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Tres de tréboles
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El accidente
 
A(T)(P)ESTADO

La escena del crimen era algo extraña: el cadáver estaba sentado en un sofá y sostenía un revolver de goma en la mano derecha pero el impacto de bala se encontraba en la sien izquierda. Si se hubiera suicidado el impacto tendría que estar en la sien derecha. El asesino sin duda era disléxico.
Se corrió la Voz. Había dos sospechosos. Uno de los dos era el asesino. Pero estaban muertos.
-Estamos muertos- decían.
Yo no sabía que pensar. Y es que lo de pensar no se puede provocar, hay que pensar antes en lo que se va a pensar. Cuando tengo que pensar, siempre acabo pensando en lo mismo. Qué le voy a hacer...
-Me da en la nariz que el muerto es inocente- dijo Medone.
-lo único que me da en la nariz es que el muerto se esta pudriendo- contesté.
-descompongamos lo hechos- añadió.
-mejor tomémonos un café y que el muerto se vaya descomponiendo solo-contesté a Medone.
Cuando volvimos de la cafetería, Keiro el muerto, lejos de descomponerse, había ganado algo de peso.
- para ser un joven de 35 años la muerte le ha echado 20 años encima- observé.
-es curioso el cuerpo humano. El impacto de bala ha cicatrizado. Ahora será imposible examinarla. Esto nos pasa por no actuar rápidamente.
-nuestro trabajo no es actuar rápido Medone. Si el cuerpo hubiera actuado rápido, habrían llegado antes de que se produjera el asesinato. Somos forenses, tenemos todo el tiempo del mundo- expuse al inexperto Medone.
-yo a las 9 he quedado con una chica- dijo.
-pues dile que se venga y que traiga comida china, tenemos que terminar la partida de mus. Si viene ella somos cuatro.
-Keiro no cuenta- inquirió Medone.
-es demasiado tarde para un cursillo de alfabetización para Keiro. Está muerto.
-pues yo escribo mucho mejor si dejo la mano muerta jefe. Sale el subconsciente.
-ofrézcale su pluma a Keiro y comprobemos eso- dije.
-prefiero no hacerlo jefe. Nunca acepto un no por respuesta- protesto Medone.
-como mucho permanecerá en silencio-aclaré.
-ya, pero es que el que calla otorga-dijo no sin razón Medone.
-¿Es usted gilipollas?
-¿Cómo se atreve jefe?- dijo Medone.
No le preguntaba a usted Medone, le preguntaba al muerto. Estaba comprobando lo de “el que calla otorga”. Ya sé que usted es gilipollas.
-Pues permanece en silencio-constató Medone.
-Creo que antes de esto estaba menos callado que ahora.
-No. Es que antes le daban más conversación-dijo Medone.
Keiro soltó un resoplo.
-El muerto ha soltado un resoplo-exclamó Medone.
-Eso ya lo he dicho yo dos líneas más arriba- increpé a Medone.
-pero no es lo mismo. Era parte de la narración y yo sólo salgo en los diálogos- protestó.
-No es lo mismo pero es casi igual- contesté molestado.
-A mi también me gustaría narrar un rato jefe.
-Bueno, esta bien. Pero sólo mientras voy al servicio- aclaré.
El Jefe Descos se fue al servicio. Seguía andando con los pies abiertos, como un pato.
-Cuidadito con lo que narras que te estoy oyendo- dijo Descos desde el pasillo.
