilidad, con aptitud para saber escuchar. Inmaculada rubita, Mónica morenita.
Sin palabras para Ros, Samuel y Monsieur Robert que deshicieron su alma para convertirla en esencia, presencia, actitud y elegante pose rocanrolera. Ahí estábamos dando al swing, las caderitas, lisonjeando de forma provocadora a las new pijitas del principio de siglo, con sus camisetitas, sus sonrisas, con su sabia ironía.
Esperé que Inmaculada exisitiera; el arte sucede, la dicha también. Solo que la dicha viene precedida por momentos poéticos de extrema locura, cuando los amigos abren la cervezita, se ponen furiosos por no tener ternera en el plato. Las salchichas de Frankfurt pueden desmontar la tranquilidad y la armonía de cualquier persona decente. Ros lo sabe, Monsieur también.
Cristina se sabe poeta pero no es brillante, se cree Alfonsina pero no lo es. Sería preciso añadir que la altanera inmodestia desmitificó a los pobres chavales que se veían sin madurez, exentos de lecturas apropiadas, sin alma. Sergio lo sabía, menuda mierda de poesía de tres de la tarde, del canuto y del barrio, aquella que finamente realiza sin vergüenza alguna Calamaro. Pero Calamaro es otro estilo, es menos respetuoso porque alcanzó determidados éxtasis poéticos. La locura deshizo su cabeza, la esquizofrenia de Ariel rot, el guapo del grupo, ayudo a sostener esa brillantez y calidad personalísima que hizo de los Rodriguez una gran banda de rock. Con Julian Infante en la memoria.
Pero si existiera Inmaculada, si fuera una verdad no soñada, fuera una verdadera verdad, Calamaro sería morboso para las chiquitas, Tomasin renacería para la dicha, para esa vitalidad de flaco, fuerte y formal. ¿Sabes, Loquillo?. Me gustaría que Inmaculada existiera un ratito, para que la poesía tuviera calidad, para que Monsieur fuera Baudelaire o el espectro de Panero. Para que Samuel e Ionesco fueran un todo total indivisible.
¿ Que a qué viene todo esto?. Pues a que tengo unos amigos desbocados, derrochadores de vitalidad, dañando físicamente su figura para bailar de verdad, deshaciendo sus rodillas para arrastrarlas por el suelo si la hoja de ruta lo requiere, morandose los ojos y chocando contra la pared o el techo, que me hicieron vivir el fin de semana más dichoso de mi vida. Fui engendrado con el destino de bailar de forma vanidosa, para chulearme a mi mismo. Para deciros gracias. Que existiera Inmaculada sería cruel. No se podría tolerar tanta armonía, tanta belleza sin torpeza.
Sin estos fines de semana perfectos; sin el sexo, la birra y el swing, nada de lo posible hubiera alcanzado lo real. Si las camas vacías se llenan, si juntarse es comer hamburguesas con inmaculada impunidad, si se desayuna a la francesa, se merienda como pequeñoburgueses austriacos, si se soluciona una melodía sin una cuerda de la guitarra, si los domingos son soleados, si los Timoteo Garraldas de tercera categoría existen, si olemos a cebolla pero tenemos buena cintura, si existe la postura cuatripatista y el partido de las pijitas fugazes, si la filosofía combina con la luz, si la poesía y la prosa, si Robert Louis Stevenson, si Carl Seelig y si Robert Walser.
Muchas gracias, mis amigos roquerillos de principio de milenio. Muchas gracias Ariel Rot por los altares, por perder el rigor y no saber bajar de las alturas hasta la penúltima estación. Hay quien se ha ido del pelotón y ahora está colgado de la luna y ya no volverá.
Mi sincera pasión, el último fin de semana ardorosa sensibilidad se lo debo a la inteligencia estética de los muchachos del Colectivo. A sus ganas de romper el mundo en pedazos, de romper espejos, de lastimarse las piernas y el alma. Por sus ilimitadas ganas de escupir, de cagar y de follar.
Os odio todo el día, grandiosos hijos de puta!





