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Tres de tréboles
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Cambio de espacio
Mucho ha sido lo que me ha dado este espacio. Ahora estoy en:
TRES DE TREBOLES
¡VISITENME POR FAVOR!
 
Pretending
Todos tenemos un pasado. Ella tenía varios intuidos y ninguno nítido. Mi pasado era aburrido: una granja, 6 hermanos, un tractor...
Con los 60 dólares que conseguí tras vender el viejo Chevrolet de Padre, me compre un traje azul, una camisa y una corbata de las que se ven en el cine, bueno, de las que se verían de no ser por el blanco y negro.
El local era oscuro, ella cantó una canción que me recordaba a Georgia. De hecho la cantaba mi madre antes de morir.
El humo no me dejaba ver con claridad sus labios. Eran rojos, grandes, imposibles de escrutar.
Me cambié de mesa. Me senté al lado de la chica morena que me miraba desde que entré. Nunca me costó acercarme a las mujeres. La morena estaba nerviosa a mi lado pero yo sólo tenía ojos para los labios de la rubia que cantaba como un ángel.
Al terminar el clarinete la besó la mano y yo me levante de un salto aplaudiendo como nunca. La morena se me quedó mirando y se levantó con desgana para aplaudir conmigo.
-Es buena.- dijo
-Es un milagro.-contesté.
La rubia sacó una pitillera de su bolso y vino a mi lado sin quitarme la vista de encima.
Un cigarro tuvo el privilegio de levitar desde la caja de metal hasta encontrarse en un beso con sus dos carnosas fresas. Pintadas de rojo por el mismísimo Miguel Ángel.
-¿Tienes fuego encanto?
Las palabras salían de su boca tristes de dejarla.
-Creo que soy el único del local al que no le quema el fuego en los bolsillos.-conteste con desdén.
Un mechero apareció encendido por la derecha entre ella y yo. Era la morena que no sabía que estaba logrando iluminar la obra de arte más bella de todo Cansas City.
-¿Has venido con tu niñera?- preguntaron las alas de la Victoria de Samotracia.
-Viajo solo pero casi nunca me quemo.-dije.
-Todo es cuestión de tener un extintor cerca.-añadió.
-Supongo que ese vestido rojo sólo será un disfraz.
-Nunca extingo mi propio fuego, eso se lo dejo a las demás.-inquirió con malicia.
Apretó los labios y esculpió un anillo de humo que viajó hacia arriba paralelo al techo hasta que colisionó con éste dejando que desapareciera como las ondas en el agua.
Volvió al escenario. Despacio. Propagando llamaradas a su camino.
Cantó algo que no recuerdo. Sólo recuerdo la forma que adoptaban sus labios cuando pronunciaba la palabra “Love”.

 
Fotolog por un día

Navegando por los fotologs.

Vania wapa!!

conoceme por fotolog.

como la prensa del corazón.

Audio: Los gritos de mi madre diciendo "baja a comer coño! ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?"
 
El papel de su vida

Francesca era optimista. Ese sería el papel de su vida. No importara que buscaran a una rubia de ojos azules con acento inglés, sabía que era para ella.
Se presentó al casting con una peluca rubia platino que había comprado en una feria ambulante de Sorrento, unas gafas alargadas y un pañuelo de su abuela (creemos que no es indispensable decir que a parte de estos accesorios estaba vestida).
Era una película de época. Época incierta.
Al llegar al lugar, Francesca estaba algo nerviosa. Le dieron un papel para que memorizara unas frases. En eso consistiría la prueba.
La señora que le dio el papel le resultaba realmente familiar a Francesca.
Pensó:
-Puede que esta señora viviera en el pueblo de mis padres. No sé. De joven debió ser muy guapa... ¡Qué rabia me da no acordarme! Puede que le viera en Milán cuando trabajaba con Roger y los demás... No... Quizás solamente era una cara común más, Las señoras mayores italianas tienen muchas un look parecido... Entre antiguo y antiquísimo con un panuelo cantoso al cuello.
Las otras chicas si eran rubias pero parecían una copia barata de Sandra Dee. Repetían para si mismas las pocas palabras que les había entregado la ex-guapa italiana:
- “io sonno una ragazza bionda...”
Las demás chicas no tendrían que hacer muchos esfuerzos en la interpretación.
Francesca se encogió de hombros y abrió el bolso, sacó el pintalabios y se perfiló el labio inferior. Nunca necesitó un espejo para pintarse.
De repente, la puerta de la habitación donde se hacía el casting se abrió de golpe a la vez que se escuchaba un italo-sollozo de una joven. Salió una rubia llorando a lagrima viva a la vez que se iba abrochando el sujetador. Francesca creyó entender entre los mocos de la muchacha algo de “Trattoría Gibella sempre aperta”... en realidad era la hija de los dueños de la trattoría Gibella cagandose en todo ya que había descubierto que se pasaría los días de su vida rayando queso parmesano.
Las Sandras Dees se miraron y una de ellas, ni corta ni perezosa, se sacó el sujetador de la camisa con una maestría inconcebible. Hay gente muy profesional.
La italiana mayor se desprendió de una carcajada seca que fue la precursora a un concierto de tos y risa. Sólo cesó cuando dio la primera calada a un cigarro “Vogue”. Francesca sonrió y volvió a su papel.
Le tocó el turno pero ella seguía pensando en quién podría ser la señora mayor.
En la habitación había un grupo de cinco personas. El director de la película tenía una lata de cerveza en la mano. Le sorprendió a Francesca ya que eran las once de la mañana. La sorpresa desapareció cuando se dio cuenta de que la lata era para echar la ceniza del porro que compartía con el gordo rubio de jersey rosa y gafas granate.
Francesca desde pequeña había aprendido a leer los labios de la gente. Se sentaba en el parque y practicaba leyéndoselos a los enamorados que se decían las tonterías más gordas que había “leido” en su vida. El gordo rubio le dijo a la jefa de producción octogenaria:
-Bella...
Estaba acostumbrada a que se lo dijeran pero el escucharlo de Giacomo Farfalla fue una caricia a su, incomprensiblemente, frágil autoestima.
Le ordenaron que dijera sus frases a cámara y tras decir: “alora...” el director la interrumpió.
Se levantó de su asiento y le devolvió el porro a Giacomo. Se acercó hacia ella con el ceño fruncido. Muy despacio. Francesca no comprendía que había hecho mal y se ajustó el jersey nerviosa. El director se acomodó las patillas y se guardó sus gafas de pera en el bolsillo (roto) de la chaqueta.
La jefa de producción soltó un ronquido. El cámara una risita. Giacomo un suspiro y Francesca un doble pestañeo.
El director la arrebató de un zarpazo la peluca y se vió por primera vez su pelo negro. Entonces el director le dio el pie de la frase: “alora...”
Francesca soltó su frase a los ojos del director y sin dejarla terminar este le besó en los labios. Francesca le soltó una torta en la patilla izquerda que sonó como un tiro con silenciador.
Francesca se cagó en todos los directores pervertidos que se empeñan en protagonizar sus películas aún careciendo de talento y tiró el papel al suelo.
El director recogió el papel y cambió una cosa con un boli. Le obligo a leerlo otra vez. Francesca leyó:
-“io sonno una ragazza castana”
Francesca no se equivocaba.