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AFEITA-NOVA
Según entras en “El corte inglés” de Sol a la izquierda, te encuentras un tipo joven de chaqueta beige y corbata rosa que regenta la sección de maquinillas de afeitar. Parece que lo han sacado del programa de “Noche de fiesta”. Uno de esos que sostiene un sobre con un número y al hacer la cámara un barrido por delante de todos los muchachos y muchachas, la señora que está al otro lado del hilo telefónico elige el que más cachonda le pone. Me imagino el pobre muchacho que nunca fue elegido por nadie. Pasaban las temporadas y nadie le elegía. Qué golpe para el frágil ego de un mediocre actor-modelo. Los que eran elegidos se acercaban a Juncal Rivero y la otra, daban el sobre, sonreían a cámara y aparecía su nombre en la pantalla. (Por si las moscas Almodóvar estuviera viendo la tele).
Bueno, el caso es que yo me disponía a comprar una cuchilla de afeitar que he visto en la tele anunciada. Según Constantino Romero tiene: “tres hojas flexibles con un mecanismo de muelles y una barra acondicionadora para evitar cortes y hacer un apurado perfecto”. Justo lo que necesitaba.
Pues bien, le comuniqué al “actor-modelo” el eslogan del anuncio porque yo soy muy malo para las marcas y no me acordaba de cual era. Me dijo que había como ocho cuchillas que respondían a esa descripción. Me quedé sin argumentos. Justo lo que quería nuestro perfumado amigo. Aprovechó mi silencio para lavarme el cerebro con geles hidratantes y mascarillas milagrosas.
Me dio en mi punto debil:
-Tú que tienes granitos debes utilizar una espuma que sea desinfectante Dermo-purificante para pieles con problemas con bacto-P y vitamina B6.
Un intelectual de la belleza.
Sobre todo me convenció con lo de bacto-P.
-Además, tú tienes una piel muy sensible. Se enrojece con facilidad. Como ahora.
¿Qué pretendía? Me recordaba a la petarda que vino a mi casa para venderle la “Termomix” a mi madre. Y lo consiguió.
Para que no me enrojeciera con facilidad accedí a comprar también el gel hidratante con vitamina B6 (como todos sabemos la vitamina B6 es fundamental. No la B5 ni la B7, sino la B6).
Compré los mejunjes ya que mi inseguridad había sido alimentada lo suficiente.
Cuando ya me iba me acordé de que había comprado espumas y geles vitaminados pero no había comprado lo que venía buscando: la cuchilla. ¿De qué me servía tanta gilipollez de los laboratorios Vichy si no tenía para cortar el poco bello que tengo?
Volví y el tipo ya estaba soltándole un rollo parecido a un tipo barbudo con una camiseta de Metálica que llevaba una bolsa de Arte 9.
Esperé unos diez minutos.
Al final consiguió convencerle de comprar un kit de utensilios para cortar la barba y una mascarilla para pieles grasas con vitamina B6.
Llegó una señora de cincuenta y muchos y le dijo al barbudo:
-¿Hijo, no ibas a comprar recambios para la cuchilla?
-Si, pero es que no me había dado cuenta de que mi piel tenía tantos problemas.
-Anda, anda, vámonos que tenemos que comprar el regalo de papá.
Esta fue la primera vez que me identificaba con un barbudo. Y yo que creía que con ducharse todos los días era suficiente. Menudo charlatán el actor-modelo.
Cuando se fueron el barbudo y su madre, le dije al dependiente que me diera una hoja de afeitar y me prometí a mi mismo no comprar nada más.
Sin darme cuanta consiguió encasquetarme la mascarilla para pieles grasas con vitamina B6 que no compró el barbudo.
Yo no es que sea metrosexual, yo soy tonto.
Cuando llegué a casa estaba impaciente por probar el pack que había adquirido. Era como un “Afeita-nova” de “Mediterráneo” (juguetes para compartir).
