El genio de la lámpara
La lámpara soltó un chispazo. Parpadeó. Rápidamente quité el enchufe pero seguía parpadeando. No lo entendía. Tardó más de medio minuto en apagarse por completo aun que vaciló antes de fundirse.
La bombilla empezó a cambiar de color, empezó a ponerse violeta desafiando todas las leyes de la física. La saqué de su casquete con mucha facilidad ya que, inexplicablemente, no estaba caliente. Me la acerque a los ojos para identificar el turbio color que la inundaba. De repente aumentó de temperatura y una pequeña corriente eléctrica se me coló entre los dedos. Se me cayó al suelo y se rompió.
El color violeta que apareció en la bombilla era una especie de humo que luchaba por salir de su prisión. Al poco tiempo, el humo se desperdigaba por la habitación y ya me dificultaba la visión. No distinguía la pared del suelo, todo era igual, violeta.
Un sonido se unió a la desconcertante situación. Un sonido que vibraba, que crecía, un sonido violeta.
El sonido y la atmósfera se habían convertido en lo único que podía ver y escuchar. Ni yo mismo era visible a mis ojos. Mis manos, a pocos centímetros de mi cara, no existían. Mis pies ya dejaron de existir hace rato. Y solté un grito para comprobar que no me había extinguido. Mi voz también estaba anulada por el sonido vibrante y violeta. Convencido de mi no existencia me sentí muy sólo, ni siquiera tenía la compañía de mi voz, de mis pasos, de mis manos…
Un duro golpe me convenció de que no había desaparecido, me caí hacia atrás y me clavé una percha de metal. La herida era grande pero por lo menos no había desaparecido. Nunca me había alegrado de hacerme un daño tan agudo como aquella vez. Palpando el suelo y a gatas me acerque a una ventana que abrí con la mayor rapidez que pude. El sonido y la atmósfera violeta seguían prevaleciendo sobre todo lo demás.
La bombilla empezó a cambiar de color, empezó a ponerse violeta desafiando todas las leyes de la física. La saqué de su casquete con mucha facilidad ya que, inexplicablemente, no estaba caliente. Me la acerque a los ojos para identificar el turbio color que la inundaba. De repente aumentó de temperatura y una pequeña corriente eléctrica se me coló entre los dedos. Se me cayó al suelo y se rompió.
El color violeta que apareció en la bombilla era una especie de humo que luchaba por salir de su prisión. Al poco tiempo, el humo se desperdigaba por la habitación y ya me dificultaba la visión. No distinguía la pared del suelo, todo era igual, violeta.
Un sonido se unió a la desconcertante situación. Un sonido que vibraba, que crecía, un sonido violeta.
El sonido y la atmósfera se habían convertido en lo único que podía ver y escuchar. Ni yo mismo era visible a mis ojos. Mis manos, a pocos centímetros de mi cara, no existían. Mis pies ya dejaron de existir hace rato. Y solté un grito para comprobar que no me había extinguido. Mi voz también estaba anulada por el sonido vibrante y violeta. Convencido de mi no existencia me sentí muy sólo, ni siquiera tenía la compañía de mi voz, de mis pasos, de mis manos…
Un duro golpe me convenció de que no había desaparecido, me caí hacia atrás y me clavé una percha de metal. La herida era grande pero por lo menos no había desaparecido. Nunca me había alegrado de hacerme un daño tan agudo como aquella vez. Palpando el suelo y a gatas me acerque a una ventana que abrí con la mayor rapidez que pude. El sonido y la atmósfera violeta seguían prevaleciendo sobre todo lo demás.
Cambio de espacio
Pretending
Todos tenemos un pasado. Ella tenía varios intuidos y ninguno nítido. Mi pasado era aburrido: una granja, 6 hermanos, un tractor...
Con los 60 dólares que conseguí tras vender el viejo Chevrolet de Padre, me compre un traje azul, una camisa y una corbata de las que se ven en el cine, bueno, de las que se verían de no ser por el blanco y negro.
El local era oscuro, ella cantó una canción que me recordaba a Georgia. De hecho la cantaba mi madre antes de morir.
El humo no me dejaba ver con claridad sus labios. Eran rojos, grandes, imposibles de escrutar.
Me cambié de mesa. Me senté al lado de la chica morena que me miraba desde que entré. Nunca me costó acercarme a las mujeres. La morena estaba nerviosa a mi lado pero yo sólo tenía ojos para los labios de la rubia que cantaba como un ángel.
Al terminar el clarinete la besó la mano y yo me levante de un salto aplaudiendo como nunca. La morena se me quedó mirando y se levantó con desgana para aplaudir conmigo.
-Es buena.- dijo
-Es un milagro.-contesté.
La rubia sacó una pitillera de su bolso y vino a mi lado sin quitarme la vista de encima.
Un cigarro tuvo el privilegio de levitar desde la caja de metal hasta encontrarse en un beso con sus dos carnosas fresas. Pintadas de rojo por el mismísimo Miguel Ángel.
-¿Tienes fuego encanto?
Las palabras salían de su boca tristes de dejarla.
-Creo que soy el único del local al que no le quema el fuego en los bolsillos.-conteste con desdén.
Un mechero apareció encendido por la derecha entre ella y yo. Era la morena que no sabía que estaba logrando iluminar la obra de arte más bella de todo Cansas City.
-¿Has venido con tu niñera?- preguntaron las alas de la Victoria de Samotracia.
-Viajo solo pero casi nunca me quemo.-dije.
-Todo es cuestión de tener un extintor cerca.-añadió.
-Supongo que ese vestido rojo sólo será un disfraz.
-Nunca extingo mi propio fuego, eso se lo dejo a las demás.-inquirió con malicia.
Apretó los labios y esculpió un anillo de humo que viajó hacia arriba paralelo al techo hasta que colisionó con éste dejando que desapareciera como las ondas en el agua.
Volvió al escenario. Despacio. Propagando llamaradas a su camino.
Cantó algo que no recuerdo. Sólo recuerdo la forma que adoptaban sus labios cuando pronunciaba la palabra “Love”.

Con los 60 dólares que conseguí tras vender el viejo Chevrolet de Padre, me compre un traje azul, una camisa y una corbata de las que se ven en el cine, bueno, de las que se verían de no ser por el blanco y negro.
El local era oscuro, ella cantó una canción que me recordaba a Georgia. De hecho la cantaba mi madre antes de morir.
El humo no me dejaba ver con claridad sus labios. Eran rojos, grandes, imposibles de escrutar.
Me cambié de mesa. Me senté al lado de la chica morena que me miraba desde que entré. Nunca me costó acercarme a las mujeres. La morena estaba nerviosa a mi lado pero yo sólo tenía ojos para los labios de la rubia que cantaba como un ángel.
Al terminar el clarinete la besó la mano y yo me levante de un salto aplaudiendo como nunca. La morena se me quedó mirando y se levantó con desgana para aplaudir conmigo.
-Es buena.- dijo
-Es un milagro.-contesté.
La rubia sacó una pitillera de su bolso y vino a mi lado sin quitarme la vista de encima.
Un cigarro tuvo el privilegio de levitar desde la caja de metal hasta encontrarse en un beso con sus dos carnosas fresas. Pintadas de rojo por el mismísimo Miguel Ángel.
-¿Tienes fuego encanto?
Las palabras salían de su boca tristes de dejarla.
-Creo que soy el único del local al que no le quema el fuego en los bolsillos.-conteste con desdén.
Un mechero apareció encendido por la derecha entre ella y yo. Era la morena que no sabía que estaba logrando iluminar la obra de arte más bella de todo Cansas City.
-¿Has venido con tu niñera?- preguntaron las alas de la Victoria de Samotracia.
-Viajo solo pero casi nunca me quemo.-dije.
-Todo es cuestión de tener un extintor cerca.-añadió.
-Supongo que ese vestido rojo sólo será un disfraz.
-Nunca extingo mi propio fuego, eso se lo dejo a las demás.-inquirió con malicia.
Apretó los labios y esculpió un anillo de humo que viajó hacia arriba paralelo al techo hasta que colisionó con éste dejando que desapareciera como las ondas en el agua.
Volvió al escenario. Despacio. Propagando llamaradas a su camino.
Cantó algo que no recuerdo. Sólo recuerdo la forma que adoptaban sus labios cuando pronunciaba la palabra “Love”.

