Sobre el casorio... explicación ampliada
Tengo la impresión de haberme explicado mal. Como si hubiera escrito un post en contra del matrimonio. Y no es así... con lo que me gustan las bodas a mí... bueno, en realidad no me gustan nada: me horripilan, me espantan, me dan urticaria... y sí que me gustan...
Me explico.
Comenzaré diciendo que la intención de mi comentario anterior era compartir con vosotros la inquietud que me producen los dogmáticos, en este caso concreto, del matrimonio. Me parece estupendo que la gente se case, pero también que se descase, si eso es lo que quieren. Vamos, que cada cual haga lo que se le ponga en el moño. No era un post anti-casorio, si no a favor de la libertad de elección en todo momento, y una loa a la ley del divorcio, tan necesaria y útil, una especie de bala en la recámara por si el contrario nos deja de parecer lo más estupendo del mundo y del extranjero...
Pero en ningún caso hago apología de la libre unión, del matrimonio, del divorcio o de ninguna otra cosa, porque a mí me importa un pito el estado civil de los otros, siempre y cuando sean felices. Sólo digo que existen opciones, y que están ahí para usarlas a nuestra conveniencia. Y que es bueno que existan opciones para cambiar las elecciones equivocadas.
Dicho esto, mi postura personal es que me gustan las bodas. Mas exactamente, las bodas en las que soy yo la que se casa, que como aún no ha sucedido tal evento, sólo son bodas imaginarias, pero qué bien me lo paso pensándolas.
Porque a mí, las bodas de los otros, o sea, a las que me invitan, en un 99%, me horrorizan. A poca vida social que uno tenga, le toca asistir a una, a veces la de uno mismo. Y este acontecimiento, que para algunos es motivo de alegría y excusa perfecta para lucir la pamela -no saben cuánto les envidio-, a mí me pone de los nervios, supone un ataque a mi precaria economía y a mi delicado sentido estético.
Soy una mala invitada de bodas, lo reconozco. Me enferma contemplar un desfile de invitadas encaramadas a tacones imposibles sobre los que caminan como si pisaran tartas de merengue. Me enervan los hombres vestidos con sus trajes de hace muchos domingos y sus corbatas de colores mal escogidos (y no digamos si son sintéticas) a los que se les nota a la legua que han hecho un esfuerzo sobrehumano por dejar sus vaqueros por un día. Sufro lo indecible si la boda es de día y algunas se plantan alegremente vestidos de noche como si fuera nochevieja a bordo de un crucero. Me ahogo entre el brillo de lamés, lentejuelas, dorados y bisuterías del todo a cien. Niños vestidos de adultos, como enanos terribles de pelo engominado y corbatas mini.
Si en la boda hay un coro rociero, lo más probable es que me de un colapso nervioso, porque servidora nunca ha ido a una boda en Andalucía (que sería más propio) y escuchar la "Salve Rociera" en un pueblo de la sierra de Madrid, es como escuchar "La Macarena" en el Tirol: un completo despropósito.
También me ha tocado observar a un novio luciendo sobre su cabeza a modo de diadema unas carísimas gafas de sol mientras esperaba a su recién estrenada esposa llegar en Rolls (alquilado), mascando chicle. Novio+gafas de sol+rolls+chicle = jesusito, que acabe esto ya¡¡.
Luego tenemos el apartado de los aderezos musicales, con sus bisbales, sus congas y sus pasodobles, a ser posible, con orquesta de nombres tipo "Siryus" y el primo pesado que se empeña en sacarte te guste o no. Abominable.
Y si encima, sirven la mayonesa en sobrecitos de plástico individuales, como si estuvieras en el burguer del barrio, apaga y vámonos...
Por eso procuro no ir a las bodas. Sufro. Sufro mucho. Claro, no todas las bodas a las que he acudido han sido de este pelo. También me han tocado bodas que parecía que se estaba casando el heredero del trono, con nutrida colección de chaqués, mantillas, pamelones y pestazo a Dior, con su catering en la finca familiar de apellidos compuestos. Y un aburrimiento mortal. En lugar de una boda, parece la firma de un tratado entre multinacionales. Te tienes que meter una escoba por el culo para no desentonar. Tampoco lo soporto.
Sólo he acudido a un par de bodas en las que realmente he disfrutado. Y ante la duda, no voy.
Quizás por eso, cuando imagino mi propia boda, no veo enanos con corbatas, ni brillos, ni oropeles, ni congas, ni primos pesados. Me veo llegando descalza a una playa, con pocos amigos posiblemente muy borrachos, vestidos como les de su regalada gana, felices, relajados, y mi indio esperando, con una sonrisa, a que le sirvan su primer tequila de tercer marido... y yo con el teléfono de un buen abogado divorcista por si me da por alcanzarle en el número de bodas, que me lleva dos de ventaja...
