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tras el telon de huma
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Tras el telón de Huma
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POSITIVO

Echo la vista atrás, aprovechando que se acerca el final de este 2006 y me doy un paseo por mis vivencias…
Compartía mi vida con una persona de la que sé bastante poco, nuestra convivencia se teñía de desilusión. Perdida más en sus ambiciones que en las mías, no conseguía ver más allá de la nube de humo con la que nos tapamos durante meses.
Mi grupo de trabajo era un nido de serpientes que envenenaba mi autoestima y condicionaba mi futuro. Y de ahí pasé a no tener trabajo, sólo tiempo para pensar y pensar, y llorar y pensar…
Gritos en casa, portazos de mi pareja que aún se reflejan en desconchadas paredes, discusiones o silencios eternos que sólo daban paso a soledad a su lado.
Pero a veces, tocar fondo es lo mejor. No para ahogarse, sino para impulsarse con el suelo y salir a flote.
Estuve tanto tiempo a la deriva, que me dio tiempo a reunir los ovarios suficientes para coger el timón con más fuerza de lo que lo he hecho nunca.
El 2006 me trajo fuerza, y fui valiente para mandar a tomar por culo todo, y empezar un ciclo maravilloso. Elegí dejar a la persona de la que más enamorada he estado, elegí luchar por mi trabajo, elegí con quien compartir, elegí elegir.
Y hoy por hoy, puedo decir que el cambio de un año a otro ha sido tan radical como satisfactorio. Me encanta poder decir que este año mi balance es positivo...

 
COMO EL TURRÓN
Es muy típico de estas fechas volver a ver a amigos que hacía meses, a veces años, que no veías. Vuelven, como el turrón en Navidad. Y así me ocurrió con Rubén. Sólo hizo falta un mensaje cariñoso, y me lancé como loca a proponerle vernos esa misma tarde.
Y mientras me arreglaba, una avalancha de recuerdos vino a mi cabeza, como un video clip bien editado, como el de la boda de unos amigos…

En la etapa de las eternas borracheras y el desfase por las calles de Madrid, Rubén y yo solíamos volver a casa juntos. Recuerdo su melena rizada, ese plumas apestando a tabaco… y nuestra mítica parada en el NH. Nos colábamos como indigentes en una pequeña barra de bar cerrada que ocultaba el hotel y llenábamos nuestros bolsillos de “kikos de los gordos”, como él decía, para salir de allí con la boca llena como si nada hubiera pasado.
… siempre sin dinero, entrábamos en el bar del barrio para encontrarnos con alguna cara conocida que nos invitase a la última que nunca nos sentaba bien, pero que había que tomarla, por compartir ese mal estar en la conversación del día siguiente.
… recuerdo las insistentes llamadas telefónicas de su abuela durante toda la noche. A él y a todo el grupo, para que Rubén volviese a casa de una vez. Esa mujer de vitalidad inusual, que tenía atemorizado a todo el barrio por su mal carácter. Y Rubén hacía oídos sordos, porque no podíamos volver hasta que “cantasen los pajaritos”, como solíamos decir.
... nadie se entendía como nosotros, compartiendo el último cigarro en una parada de autobús, sin ganas de volver a casa y tener que plegar las alas hasta la noche siguiente.
… Y recuerdo entrar en el local de ensayo contemplado su cara de resaca, nuestra risa floja, las broncas del batería porque Rubén no podía ni con la guitarra y a mí se me olvidaban las letras de las canciones
… y las conversaciones en espiral sobre la amistad, y discutir horas sobre música….



Al verle me di cuenta de que el tiempo hace mella en todo, y Rubén no tiene ya el pelo largo, a penas sale, fuma menos que yo y su abuela está demasiado mayor ya para tener ese mal carácter.
Acabamos tomando copas en un bar tranquilo y añorando los años 90, que no volverán como el turrón. A la una de la mañana nos ganaron los bostezos, porque ya no somos “rockeros”, como Rubén solía decir. Y nostálgicos perdidos nos despedimos como si mañana fuésemos a vernos en el ensayo de aquel grupo de colegas que el tiempo deshizo sin preguntar.
 
A TODO CERDO LE LLEGA SU SAN MARTÍN