Fotolog por un día

Navegando por los fotologs.
Vania wapa!!
conoceme por fotolog.
como la prensa del corazón.
Audio: Los gritos de mi madre diciendo "baja a comer coño! ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?"
El papel de su vida

Francesca era optimista. Ese sería el papel de su vida. No importara que buscaran a una rubia de ojos azules con acento inglés, sabía que era para ella.
Se presentó al casting con una peluca rubia platino que había comprado en una feria ambulante de Sorrento, unas gafas alargadas y un pañuelo de su abuela (creemos que no es indispensable decir que a parte de estos accesorios estaba vestida).
Era una película de época. Época incierta.
Al llegar al lugar, Francesca estaba algo nerviosa. Le dieron un papel para que memorizara unas frases. En eso consistiría la prueba.
La señora que le dio el papel le resultaba realmente familiar a Francesca.
Pensó:
-Puede que esta señora viviera en el pueblo de mis padres. No sé. De joven debió ser muy guapa... ¡Qué rabia me da no acordarme! Puede que le viera en Milán cuando trabajaba con Roger y los demás... No... Quizás solamente era una cara común más, Las señoras mayores italianas tienen muchas un look parecido... Entre antiguo y antiquísimo con un panuelo cantoso al cuello.
Las otras chicas si eran rubias pero parecían una copia barata de Sandra Dee. Repetían para si mismas las pocas palabras que les había entregado la ex-guapa italiana:
- “io sonno una ragazza bionda...”
Las demás chicas no tendrían que hacer muchos esfuerzos en la interpretación.
Francesca se encogió de hombros y abrió el bolso, sacó el pintalabios y se perfiló el labio inferior. Nunca necesitó un espejo para pintarse.
De repente, la puerta de la habitación donde se hacía el casting se abrió de golpe a la vez que se escuchaba un italo-sollozo de una joven. Salió una rubia llorando a lagrima viva a la vez que se iba abrochando el sujetador. Francesca creyó entender entre los mocos de la muchacha algo de “Trattoría Gibella sempre aperta”... en realidad era la hija de los dueños de la trattoría Gibella cagandose en todo ya que había descubierto que se pasaría los días de su vida rayando queso parmesano.
Las Sandras Dees se miraron y una de ellas, ni corta ni perezosa, se sacó el sujetador de la camisa con una maestría inconcebible. Hay gente muy profesional.
La italiana mayor se desprendió de una carcajada seca que fue la precursora a un concierto de tos y risa. Sólo cesó cuando dio la primera calada a un cigarro “Vogue”. Francesca sonrió y volvió a su papel.
Le tocó el turno pero ella seguía pensando en quién podría ser la señora mayor.
En la habitación había un grupo de cinco personas. El director de la película tenía una lata de cerveza en la mano. Le sorprendió a Francesca ya que eran las once de la mañana. La sorpresa desapareció cuando se dio cuenta de que la lata era para echar la ceniza del porro que compartía con el gordo rubio de jersey rosa y gafas granate.
Francesca desde pequeña había aprendido a leer los labios de la gente. Se sentaba en el parque y practicaba leyéndoselos a los enamorados que se decían las tonterías más gordas que había “leido” en su vida. El gordo rubio le dijo a la jefa de producción octogenaria:
-Bella...
Estaba acostumbrada a que se lo dijeran pero el escucharlo de Giacomo Farfalla fue una caricia a su, incomprensiblemente, frágil autoestima.
Le ordenaron que dijera sus frases a cámara y tras decir: “alora...” el director la interrumpió.
Se levantó de su asiento y le devolvió el porro a Giacomo. Se acercó hacia ella con el ceño fruncido. Muy despacio. Francesca no comprendía que había hecho mal y se ajustó el jersey nerviosa. El director se acomodó las patillas y se guardó sus gafas de pera en el bolsillo (roto) de la chaqueta.
La jefa de producción soltó un ronquido. El cámara una risita. Giacomo un suspiro y Francesca un doble pestañeo.
El director la arrebató de un zarpazo la peluca y se vió por primera vez su pelo negro. Entonces el director le dio el pie de la frase: “alora...”
Francesca soltó su frase a los ojos del director y sin dejarla terminar este le besó en los labios. Francesca le soltó una torta en la patilla izquerda que sonó como un tiro con silenciador.
Francesca se cagó en todos los directores pervertidos que se empeñan en protagonizar sus películas aún careciendo de talento y tiró el papel al suelo.
El director recogió el papel y cambió una cosa con un boli. Le obligo a leerlo otra vez. Francesca leyó:
-“io sonno una ragazza castana”
Francesca no se equivocaba.
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El accidente
A(T)(P)ESTADO

La escena del crimen era algo extraña: el cadáver estaba sentado en un sofá y sostenía un revolver de goma en la mano derecha pero el impacto de bala se encontraba en la sien izquierda. Si se hubiera suicidado el impacto tendría que estar en la sien derecha. El asesino sin duda era disléxico.
Se corrió la Voz. Había dos sospechosos. Uno de los dos era el asesino. Pero estaban muertos.
-Estamos muertos- decían.
Yo no sabía que pensar. Y es que lo de pensar no se puede provocar, hay que pensar antes en lo que se va a pensar. Cuando tengo que pensar, siempre acabo pensando en lo mismo. Qué le voy a hacer...
-Me da en la nariz que el muerto es inocente- dijo Medone.
-lo único que me da en la nariz es que el muerto se esta pudriendo- contesté.
-descompongamos lo hechos- añadió.
-mejor tomémonos un café y que el muerto se vaya descomponiendo solo-contesté a Medone.
Cuando volvimos de la cafetería, Keiro el muerto, lejos de descomponerse, había ganado algo de peso.
- para ser un joven de 35 años la muerte le ha echado 20 años encima- observé.
-es curioso el cuerpo humano. El impacto de bala ha cicatrizado. Ahora será imposible examinarla. Esto nos pasa por no actuar rápidamente.
-nuestro trabajo no es actuar rápido Medone. Si el cuerpo hubiera actuado rápido, habrían llegado antes de que se produjera el asesinato. Somos forenses, tenemos todo el tiempo del mundo- expuse al inexperto Medone.
-yo a las 9 he quedado con una chica- dijo.
-pues dile que se venga y que traiga comida china, tenemos que terminar la partida de mus. Si viene ella somos cuatro.
-Keiro no cuenta- inquirió Medone.
-es demasiado tarde para un cursillo de alfabetización para Keiro. Está muerto.
-pues yo escribo mucho mejor si dejo la mano muerta jefe. Sale el subconsciente.
-ofrézcale su pluma a Keiro y comprobemos eso- dije.
-prefiero no hacerlo jefe. Nunca acepto un no por respuesta- protesto Medone.
-como mucho permanecerá en silencio-aclaré.
-ya, pero es que el que calla otorga-dijo no sin razón Medone.
-¿Es usted gilipollas?
-¿Cómo se atreve jefe?- dijo Medone.
No le preguntaba a usted Medone, le preguntaba al muerto. Estaba comprobando lo de “el que calla otorga”. Ya sé que usted es gilipollas.
-Pues permanece en silencio-constató Medone.
-Creo que antes de esto estaba menos callado que ahora.
-No. Es que antes le daban más conversación-dijo Medone.
Keiro soltó un resoplo.
-El muerto ha soltado un resoplo-exclamó Medone.
-Eso ya lo he dicho yo dos líneas más arriba- increpé a Medone.
-pero no es lo mismo. Era parte de la narración y yo sólo salgo en los diálogos- protestó.
-No es lo mismo pero es casi igual- contesté molestado.
-A mi también me gustaría narrar un rato jefe.
-Bueno, esta bien. Pero sólo mientras voy al servicio- aclaré.
El Jefe Descos se fue al servicio. Seguía andando con los pies abiertos, como un pato.
-Cuidadito con lo que narras que te estoy oyendo- dijo Descos desde el pasillo.
Cogí un cigarro y lo encendí con unas cerillas que tenía Keiro en el delantal. No recordaba que llevara delantal. Pero ¿quién soy yo para juzgar a un muerto? La ventana dejaba ver una noche fria y lluviosa. El sonido de la lluvia en el cristal me recordaba a cuando las palomitas ya llevan más de minuto y medio en el microondas.
Keiro seguía muerto pero tenía mejor color. De hecho tenía mejor color que yo. En seguida comprendí que le apretaba demasiado el collar de perlas que llevaba en el cuello, lo solté y adquirió un color mucho más acorde con la estética del relato.
Descos volvió del servicio colocándose el calzoncillo a través del pantalón.
-Hijo puta, eso no lo digas- dijo Descos.
-Yo es que narro objetivamente- contesté.
-Ese “contesté” sobra, ahora narro yo otra vez- aclaré a Medone.
-Usted manda jefe.
-A ver... ¿Qué cojones has dicho mientras estaba en el servicio?- pregunté autoritariamente.
-pues he estado haciendo una descripción y tal- dijo Medone.
-A ver... desde que me fui al servicio...tal un cigarro... cerillas... ventana... ¿Noche fría y lluviosa?.. Pero si hace un sol bestial- dije a Medone.
-Ya joe, pero queda mejor lo de la lluvia- Se defendió.
-Con que narrador objetivo... tócate los cojones con Medone... “el sonido de la lluvia en el cristal”... menudo merluzo estas hecho... eso de la lluvia en el cristal es un topicazo y todo el mundo lo pone...- Protesté.
-Pues a mi me ha parecido un detalle muy atmosférico- aclaró Medone.
-Bueno mira, a lo que estamos. ¿Has interrogado al sospechoso?
-¿A Keiro?- preguntó Medone.
-Claro.
-Eso es absurdo jefe, está muerto y ya lo hemos intentado.
-Pero ¿cómo estar seguros de que es realmente Keiro?- Pregunté.
-Podemos hacer una ouija- dijo Medone.
-No. Mejor busque Keiro en la guía, llame al teléfono que salga con su movil y espere a que Keiro conteste.
-Nunca se deja de aprender con usted- dijo Medone.
-¡Yo no he dicho eso!- dijo en realidad el inoportuno Medone.
-Con lo bien que quedaba esa frase: el forense veterano ilustrando al forense inexperto- dije enfadado.
La puerta de la entrada se abrió. Un hombre mayor de unos 75 años no podía salir de su sorpresa al vernos a Medone y a mi en la estancia.
-¿Quiénes son ustedes?- dijo el hombre.
-Somos forenses y estamos interrogando al cadáver de Keiro- dije arqueando la ceja izquierda.
-Ese no es Keiro. A Keiro se lo llevaron hace ya rato del piso de arriba. Esa es mi mujer Ernesta. Déjenla descansar que tiene el sueño muy ligero.
-¿Está usted cuestionando mi método de trabajo?- pregunté mientras me cogía el tirante derecho.
-Jefe, creo que debemos irnos, este señor tiene razón: su método de trabajo es una mierda- dijo Medone.
-¿Evaristo?- rugió Keiro, digo la vieja, perdón.
-Si cariño- bramó el viejo.
-No se por qué pero me gustaría jugar una partida de mus- dijo la vieja.
-¡Perfecto! Somos cuatro. Si está totalmente segura de que no está muerta y de que no es keiro podemos echar una partida sin miedo a que se descomponga- aclaré.
-¡Estupendo!- dijo la vieja.
-Es todo muy curioso Medone. Lo que realmente me despistó fue el olor de la mujer, me recordaba tanto a el de Keiro. Era muy parecido... quizás más intenso.
Izca trabaja