Me explico.
Comenzaré diciendo que la intención de mi comentario anterior era compartir con vosotros la inquietud que me producen los dogmáticos, en este caso concreto, del matrimonio. Me parece estupendo que la gente se case, pero también que se descase, si eso es lo que quieren. Vamos, que cada cual haga lo que se le ponga en el moño. No era un post anti-casorio, si no a favor de la libertad de elección en todo momento, y una loa a la ley del divorcio, tan necesaria y útil, una especie de bala en la recámara por si el contrario nos deja de parecer lo más estupendo del mundo y del extranjero...
Pero en ningún caso hago apología de la libre unión, del matrimonio, del divorcio o de ninguna otra cosa, porque a mí me importa un pito el estado civil de los otros, siempre y cuando sean felices. Sólo digo que existen opciones, y que están ahí para usarlas a nuestra conveniencia. Y que es bueno que existan opciones para cambiar las elecciones equivocadas.
Dicho esto, mi postura personal es que me gustan las bodas. Mas exactamente, las bodas en las que soy yo la que se casa, que como aún no ha sucedido tal evento, sólo son bodas imaginarias, pero qué bien me lo paso pensándolas.
Porque a mí, las bodas de los otros, o sea, a las que me invitan, en un 99%, me horrorizan. A poca vida social que uno tenga, le toca asistir a una, a veces la de uno mismo. Y este acontecimiento, que para algunos es motivo de alegría y excusa perfecta para lucir la pamela -no saben cuánto les envidio-, a mí me pone de los nervios, supone un ataque a mi precaria economía y a mi delicado sentido estético.
Soy una mala invitada de bodas, lo reconozco. Me enferma contemplar un desfile de invitadas encaramadas a tacones imposibles sobre los que caminan como si pisaran tartas de merengue. Me enervan los hombres vestidos con sus trajes de hace muchos domingos y sus corbatas de colores mal escogidos (y no digamos si son sintéticas) a los que se les nota a la legua que han hecho un esfuerzo sobrehumano por dejar sus vaqueros por un día. Sufro lo indecible si la boda es de día y algunas se plantan alegremente vestidos de noche como si fuera nochevieja a bordo de un crucero. Me ahogo entre el brillo de lamés, lentejuelas, dorados y bisuterías del todo a cien. Niños vestidos de adultos, como enanos terribles de pelo engominado y corbatas mini.
Si en la boda hay un coro rociero, lo más probable es que me de un colapso nervioso, porque servidora nunca ha ido a una boda en Andalucía (que sería más propio) y escuchar la "Salve Rociera" en un pueblo de la sierra de Madrid, es como escuchar "La Macarena" en el Tirol: un completo despropósito.
También me ha tocado observar a un novio luciendo sobre su cabeza a modo de diadema unas carísimas gafas de sol mientras esperaba a su recién estrenada esposa llegar en Rolls (alquilado), mascando chicle. Novio+gafas de sol+rolls+chicle = jesusito, que acabe esto ya¡¡.
Luego tenemos el apartado de los aderezos musicales, con sus bisbales, sus congas y sus pasodobles, a ser posible, con orquesta de nombres tipo "Siryus" y el primo pesado que se empeña en sacarte te guste o no. Abominable.
Y si encima, sirven la mayonesa en sobrecitos de plástico individuales, como si estuvieras en el burguer del barrio, apaga y vámonos...
Por eso procuro no ir a las bodas. Sufro. Sufro mucho. Claro, no todas las bodas a las que he acudido han sido de este pelo. También me han tocado bodas que parecía que se estaba casando el heredero del trono, con nutrida colección de chaqués, mantillas, pamelones y pestazo a Dior, con su catering en la finca familiar de apellidos compuestos. Y un aburrimiento mortal. En lugar de una boda, parece la firma de un tratado entre multinacionales. Te tienes que meter una escoba por el culo para no desentonar. Tampoco lo soporto.
Sólo he acudido a un par de bodas en las que realmente he disfrutado. Y ante la duda, no voy.
Quizás por eso, cuando imagino mi propia boda, no veo enanos con corbatas, ni brillos, ni oropeles, ni congas, ni primos pesados. Me veo llegando descalza a una playa, con pocos amigos posiblemente muy borrachos, vestidos como les de su regalada gana, felices, relajados, y mi indio esperando, con una sonrisa, a que le sirvan su primer tequila de tercer marido... y yo con el teléfono de un buen abogado divorcista por si me da por alcanzarle en el número de bodas, que me lleva dos de ventaja...
