Izca trabaja

El señor Izca llegó a la calle de Aguirre. Todavía le dolía la cartera después de haber pagado al taxista. Su cartera acababa de deshacerse de un resfriado y ahora tenía un esguince del quince.
Su billete de dos mil pesetas estaba cumpliendo condena en un cajero de una bombonería de la calle Serrano y el de cinco mil se había escapado con un par de perras.
Le desagradaba de sobremanera lo sucia que era su corbata. Nunca encontraba el momento de darse un baño pero en realidad no era su culpa: intentó convencer al billete de cinco mil de ir de vacaciones a una tintorería en Alcorcón, pero al escaparse con las perras rubias el romántico plan se fue al traste.
El caso es que Manuel Izca entro en el número 13 de la calle en cuestión.
El portero de poblada barba en realidad era una señora de 30 años. Y el ascensor era en realidad un hombre con barba. Decidió subir andando.
Fue pasando la mano por la barandilla en el recorrido al segundo piso. Al llegar levantó la mano de la barandilla y saboreó el polvo acumulado con su lengua. A Manuel Izca le parecía asqueroso pero su lengua era muy aficionada al polvo y si quería hacer un gran “speech”, necesitaba este incentivo.
El 2º A tenía un cartel rosa en la puerta. Rezaba: “antes de llamar comprueben que hay alguien dentro. Si llaman y no hay nadie, resultaría absurdo ¿no?” Manuel estaba de acuerdo. No tendría sentido llamar si no había nadie así que decidió esperar a oír algún ruido dentro de la casa para llamar.
Tres horas fueron necesarias para oír un ruido, pero venía de la casa contigua. Después de masturbarse un par de veces decidió disparar la cerradura para abrir la puerta. Se abrió. Y del pasillo se empezaron a escuchar unos pasos. Su experiencia como detective le decía que eran los pasos de un hombre grande, con dos pendientes de oro y con acné en la palma de las manos. Resultó ser una anciana con el pelo encrespado que arrastraba un perro disecado que se deslizaba por el parquet gracias a unas rueditas instaladas en las patas.
Al ver el perro, Manuel Izca disparó su pistola repetidas veces hacia él. Le quedaban dos balas y decidió dispararlas a la rodilla derecha de la anciana. Fue un acto reflejo.
-Siento haber destrozado la cerradura pero al ver el cartel, me ha parecido lo más sensato- dijo el señor Izca.
-Ese cartel tiene muchas lecturas- contestó la anciana.
-Soy detective privado de profesión. Lo malo es que no soy un gran interrogador. ¿Tiene algo que declarar?
-Por supuesto- replicó la anciana.
-Muy bien, eso es todo- dijo el señor Izca mientras cogía uno de los caramelos de azúcar que guardaba la señora en un cajón.
Izca se fue de la estancia. La portera que era en realidad un hombre barbudo seguía allí leyendo los ingredientes de un sobre de sopa en polvo con una simple variante: el sobre estaba abierto y de tanto en tanto introducía una cucharilla en su interior y tragaba con dificultad parte de su contenido. El ascensor había encontrado una nueva función: obligaba a varios sobres amarillos a que se precipitaran a una papelera de metal donde había propagado un fuego que todavía no había alcanzado los 12 grados. Hacer fuego nunca fue su fuerte.
Manuel Izca se sintió mal y compró un caramelo igual que el que había cogido de la casa de la anciana. Al llegar al portal pidió un sobre al ascensor y metió el dulce en el buzón de la anciana. Él no era un ladrón.
Se fue a una cafetería un compró tabaco. Compró una cajetilla de Camel y una de Marlboro. Manuel Izca nunca fumaba dos cigarrillos seguidos de la misma marca, de hecho, no fumaba en absoluto.
Encendió un cigarro por el filtro y absorbió el humo de plástico quemado. Se había acostumbrado a ese sabor. Cuando descubrió que se fumaban por el otro lado ya era adicto a los filtros.
-¡Viva la vida del funcionario!- gritaba un indigente.
Era Fargue Molterián, el abogado que le proporcionaba los casos al señor Izca. Molterián le pagó a Izca 3 mil pesetas por las dos cajetillas de tabaco del día anterior. A el le gustaban los cigarros sin filtro.
-La señora La Rogge no sabe nada de Comoredo Gutierrez- dijo Izca mientras rompía un billete de mil pesetas.
-La Rogge es muy astuta y sabe distinguir lo personal de “personalmente”- contestó Molterián.
-Bien- aclaró Izca mientras guardaba uno de los trozos del billete en el bolsillo de la chaqueta sin mangas de Molterián.
Izca se fue corriendo calle abajo. Cogío el palo de un ciego que descansaba sobre una mesa de madera y lo lanzó sobre el techo de la casa de enfrente.
Se sentó al lado del ciego y le preguntó si quería ser su amigo.
Resultó ser una mujer muda de 23 años. No era ciega ya que miró su reloj y tras poner cara de sorpresa se fue calle arriba.
Descubrió algo incomparable: Las cáscaras de cítrico azulenígino le daban ardor de estómago.
Comentario:
hacia tiempo que no pasaba por aki... y no me he llevado una decepcion. el dibujo me enknta, sobretodo el detalle del tres de treboles en el bolsillo ;)y la historia tmb muy wapa.
a ver si nos vemos, un bso!
a ver si nos vemos, un bso!
Comentario:
Mola
Comentario:
.........el dibujo es un pasote, chachi piruli.
El texto no se.
SALUDOS
El texto no se.
SALUDOS
Comentario:
futuro sabina??XD
Comentario:
aki el sr rboss con tecnicismos k flipao ni k fuese pura haz algo x san patrick pinta algo verde es este viernes bsos rubia
Comentario:
esto ya otra cosa, me mola mazo tu loco en serio cojonudo... esto es un anticipo en plan investigaciones troya... mu chulo, y el dibujo dejate d hacer pibas cantando jazz en los 50 y haz mas d estos.
P.D a partir d ahora descubrir un texto autenticamente tuyo es muy facil jaja la palabra SOBREMANERA se repite eehh, reiteracion liguistica jaja
P.D a partir d ahora descubrir un texto autenticamente tuyo es muy facil jaja la palabra SOBREMANERA se repite eehh, reiteracion liguistica jaja





