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Encantada de conocerme
Si me conoces, más vale que me caigas bien porque seguro que hablo de tí...
Acerca de
Esquizofrénica de nacionalidades, española de nacimiento y con México en las entrañas, 38 años, coleccionista de ex, mejor amante que esposa, futurible madre sobreprotectora y eternamente condenada a enamorarme de quién no debo: corazón de Frankenstein, siempre roto, siempre remendado. Soy una superviviente, una nómada emocional, ecléctica y generosa con mis afectos, desmemoriada para el dolor e implacable con los engaños. Como dice Calamaro "Honestidad Brutal". A veces, duelo. Pero siempre, amo; sobre todo, a mí misma. Malverde, a tí me encomiendo...protégeme y hazme regresar... viva el narcochic¡¡¡
Sindicación
 
piel mortero


Salimos del San Remo, aquel antro caluroso situado en los bajos del Hotel El Mayo -mi corazón dando brinquitos de emoción por el irreverente nombre del hotel -, donde escuchamos cantar a la camarera rolas de Silvio, y ese pinche calor... vámonos, arre...

Sólo en una ciudad como Culiacán se les ocurriría poner de nombre a un hotel "El Mayo". El Mayo es el sobrenombre de uno de los narcotraficantes más buscados del país y una de las cabezas del cártel de Sinaloa.

Aparcamos junto a la casa del Maicol y nos sentamos en la puerta, en la acera. El Maicol sacó su guitarra, repartió cervezas para todos y comenzó a tocar.

Piel Mortero es una banda de Culiacán, liderada por Michael Verdugo, cuyo último disco se llama Dracos Jinetes sobre Isósceles Paquidermos. La canción del vídeo es "Muebles e Interiores".

 
actividades extraescolares
Decidí hacer COU en otro instituto. Más bien, fue un pacto con mi odiada profesora de gimnasia que me había suspendido sistemáticamente desde primero de BUP. El odio era mutuo, así que la sometí a un suave chantaje: "te juro que no vuelves a verme en tu vida, me voy de este instituto, si me apruebas la puta gimnasia", dicho con una sonrisa de lo más cándido. Y funcionó. Aquella bruja caderona me aprobó a cambio de perderme de vista. Así que regresé al instituto de mi pueblo natal con mi equipaje de chica viajada (parecerá una tontería, pero con trece años irte a 15 kms. de casa a estudiar te convierte en extranjera), mis records de horas "fugadas", mis visitas a dirección y todo lo distinta en que se puede convertir una adolescente en tres años lejos de sus compañeros de colegio de siempre.

El instituto nuevo era mucho más grande. Lo que implicaba más gente. Eso me agradó. Me daba mucha pereza retomar el pasado que dejé en octavo y someterme al escrutinio de mis viejos amigos. No recuerdo bien, pero creo que sólo llegué a frecuentar a mi mejor amiga del colegio. En mi estilo habitual, el primer día a tercera hora ya estaba recogiendo mis cosas para relajarme un rato en un prado que había visto desde la ventana y que se presentaba la mar de apetecible. Mi recuperada mejor amiga me frenó en seco: aquí no se fuga nadie. Cómo que no? y qué hacéis?, pregunté sorprendida. Pues ir a todas las clases, respondió rotunda y casi regañona. Ah, ir a clase. Eso. Coño, es una idea nueva para mí.

Me entró la desesperación ante la perspectiva de tener que pasar un curso entero yendo a clases. Sin faltar, salvo huelgas, enfermedad, o festivos. Muy cuesta arriba eso para mí. Me iba a aburrir, ya lo estaba viendo venir. Y le menté la madre a la profesora de gimnasia que me había hecho irme de mi paraíso donde no íbamos un solo día a clase completo. Así que decidí apuntarme a alguna actividad extraescolar. Lo se, mi lógica no funciona muy bien. Se organizó un grupo de cine con el propósito de filmar un corto. Pues yo, de cámara, porque el puesto de director ya estaba cogido.

El grupo de cine funcionaba porque había mucha voluntad, porque allí saber, nadie sabía nada. Pero teníamos un director de lo más entusiasta, que escribía guiones, era vasco, se llamaba Jon y parecía un leñador. Jon conformó el equipo técnico, preparó un guión y cuando queríamos empezar a rodar nos dimos cuenta que allí ni dios quería actuar. Y es que el corto era atrevidillo. Trataba de una alumna muy pija, con novio muy pijo con moto, que en su tiempo lectivo se dedicaba a torturar a una profesora que estaba enamorada de ella. Vamos, una cosa de lo más normal. Alumna lolita de lo más hijo de puta seduce y putea a profesora de mates, con final fatal, por supuesto. La profe, desquiciada al no poder conseguir el objeto de sus deseos, la termina acuchillando en el baño mientras la lolita hace un pis. Corrupción de menores, lesbianismo, chantaje, tráfico de influencias, sadismo y bajas pasiones a tutiplén. Y el profesor que cuidaba de nosotros, temblando ante la idea de presentar el proyecto a la asociación de padres. Un profe enrrollado, el tío, porque se atrevió.