Cogí un cigarro y lo encendí con unas cerillas que tenía Keiro en el delantal. No recordaba que llevara delantal. Pero ¿quién soy yo para juzgar a un muerto? La ventana dejaba ver una noche fria y lluviosa. El sonido de la lluvia en el cristal me recordaba a cuando las palomitas ya llevan más de minuto y medio en el microondas.
Keiro seguía muerto pero tenía mejor color. De hecho tenía mejor color que yo. En seguida comprendí que le apretaba demasiado el collar de perlas que llevaba en el cuello, lo solté y adquirió un color mucho más acorde con la estética del relato.
Descos volvió del servicio colocándose el calzoncillo a través del pantalón.
-Hijo puta, eso no lo digas- dijo Descos.
-Yo es que narro objetivamente- contesté.
-Ese “contesté” sobra, ahora narro yo otra vez- aclaré a Medone.
-Usted manda jefe.
-A ver... ¿Qué cojones has dicho mientras estaba en el servicio?- pregunté autoritariamente.
-pues he estado haciendo una descripción y tal- dijo Medone.
-A ver... desde que me fui al servicio...tal un cigarro... cerillas... ventana... ¿Noche fría y lluviosa?.. Pero si hace un sol bestial- dije a Medone.
-Ya joe, pero queda mejor lo de la lluvia- Se defendió.
-Con que narrador objetivo... tócate los cojones con Medone... “el sonido de la lluvia en el cristal”... menudo merluzo estas hecho... eso de la lluvia en el cristal es un topicazo y todo el mundo lo pone...- Protesté.
-Pues a mi me ha parecido un detalle muy atmosférico- aclaró Medone.
-Bueno mira, a lo que estamos. ¿Has interrogado al sospechoso?
-¿A Keiro?- preguntó Medone.
-Claro.
-Eso es absurdo jefe, está muerto y ya lo hemos intentado.
-Pero ¿cómo estar seguros de que es realmente Keiro?- Pregunté.
-Podemos hacer una ouija- dijo Medone.
-No. Mejor busque Keiro en la guía, llame al teléfono que salga con su movil y espere a que Keiro conteste.
-Nunca se deja de aprender con usted- dijo Medone.
-¡Yo no he dicho eso!- dijo en realidad el inoportuno Medone.
-Con lo bien que quedaba esa frase: el forense veterano ilustrando al forense inexperto- dije enfadado.
La puerta de la entrada se abrió. Un hombre mayor de unos 75 años no podía salir de su sorpresa al vernos a Medone y a mi en la estancia.
-¿Quiénes son ustedes?- dijo el hombre.
-Somos forenses y estamos interrogando al cadáver de Keiro- dije arqueando la ceja izquierda.
-Ese no es Keiro. A Keiro se lo llevaron hace ya rato del piso de arriba. Esa es mi mujer Ernesta. Déjenla descansar que tiene el sueño muy ligero.
-¿Está usted cuestionando mi método de trabajo?- pregunté mientras me cogía el tirante derecho.
-Jefe, creo que debemos irnos, este señor tiene razón: su método de trabajo es una mierda- dijo Medone.
-¿Evaristo?- rugió Keiro, digo la vieja, perdón.
-Si cariño- bramó el viejo.
-No se por qué pero me gustaría jugar una partida de mus- dijo la vieja.
-¡Perfecto! Somos cuatro. Si está totalmente segura de que no está muerta y de que no es keiro podemos echar una partida sin miedo a que se descomponga- aclaré.
-¡Estupendo!- dijo la vieja.
-Es todo muy curioso Medone. Lo que realmente me despistó fue el olor de la mujer, me recordaba tanto a el de Keiro. Era muy parecido... quizás más intenso.