El señor Izca llegó a la calle de Aguirre. Todavía le dolía la cartera después de haber pagado al taxista. Su cartera acababa de deshacerse de un resfriado y ahora tenía un esguince del quince.
Su billete de dos mil pesetas estaba cumpliendo condena en un cajero de una bombonería de la calle Serrano y el de cinco mil se había escapado con un par de perras.
Le desagradaba de sobremanera lo sucia que era su corbata. Nunca encontraba el momento de darse un baño pero en realidad no era su culpa: intentó convencer al billete de cinco mil de ir de vacaciones a una tintorería en Alcorcón, pero al escaparse con las perras rubias el romántico plan se fue al traste.
El caso es que Manuel Izca entro en el número 13 de la calle en cuestión.
El portero de poblada barba en realidad era una señora de 30 años. Y el ascensor era en realidad un hombre con barba. Decidió subir andando.
Fue pasando la mano por la barandilla en el recorrido al segundo piso. Al llegar levantó la mano de la barandilla y saboreó el polvo acumulado con su lengua. A Manuel Izca le parecía asqueroso pero su lengua era muy aficionada al polvo y si quería hacer un gran “speech”, necesitaba este incentivo.
El 2º A tenía un cartel rosa en la puerta. Rezaba: “antes de llamar comprueben que hay alguien dentro. Si llaman y no hay nadie, resultaría absurdo ¿no?” Manuel estaba de acuerdo. No tendría sentido llamar si no había nadie así que decidió esperar a oír algún ruido dentro de la casa para llamar.
Tres horas fueron necesarias para oír un ruido, pero venía de la casa contigua. Después de masturbarse un par de veces decidió disparar la cerradura para abrir la puerta. Se abrió. Y del pasillo se empezaron a escuchar unos pasos. Su experiencia como detective le decía que eran los pasos de un hombre grande, con dos pendientes de oro y con acné en la palma de las manos. Resultó ser una anciana con el pelo encrespado que arrastraba un perro disecado que se deslizaba por el parquet gracias a unas rueditas instaladas en las patas.
Al ver el perro, Manuel Izca disparó su pistola repetidas veces hacia él. Le quedaban dos balas y decidió dispararlas a la rodilla derecha de la anciana. Fue un acto reflejo.
-Siento haber destrozado la cerradura pero al ver el cartel, me ha parecido lo más sensato- dijo el señor Izca.
-Ese cartel tiene muchas lecturas- contestó la anciana.
-Soy detective privado de profesión. Lo malo es que no soy un gran interrogador. ¿Tiene algo que declarar?
-Por supuesto- replicó la anciana.
-Muy bien, eso es todo- dijo el señor Izca mientras cogía uno de los caramelos de azúcar que guardaba la señora en un cajón.
Izca se fue de la estancia. La portera que era en realidad un hombre barbudo seguía allí leyendo los ingredientes de un sobre de sopa en polvo con una simple variante: el sobre estaba abierto y de tanto en tanto introducía una cucharilla en su interior y tragaba con dificultad parte de su contenido. El ascensor había encontrado una nueva función: obligaba a varios sobres amarillos a que se precipitaran a una papelera de metal donde había propagado un fuego que todavía no había alcanzado los 12 grados. Hacer fuego nunca fue su fuerte.
Manuel Izca se sintió mal y compró un caramelo igual que el que había cogido de la casa de la anciana. Al llegar al portal pidió un sobre al ascensor y metió el dulce en el buzón de la anciana. Él no era un ladrón.
Se fue a una cafetería un compró tabaco. Compró una cajetilla de Camel y una de Marlboro. Manuel Izca nunca fumaba dos cigarrillos seguidos de la misma marca, de hecho, no fumaba en absoluto.
Encendió un cigarro por el filtro y absorbió el humo de plástico quemado. Se había acostumbrado a ese sabor. Cuando descubrió que se fumaban por el otro lado ya era adicto a los filtros.
-¡Viva la vida del funcionario!- gritaba un indigente.
Era Fargue Molterián, el abogado que le proporcionaba los casos al señor Izca. Molterián le pagó a Izca 3 mil pesetas por las dos cajetillas de tabaco del día anterior. A el le gustaban los cigarros sin filtro.
-La señora La Rogge no sabe nada de Comoredo Gutierrez- dijo Izca mientras rompía un billete de mil pesetas.
-La Rogge es muy astuta y sabe distinguir lo personal de “personalmente”- contestó Molterián.
-Bien- aclaró Izca mientras guardaba uno de los trozos del billete en el bolsillo de la chaqueta sin mangas de Molterián.
Izca se fue corriendo calle abajo. Cogío el palo de un ciego que descansaba sobre una mesa de madera y lo lanzó sobre el techo de la casa de enfrente.
Se sentó al lado del ciego y le preguntó si quería ser su amigo.
Resultó ser una mujer muda de 23 años. No era ciega ya que miró su reloj y tras poner cara de sorpresa se fue calle arriba.
Descubrió algo incomparable: Las cáscaras de cítrico azulenígino le daban ardor de estómago.
Macroeconomía
Lon-ching eligió Alberto como nombre. Todos los demás que le gustaban estaban ocupados. Y no era más que una estrategia de márketing para acercarse al comprador. Lon no dejó a su mujer e hijos en Hong-kong como casi todos los demás, porque no tenía. De echo, él viajó a España por una mujer: Liao. La verdad es que era fea. Muy fea. Pero preparaba el mejor pato laqueado de toda China. A él le gustaban el pato y ella. Lástima que, como él, no tuviera otro cometido que vender cerveza a los alocados jóvenes españoles. Lon, tenemos que decir, tampoco era un bellezón.

Liao si tenía hijos. Se dedicaban a confeccionar muñecos de Harry Potter en su país. Todos los meses Liao recibía uno de estos muñecos, lo abría y desprendía el Los-tag de su interior. Guardaba el Los-tag en un bote listo para ser usado.
Lon-ching (o Alberto) salió con su carro a la calle. Con el frío que hacía, tuvieron que cambiar el eslogan de su producto. Si antes era “cerveza, cerveza muy fría”, ahora era únicamente “cerveza, cerveza”. A Lon-ching le hacía gracia lo perspicaces que se creían los jóvenes españoles al conseguir comprar tres botes de cerveza por sólo dos euros. Seguía habiendo un 120% de beneficio... no me preguntéis cómo.
Lon, después de vender la mitad de su mercancía, caminaba con los ojos bien abiertos en busca de Liao. La encontró corriendo calle abajo con el carro a cuestas. La policía andaba cerca. La siguió. La siguió tan torpemente que tiró todo el cajón en el que descansaban los bocadillos, chocolatinas y tarteras que vendía Yiu-song (Carlos era su nombre de guerra). Yiu empezó a gritarle ya que dos de las tarteras de arroz tres delicias que vendía, se habían abierto sobre el suelo. Mientras, Lon perdía la figura de Liao en la lejanía.

