Crónica íntima
La primera vez que uno viaja al DF cree que lo último que verá en su vida será la pista de aterrizaje que se acerca peligrosamente al culo de su asiento.
No se porqué, desde la primera vez que volé a México, veo al DF como una gigantesca araña de luz, con sus patitas luminosas trepando por las laderas de los volcanes, en extraño equilibrio. Miles de millones de bombillas refulgiendo en la noche, dibujando los casi inabarcables límites de la megalópolis que parecer rugir ahí abajo, viva, sonriente y terrible. Pero a medida que te vas acercando y te das cuenta que estás sobrevolando la ciudad a poca altura, muy poca altura, empieza el pánico...joder que puedo ver los coches, ay, la ropa tendida en las azoteas... coño que nos vamos a estrellar¡¡¡ (niños en favelas saludando a izquierda y derecha, anclados al suelo con superglue, a ver quién me explica porqué no se vuelan) pero a quién cojones se le ocurre poner el puto aeropuerto en mitad de la ciudad¡¡¡... bienvenida al aeropuerto internacional Benito Juárez, pequeña...
Como soy una mujer de clichés (y de cariños perdurables), el mariachi hermoso estaba esperándome todo acicalado y repeinado, más bonito que un sanluis. Y yo, que estaba agotada del viaje interminable, con sus turbulencias, sus vientos en contra y sin una sola siestecita en mis haberes, solo soñaba en ir derechita a la cama... no estaba preparada para la sorpresita que me tenía preparada mi galán. No querías México?? pues toma concierto de mariachi en la otra punta de la ciudad rayando la medianoche. Cuando regresamos al hotel sobre las dos de la mañana, y yo era un zombie con ojeras hasta el ombligo, miré de reojo al mariachi con su traje de charro pidiendo el cuarto y me dió un ataque de risa... como un charquito casi invisible, dejé abandonadas en la recepción de aquel hotel mis resistencias europeas al desorden y a la imprevisibilidad y decidí dejarme llevar.
A las seis y media de la mañana, esta que os quiere, tomaba el siguiente vuelo destino Culiacán. Dos jerseis de cuello alto, un abrigo, medias y botas altas me delataban como extranjera de tierras bárbaras cuando atravesaba los pasillos del pomposamente llamado Aeropuerto Internacional de Bachigualato para encontrarme con mi padre adoptivo transoceánico, que me recibió con su flamante sonrisa y los brazos abiertos. Pertrechada tras mis gafas de sol maxilarge, envuelta en kilos de ropa extra y el sol brillando con fuerza, aún no era muy consciente de estar en el rancho...
- Supiste que mataron hace unos días a dos soldados aquí?, pregunta, sin dejar de sonreir, mi papi culichi...
- No mames¡¡ de verdad?? cómo estuvo?... digo yo mientras veo a un lado de la carretera un puesto con una bonito cartel titulado "tacos el viagras"...
- Pues está cabrón. Una cosa es que se maten entre ellos (entre narcos, aclaro), a policías incluso, pero al ejército... tá cabrón, sí...
Y a la izquierda nos rebasa un camión llenito de soldaditos como si fueran a la guerra, armados hasta los dientes y con unos chalecos antimisiles debián ser, de lo gordos que eran, ni robocop, oye...
Me cae que sí, que ya llegué a Culiacán, mi rancho querido, la tierra de mis sueños, el estado que hace erizar el vello al presidente y que en el imaginario popular convierte a los sinaloenses en hombres bragados que no le temen a la muerte. Pero Culiacán tiene mil caras, como diamante facetado, y si bien no pude evitar tratar de adivinar desde el avión los plantíos de marihuana que dan de comer a los serranos, hay... otras cosas... como mis amigos, por ejemplo.
Encuentros tan esperados, acariciados por tan largo tiempo, alimentados con palabras de molde a través de una computadora, mimados en la distancia, fotos y palabras que componen un puzzle de historias entrelazadas que forman parte de nuestras vidas.
Así no resulta extraño, por ejemplo, que el reencuentro con la Negra sin alma fuera accidentado, y para mi tremenda verguenza, largamente comentado... y es que me lancé a los brazos de otra, como poseída, de otra que no era la Negra, delante de un chingo de gente que alucinaron con el repentino amor que me entró por una parroquiana que se supone que no conocía... que sí la conocía, pero pos no era mi negrita hermosa y yo, erre que erre, que sí lo es y la obviedad decía neeeeeelllll... no lo es¡¡¡. Ah, pos que no, que tomé a la Yas por la Negris, y es que es lo que tiene conocer a la gente en estado happy, que luego los confundes... La Yas me perdonó, pero la negra me cae que no, que me guarda sus rencores negros en su alma inexistente y se pasará el resto de nuestra amistad riéndose de mis torpezas...