 
Izca trabaja

El señor Izca llegó a la calle de Aguirre. Todavía le dolía la cartera después de haber pagado al taxista. Su cartera acababa de deshacerse de un resfriado y ahora tenía un esguince del quince.
Su billete de dos mil pesetas estaba cumpliendo condena en un cajero de una bombonería de la calle Serrano y el de cinco mil se había escapado con un par de perras.
Le desagradaba de sobremanera lo sucia que era su corbata. Nunca encontraba el momento de darse un baño pero en realidad no era su culpa: intentó convencer al billete de cinco mil de ir de vacaciones a una tintorería en Alcorcón, pero al escaparse con las perras rubias el romántico plan se fue al traste.
El caso es que Manuel Izca entro en el número 13 de la calle en cuestión.
El portero de poblada barba en realidad era una señora de 30 años. Y el ascensor era en realidad un hombre con barba. Decidió subir andando.
Fue pasando la mano por la barandilla en el recorrido al segundo piso. Al llegar levantó la mano de la barandilla y saboreó el polvo acumulado con su lengua. A Manuel Izca le parecía asqueroso pero su lengua era muy aficionada al polvo y si quería hacer un gran “speech”, necesitaba este incentivo.
El 2º A tenía un cartel rosa en la puerta. Rezaba: “antes de llamar comprueben que hay alguien dentro. Si llaman y no hay nadie, resultaría absurdo ¿no?” Manuel estaba de acuerdo. No tendría sentido llamar si no había nadie así que decidió esperar a oír algún ruido dentro de la casa para llamar.
Tres horas fueron necesarias para oír un ruido, pero venía de la casa contigua. Después de masturbarse un par de veces decidió disparar la cerradura para abrir la puerta. Se abrió. Y del pasillo se empezaron a escuchar unos pasos. Su experiencia como detective le decía que eran los pasos de un hombre grande, con dos pendientes de oro y con acné en la palma de las manos. Resultó ser una anciana con el pelo encrespado que arrastraba un perro disecado que se deslizaba por el parquet gracias a unas rueditas instaladas en las patas.
Al ver el perro, Manuel Izca disparó su pistola repetidas veces hacia él. Le quedaban dos balas y decidió dispararlas a la rodilla derecha de la anciana. Fue un acto reflejo.
-Siento haber destrozado la cerradura pero al ver el cartel, me ha parecido lo más sensato- dijo el señor Izca.
-Ese cartel tiene muchas lecturas- contestó la anciana.
-Soy detective privado de profesión. Lo malo es que no soy un gran interrogador. ¿Tiene algo que declarar?
-Por supuesto- replicó la anciana.
-Muy bien, eso es todo- dijo el señor Izca mientras cogía uno de los caramelos de azúcar que guardaba la señora en un cajón.
Izca se fue de la estancia. La portera que era en realidad un hombre barbudo seguía allí leyendo los ingredientes de un sobre de sopa en polvo con una simple variante: el sobre estaba abierto y de tanto en tanto introducía una cucharilla en su interior y tragaba con dificultad parte de su contenido. El ascensor había encontrado una nueva función: obligaba a varios sobres amarillos a que se precipitaran a una papelera de metal donde había propagado un fuego que todavía no había alcanzado los 12 grados. Hacer fuego nunca fue su fuerte.
Manuel Izca se sintió mal y compró un caramelo igual que el que había cogido de la casa de la anciana. Al llegar al portal pidió un sobre al ascensor y metió el dulce en el buzón de la anciana. Él no era un ladrón.
Se fue a una cafetería un compró tabaco. Compró una cajetilla de Camel y una de Marlboro. Manuel Izca nunca fumaba dos cigarrillos seguidos de la misma marca, de hecho, no fumaba en absoluto.
Encendió un cigarro por el filtro y absorbió el humo de plástico quemado. Se había acostumbrado a ese sabor. Cuando descubrió que se fumaban por el otro lado ya era adicto a los filtros.
-¡Viva la vida del funcionario!- gritaba un indigente.
Era Fargue Molterián, el abogado que le proporcionaba los casos al señor Izca. Molterián le pagó a Izca 3 mil pesetas por las dos cajetillas de tabaco del día anterior. A el le gustaban los cigarros sin filtro.
-La señora La Rogge no sabe nada de Comoredo Gutierrez- dijo Izca mientras rompía un billete de mil pesetas.
-La Rogge es muy astuta y sabe distinguir lo personal de “personalmente”- contestó Molterián.
-Bien- aclaró Izca mientras guardaba uno de los trozos del billete en el bolsillo de la chaqueta sin mangas de Molterián.
Izca se fue corriendo calle abajo. Cogío el palo de un ciego que descansaba sobre una mesa de madera y lo lanzó sobre el techo de la casa de enfrente.
Se sentó al lado del ciego y le preguntó si quería ser su amigo.
Resultó ser una mujer muda de 23 años. No era ciega ya que miró su reloj y tras poner cara de sorpresa se fue calle arriba.
Descubrió algo incomparable: Las cáscaras de cítrico azulenígino le daban ardor de estómago.
 