Pues una de casting para seleccionar a las super estrellas. Pusimos carteles por todo el instituto citándolos en el salón de actos. Y se presentó un montón de gente. Jon los fue probando y los iba seleccionando y adjudicando papeles. Pero Lolita seguía sin aparecer. Probamos a todas las que se presentaron. Nada. Ninguna valía. Y de pronto, se giró hacia nosotras, las del equipo técnico. VAMOS¡¡, nos gritó. Coño, Jon, que no, que pasamos, que nosotras detrás, que no nos mola nada salir en la peli. Pero Jon, por lo vasco sería, imponía un huevo. Y nos obligó. Empezamos a desfilar como corderillos asustados. Había que representar una escena de clase, Lolita estaba sentada en el pupitre y mascaba chicle como si estuviera practicando sexo oral... tenía que mirar a la profesora (que estaba presente y era nuestra profe de mates de verdad) y seducirla con el chicle, con la boquita, con la lengua y con la mirada. Había que poner nerviosa a la profesora. Había que hacerlo de verdad.

Una. Otra. Otra más. Y otra y otra... y yo la última. Yo no quería. Pero me obligaron. Quise hacerlo mal. Lo juro. Ni siquiera me gusta comer chicle.

Todo el mundo se quedó callado mientras yo clavaba los ojos en la profesora y le decía con la mirada un montón de cochinadas, y con la lengua, otro tanto.

- Corten¡¡, gritó Jon (que chillaba mucho).
- Pero si no estamos rodando.... dijo alguien.
- Pues qué pena -gritó Jon- porque ya tenemos a nuestra Lolita...

Por más que grité, chillé y pataleé, no hubo manera. Todo el mundo estaba de acuerdo, menos yo. A mis dieciseis años yo era capaz de dar la talla como lesbiana infantil corruptora de profesoras pero inútil al tratar de imponerme ante el fornido Jon que babeaba con la película que se había montado. Le seduje. Y también fue inútil. El tipo era incorruptible. Y yo, virgen, lo que visto con la perspectiva de los años, igual y tuvo que ver.

Nada, a rodar se ha dicho. La verdad, no es que el papel me asustara, no. Es que soy tímida. Y me horrorizaba sobremanera salir en fotos, pues no digamos en una película. No me causaba el menor pleito el rollito lésbico, sino el que me viera un montón de gente. Lo del novio que me adjudicaron en el rodaje, que era un feo y un patán, y al que tuve que besar quince veces en una toma con la banderita de españa de fondo con venticinco personas observando atentas, porque el wey no sabía besar y le tuve que enseñar (qué paciencia, señor) no fue un problema. Salvo la bofetada que le tuve que dar una noche en un antro porque escuché que andaba presumiendo que estábamos liados de verdad. Y hombre, no estaba yo para salir en el Hola¡ del pueblo por tener un affair con ese baboso. Más quisieras tú¡¡ y le arreé. Que una tenía su caché, coño.

Rodar varias escenas en clase, con mis compañeros reales, el equipo al completo, la tía de una, la prima de la otra, la señora de la limpieza, varios curiosos y la sufrida profe, en la que básicamente yo tenía que mostrar mis dotes de seducción sentada en un pupitre o contoneándome en la pizarra, pase.

Pero tener que filmar que estás haciendo un pis, un acto tan íntimo, y tú ahí, sentada en la taza, y el micro asomando por arriba como un pájaro peludo de mal agüero, eso ya te pone muy nerviosa, y encima que abran la puerta de un golpe y tú tienes que poner cara de pánico porque te van a acuchillar... venga, hombre... la puerta me golpeó como siete veces en la cara, con lo que de cara de susto, nada, más bien de dolor y agudo. Cuando conseguía pegarme lo suficiente a la pared del fondo para no ser golpeada, ya estaba Jon chillando que así no mean las mujeres normales, más tiesas que una vela... qué listo el tío... anda, prueba tú a sentarte y que abran de golpe, verás que risa. Encontramos el punto exacto para sentarme de forma natural y no ser aporreada. Ya llevábamos como diez tomas.

