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Translation notes
Porque la traducción no es una ciencia exacta...
Acerca de
INÉS
Aprendiz de mediadora cultural
inessilla@gmail.com
Sindicación
 
La vida de una universitaria: Chapter 1
Llegué a Seavillage con muchas, muchísimas ilusiones. No en vano llevaba AÑOS soñando con irme de casa, de mi pueblo... con conocer gente nueva, con cambiar de vida. Estaba completamente segura de que todo sería diferente y mejor aquí. Yo no me fui con pena, ni una poca. Ni creía que fuese a echar de menos mi casa. Recuerdo que mientras yo vivía feliz en una nube, pensando que pronto me iría, a veces mi hermana me decía que mi madre se había puesto a llorar en la cocina. Y eso que mi madre nunca ha sido de las que te dicen que te quieren o te están dando besitos y abracitos. No, de hecho, nunca hace esas cosas. Pero querernos nos quiere un huevo. Y se nota. De todos modos, no me parecía propio de mi madre, aunque supongo que una madre es una madre por muy desapegada que parezca y que nunca es fácil ver partir a tus retoños... Seavillage está bastante lejos de la casa de mis padres (es que después de cuatro años fuera, ya no puedo considerarla mi casa) y desde un principio, iba sólo una vez cada dos meses o algo así. Vamos, que nunca he sido una de esas estudiantes de autobús el viernes y domingo y el taper de mamá en la nevera.
El primer día que pasé aquí fue maravilloso, insuperable. Mis padres (a los que les acojonaba bastante la idea de que compartiese piso con desconocidos) me metieron en una residencia. Yo había negado completamente a que la resi fuera de monjas. Dije que antes que eso prefería quedarme en casa y no estudiar nada. La verdad es que a mis padres tampoco es que las monjas les fascinen, así que buscamos una residencia "normal". Me llevaron mis padres en coche y después de comer y dejar todos mis trastos en la que iba a ser mi habitación, nos despedimos. Una de mis hermanas no estaba, habían venido mis padres y mis hermanos pequeños. Los cuatro se pusieron a llorar. Me dio un poquito de cosa, pero en cuanto se marcharon fui a buscar a una chica a la que había visto planchando su ropa menos de un cuarto de hora antes. Ella llevaba en Seavillage cosa de cuatro días, y estaba aburrida de estar sola. Nos fuimos a dar una vuelta. Vimos una exposición de cuadros. Nos hicimos socias de la biblioteca municipal. Paseamos. Tomamos caipirinhas.
Conforme se acercaba el primer día de clase, iba llegando más gente a la residencia. Había bastantes chicas que iban a estudiar lo mismo que yo. Cosa rara, con lo tímida que siempre he sido, se me ocurrió reunirlas a todas la noche antes para ir todas juntas a la Facultad. Y es que íbamos acojonadillas perdidas. Cogimos un autobús en el que casi me mato de la hostia tan grande que me pegué, y es que en Seavillage los autobuses son muy peligrosos y hay que ir con mucho cuidado (yo aún no lo sabía)... Al principio todo en la Facultad parecía maravilloso, en la residencia también. Me sentía la mujer más feliz del mundo, estaba haciendo muchos amigos y salía todos los jueves, viernes y sábados hasta la hora que me daba la gana (es que mis padres me mandaban estar en casa a la una y media).
Todo era genial, hasta que después de unos dos meses, las chicas de la habitación de al lado (y no es una canción de Fran Perea) empezaron a montarse fiestecillas día sí, día también, hasta las tres de la mañana. Teníamos que levantarnos a las siete... y yo no podía dormir nada. Lo pasé fatal, estaba siempre cansada, casi no iba a clase, no podía estudiar, me empezó a cambiar el humor y llegó un momento en que lloraba por cualquier cosa. Tan mal lo pasé, que un día no aguanté más y cogí un autobús y me fui a casa. A mitad de la semana. Sólo llamé a mis padres para avisarles cuando ya estaba en la estación y había comprado el billete, para que no intentasen convencerme de que me quedara. Cuando llegué estuve muchísimas horas durmiendo. Mis padres me llevaron al médico y al psicólogo. Me dieron pastillas para dormir. Y me quedé una semana entera en casa, para dormir, principalmente. La noche que volví, me enteré de que pese a lo que me había pasado y a que sabían que molestaban un montón, esas tías seguían montando juergas todas las noches. Me puse muy nerviosa y llamé a mis padres. Me eché a llorar... Un drama, vamos. La situación cada vez se me hacía más difícil y al final mis padres me sacaron de allí. Me fui a vivir sola en un apartamento.

P.S.: Me había quejado tropecientas veces a la señora de la residencia, pero no hizo absolutamente nada.
 
Comentario:
Soy muy parecido a ti, un desertor de mi casa.
Aunque la pena es que yo me he ido a un piso de estudiante pero mucho más cerca de mis padres.
Aún así, procuro pasar lo mínimo posible por allí, pero como tengo que trabajar de vez en cuando en un pueblo de al lado del mío...
Vivir en un pueblo, ¡es odioso!
¡No queremos tranquilidad! ¡Somos jóvenes!
 
Comentario:
Pues qué maja la señora dueña de la residencia, ¿no? Pobre. Lo debiste pasar fatal.

Tengo a compañeras en mi clase que les pasa como a tí: han dejado su ciudad, su familia y sus amigos atrás para irse a estudiar a otra zona. Unas lo llevan mejor que otras, pero debe ser duro.

Ánimo y adelante con la carrera!!

Besos
 
Comentario:
¿y que tal te va viviendo sola? yo tambien vivo sola, desde hace un año, ahora lo llevo bien, pero al principio......... no me gustaba la soledad, así que me pasaba la vida por ahí con gente, donde fuese, cualquier cosa por no estar en casa.

Besos
No