Después de realizar todos los pasos que el tipo ese me dijo y utilizar todas las lociones, sólo puedo decir que mi cara no ha mejorado. La tengo roja como un tomate. La vitamina B6 no ha surtido efecto. Alejaros del actor-modelo de “El corte inglés” de Sol. Sólo quiere quedarse con vuestro dinero y jugar con vuestras ilusiones.
 
La llamada perdida
Lo he hablado con mis amigos: Tengo que dejar la fase de las perdidas y llamarla. Sinceramente ¿hay algo más estúpido que las perdidas? En teoría las perdidas se hacen cuando te acuerdas de la persona. Pero la práctica es mucho más compleja: no puedes hacerle a la muchacha de turno muchas perdidas porque te toma por pesado. Tampoco puedes hacer pocas porque se pierde el contacto.
Se supone que, para que el asunto vaya por buen camino, ella también tiene que enviarte de vez en cuando. Porque sino eres tú el que se acuerda y ella la que no se acuerda... Buff. ¡Esto es idiota! No se si debería llamarla.
Pondré un ejemplo para ilustrar un enigma:
La muchacha te hace una perdida.
Tu coges el móvil y te alegras.
Le contestas a la perdida.
Te arrepientes de no haber esperado un rato para hacerte desear.
La muchacha te hace otra perdida (¿?).
Tú, por no ser menos, se la vuelves a contestar aunque no entiendes esto. (¿Significa que se acuerda mucho de ti o que la llames porque no tiene saldo?).
Te hace otra perdida.
Empiezas a dudar de la inteligencia del ser humano en general y de ti en particular.
No sabes si contestar o hacer caso a tu amigo que desde la butaca de tu derecha te susurra insistentemente que apagues el móvil y veas la película.
Cuando se entra en un torbellino de perdidas como éste, la institución de “la llamada perdida” empieza a desprenderse de toda la lógica y el sentido que parecía que tenía. Es como cuando repites una palabra tanto que llega un momento en el que te suena raro. Intentadlo con la palabra “fimosis”.
¿Y la angustia que se siente cuando no te contestan a las perdidas? Me parece algo dañino. Para aliviar esto recomiendo hacer barrido de perdidas: cuando hago una perdida algo “determinante” suelo acompañarla de otra a alguien que sé que me contestará. Como mi madre. Se llama engañarse a uno mismo o autopsicología. Es similar al “perro de Paulov”pero sin perro: la campana sería el hecho de hacer la perdida. Y la recompensa después de comenzar a salivar, si no te contesta la susodicha, es la llamada de tu madre.
Pero a lo que iba. Tengo que llamarla. Nos conocimos el otro día en un servicio de un garito. Ella entró cuando yo estaba meando en el vater. Muy romántico. Dijo:
-Perdón uy...
Se salió del servicio. O se había confundido de puerta o había quedado allí con otro tipo. Volvió a entrar justo cuando aniquilaba un grano con el que convivía desde hace dos meses. No se si mi imagen empeoró mucho o poco. Dijo:
-Éste es el servicio de mujeres.
Yo permanecí inmóvil. No sólo me había visto meando y reventándome un grano sino que me encontraba, cual pervertido, en un servicio que no correspondía con mi sexo. Ya me extrañaba a mi no haber leído, en las paredes de la cabina del vater, frases entrañables como: “Anarquía pa tu tía” o “chico busca chica para sexo y lo que surja”.
Sólo se me ocurrió decir:
-Pues el rollo de papel higiénico esta empapado.
Me fui antes de empeorarlo y la dejé allí.
Al salir del baño, me di cuenta de que no había tirado de la cadena. No sé si todo cayó dentro de la taza. Y ella no podría limpiarlo si el papel higiénico estaba empapado. El recordar esto me hace dudar sobre si debería llamarla.