Eso sí, disimuló con una dignidad envidiable durante todo el fin de semana en el que me paseó por la playa (Nuevo y Viejo Altata, frente al mar de Cortés), compartimos como doscientas cervezas, risas, confidencias, me llevó a Navolato cuya fábrica de azúcar tiene el bonito nombre de "Ingenio Primavera" y del que la Negra escribe un cuento mental con cenizas que huelen rico. Gracias, mi negris...
O el reencuentro con los hermanos Dalton, hermano Grande y hermano Flaco, a cual más guapo y chingón. Tan distintos, como mi relación con cada uno de ellos, a los nunca había visto juntos porque había conocido a cada cual en países diferentes y por peculiaridades, siempre habíamos mantenido separadas las historias con cada quien, sin apenas interferir... Y mi primera noche en el rancho, se me aparecen los dos a buscarme, sin anestesia... pues tuve un shock, demasiado cariño apelotonado y me quedé sin saber qué hacer con él, como boba entusiasmada. Gracias por dejarme un hueco, a los dos... aunque, mi Flaco, casi muero al escuchar al Maicol cantar "té para tres", qué quieres...porque metrochenta veinteañera, inconsciente ella, detuvo mis demonios...Qué guapo el maicol, cómo me gusta. Qué encanto el Oscar, la Fritz....todos... geniales.
O volver a ver a mi querida Ro., siempre en lucha con lo que la rodea, como pez fuera de un agua de falso oropel. Bonita y soñadora, atentísima y paciente ante mis constantes escapadas. Tan generosa y complaciente. Gracias mil...
O mi familia adoptiva, que me consintieron con sonrisas mis idas y venidas frenéticas sin que faltara un café de buenos días. Charlas interminables con mamá culichi en su patio estupendo, hablando de hijos, nietos, hermanos como si yo fuera otro más de la casa. Mis "sobrinas" que cuando me llamaban "tía" se me encogía el corazón de contento. Y el primo Benji, con su tremenda humanidad y generosidad, y su esposa, mi prima, y su hija, mi sobrina... tía... que lindo suena en la voz de una mico de 4 años... Gracias, primos...
Y muchachito... ay, mi muchachito... cómo ha crecido, el cabrón, sin permiso... aunque sigue teniendo esos ojos de animal herido que me enamoraron, ahora dice cosas como "mientras estés aquí, yo cuidaré de tí" que suenan más a amenaza que a tranquilidad... híjole, cómo las gastan los sinaloenses. Lloró y mucho, porque este siempre llora sepa la madre porqué, y me contagió y ahí nos ves a los dos, como tontos, quetequierounchingo, queyoatitambién, y venga lágrimas y cervezas y relatos requetecabrones de lo duro que es el rancho y venga a sonar mi celular buscándome para salir y a ver cómo coño explico yo que estoy desde hace 12 horas encerrada en un motel con estatuas de la venus de milo (iluminadas de forma indirecta, pa crear ambiente) y cama kingsize sin estrenar con muchachito y que me crean que, en realidad, es que estoy disfrutando de mis lágrimas y de las suyas y no follando, que es lo suyo... nadie me iba a creer. Y, efectivamente, nadie me cree. Pero pues es la pura verdad.
Y la fiesta de 17 cumpleaños de mi sobrina, con su rockola y todo, en la que acabé cantando a Paquita la del Barrio, y en la que no faltó de nada, con su taquiza, su familia de 80 miembros, sus cuartillos de Pacífico bien helada, sus niños correteando, todo el mundo borracho, alguno dormido desafiando los corridos, y yo, como siempre, en el grupo de los hombres, violando las reglas y divirtiéndome como nadie, bajo la atenta y educada mirada de la novia de muchachito. Linda, la muchacha, sí...
Así, muchos otros, muchos que han hecho que mi estancia allá haya sido feliz, completa, perfecta y me hayan quedado estas ganas de más que bullen dentro de mí.
Gracias a todos por hacerme sentir una más, por dejarme participar de vuestras vidas, por vuestra generosidad y vuestro cariño...
Os quiero mucho a todos, pero pienso volver, mal que os pese...
Muy bonito el rancho, sí...
