Fanfarria y créditos
Nací con el don de la risa, pero de pequeño era un llorón insufrible. Desesperaba a mi madre sin piedad, hasta que ella descubrió la fórmula mágica: una de aquellas pantallas a las que se les daba cuerda y automáticamente se ponían a desfilar animalitos y figuras al son de una música. Y se acabaron los llantos.
Perdí mi primer diente en un cine, pero entonces no lloré, porque era imposible llorar viendo Mary Poppins. Entonces el cine sólo era motivo de diversión, de taconeos de Fred Astaire, de bocinazos de Harpo o cabalgadas del Séptimo de Caballería.
No muchos años más tarde, cuando mi casa sufría overbooking una nochevieja y me tocó dormir en el sofá, aproveché la soledad de la noche para poner la tele. Había un programa doble: Siete novias para siete hermanos y 2001, una odisea del espacio. En el paso de una película a otra, me hice mayor. Fue un proceso imperceptible desde el colorismo y las canciones hasta la fascinación y el misterio de lo que no podía entender. Recuerdo que pensé que cuando fuera definitivamente adulto por fin entendería 2001...
Luego llegó la pubertad y con ella vinieron Marilyn, Ava Gardner, Angie Dickinson, Ann Margret y otras muchas, sobre las que siempre planearon con superioridad Julie Christie y Claudia Cardinale. Cuestión de gustos.
Y cuando no andaba haciendo el botellón en plena fase de exaltación de la amistad, descubrí que los amigos son esas personas a las que la vida lleva y trae constantemente, y a veces, por pura puñetería del destino, nos encontramos en la tesitura de encontrarnos enfrente de quienes siempre hemos considerado a nuestro lado, y uno no sabe si es Pat Garrett o Billy el Niño, y al final la amistad verdadera es la que sobrevive a los tiros que se cruzan.
Ahora, que ya soy adulto, sigo disfrutando con las mismas cosas que cuando era un niño. Sigo enamorado de Julie Christie y de Claudia Cardinale. Y, desde luego, no he logrado entender 2001. Pero tengo claro que, cuando estoy frente a una pantalla, me enfrento a algo más que a esa industria de fogonazos, golpes de tambor y palomitas que ahora pretenden vendernos.
El cine (como los libros) , a fin de cuentas, es más que un arte. Es el curso de apoyo de la educación sentimental.
Hablemos de ello...
Perdí mi primer diente en un cine, pero entonces no lloré, porque era imposible llorar viendo Mary Poppins. Entonces el cine sólo era motivo de diversión, de taconeos de Fred Astaire, de bocinazos de Harpo o cabalgadas del Séptimo de Caballería.
No muchos años más tarde, cuando mi casa sufría overbooking una nochevieja y me tocó dormir en el sofá, aproveché la soledad de la noche para poner la tele. Había un programa doble: Siete novias para siete hermanos y 2001, una odisea del espacio. En el paso de una película a otra, me hice mayor. Fue un proceso imperceptible desde el colorismo y las canciones hasta la fascinación y el misterio de lo que no podía entender. Recuerdo que pensé que cuando fuera definitivamente adulto por fin entendería 2001...
Luego llegó la pubertad y con ella vinieron Marilyn, Ava Gardner, Angie Dickinson, Ann Margret y otras muchas, sobre las que siempre planearon con superioridad Julie Christie y Claudia Cardinale. Cuestión de gustos.
Y cuando no andaba haciendo el botellón en plena fase de exaltación de la amistad, descubrí que los amigos son esas personas a las que la vida lleva y trae constantemente, y a veces, por pura puñetería del destino, nos encontramos en la tesitura de encontrarnos enfrente de quienes siempre hemos considerado a nuestro lado, y uno no sabe si es Pat Garrett o Billy el Niño, y al final la amistad verdadera es la que sobrevive a los tiros que se cruzan.
Ahora, que ya soy adulto, sigo disfrutando con las mismas cosas que cuando era un niño. Sigo enamorado de Julie Christie y de Claudia Cardinale. Y, desde luego, no he logrado entender 2001. Pero tengo claro que, cuando estoy frente a una pantalla, me enfrento a algo más que a esa industria de fogonazos, golpes de tambor y palomitas que ahora pretenden vendernos.
El cine (como los libros) , a fin de cuentas, es más que un arte. Es el curso de apoyo de la educación sentimental.
Hablemos de ello...