-¡Es la segunda vez esta semana que me tiras una tarrina! Dijo Yiu. Venga Lon, ayúdame a recoger esto, mete el arroz otra vez en su tarrina, llévaselo a Hian y dile que lo caliente un poco. Después de haber estado en el suelo, y con el frío que hace, no va a querer comprarlo nadie. ¿A quién le gusta la comida fria?
Lon lo hizo sin rechistar pero malhumorado tras haber perdido la pista de Liao.
Bajando por la calle creyó ver algo en el suelo. Era un muñeco de trapo. ¡Un Harry potter! Muy parecido a los que confeccionaban los hijos de Liao.

Para cerciorarse miró la etiqueta. No había duda, rezaba un clarísimo “made in China”. Liao debía estar cerca. Antes de llegar al apartamento de Hian, donde debía calentar el arroz, unos chavales españoles se acercaron a Lon. Vestían de una manera que Lon calificaba de graciosa. parecían japoneses. Ya habían sido compradores anteriormente. Le querían comprar las dos tarrinas de arroz por tres euros.
-Alberto, te doy tres euros y me das dos de arroz. ¿Vale?
Lon accedió y ambos, Lon y los chavales, se fueron con rapidez, contentos con el trueque.
Liao seguía desaparecida. Y la ventana de su cuarto tenía la luz apagada. No estaba en casa. Siempre que Liao está en casa, se encuentra sentada junto a la ventana con la luz encendida y tejiendo. No podría estar cocinando ya que esto le estaba ¡TERMINANTEMENTE PROHIBIDO! Sólo podía tejer. Tejiendo no podía llamar demasiado la atención ya que lo hacía sin gracia especial. Pero era una gran cocinera y si cocinaba podría llamar demasiado la atención. Eso también estaba ¡TERMINANTEMENTE PROHIBIDO!

Liao estaba en la calle. En una esquina vendía una lata de cerveza.
Liao vio en la plaza a Lon y sonrió con una sonrisa muy fea pero que, inexplicablemente, le agradó de sobremanera.
Tras sonreír se fue calle arriba. La actitud de Liao le recordaba mucho a una canción española de la que se hizo una remezcla hacía dos años en china. La de: “cuándo crees que me ves cruzo la pared. Hago ¡chas! Y aparezco a tu lado.. Quieres ir tras de mi, pobrecito de ti. No me puedes atrapar”.
Lon la siguió. Creyó que Liao habría ido a otra plaza pero las mujeres chinas eran sigilosas y Liao lo era más que la media. También se decía que las mujeres chinas eran recatadas y que se peinaban el poco y liso bello púbico que tenían con la raya a un lado. O al menos eso había oído Lon. Pero eso es otro tema...

Lon llegó a la plaza. Había muchos jóvenes españoles y Liao vendía sus últimas cervezas. Cuando ésta guardó el dinero, levantó la vista y vio a Lon.
-voy a mostrarte una cosa. Dijo Liao.
-¿El qué? Contestó Lon.
-un lugar donde la culebra del monte se resguarda cuando cae la noche.
Esta frase puso a Lon especialmente nervioso. Él solía leer un comic que tenía ese título. Lo único bueno que habían echo los japoneses, según Lon.
Liao se llevó a Lon a unos soportales. Abrió el carro de Lon, cogió una lata de cerveza, la abrió, y bebió un buen trago de su contenido. Le obligo a beber un trago a él, y le besó fuertemente en la boca mientras le tocaba el culo a través de los vaqueros. Liao besaba a Lon con pasión y él empezaba a desinhibirse bastante.
Mientras Lon ya había metido la mano en el sujetador de Liao, ésta vio el muñeco de Harry Potter en el bolsillo del anorac de Lon.
-¡creía que lo había perdido! ¡lo has encontrado! Dijo Liao mientras sacaba el muñeco.
Liao le acababa de cortar el rollo a Lon y el pobre, se tomó la interrupción como un: “echa el freno, moreno” (refrán chino).
Lon intentaba reanudar el acercamiento sexual mientras que Liao no le hacía mucho caso ya que intentaba abrir el muñeco por el belcro de la espalda.
Lon no entendía nada. Primero el beso pasional y ahora nada. Lon permanecía erecto e inmóvil.
Liao consiguió abrir el muñeco y extrajo una especie de algodón que Lon no había visto antes (el Los-tag). Le metió a toda prisa un poco de el algodón a Lon en la boca y cogió otro poco para ella. Lon masticó y tragó. Sabía a comida china en general. Empezó a sentir un ardor en el estómago y agarró a Liao por la cintura. El juego sexual recomenzaba.
El cinturón de Liao estaba bien abrochado. Se lo quitó ella. Las bragas eran las que vendía Cao-xin en la tienda... Raya en medio. ¡Casi!
Los jóvenes se paraban perplejos ya que Liao y Lon estaban a la vista, en unos soportales. No todos los días se ve una pareja de chinos liándose a lo bestia en la calle. Pero a lo bestia.
Un chico con más piercings que neuronas, se acercó y empezó a coger las cervezas que Lon estaba claramente descuidando.
Una chica hizo una foto con el movil mientras decía:
-Es que tanto trabajar... es normal.
Con el polvo a medias se fueron a la habitación de Liao y de 13 chicas más a toda prisa. A partir de entonces aunque la ventana de Liao no tuviera luz y no se viera su figura tejiendo, no se podía saber con certeza si estaba o no en casa.
------------------------------------------------------------------------------------------------
Los-tag: ingrediente que lleva toda la comida china en mayor o menor medida. Le da ese sabor turbio que hace que un cerdo agridulce o un rollito de primavera tengan exactamente el mismo gusto. Se administra en muy pequeñas cantidades. El uso indiscriminado del Los-tag desencadena una necesidad sexual incontrolable. (El verdadero impulsor de la economía china).


Liao si tenía hijos. Se dedicaban a confeccionar muñecos de Harry Potter en su país. Todos los meses Liao recibía uno de estos muñecos, lo abría y desprendía el Los-tag de su interior. Guardaba el Los-tag en un bote listo para ser usado.
Lon-ching (o Alberto) salió con su carro a la calle. Con el frío que hacía, tuvieron que cambiar el eslogan de su producto. Si antes era “cerveza, cerveza muy fría”, ahora era únicamente “cerveza, cerveza”. A Lon-ching le hacía gracia lo perspicaces que se creían los jóvenes españoles al conseguir comprar tres botes de cerveza por sólo dos euros. Seguía habiendo un 120% de beneficio... no me preguntéis cómo.
Lon, después de vender la mitad de su mercancía, caminaba con los ojos bien abiertos en busca de Liao. La encontró corriendo calle abajo con el carro a cuestas. La policía andaba cerca. La siguió. La siguió tan torpemente que tiró todo el cajón en el que descansaban los bocadillos, chocolatinas y tarteras que vendía Yiu-song (Carlos era su nombre de guerra). Yiu empezó a gritarle ya que dos de las tarteras de arroz tres delicias que vendía, se habían abierto sobre el suelo. Mientras, Lon perdía la figura de Liao en la lejanía.

-¡Es la segunda vez esta semana que me tiras una tarrina! Dijo Yiu. Venga Lon, ayúdame a recoger esto, mete el arroz otra vez en su tarrina, llévaselo a Hian y dile que lo caliente un poco. Después de haber estado en el suelo, y con el frío que hace, no va a querer comprarlo nadie. ¿A quién le gusta la comida fria?
Lon lo hizo sin rechistar pero malhumorado tras haber perdido la pista de Liao.
Bajando por la calle creyó ver algo en el suelo. Era un muñeco de trapo. ¡Un Harry potter! Muy parecido a los que confeccionaban los hijos de Liao.

Para cerciorarse miró la etiqueta. No había duda, rezaba un clarísimo “made in China”. Liao debía estar cerca. Antes de llegar al apartamento de Hian, donde debía calentar el arroz, unos chavales españoles se acercaron a Lon. Vestían de una manera que Lon calificaba de graciosa. parecían japoneses. Ya habían sido compradores anteriormente. Le querían comprar las dos tarrinas de arroz por tres euros.
-Alberto, te doy tres euros y me das dos de arroz. ¿Vale?
Lon accedió y ambos, Lon y los chavales, se fueron con rapidez, contentos con el trueque.
Liao seguía desaparecida. Y la ventana de su cuarto tenía la luz apagada. No estaba en casa. Siempre que Liao está en casa, se encuentra sentada junto a la ventana con la luz encendida y tejiendo. No podría estar cocinando ya que esto le estaba ¡TERMINANTEMENTE PROHIBIDO! Sólo podía tejer. Tejiendo no podía llamar demasiado la atención ya que lo hacía sin gracia especial. Pero era una gran cocinera y si cocinaba podría llamar demasiado la atención. Eso también estaba ¡TERMINANTEMENTE PROHIBIDO!