No se porqué, desde la primera vez que volé a México, veo al DF como una gigantesca araña de luz, con sus patitas luminosas trepando por las laderas de los volcanes, en extraño equilibrio. Miles de millones de bombillas refulgiendo en la noche, dibujando los casi inabarcables límites de la megalópolis que parecer rugir ahí abajo, viva, sonriente y terrible. Pero a medida que te vas acercando y te das cuenta que estás sobrevolando la ciudad a poca altura, muy poca altura, empieza el pánico...joder que puedo ver los coches, ay, la ropa tendida en las azoteas... coño que nos vamos a estrellar¡¡¡ (niños en favelas saludando a izquierda y derecha, anclados al suelo con superglue, a ver quién me explica porqué no se vuelan) pero a quién cojones se le ocurre poner el puto aeropuerto en mitad de la ciudad¡¡¡... bienvenida al aeropuerto internacional Benito Juárez, pequeña...
Como soy una mujer de clichés (y de cariños perdurables), el mariachi hermoso estaba esperándome todo acicalado y repeinado, más bonito que un sanluis. Y yo, que estaba agotada del viaje interminable, con sus turbulencias, sus vientos en contra y sin una sola siestecita en mis haberes, solo soñaba en ir derechita a la cama... no estaba preparada para la sorpresita que me tenía preparada mi galán. No querías México?? pues toma concierto de mariachi en la otra punta de la ciudad rayando la medianoche. Cuando regresamos al hotel sobre las dos de la mañana, y yo era un zombie con ojeras hasta el ombligo, miré de reojo al mariachi con su traje de charro pidiendo el cuarto y me dió un ataque de risa... como un charquito casi invisible, dejé abandonadas en la recepción de aquel hotel mis resistencias europeas al desorden y a la imprevisibilidad y decidí dejarme llevar.
A las seis y media de la mañana, esta que os quiere, tomaba el siguiente vuelo destino Culiacán. Dos jerseis de cuello alto, un abrigo, medias y botas altas me delataban como extranjera de tierras bárbaras cuando atravesaba los pasillos del pomposamente llamado Aeropuerto Internacional de Bachigualato para encontrarme con mi padre adoptivo transoceánico, que me recibió con su flamante sonrisa y los brazos abiertos. Pertrechada tras mis gafas de sol maxilarge, envuelta en kilos de ropa extra y el sol brillando con fuerza, aún no era muy consciente de estar en el rancho...
- Supiste que mataron hace unos días a dos soldados aquí?, pregunta, sin dejar de sonreir, mi papi culichi...
- No mames¡¡ de verdad?? cómo estuvo?... digo yo mientras veo a un lado de la carretera un puesto con una bonito cartel titulado "tacos el viagras"...
- Pues está cabrón. Una cosa es que se maten entre ellos (entre narcos, aclaro), a policías incluso, pero al ejército... tá cabrón, sí...
Y a la izquierda nos rebasa un camión llenito de soldaditos como si fueran a la guerra, armados hasta los dientes y con unos chalecos antimisiles debián ser, de lo gordos que eran, ni robocop, oye...
Me cae que sí, que ya llegué a Culiacán, mi rancho querido, la tierra de mis sueños, el estado que hace erizar el vello al presidente y que en el imaginario popular convierte a los sinaloenses en hombres bragados que no le temen a la muerte. Pero Culiacán tiene mil caras, como diamante facetado, y si bien no pude evitar tratar de adivinar desde el avión los plantíos de marihuana que dan de comer a los serranos, hay... otras cosas... como mis amigos, por ejemplo.
Encuentros tan esperados, acariciados por tan largo tiempo, alimentados con palabras de molde a través de una computadora, mimados en la distancia, fotos y palabras que componen un puzzle de historias entrelazadas que forman parte de nuestras vidas.
Así no resulta extraño, por ejemplo, que el reencuentro con la Negra sin alma fuera accidentado, y para mi tremenda verguenza, largamente comentado... y es que me lancé a los brazos de otra, como poseída, de otra que no era la Negra, delante de un chingo de gente que alucinaron con el repentino amor que me entró por una parroquiana que se supone que no conocía... que sí la conocía, pero pos no era mi negrita hermosa y yo, erre que erre, que sí lo es y la obviedad decía neeeeeelllll... no lo es¡¡¡. Ah, pos que no, que tomé a la Yas por la Negris, y es que es lo que tiene conocer a la gente en estado happy, que luego los confundes... La Yas me perdonó, pero la negra me cae que no, que me guarda sus rencores negros en su alma inexistente y se pasará el resto de nuestra amistad riéndose de mis torpezas...