Macroeconomía
Lon-ching eligió Alberto como nombre. Todos los demás que le gustaban estaban ocupados. Y no era más que una estrategia de márketing para acercarse al comprador. Lon no dejó a su mujer e hijos en Hong-kong como casi todos los demás, porque no tenía. De echo, él viajó a España por una mujer: Liao. La verdad es que era fea. Muy fea. Pero preparaba el mejor pato laqueado de toda China. A él le gustaban el pato y ella. Lástima que, como él, no tuviera otro cometido que vender cerveza a los alocados jóvenes españoles. Lon, tenemos que decir, tampoco era un bellezón.

Liao si tenía hijos. Se dedicaban a confeccionar muñecos de Harry Potter en su país. Todos los meses Liao recibía uno de estos muñecos, lo abría y desprendía el Los-tag de su interior. Guardaba el Los-tag en un bote listo para ser usado.
Lon-ching (o Alberto) salió con su carro a la calle. Con el frío que hacía, tuvieron que cambiar el eslogan de su producto. Si antes era “cerveza, cerveza muy fría”, ahora era únicamente “cerveza, cerveza”. A Lon-ching le hacía gracia lo perspicaces que se creían los jóvenes españoles al conseguir comprar tres botes de cerveza por sólo dos euros. Seguía habiendo un 120% de beneficio... no me preguntéis cómo.
Lon, después de vender la mitad de su mercancía, caminaba con los ojos bien abiertos en busca de Liao. La encontró corriendo calle abajo con el carro a cuestas. La policía andaba cerca. La siguió. La siguió tan torpemente que tiró todo el cajón en el que descansaban los bocadillos, chocolatinas y tarteras que vendía Yiu-song (Carlos era su nombre de guerra). Yiu empezó a gritarle ya que dos de las tarteras de arroz tres delicias que vendía, se habían abierto sobre el suelo. Mientras, Lon perdía la figura de Liao en la lejanía.

-¡Es la segunda vez esta semana que me tiras una tarrina! Dijo Yiu. Venga Lon, ayúdame a recoger esto, mete el arroz otra vez en su tarrina, llévaselo a Hian y dile que lo caliente un poco. Después de haber estado en el suelo, y con el frío que hace, no va a querer comprarlo nadie. ¿A quién le gusta la comida fria?
Lon lo hizo sin rechistar pero malhumorado tras haber perdido la pista de Liao.
Bajando por la calle creyó ver algo en el suelo. Era un muñeco de trapo. ¡Un Harry potter! Muy parecido a los que confeccionaban los hijos de Liao.

Para cerciorarse miró la etiqueta. No había duda, rezaba un clarísimo “made in China”. Liao debía estar cerca. Antes de llegar al apartamento de Hian, donde debía calentar el arroz, unos chavales españoles se acercaron a Lon. Vestían de una manera que Lon calificaba de graciosa. parecían japoneses. Ya habían sido compradores anteriormente. Le querían comprar las dos tarrinas de arroz por tres euros.
-Alberto, te doy tres euros y me das dos de arroz. ¿Vale?
Lon accedió y ambos, Lon y los chavales, se fueron con rapidez, contentos con el trueque.
Liao seguía desaparecida. Y la ventana de su cuarto tenía la luz apagada. No estaba en casa. Siempre que Liao está en casa, se encuentra sentada junto a la ventana con la luz encendida y tejiendo. No podría estar cocinando ya que esto le estaba ¡TERMINANTEMENTE PROHIBIDO! Sólo podía tejer. Tejiendo no podía llamar demasiado la atención ya que lo hacía sin gracia especial. Pero era una gran cocinera y si cocinaba podría llamar demasiado la atención. Eso también estaba ¡TERMINANTEMENTE PROHIBIDO!