Liao estaba en la calle. En una esquina vendía una lata de cerveza.
Liao vio en la plaza a Lon y sonrió con una sonrisa muy fea pero que, inexplicablemente, le agradó de sobremanera.
Tras sonreír se fue calle arriba. La actitud de Liao le recordaba mucho a una canción española de la que se hizo una remezcla hacía dos años en china. La de: “cuándo crees que me ves cruzo la pared. Hago ¡chas! Y aparezco a tu lado.. Quieres ir tras de mi, pobrecito de ti. No me puedes atrapar”.
Lon la siguió. Creyó que Liao habría ido a otra plaza pero las mujeres chinas eran sigilosas y Liao lo era más que la media. También se decía que las mujeres chinas eran recatadas y que se peinaban el poco y liso bello púbico que tenían con la raya a un lado. O al menos eso había oído Lon. Pero eso es otro tema...

Lon llegó a la plaza. Había muchos jóvenes españoles y Liao vendía sus últimas cervezas. Cuando ésta guardó el dinero, levantó la vista y vio a Lon.
-voy a mostrarte una cosa. Dijo Liao.
-¿El qué? Contestó Lon.
-un lugar donde la culebra del monte se resguarda cuando cae la noche.
Esta frase puso a Lon especialmente nervioso. Él solía leer un comic que tenía ese título. Lo único bueno que habían echo los japoneses, según Lon.
Liao se llevó a Lon a unos soportales. Abrió el carro de Lon, cogió una lata de cerveza, la abrió, y bebió un buen trago de su contenido. Le obligo a beber un trago a él, y le besó fuertemente en la boca mientras le tocaba el culo a través de los vaqueros. Liao besaba a Lon con pasión y él empezaba a desinhibirse bastante.
Mientras Lon ya había metido la mano en el sujetador de Liao, ésta vio el muñeco de Harry Potter en el bolsillo del anorac de Lon.
-¡creía que lo había perdido! ¡lo has encontrado! Dijo Liao mientras sacaba el muñeco.
Liao le acababa de cortar el rollo a Lon y el pobre, se tomó la interrupción como un: “echa el freno, moreno” (refrán chino).
Lon intentaba reanudar el acercamiento sexual mientras que Liao no le hacía mucho caso ya que intentaba abrir el muñeco por el belcro de la espalda.
Lon no entendía nada. Primero el beso pasional y ahora nada. Lon permanecía erecto e inmóvil.
Liao consiguió abrir el muñeco y extrajo una especie de algodón que Lon no había visto antes (el Los-tag). Le metió a toda prisa un poco de el algodón a Lon en la boca y cogió otro poco para ella. Lon masticó y tragó. Sabía a comida china en general. Empezó a sentir un ardor en el estómago y agarró a Liao por la cintura. El juego sexual recomenzaba.
El cinturón de Liao estaba bien abrochado. Se lo quitó ella. Las bragas eran las que vendía Cao-xin en la tienda... Raya en medio. ¡Casi!
Los jóvenes se paraban perplejos ya que Liao y Lon estaban a la vista, en unos soportales. No todos los días se ve una pareja de chinos liándose a lo bestia en la calle. Pero a lo bestia.
Un chico con más piercings que neuronas, se acercó y empezó a coger las cervezas que Lon estaba claramente descuidando.
Una chica hizo una foto con el movil mientras decía:
-Es que tanto trabajar... es normal.
Con el polvo a medias se fueron a la habitación de Liao y de 13 chicas más a toda prisa. A partir de entonces aunque la ventana de Liao no tuviera luz y no se viera su figura tejiendo, no se podía saber con certeza si estaba o no en casa.
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Los-tag: ingrediente que lleva toda la comida china en mayor o menor medida. Le da ese sabor turbio que hace que un cerdo agridulce o un rollito de primavera tengan exactamente el mismo gusto. Se administra en muy pequeñas cantidades. El uso indiscriminado del Los-tag desencadena una necesidad sexual incontrolable. (El verdadero impulsor de la economía china).

Ain't misbehavin

All of me

14 de Febrero: Las flores ambiguas

Suicidio

Se quería suicidar. Entró en mi casa y me pidió unas cuchillas para ello. Yo le dije que no tenía pero insistió. Yo no se decir que no, así que le conduje al cuarto de baño y saque las cuchillas.
Al verlas, las examinó con cautela, me miró a los ojos con desaprobación y dijo:
-¿No tienes otras que no estén oxidadas?
Pero ¿qué más da que estén oxidadas? ¿no se quería suicidar? ¿o se quiere suicidar solo un poco? Quizás querría ser un cadáver sin infecciones post mortem. Yo no me meto con la higiene post mortem de los demás.
En cierto modo tiene razón. La higiene es importante. Si te vas a suicidar es preferible no acrecentar la desgracia. Si descubre tu cadáver tu madre, por ejemplo, es preferible no dejar todo el baño lleno de sangre porque luego no se quita fácilmente y hay que limpiarlo. Hay que frotar mucho y la marca se queda. No es agradable estar recordando el mal trago año tras año cuando va tu madre a cagar al baño o lo que sea. Ya podían hacer la sangre como la mercromina que ahora es transparente. Pero no, tiene un color mucho más cinematográfico. Impactante. Me imagino a Dios cuando eligió el color de la sangre:
-¿Y si la pongo de color verde?... No, no, que se confunde con los mocos... Amarilla también se confundiría...
La inspiración le vino gracias a un cartel que prohibía fumar en el cielo.
El caso es que la sangre es un engorro. Ensucia mucho. Lo mejor sería cortarse las venas en una bañera llena de desinfectante en vez de agua. Desinfectante calentito.
-Pero una cosa- le dije- si tienes algún bote de pastillas de esos transparentes de color ambar con una pegatina blanca es casi lo mejor para suicidarse. Te ahorras tol rollo de la sangre, a no ser que quieras ahondar en la espectacularidad de tu despedida.
-No tengo pastillas de esas... –dijo.
-Bueno, pues no lo intentes a base de Gelocatiles o Clamoxiles que no te matan pero te dejan jodido. Un vecino de mi bloque lo intentó a base de Frenadoles. Se tuvo que beber 4 litros de agua de golpe. Es que el Frenadol en polvitos tomado a cucharadas es muy desagradable y te deja la boca pastosa. Las pastillas no deben ser efervescentes.
-Paso de hacerlo con pastillas –dijo. Siempre he sido muy malo para tragarme las pastillas. Nunca he entendido como en las películas, cuando se suicidan con pastillas, se tragan un puñao de golpe. Yo tendría que tragarlas de una en una y no es plan. Además, cuando consigo tragármelas ya me he chupado la mitad y me dejan mal sabor de boca.
-Eso es verdad. Las pastillas son una movida –dije.
-Claro. Además que no sabes la mierda que te estás metiendo –contestó.
Como yo quería ayudar a mi vecino se me ocurrió una idea:
-¿Por qué no buscamos en Internet una forma que esté bien para hacerlo?
Dicho y hecho. Pusimos “suicidio” en el Google. Salieron varias cosas, sobre todo algunos consejos para evadir conductas suicidas. Ahí es cuando dudé de mi posicionamiento. ¿Debía decirle que no lo hiciera? Puede ser. Pero repito: cuando me piden algo no sé decir que no.
En la red se daban ciertas ideas y directrices pero todo era demasiado general y no tenía demasiado fundamento. Buscábamos algún caso real de alguien a quien le hubiera salido bien pero supongo que los que les sale bien no tienen ganas de ir contándolo por ahí.
No sacamos grandes conclusiones.
-Mira Jose, yo que sé. Yo que tú no me suicidaría todavía. Te quedan dos asignaturas de periodismo y estás en una universidad privada.
-Ya –dijo con la cabeza gacha.
-Yo que tu me sacaba la licenciatura y luego ya lo que quieras.
-Es lo mismo que me dice mi madre –dijo.
-Es que ¿con qué cara vas a mirar a tus padres desde el ataud después de que se hayan dejao una millonada en tu educación y no hayas acabado?
-No me digas eso que me arrepiento y no me suicido –añadió con violencia.
-Bueno, bueno, como quieras. Pero no te pongas así.
Por unos segundos estuvimos en silencio.
-¡Ya está! ¿Por qué no te vas a una mezquita con una camiseta con un dibujo de Mahoma?
-No hagas chistes. Es un asunto serio – respondió crudamente.
-Era por quitarle un poco de hierro al asunto –aclaré.
Había pasado un buen rato cuando Jose estallo exaltado:
-¡¿Qué hora es?! ¡¿Qué hora es?!
-Las doce y media pasadas –dije.
-Pos me voy que va a empezar Buenafuente y no me pierdo el monólogo del principio.
Jose ahora trabaja como un redactor de un programa del corazón de una cadena local. Hemos vuelto a hablar de temas trascendentes.
Sistema solar

The way you look tonight

Pasea

Marifé y María, facultad de odontología

Dedicated to:

