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Tres de tréboles
Tu carta
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YO SÍ
 
Oferta y demanda
Josué me dio el paquete. Pesaba bastante.
- Hoy te toca... – miró unos papeles- Callao.
Yo pensé- de puta madre. Si me paso el día en la plaza de Callao. Y así, cuando me aburra, me meto en el cine.
- Jorge y Marisa van contigo. Dijo Josué.
Ya me podía haber tocado con Alicia. Pero no. Lo de Alicia iba a ser un espejismo.
Pensé que a la hora de comer, me podría ir a Legazpi andando (que es donde le tocó a Alicia) y comer con ellos. Por cierto, ando porque no tengo metrobus.
Era joven y necesitaba el dinero. Tenía que trabajar en lo que fuera si quería hacerme una idea de lo que es no depender “absolutistamente” de mis padres.
Un colega me habló de “Ristra”, una ETT que por lo visto estaba muy bien y que te llamaban enseguida para trabajos “superchulos” (todavía no trabajaban la trata de blancas).
Me dijo que se venía conmigo a apuntarse.
En el camino del metro a la ETT, me dijo que un colega suyo, un tal “Juan Enrique” y otro llamado “Germo” eran asiduos trabajadores de los empleos que proporcionaba la nombrada ETT.
Fuimos inscritos en la lista de jóvenes subordinados a la tiranía del liberalismo económico. Los trabajos basura abundan pero también lo hacen los empleados basura.
Al ser una ETT moderna, tienen muy claro el concepto del reciclaje. Hay empleados basura que se reciclan y de ser una caja de cereales, pasan a ser libros de poesía (o de cortar las entradas en un cine, pasan a llevar cafés de un lado a otro).
Otros empleados como yo, no se reciclan. Directamente se desechan por biodegradables.
Mi amigo es ahora un libro de poesía, y yo me biodegrado por momentos.
No es justo pero a los dos días, mi poético amigo ya trabajaba. Yo esperé tres meses sin llamada. Y el trabajo de ahora, lo conseguí por otros medios: un tipo con un cartel de “Compro oro” me ofreció su empleo por tres horas a cambio de cinco euros (tenía que irse a una manifestación del PP). Yo acepté encantado ya que los cinco euros me venían de puta madre. No llegó a las tres horas y lo único que había conseguido era un inmenso cartel que rezaba: “compro oro. Manuel Ízca”.
Me senté en el suelo de la calle y dejé el cartel apoyado en la fachada. Al rato apareció una señora vieja vieja. Se paró delante de mí y entornó los ojos intentando leer el cartel. No parecía leerlo. Buscó en su bolso. Sacó unas gafas y las sujetó, sin abrirlas, delante de su cara. No parecía que funcionara. Volvió al bolso y sacó en monedero, lo abrió y sacó unas monedillas que tiró encima de mi bufanda que descansaba en el suelo. Se fue diciendo: España no va bien.
Las monedillas eran dos: una de cinco céntimos y otra de uno. Seis en total. Diez pesetas. Desde luego, España no va mu bien.
Me limité a fliparlo y al cabo de media hora se me acercó un tipo que me miraba con cara de extrañeza. Lo conocería más tarde como Josué. Por su pinta creí que venía a venderme oro. Llevaba unos cuantos anillos de los bonitos y un collar de los guapos.
Mientras se presentó y le conté lo acontecido. Se sacó un pedazo de jachís y empezó a quemarlo. Se acabó de liar el porro cuando me dijo que él era el que contrataba a los empleados del sitio que me encontraba anunciando. Me preguntó si quería trabajar con ellos a la vez que me pasó el porro. Me embaucó prometiéndome el oro y el moro y caí.
Ahora estoy en Callao, sin Alicia, y haciendo horas extras. Horas extras para saldar un impago: Josué me fió la piedra de costo. Me la vendía por cinco euros. Yo pensé que esos cinco euros se los podría dar el tipo que me endiñó el cartel pero no se supo nada más del greñas en cuestión.
Para saldar la deuda tenía que trabajar una hora y pico ya que nos pagaban 3’20 euros la hora.
El truco estaba en dar las gracias antes de que te cojan el folleto. Ya que así, enterneces al caminante y coge tu publicidad. Lo malo es cuando repartes folletos con un público objetivo reducido. Mi público objetivo eran varones de 18 en adelante, mal vestidos, con cara de desgraciados, y con pelo graso. Alguna vez le daba un papel a una señora con visón, esperando su escandalizada reacción. (era lo único divertido).
Al principio era degradante ya que nada más coger el folleto lo tiraban a la papelera más cercana. Recordé que Josué me dijo que me pusiera en un sitio lo más alejado de papeleras para que tuvieran que leerlo y lo hice. Lo que pasaba ahora era que los tiraban directamente al suelo (hay gente que no tiene tan asimilado el espíritu del reciclaje).
Otra de las advertencias de Josué fue que diera los folletos con la información boca abajo. Lo comprendí enseguida.

El momento del cobro llegó y Josué tuvo la brillante idea de pagarnos con un pase especial en el establecimiento que publicitábamos. Sólo aceptó Jorge y los demás no cobramos. Me fumé el último porro que me quedaba.