Descalza
He andado con mucho cuidadito por el camino que sólo yo contruía, sin tu ayuda. Por el que ambos caminábamos, en la dirección que sólo tú decidías. Me he preocupado en exceso de que tus piececitos no sufrieran, aún cuando el terreno era pantanoso, dolía, pinchaba... y hasta me hice sangre arrancando plantas venenosas y cardos feos para evitar que tus dulces ojos vieran.
Y no me has visto besando sus heridas, mientras se abrían las mías.
Te has perdido todas las lágrimas que te he dedicado. Yo me he perdido en tu vida, sin encontrar la mía. Y la nuestra se murió.
Cuando queda tan poquito tiempo empiezas a verme. Pero ya no sirve, porque yo me he visto también. Y no me ha gustado.
Eran las dos de la mañana. No quería sentarme a su lado para que no me viese llorar. Me levanté de un salto, descalza, y me fui a la terraza a hacer que estaba haciendo algo. El se acercó con una expresión triste pero esperanzadora, como creyedo que hasta en el último segundo se puede recuperar algo que lleva meses desmoronándose. Clavé mis ojos en los suyos tratando de contagiarme de ese atisbo de esperanza. Me abrazó fuerte. Yo me perdí en su pecho pegando mi oreja a su corazón para ver si existían las palabras mágicas que todo lo cambian. Pero la magia ya no habita en nuestra casa, los abrazos ahora son despedidas, y su corazón ya no me habla. Lo único que conseguí sentir era el frío del suelo de la terraza en mis pies descalzos. Deseé con todas mis fuerzas que se diese cuenta. Me separé un poco y cogiéndole de la mano le dije: "tengo frío en los pies". Ambos miramos al suelo. Primero vi mis dedos sobresaliendo del bajillo de los vaqueros. Luego miré sus pies cubiertos y me imaginé que los tendría calentitos dentro de esas zapatillas rosas, que son las mías. Y todo tuvo sentido. Tuve que poner el punto final, porque necesito recuperar mis zapatillas.
Y no me has visto besando sus heridas, mientras se abrían las mías.
Te has perdido todas las lágrimas que te he dedicado. Yo me he perdido en tu vida, sin encontrar la mía. Y la nuestra se murió.
Cuando queda tan poquito tiempo empiezas a verme. Pero ya no sirve, porque yo me he visto también. Y no me ha gustado.
Eran las dos de la mañana. No quería sentarme a su lado para que no me viese llorar. Me levanté de un salto, descalza, y me fui a la terraza a hacer que estaba haciendo algo. El se acercó con una expresión triste pero esperanzadora, como creyedo que hasta en el último segundo se puede recuperar algo que lleva meses desmoronándose. Clavé mis ojos en los suyos tratando de contagiarme de ese atisbo de esperanza. Me abrazó fuerte. Yo me perdí en su pecho pegando mi oreja a su corazón para ver si existían las palabras mágicas que todo lo cambian. Pero la magia ya no habita en nuestra casa, los abrazos ahora son despedidas, y su corazón ya no me habla. Lo único que conseguí sentir era el frío del suelo de la terraza en mis pies descalzos. Deseé con todas mis fuerzas que se diese cuenta. Me separé un poco y cogiéndole de la mano le dije: "tengo frío en los pies". Ambos miramos al suelo. Primero vi mis dedos sobresaliendo del bajillo de los vaqueros. Luego miré sus pies cubiertos y me imaginé que los tendría calentitos dentro de esas zapatillas rosas, que son las mías. Y todo tuvo sentido. Tuve que poner el punto final, porque necesito recuperar mis zapatillas.