Dejávu

Esta tarde he estado jugando con mi prima de un año y medio y no me quería dar un besito. No quería dar un besito a nadie de la familia. Es una situación bastante estándar: toda la familia reunida diciendo gilipolleces para que la niña pequeña nos diera un besito. Y nada.
“Qué vergonzosilla doña Marina”- decía mi madre.
A mi me divierte jugar con ella un rato. Se ha pasado la tarde poniéndome collares y quitándomelos para ponérselos ella. Un tira y afloja continuo. Yo aguantaba el tipo. Marina ya es consciente de que un besito tiene gran importancia social y no se da a cualquiera, sin embargo, no dudaba en pedirme que le besara una pupa que tiene en el bracito. “Qué lista es”-decía mi abuela. Si que es lista, pero no porque adivinara donde tenía escondido su peluche. Todos le perdonamos que no nos quisiera dar un besito porque es muy rica y es muy simpática.
Realmente es frustrante. El deseo de todos nosotros era que nos diera un besito. Todos sacábamos lo mejor de nosotros mismos y hacíamos el tonto lo mejor que sabemos. Pero nada. Uno ponía cara fea y la niña se reía. Otro la cogía en brazos y la preguntaba: “¿quién es la más guapa?” y la niña, como es lista, pronunciaba un dadaísta pero rotundo “yo”. Nos rulábamos a la niña. Probaba uno. Si no tenía éxito en sus intentos pasaba a otro, y así. Todo en vano. Volvimos a nuestras casas sin el premio.
YO SÍ

Oferta y demanda
Josué me dio el paquete. Pesaba bastante.
- Hoy te toca... – miró unos papeles- Callao.
Yo pensé- de puta madre. Si me paso el día en la plaza de Callao. Y así, cuando me aburra, me meto en el cine.
- Jorge y Marisa van contigo. Dijo Josué.
Ya me podía haber tocado con Alicia. Pero no. Lo de Alicia iba a ser un espejismo.
Pensé que a la hora de comer, me podría ir a Legazpi andando (que es donde le tocó a Alicia) y comer con ellos. Por cierto, ando porque no tengo metrobus.
Era joven y necesitaba el dinero. Tenía que trabajar en lo que fuera si quería hacerme una idea de lo que es no depender “absolutistamente” de mis padres.
Un colega me habló de “Ristra”, una ETT que por lo visto estaba muy bien y que te llamaban enseguida para trabajos “superchulos” (todavía no trabajaban la trata de blancas).
Me dijo que se venía conmigo a apuntarse.
En el camino del metro a la ETT, me dijo que un colega suyo, un tal “Juan Enrique” y otro llamado “Germo” eran asiduos trabajadores de los empleos que proporcionaba la nombrada ETT.
Fuimos inscritos en la lista de jóvenes subordinados a la tiranía del liberalismo económico. Los trabajos basura abundan pero también lo hacen los empleados basura.
Al ser una ETT moderna, tienen muy claro el concepto del reciclaje. Hay empleados basura que se reciclan y de ser una caja de cereales, pasan a ser libros de poesía (o de cortar las entradas en un cine, pasan a llevar cafés de un lado a otro).
Otros empleados como yo, no se reciclan. Directamente se desechan por biodegradables.
Mi amigo es ahora un libro de poesía, y yo me biodegrado por momentos.
No es justo pero a los dos días, mi poético amigo ya trabajaba. Yo esperé tres meses sin llamada. Y el trabajo de ahora, lo conseguí por otros medios: un tipo con un cartel de “Compro oro” me ofreció su empleo por tres horas a cambio de cinco euros (tenía que irse a una manifestación del PP). Yo acepté encantado ya que los cinco euros me venían de puta madre. No llegó a las tres horas y lo único que había conseguido era un inmenso cartel que rezaba: “compro oro. Manuel Ízca”.
Me senté en el suelo de la calle y dejé el cartel apoyado en la fachada. Al rato apareció una señora vieja vieja. Se paró delante de mí y entornó los ojos intentando leer el cartel. No parecía leerlo. Buscó en su bolso. Sacó unas gafas y las sujetó, sin abrirlas, delante de su cara. No parecía que funcionara. Volvió al bolso y sacó en monedero, lo abrió y sacó unas monedillas que tiró encima de mi bufanda que descansaba en el suelo. Se fue diciendo: España no va bien.
Las monedillas eran dos: una de cinco céntimos y otra de uno. Seis en total. Diez pesetas. Desde luego, España no va mu bien.
Me limité a fliparlo y al cabo de media hora se me acercó un tipo que me miraba con cara de extrañeza. Lo conocería más tarde como Josué. Por su pinta creí que venía a venderme oro. Llevaba unos cuantos anillos de los bonitos y un collar de los guapos.
Mientras se presentó y le conté lo acontecido. Se sacó un pedazo de jachís y empezó a quemarlo. Se acabó de liar el porro cuando me dijo que él era el que contrataba a los empleados del sitio que me encontraba anunciando. Me preguntó si quería trabajar con ellos a la vez que me pasó el porro. Me embaucó prometiéndome el oro y el moro y caí.
Ahora estoy en Callao, sin Alicia, y haciendo horas extras. Horas extras para saldar un impago: Josué me fió la piedra de costo. Me la vendía por cinco euros. Yo pensé que esos cinco euros se los podría dar el tipo que me endiñó el cartel pero no se supo nada más del greñas en cuestión.
Para saldar la deuda tenía que trabajar una hora y pico ya que nos pagaban 3’20 euros la hora.
El truco estaba en dar las gracias antes de que te cojan el folleto. Ya que así, enterneces al caminante y coge tu publicidad. Lo malo es cuando repartes folletos con un público objetivo reducido. Mi público objetivo eran varones de 18 en adelante, mal vestidos, con cara de desgraciados, y con pelo graso. Alguna vez le daba un papel a una señora con visón, esperando su escandalizada reacción. (era lo único divertido).
Al principio era degradante ya que nada más coger el folleto lo tiraban a la papelera más cercana. Recordé que Josué me dijo que me pusiera en un sitio lo más alejado de papeleras para que tuvieran que leerlo y lo hice. Lo que pasaba ahora era que los tiraban directamente al suelo (hay gente que no tiene tan asimilado el espíritu del reciclaje).
Otra de las advertencias de Josué fue que diera los folletos con la información boca abajo. Lo comprendí enseguida.

El momento del cobro llegó y Josué tuvo la brillante idea de pagarnos con un pase especial en el establecimiento que publicitábamos. Sólo aceptó Jorge y los demás no cobramos. Me fumé el último porro que me quedaba.
- Hoy te toca... – miró unos papeles- Callao.
Yo pensé- de puta madre. Si me paso el día en la plaza de Callao. Y así, cuando me aburra, me meto en el cine.
- Jorge y Marisa van contigo. Dijo Josué.
Ya me podía haber tocado con Alicia. Pero no. Lo de Alicia iba a ser un espejismo.
Pensé que a la hora de comer, me podría ir a Legazpi andando (que es donde le tocó a Alicia) y comer con ellos. Por cierto, ando porque no tengo metrobus.
Era joven y necesitaba el dinero. Tenía que trabajar en lo que fuera si quería hacerme una idea de lo que es no depender “absolutistamente” de mis padres.
Un colega me habló de “Ristra”, una ETT que por lo visto estaba muy bien y que te llamaban enseguida para trabajos “superchulos” (todavía no trabajaban la trata de blancas).
Me dijo que se venía conmigo a apuntarse.
En el camino del metro a la ETT, me dijo que un colega suyo, un tal “Juan Enrique” y otro llamado “Germo” eran asiduos trabajadores de los empleos que proporcionaba la nombrada ETT.
Fuimos inscritos en la lista de jóvenes subordinados a la tiranía del liberalismo económico. Los trabajos basura abundan pero también lo hacen los empleados basura.
Al ser una ETT moderna, tienen muy claro el concepto del reciclaje. Hay empleados basura que se reciclan y de ser una caja de cereales, pasan a ser libros de poesía (o de cortar las entradas en un cine, pasan a llevar cafés de un lado a otro).
Otros empleados como yo, no se reciclan. Directamente se desechan por biodegradables.
Mi amigo es ahora un libro de poesía, y yo me biodegrado por momentos.
No es justo pero a los dos días, mi poético amigo ya trabajaba. Yo esperé tres meses sin llamada. Y el trabajo de ahora, lo conseguí por otros medios: un tipo con un cartel de “Compro oro” me ofreció su empleo por tres horas a cambio de cinco euros (tenía que irse a una manifestación del PP). Yo acepté encantado ya que los cinco euros me venían de puta madre. No llegó a las tres horas y lo único que había conseguido era un inmenso cartel que rezaba: “compro oro. Manuel Ízca”.
Me senté en el suelo de la calle y dejé el cartel apoyado en la fachada. Al rato apareció una señora vieja vieja. Se paró delante de mí y entornó los ojos intentando leer el cartel. No parecía leerlo. Buscó en su bolso. Sacó unas gafas y las sujetó, sin abrirlas, delante de su cara. No parecía que funcionara. Volvió al bolso y sacó en monedero, lo abrió y sacó unas monedillas que tiró encima de mi bufanda que descansaba en el suelo. Se fue diciendo: España no va bien.
Las monedillas eran dos: una de cinco céntimos y otra de uno. Seis en total. Diez pesetas. Desde luego, España no va mu bien.
Me limité a fliparlo y al cabo de media hora se me acercó un tipo que me miraba con cara de extrañeza. Lo conocería más tarde como Josué. Por su pinta creí que venía a venderme oro. Llevaba unos cuantos anillos de los bonitos y un collar de los guapos.
Mientras se presentó y le conté lo acontecido. Se sacó un pedazo de jachís y empezó a quemarlo. Se acabó de liar el porro cuando me dijo que él era el que contrataba a los empleados del sitio que me encontraba anunciando. Me preguntó si quería trabajar con ellos a la vez que me pasó el porro. Me embaucó prometiéndome el oro y el moro y caí.
Ahora estoy en Callao, sin Alicia, y haciendo horas extras. Horas extras para saldar un impago: Josué me fió la piedra de costo. Me la vendía por cinco euros. Yo pensé que esos cinco euros se los podría dar el tipo que me endiñó el cartel pero no se supo nada más del greñas en cuestión.
Para saldar la deuda tenía que trabajar una hora y pico ya que nos pagaban 3’20 euros la hora.
El truco estaba en dar las gracias antes de que te cojan el folleto. Ya que así, enterneces al caminante y coge tu publicidad. Lo malo es cuando repartes folletos con un público objetivo reducido. Mi público objetivo eran varones de 18 en adelante, mal vestidos, con cara de desgraciados, y con pelo graso. Alguna vez le daba un papel a una señora con visón, esperando su escandalizada reacción. (era lo único divertido).
Al principio era degradante ya que nada más coger el folleto lo tiraban a la papelera más cercana. Recordé que Josué me dijo que me pusiera en un sitio lo más alejado de papeleras para que tuvieran que leerlo y lo hice. Lo que pasaba ahora era que los tiraban directamente al suelo (hay gente que no tiene tan asimilado el espíritu del reciclaje).
Otra de las advertencias de Josué fue que diera los folletos con la información boca abajo. Lo comprendí enseguida.