Eso sí, disimuló con una dignidad envidiable durante todo el fin de semana en el que me paseó por la playa (Nuevo y Viejo Altata, frente al mar de Cortés), compartimos como doscientas cervezas, risas, confidencias, me llevó a Navolato cuya fábrica de azúcar tiene el bonito nombre de "Ingenio Primavera" y del que la Negra escribe un cuento mental con cenizas que huelen rico. Gracias, mi negris...
O el reencuentro con los hermanos Dalton, hermano Grande y hermano Flaco, a cual más guapo y chingón. Tan distintos, como mi relación con cada uno de ellos, a los nunca había visto juntos porque había conocido a cada cual en países diferentes y por peculiaridades, siempre habíamos mantenido separadas las historias con cada quien, sin apenas interferir... Y mi primera noche en el rancho, se me aparecen los dos a buscarme, sin anestesia... pues tuve un shock, demasiado cariño apelotonado y me quedé sin saber qué hacer con él, como boba entusiasmada. Gracias por dejarme un hueco, a los dos... aunque, mi Flaco, casi muero al escuchar al Maicol cantar "té para tres", qué quieres...porque metrochenta veinteañera, inconsciente ella, detuvo mis demonios...Qué guapo el maicol, cómo me gusta. Qué encanto el Oscar, la Fritz....todos... geniales.
O volver a ver a mi querida Ro., siempre en lucha con lo que la rodea, como pez fuera de un agua de falso oropel. Bonita y soñadora, atentísima y paciente ante mis constantes escapadas. Tan generosa y complaciente. Gracias mil...
O mi familia adoptiva, que me consintieron con sonrisas mis idas y venidas frenéticas sin que faltara un café de buenos días. Charlas interminables con mamá culichi en su patio estupendo, hablando de hijos, nietos, hermanos como si yo fuera otro más de la casa. Mis "sobrinas" que cuando me llamaban "tía" se me encogía el corazón de contento. Y el primo Benji, con su tremenda humanidad y generosidad, y su esposa, mi prima, y su hija, mi sobrina... tía... que lindo suena en la voz de una mico de 4 años... Gracias, primos...
Y muchachito... ay, mi muchachito... cómo ha crecido, el cabrón, sin permiso... aunque sigue teniendo esos ojos de animal herido que me enamoraron, ahora dice cosas como "mientras estés aquí, yo cuidaré de tí" que suenan más a amenaza que a tranquilidad... híjole, cómo las gastan los sinaloenses. Lloró y mucho, porque este siempre llora sepa la madre porqué, y me contagió y ahí nos ves a los dos, como tontos, quetequierounchingo, queyoatitambién, y venga lágrimas y cervezas y relatos requetecabrones de lo duro que es el rancho y venga a sonar mi celular buscándome para salir y a ver cómo coño explico yo que estoy desde hace 12 horas encerrada en un motel con estatuas de la venus de milo (iluminadas de forma indirecta, pa crear ambiente) y cama kingsize sin estrenar con muchachito y que me crean que, en realidad, es que estoy disfrutando de mis lágrimas y de las suyas y no follando, que es lo suyo... nadie me iba a creer. Y, efectivamente, nadie me cree. Pero pues es la pura verdad.
Y la fiesta de 17 cumpleaños de mi sobrina, con su rockola y todo, en la que acabé cantando a Paquita la del Barrio, y en la que no faltó de nada, con su taquiza, su familia de 80 miembros, sus cuartillos de Pacífico bien helada, sus niños correteando, todo el mundo borracho, alguno dormido desafiando los corridos, y yo, como siempre, en el grupo de los hombres, violando las reglas y divirtiéndome como nadie, bajo la atenta y educada mirada de la novia de muchachito. Linda, la muchacha, sí...
Así, muchos otros, muchos que han hecho que mi estancia allá haya sido feliz, completa, perfecta y me hayan quedado estas ganas de más que bullen dentro de mí.
Gracias a todos por hacerme sentir una más, por dejarme participar de vuestras vidas, por vuestra generosidad y vuestro cariño...
Os quiero mucho a todos, pero pienso volver, mal que os pese...
Muy bonito el rancho, sí...
Y fuí...

Por sus tumbas tan discretas..

Por su gastronomía callejera...

Por sus puestas de sol de colores imposibles...

Porque me divierte...