Me sentía fatal. Intenté arreglarlo. Fui al servicio de caballeros. Era inconfundible: grafitis por todos lados y un dedo de “agua” sobre las baldosas. Directamente no había espejo pero aún quedaban cuatro ganchos en la pared y una sombra rectangular dónde lo habría en un principio. Cogí el rollo de papel higiénico más presentable y le quité un par de capas para mejorar su aspecto. Fui al servicio de mujeres y llamé a la puerta del vater:
-¡Está ocupado!
-Ya, ya. Te dejo un rollo de papel seco encima del lavabo. Dije.
La puerta se abrió y en vez de salir la castaña de antes, salió una mujer con la cara chupada de unos 35 años. Era la DJ del garito. Me miró seria y me dijo:
-¿Tú estás flipando? Éste es el servicio de mujeres.
Lo único que se me ocurrió decir fue:
-Es que el rollo de papel higiénico esta empapado.
Me cuesta cambiar mis hábitos. Me fui con el rabo entre las piernas.
Cuando volví con mis amigos, como por arte de magia, la castaña estaba hablando con Cesar. Se conocían de la facultad. Yo no sabía si unirme al grupo o volver al servicio de caballeros y encerrarme en el vater un par de horas.
Al final me uní y le dije:
-En el de caballeros había papel seco.
Se rió y pasó de mi al instante. Le preguntó a Cesar qué significaba el tatuaje que tiene en el antebrazo, y éste le contó la historia flipada pertinente. No sabía que una letra china podía decir tantas cosas tan profundas. Supongo que Cesar tampoco lo sabía.
Parece ser que la historia de Cesar le pareció aún más patética que el show del servicio porque empezó a hablar conmigo. Me preguntó cómo me llamaba.
-Carlos, pero me llaman Charly. Dije.
Qué poco original. Casi todos los Carlos que conozco se hacen llamar Charly. Soy uno más.
El caso es que pude ampliar mis temas de conversación porque ya me estaba encasillando en los papeles mojados. Me reí con ella un rato y no se como conseguí su número.
Y eso es todo. Ahora me dispongo a llamarla porque ya llevamos dos días de perdidas y cansa. Allá voy:
Me da tono. Se llama Sonia.
Una voz de hombre maduro dice:
-¿Sí?
No voy a ponerme celoso. Es normal que tenga sus relaciones esporádicas. Yo sólo quiero ser una más.
-Hola ¿Sonia?
-No, no soy Sonia.
-¿Se puede poner Sonia?
-Lo siento, te has equivocado.
Me cuelga.

 
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Nelly y Walter

Los jóvenes Monclús y yo estábamos de acuerdo: eran como de mentira. Nelly y Walter sólo se podrían describir como una pareja deliciosamente uruguaya o uruguayamente deliciosa.
Él es la persona más amable del mundo. Siempre sonriendo y halagando las opiniones de los demás por tontas que fueran.
Ella es verdaderamente indescriptible. Creo que una de las cosas que más llaman la atención sobre su pequeña persona es el cambio radical que experimenta su cara cuando sonríe. Pasa de la seriedad absoluta a una sonrisa entre coqueta, contagiosa y algo fantasmagórica. Gira la cara como el niño pequeño que se ríe de algo a escondidas buscando complicidad con alguien más.
El apogeo de Nelly no llegó hasta el final del viaje, en el avión. Nada más salir del aparato se acercó a nosotros con la descrita sonrisa y susurró como de costumbre: “No comí. Pero les vi tomar vino en el avión y me entusiasmé. Me dije: ¿Por qué yo no?”
Recapitulemos: es una mujer entre pequeña y minúscula, con el estómago vacío salvo unas copas de vino peleón checo. Se encontraba algo soñadora y estimulada. Y nos contó la idílica historia de amor con Walter: él se enamoró de ella al verla y pasaba todos los días cerca de su casa. Un buen día éste se las arregló para coincidir y surgió el amor.
“Él se enamoró de mi pero yo no de él. Es que soy muy cerebral”.
Los amamos a los dos.