El momento del cobro llegó y Josué tuvo la brillante idea de pagarnos con un pase especial en el establecimiento que publicitábamos. Sólo aceptó Jorge y los demás no cobramos. Me fumé el último porro que me quedaba.
Antes muertos que sencillos

Lista de la compra

Maria Luisa

-Yo tenía cita a las 11, son las 12 menos cuarto y no me han llamado.
-A mi tampoco y llevo esperando una hora.
-Es que no es buena hora.
Decían dos señoras que estaban enfrente mía. Menos mal que me había traído un libro porque parecía que lo de entrar en la consulta iba para largo.
Una de las señoras llevaba un bastón y su tobillo derecho rebosaba el zapato del hinchazón. La nariz era grande. Parecía pequeña en su cara y tenía la lengua en constante contacto con el labio superior e inferior.
La otra señora era menuda. Cruzaba las piernas como podía y la posición dejaba ver la combinación. Un señor encorvado leía el periódico con atención, pero se le escapaba la vista de vez en cuando a la combinación de la señora.
-No hay respeto ninguno en la televisión a los mayores.- dijo la señora del bastón.
-Es cierto.
-Ayer contaron un chiste de muy mal gusto. Decían: ¿Por qué los mayores van a los balnearios de barro? Para que se vayan acostumbrando a la tierra. ¡Qué mal gusto!
-Desde luego. Ojalá lleguen ellos a nuestra edad.
Llegó una señora más joven. De unos 35 años. Es la misma que había visto, cuando llegué, fumando un cigarro en la entrada. Dientes verdes, mirada nerviosa, pelo encrespado. Gritó a una señora que ostentaba una grandiosa cara de pánfila:
-¿Va usted con Enrique?
-Yo no voy con la enfermera, voy con el médico.- contestó.
-O sea que no.
-No.
-Pues alguien me está tomando el pelo.
Llegó otra mujer que, en cuanto a edad, se situaba entre la de los dientes color esperanza y la pánfila:
-Va usted detrás de esa señora.- dijo a la primera señalando a la pánfila.
-¿Y por qué me dice usted que no, si es que sí?- Replicó la joven a la pánfila.
-Yo no le he dicho ni que sí ni que no. Sólo le he dicho que yo no voy a la enfermera, voy al médico.
La mujer joven se puso a pegar grititos indescriptibles y Maria Luisa, joven de espíritu, dejó de ser un objeto pasivo para participar activamente en la discusión que se libraba en la sala de espera:
-¿Yo voy antes o después de la joven?
-¡Después, después!- dijo la joven.
Me fui de mi sitio aprovechando que venía una señora con cara de fatigada acompañada de una chica latinoamericana. Les dejé altruistamente mi sitio ya que el asiento de mi lado estaba vacío y podrían sentarse las dos sin problemas.
Me fui a un asiento libre al lado de Maria Luisa. En ese momento yo no la conocía pero tardaría poco en hacerlo.
Para entonces ya había abandonado mi libro porque el espectáculo que se estaba dando lugar era digno de ver.
Salió el doctor Enrique y nombró a los siguientes pacientes. La de los dientes esperanza no fue nombrada y ésta replicó:
-Enrique, Enrique pero ¿qué es esto? Qué no me has dicho.
-Ande, Teresa, sabe que yo no le puedo dar eso.
-Pero que estoy constipada.
-Bueno, pues pase después de esta señora.
No pude contener la risa al ver que “esta señora” era la pánfila.
Maria Luisa me pilló por banda y de un codazo comenzó una conversación conmigo. Bueno, un monólogo:
-El doctor Enrique es un hombre estupendo. Yo cuando entre voy a tardar un poco porque me tiene que rellenar unos papeles para que mi hermana entre en una residencia. La pobre está muy mal y yo con 81 años, bueno, 82 voy a cumplir, no puedo encargarme de ella.
Acababa de descubrir unos kilométricos pelos blancos que nacían de la barbilla de Maria Luisa. Realmente hipnotizadores. Me sentía un poco mal al mirarlos. Se me iba la mirada. Era como cuando una mujer, de una edad más asequible, ostenta unos senos dignos de admirar, y tú haces lo imposible por no dejar caer la vista. Ganas no me faltaron de alargar el brazo y tirar de ellos. Deduje que no tenía hijos ni nietos porque cuando mi abuela tiene alguno de estos varoniles amigos en la barbilla, no dudo en sacar las pinzas de su bolso y quitárselos. Reanudó su charla con un nuevo codazo.
-Yo trabajé, hasta los 65 años, en el Ministerio de Agricultura y tuve que sacar una media de notable para seguir con mis estudios ya que mi padre era camarero. Nunca supe si mi padre era de derechas o de izquierdas. Le preguntaba: “Manolillo, ¿tú eres de derechas o de izquierdas?” Y él me decía que como no había ningún “partido de la bandeja”, él no era de ningún partido. Sólo me dijo que la mejor etapa de España fue la de Primo de Rivera.
Mi jefe, Don Felipe, me quería mucho y confiaba en mis capacidades tanto que me animó a que me sacara unas oposiciones. Yo le dije: “Felipe, si no me las saco pido que me cambien de ministerio” y él me decía: “Pero Mari, si eres mis pies y mis manos, ¿cómo me vas a hacer esto?” y yo le contestaba: “entonces no estarás tan seguro de que me las saque”.
Pude deducir que el amor de su vida fue su jefe Don Felipe. Una mujer de 82 años cuando encuentra a alguien a quien contarle su vida, le cuenta todo lo importante. Con los años se consigue una capacidad de síntesis fuera de lo común.
-Siempre decían: “ahí va Maria Luisa con sus hombres”. Prefiero a los hombres que a las mujeres. Sois más nobles, nosotras somos más “putillas”. Las mujeres sólo hablaban de compras y cosas así y a mi me aburría.
Me tocó el turno. Acababa de salir la señora del tobillo rebosante y la lengua insinuante. El doctor Enrique era un hombre gordo con cara de aburrimiento. Me recetó un antibiótico para la garganta y me fui. Esa mañana yo era la visita más corta en la consulta del doctor Enrique.
A la salida me despedí de Maria Luisa que ya le estaba contando la parte del Ministerio de Agricultura a una señora con sonotone. Lo último que la oí decir fue:
- Don Felipe nunca quiso que viajara sola...
Cuentos de ayer y hoy: "LA CHICA DE LOS PIES DE CRISTAL"
Erase una vez, hace no mucho tiempo, una muchacha muy bella que era llamada “la chica de los pies de cristal” por la fragilidad de sus pies.
Tras una noche bailando “Reggeton”, sus pies no resistieron más y tuvo que hospitalizarse. Su abuela, una señora enferma y malhumorada, se había quedado desatendida ya que su nieta se encargaba de ella.
Al enterarse los vecinos de lo acontecido, nadie quiso hacerse cargo de la anciana en la ausencia de la bella muchacha salvo una señora que tenía tres hijos jóvenes:
- Hijos, nuestra anciana vecina tiene un problema y nosotros la solución.
- ¿Qué problema madre? – dijeron los tres hermanos.
- Su encantadora nieta ha tenido un accidente y se encuentra en el hospital. La pobre señora no tiene a nadie que le cuide, ni que le duche, ni que la dé de comer. Durante los tres días que la muchacha va a estar en el hospital, cada uno de vosotros pasará uno a cargo de los cuidados de su abuela.
Los tres hermanos se miraron patidifusos y más tarde dijeron los mayores al más joven:
- Tú irás hoy y nosotros iremos mañana y pasado mañana. Antes de venir a casa, debes traer algo de la habitación de la chica de los pies de cristal.