Sobre el casorio y el descasorio
Hace unos días sostuve una curiosa conversación con un tipo cuya ideología es diametralmente opuesta a la mía. El tipo está casado por lo legal y por lo divino, con hijo incluído y promesa de más en un futuro. Una bonita familia tradicional, como mandan los cánones que le gustaban a mis abuelos. El hombre, con su mejor intención, me aleccionaba sobre la vida marital y sus ventajas, la decisión de tener hijos "pronto" (ahí ya me quedé rezagada) lo hermoso que es tomar la decisión de "amar a alguien para toda la vida".
Servidora es cinco años más mayor que mi interlocutor. No es que esto signifique gran cosa, porque hay señoras/es que pasan de los cuarenta y su experiencia en la vida es equiparable a la de mi hermano adolescente, pero una está maleadita y algo curtida, así que le escuchaba con cierto escepticismo.
- ¿Tú tienes pareja?, me pregunta.
- Mmm... sí, murmuro yo.
Murmuro, insegura, porque sí tengo pareja pero no tengo idea de si él, mi indio hermoso, va a ser el santo varón llamado a encarrilarme en la vida decente y sacarme de este sendero de promiscuidad y hedonismo en el que he vivido. Y el que me interroga tiene toda la pinta de redentor de causas perdidas. Y temo que me ha tocado a mí.
- Y tú, querrás casarte, no?, inquiere ladino.
- Mmm... (creo que estoy empezando a sudar)... sí, claro, algún día...
- Pues cuanto antes, mejor¡, sentencia el tío y sonríe satisfecho.
- Pues no..
- No?, cómo que no?... (no debe dar crédito que una mujer de mi edad, hecha y derecha y a puntito de que se le pase el arroz, ponga trabas a lo que él debe suponer el sueño de toda hembra de bien).
- Pues que no.. que las cosas no son así para mí...
- Pero no entiendo, si tú estás enamorada y él también, cuando llega ese momento en el que sabes que la otra persona es ESA PERSONA, cuando el amor es de verdad, no hay dudas... pues te casas¡¡¡ y a ser felices, oiga...
- Si tú lo dices... pero precisamente porque tengo mucho respeto por esa santísima institución que es el matrimonio, me lo pienso y me lo repienso... vamos, que con lo caras que se ponen las bodas, como para equivocarte y tener que pagar a un abogado divorcista y luego el crucero con las amigas para celebrar que eres soltera otra vez... uffff... no acabo de verlo claro yo...
- Pero es que no tienes porqué equivocarte, cuando has tomado la decisión, es para toda la vida.
Sudores fríos recorrieron mi cuerpo. Para toda la vida... para toda la vida... (léase con tono de película de mucho miedo)... A que asusta?. Pues a mí también. Para mí que este no sabe que existe el divorcio. O le parece algo impropio de su clase. Y propio de la mía. Qué sería de mi familia sin el divorcio. Cómo mola la clase a la que pertezco yo que creemos que el matrimonio no es equivalente a condena perpetua. Hasta que la muerte os separe. Y que os aparte de mí, que todo se pega menos la hermosura.
Las casas no duran toda la vida. Se caen. Los coches no duran toda la vida. Se estropean. Pues los maridos, tampoco. Y no hay que hacer dramas. No es el fin del mundo. Se pasa mal, se sufre, se llora, se grita, se insulta y se supera, finalmente. Pobre de tí, si no. Pero es mucho más honesto y sano terminar con una pareja que no te hace feliz, y darte una nueva oportunidad, divorcio mediante si hubo casorio, que perpetuar una farsa en nombre de la intercesión divina, por el bien de los niños, del apellido, de la familia o de cualquier otra excusa que a la larga redundará en un odio indisumulable y amargura infinita.
Decía Felipe González (ex-presidente de España) en una entrevista por televisión que cuando se aprobó la ley del divorcio en España, hubo una locura mediática en contra (los que estaban en contra, claro) y la iglesia, la oposición, la derecha clamaban al cielo ante el acabáramos que suponían era el divorcio. La destrucción de las familias, decían. El divorcio no es obligatorio, señores, decía González muy divertido, no tienen que divorciarse si no lo desean. Pero si ya no aguanta a su Antonia, úselo usted, que para eso está. De hecho, creo que hay más exministros del PP divorciados que del PSOE. Sus familias se han destruído? O han cambiado, se supone que para mejor, señores del PP?. Y eso que estaban en contra de la ley... en fin, por la boca muere el pez....