Liao estaba en la calle. En una esquina vendía una lata de cerveza.
Liao vio en la plaza a Lon y sonrió con una sonrisa muy fea pero que, inexplicablemente, le agradó de sobremanera.
Tras sonreír se fue calle arriba. La actitud de Liao le recordaba mucho a una canción española de la que se hizo una remezcla hacía dos años en china. La de: “cuándo crees que me ves cruzo la pared. Hago ¡chas! Y aparezco a tu lado.. Quieres ir tras de mi, pobrecito de ti. No me puedes atrapar”.
Lon la siguió. Creyó que Liao habría ido a otra plaza pero las mujeres chinas eran sigilosas y Liao lo era más que la media. También se decía que las mujeres chinas eran recatadas y que se peinaban el poco y liso bello púbico que tenían con la raya a un lado. O al menos eso había oído Lon. Pero eso es otro tema...

Lon llegó a la plaza. Había muchos jóvenes españoles y Liao vendía sus últimas cervezas. Cuando ésta guardó el dinero, levantó la vista y vio a Lon.
-voy a mostrarte una cosa. Dijo Liao.
-¿El qué? Contestó Lon.
-un lugar donde la culebra del monte se resguarda cuando cae la noche.
Esta frase puso a Lon especialmente nervioso. Él solía leer un comic que tenía ese título. Lo único bueno que habían echo los japoneses, según Lon.
Liao se llevó a Lon a unos soportales. Abrió el carro de Lon, cogió una lata de cerveza, la abrió, y bebió un buen trago de su contenido. Le obligo a beber un trago a él, y le besó fuertemente en la boca mientras le tocaba el culo a través de los vaqueros. Liao besaba a Lon con pasión y él empezaba a desinhibirse bastante.
Mientras Lon ya había metido la mano en el sujetador de Liao, ésta vio el muñeco de Harry Potter en el bolsillo del anorac de Lon.
-¡creía que lo había perdido! ¡lo has encontrado! Dijo Liao mientras sacaba el muñeco.
Liao le acababa de cortar el rollo a Lon y el pobre, se tomó la interrupción como un: “echa el freno, moreno” (refrán chino).
Lon intentaba reanudar el acercamiento sexual mientras que Liao no le hacía mucho caso ya que intentaba abrir el muñeco por el belcro de la espalda.
Lon no entendía nada. Primero el beso pasional y ahora nada. Lon permanecía erecto e inmóvil.
Liao consiguió abrir el muñeco y extrajo una especie de algodón que Lon no había visto antes (el Los-tag). Le metió a toda prisa un poco de el algodón a Lon en la boca y cogió otro poco para ella. Lon masticó y tragó. Sabía a comida china en general. Empezó a sentir un ardor en el estómago y agarró a Liao por la cintura. El juego sexual recomenzaba.
El cinturón de Liao estaba bien abrochado. Se lo quitó ella. Las bragas eran las que vendía Cao-xin en la tienda... Raya en medio. ¡Casi!
Los jóvenes se paraban perplejos ya que Liao y Lon estaban a la vista, en unos soportales. No todos los días se ve una pareja de chinos liándose a lo bestia en la calle. Pero a lo bestia.
Un chico con más piercings que neuronas, se acercó y empezó a coger las cervezas que Lon estaba claramente descuidando.
Una chica hizo una foto con el movil mientras decía:
-Es que tanto trabajar... es normal.
Con el polvo a medias se fueron a la habitación de Liao y de 13 chicas más a toda prisa. A partir de entonces aunque la ventana de Liao no tuviera luz y no se viera su figura tejiendo, no se podía saber con certeza si estaba o no en casa.

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Los-tag: ingrediente que lleva toda la comida china en mayor o menor medida. Le da ese sabor turbio que hace que un cerdo agridulce o un rollito de primavera tengan exactamente el mismo gusto. Se administra en muy pequeñas cantidades. El uso indiscriminado del Los-tag desencadena una necesidad sexual incontrolable. (El verdadero impulsor de la economía china).