El joven hermano, que estaba enamorado en secreto de la chica, aceptó sin rechistar ya que era el pequeño y, como siempre, tenía las de perder.
Pasó el día acatando las órdenes de la amargada anciana y hasta tuvo que bañarla y vestirla. No lo encontró especialmente divertido pero, como era obediente, lo hizo sin más. Cuando llego el momento de coger algo de la habitación de la muchacha se sintió tan mal que se arrepintió y no cogió nada.
Al día siguiente su hermano mediano preguntó:
- ¿Has traído algo de la habitación de la chica de los pies de cristal?
- No. Me sentí mal y no pude coger nada – dijo el pequeño.
- Ya que no has cumplido tu promesa hoy volverás a cuidar a la anciana mientras yo voy a visitar a la muchacha al hospital. Y no te olvides de traer algo esta vez.
Los hermanos mayores se fueron riendo a la vez que halagaban, de una forma muy burda, los atributos físicos de la muchacha.
Aquel día había empeorado el humor de la anciana. Le hizo fregar los suelos, limpiar los baños, y cocinar un estofado que desaprobó después de tomar una cucharada. Cuando el joven muchacho creyó que el suplicio terminaba, apareció la anciana con una pastilla de jabón en la mano:
- Antes de irte. ¿Por qué no me das un baño?

Después de darle el baño se dirigió a la habitación de la chica, pero, como el día anterior, no entró.
Al día siguiente su hermano mayor le preguntó:
- ¿Has traído algo de la habitación de la chica de los pies de cristal?
- No. Me sentí mal y no pude coger nada – dijo el pequeño.
- Ya que no has cumplido tu promesa hoy volverás a cuidar a la anciana mientras yo voy a visitar a la muchacha al hospital. Y no te olvides de traer algo esta vez.
El joven hermano nada más llegar a la casa de la anciana se dirigió a la habitación de la chica y entró. Era un lugar pequeño, lleno de peluches y fotografías de la muchacha acompañada de un chico distinto en cada una. No había fotos de sus amigas. Al lado de la cama había unos zapatos de tacón altísimos. Los más altos que el joven hermano veía en su vida. Con razón tenía los pies de cristal. En cima de la mesa había un bote de pastillas con la inscripción: “Medicación de la abuela”. Lástima que no lo hubiera encontrado dos días antes ya que tras darle una de esas pastillas a la anciana, ésta cayó en un profundo sueño. No le molestó más en todo el día.
Al día siguiente volvió la chica a su casa y los tres hermanos se encontraban nerviosos. Los mayores obligaron al menor a preparar la comida para ir después a visitar a la muchacha con la mejor de sus sonrisas. Cuando terminaron de comer el hermano mayor preguntó al pequeño:
- ¿Has traído algo de la habitación de la chica de los pies de cristal?
- Si. Hoy si he traído algo – dijo el pequeño.
- Pues dánoslo.
- Ya os lo he dado – concluyó.
Tras estas palabras los hermanos mayores sintieron unas imperiosas necesidades de dormir. Entre la comida, el astuto joven, había mezclado la medicación de la anciana. Con sus hermanos profundamente dormidos podía ir a visitar a la chica de los pies de cristal sin que le molestaran.
La chica le recibió cortésmente. Era aún más guapa de lo que recordaba. Él le contó toda la historia, le dijo que la quería y esperó el momento de recibir su premio. Ella sonrió y dijo:
- Siento no poder corresponderte pero tengo novio. Él no es tan encantador como tú pero tiene dos patillas y una perilla que me vuelven loca.

Tras una noche bailando “Reggeton”, sus pies no resistieron más y tuvo que hospitalizarse. Su abuela, una señora enferma y malhumorada, se había quedado desatendida ya que su nieta se encargaba de ella.
Al enterarse los vecinos de lo acontecido, nadie quiso hacerse cargo de la anciana en la ausencia de la bella muchacha salvo una señora que tenía tres hijos jóvenes:
- Hijos, nuestra anciana vecina tiene un problema y nosotros la solución.
- ¿Qué problema madre? – dijeron los tres hermanos.
- Su encantadora nieta ha tenido un accidente y se encuentra en el hospital. La pobre señora no tiene a nadie que le cuide, ni que le duche, ni que la dé de comer. Durante los tres días que la muchacha va a estar en el hospital, cada uno de vosotros pasará uno a cargo de los cuidados de su abuela.
Los tres hermanos se miraron patidifusos y más tarde dijeron los mayores al más joven:
- Tú irás hoy y nosotros iremos mañana y pasado mañana. Antes de venir a casa, debes traer algo de la habitación de la chica de los pies de cristal.

El joven hermano, que estaba enamorado en secreto de la chica, aceptó sin rechistar ya que era el pequeño y, como siempre, tenía las de perder.
Pasó el día acatando las órdenes de la amargada anciana y hasta tuvo que bañarla y vestirla. No lo encontró especialmente divertido pero, como era obediente, lo hizo sin más. Cuando llego el momento de coger algo de la habitación de la muchacha se sintió tan mal que se arrepintió y no cogió nada.
Al día siguiente su hermano mediano preguntó:
- ¿Has traído algo de la habitación de la chica de los pies de cristal?
- No. Me sentí mal y no pude coger nada – dijo el pequeño.
- Ya que no has cumplido tu promesa hoy volverás a cuidar a la anciana mientras yo voy a visitar a la muchacha al hospital. Y no te olvides de traer algo esta vez.
Los hermanos mayores se fueron riendo a la vez que halagaban, de una forma muy burda, los atributos físicos de la muchacha.
Aquel día había empeorado el humor de la anciana. Le hizo fregar los suelos, limpiar los baños, y cocinar un estofado que desaprobó después de tomar una cucharada. Cuando el joven muchacho creyó que el suplicio terminaba, apareció la anciana con una pastilla de jabón en la mano:
- Antes de irte. ¿Por qué no me das un baño?

Después de darle el baño se dirigió a la habitación de la chica, pero, como el día anterior, no entró.
Al día siguiente su hermano mayor le preguntó:
- ¿Has traído algo de la habitación de la chica de los pies de cristal?
- No. Me sentí mal y no pude coger nada – dijo el pequeño.
- Ya que no has cumplido tu promesa hoy volverás a cuidar a la anciana mientras yo voy a visitar a la muchacha al hospital. Y no te olvides de traer algo esta vez.
El joven hermano nada más llegar a la casa de la anciana se dirigió a la habitación de la chica y entró. Era un lugar pequeño, lleno de peluches y fotografías de la muchacha acompañada de un chico distinto en cada una. No había fotos de sus amigas. Al lado de la cama había unos zapatos de tacón altísimos. Los más altos que el joven hermano veía en su vida. Con razón tenía los pies de cristal. En cima de la mesa había un bote de pastillas con la inscripción: “Medicación de la abuela”. Lástima que no lo hubiera encontrado dos días antes ya que tras darle una de esas pastillas a la anciana, ésta cayó en un profundo sueño. No le molestó más en todo el día.
Al día siguiente volvió la chica a su casa y los tres hermanos se encontraban nerviosos. Los mayores obligaron al menor a preparar la comida para ir después a visitar a la muchacha con la mejor de sus sonrisas. Cuando terminaron de comer el hermano mayor preguntó al pequeño:
- ¿Has traído algo de la habitación de la chica de los pies de cristal?
- Si. Hoy si he traído algo – dijo el pequeño.
- Pues dánoslo.
- Ya os lo he dado – concluyó.
Tras estas palabras los hermanos mayores sintieron unas imperiosas necesidades de dormir. Entre la comida, el astuto joven, había mezclado la medicación de la anciana. Con sus hermanos profundamente dormidos podía ir a visitar a la chica de los pies de cristal sin que le molestaran.
La chica le recibió cortésmente. Era aún más guapa de lo que recordaba. Él le contó toda la historia, le dijo que la quería y esperó el momento de recibir su premio. Ella sonrió y dijo:
- Siento no poder corresponderte pero tengo novio. Él no es tan encantador como tú pero tiene dos patillas y una perilla que me vuelven loca.

"Y descansó"

Summertime

The letter

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Ni los ángeles de Rael ni nada... ENERGÍA.