Mi interlocutor es de lo que se casan para toda vida. Y con la unión bendecida por la santa madre iglesia. Pues me parece estupendo. Ojalá y le dure la felicidad y el amor para siempre. Porque el matrimonio parece que sí, eso ha jurado él.
Pero yo, puestos a elegir, prefiero ser como Liz Taylor. Y que me quiten lo bailao.
Servidora es cinco años más mayor que mi interlocutor. No es que esto signifique gran cosa, porque hay señoras/es que pasan de los cuarenta y su experiencia en la vida es equiparable a la de mi hermano adolescente, pero una está maleadita y algo curtida, así que le escuchaba con cierto escepticismo.
- ¿Tú tienes pareja?, me pregunta.
- Mmm... sí, murmuro yo.
Murmuro, insegura, porque sí tengo pareja pero no tengo idea de si él, mi indio hermoso, va a ser el santo varón llamado a encarrilarme en la vida decente y sacarme de este sendero de promiscuidad y hedonismo en el que he vivido. Y el que me interroga tiene toda la pinta de redentor de causas perdidas. Y temo que me ha tocado a mí.
- Y tú, querrás casarte, no?, inquiere ladino.
- Mmm... (creo que estoy empezando a sudar)... sí, claro, algún día...
- Pues cuanto antes, mejor¡, sentencia el tío y sonríe satisfecho.
- Pues no..
- No?, cómo que no?... (no debe dar crédito que una mujer de mi edad, hecha y derecha y a puntito de que se le pase el arroz, ponga trabas a lo que él debe suponer el sueño de toda hembra de bien).
- Pues que no.. que las cosas no son así para mí...
- Pero no entiendo, si tú estás enamorada y él también, cuando llega ese momento en el que sabes que la otra persona es ESA PERSONA, cuando el amor es de verdad, no hay dudas... pues te casas¡¡¡ y a ser felices, oiga...
- Si tú lo dices... pero precisamente porque tengo mucho respeto por esa santísima institución que es el matrimonio, me lo pienso y me lo repienso... vamos, que con lo caras que se ponen las bodas, como para equivocarte y tener que pagar a un abogado divorcista y luego el crucero con las amigas para celebrar que eres soltera otra vez... uffff... no acabo de verlo claro yo...
- Pero es que no tienes porqué equivocarte, cuando has tomado la decisión, es para toda la vida.
Sudores fríos recorrieron mi cuerpo. Para toda la vida... para toda la vida... (léase con tono de película de mucho miedo)... A que asusta?. Pues a mí también. Para mí que este no sabe que existe el divorcio. O le parece algo impropio de su clase. Y propio de la mía. Qué sería de mi familia sin el divorcio. Cómo mola la clase a la que pertezco yo que creemos que el matrimonio no es equivalente a condena perpetua. Hasta que la muerte os separe. Y que os aparte de mí, que todo se pega menos la hermosura.
Las casas no duran toda la vida. Se caen. Los coches no duran toda la vida. Se estropean. Pues los maridos, tampoco. Y no hay que hacer dramas. No es el fin del mundo. Se pasa mal, se sufre, se llora, se grita, se insulta y se supera, finalmente. Pobre de tí, si no. Pero es mucho más honesto y sano terminar con una pareja que no te hace feliz, y darte una nueva oportunidad, divorcio mediante si hubo casorio, que perpetuar una farsa en nombre de la intercesión divina, por el bien de los niños, del apellido, de la familia o de cualquier otra excusa que a la larga redundará en un odio indisumulable y amargura infinita.
Decía Felipe González (ex-presidente de España) en una entrevista por televisión que cuando se aprobó la ley del divorcio en España, hubo una locura mediática en contra (los que estaban en contra, claro) y la iglesia, la oposición, la derecha clamaban al cielo ante el acabáramos que suponían era el divorcio. La destrucción de las familias, decían. El divorcio no es obligatorio, señores, decía González muy divertido, no tienen que divorciarse si no lo desean. Pero si ya no aguanta a su Antonia, úselo usted, que para eso está. De hecho, creo que hay más exministros del PP divorciados que del PSOE. Sus familias se han destruído? O han cambiado, se supone que para mejor, señores del PP?. Y eso que estaban en contra de la ley... en fin, por la boca muere el pez....
Mi interlocutor es de lo que se casan para toda vida. Y con la unión bendecida por la santa madre iglesia. Pues me parece estupendo. Ojalá y le dure la felicidad y el amor para siempre. Porque el matrimonio parece que sí, eso ha jurado él.
Pero yo, puestos a elegir, prefiero ser como Liz Taylor. Y que me quiten lo bailao.