Siéntate en el punto exacto, la puerta se abre de golpe y primer plano de mi cara de pánico. Ni de coña. Imaginaos que abren la puerta del baño y ves a treinta personas mirándote, expectantes. Me dió un ataque de risa. Dos. Tres ataques. Al décimo y con todo el equipo tirado por el suelo partiéndose de risa y con veinte tomas tiradas a la basura, Jon, muy serio, se inclinó hacia mí y me relató al oído bajito de qué dolorosa manera me iba a hacer perder mi virginidad, la otra, la "extraordinaria". Oye, mano de santo. No tuvimos que repetir ni una sola toma más. Sentada donde debía, la puerta se abre sin golpearme, y yo con una cara de pánico que riéte tú de la matanza de texas. Yo no veía a la profe de mates cuchillo en ristre. Veía al cabrón de Jon. Y eso sí acojonaba.

El famoso primer plano, culmen del corto, y tras veinte intentonas, terminó, por fin. Un par de tomas más de la profe como ida por los pasillos con la bata ensangrentada y las baldosas del baño salpicadas daban su punto gore y completaban el rodaje. Fundido en rojo chorreante y a montar.

Exhibieron el corto en el salón de actos y fue todo el pueblo. Yo no me atreví a verla. No la ví nunca. Pero, para mi desgracia, la presentaron a un concurso y ganó. Así que el corto se paseó por todos los institutos de la región. Y cuando salía a la calle, no faltaba quien me paraba para preguntarme si yo era la de la peli. Que no, que no soy yo. Sí, me parezco a ella, ya me lo han dicho, pero no soy yo. Coño, que no soy yo...

Algunas madres me miraban mal. Y algunos padres me miraban bien, muy bien. Me sonreían mientras sus doñas les tironeaban del brazo, con cara de malas pulgas.

Menos mal que la "fama" es efímera. Porque despues de esa incursión, como no me convirtiera en la Tracy Lords de la zona, a ver cómo mantengo el listón.
 
Una historia para dos
Conocí al Alberto por encargo. Su hermano era amigo mío. Cuando me decidí a cruzar el charco por primera vez y visitar el racho de mis amores, el hermano me encargó que buscara al Alberto para que me paseara. Te va a gustar mucho, me dijo, premonitorio.

Así que volé a Culiacán con el teléfono del Alberto apuntado en la agenda, junto con otros varios recomendados. Llegué, me instalé, y empecé a hacer llamadas para ir concertando citas. Entre ellas, con el hermano del hermano. El día que apareció a buscarme a la casa donde me andaba quedando y lo ví, casi dos metros de tiarrón, enorme, moreno, pelón, y ojos como luceros... pues me gustó, a qué negarlo. Guapo es, un rato. Tan educadito, tan calladito, tan joven y tierno. Tan grande. Ay. Y además, fotógrafo en ciernes. Pero lo mejor de todo, lo que me conquistó definitivamente fue que conducía la camioneta más destartalada de toda la ciudad. Era una de esas camionetas como las de los dibujos animados, llena de ruidos y cuerdas, y tan divertida que al subirme no podía dejar de reir.

En una ciudad donde el consumismo llega a ser salvaje, y eres diseccionado con crueldad en función de la ropa que llevas y del coche que manejas, se me hacía absolutamente conmovedor y transgresor ir con el Alberto en su camioneta de caricatura. No quería bajarme, quería dar vueltas y vueltas y saludar a todo el mundo como si fuera el papa. Teniendo en cuenta que me encantan los tractores, pasear con el Alberto en su carro era como ir en Cadillac.

El tipo era lo suficientemente encantador, divertido, inteligente, artista y guapo para que a los diez minutos de conocerle, ya tuviera decidido que me lo llevaba puesto. Y no tardé en advertir que yo también le hacía gracia. Pues ya está, amigo (yo, en mi línea de para qué vamos a perder más tiempo). Pero el Alberto tenía sus pleitos, su novia a punto de volverse exnovia, sus dudas, sus miedos... sus cosas. Yo, pues tranquila. Tomándolo con calma. Ya caerá...

Una noche vino a buscarme para ir a una fiesta. Y yo me prometí que de esa noche no pasaba. Así que me puse mi vestido de la suerte (un día perdió sus superpoderes y ya no me lo he vuelto a poner) mi mejor sonrisa y condones en el bolso. No recuerdo si cenamos algo antes o no, pero sí que pasamos por el Dispamocusa (suerte de estanco tamaño corteinglés solamente de venta de cervezas) a cargar todos los botes que podíamos llevar. Y aparecimos allí, como ángeles sin alas, divertidos, flirteando y haciéndonos ojitos.

Ronda de presentaciones. Entre ellos a la anfitriona: la negra. Me dice que se llama XX, pero que su sobrenombre es La Negra sin Alma. Como si me conociera de siempre, me saludó efusiva, simpatiquísima, y toda cariños. Tú eres la famosa española, me espetó. Me dí cuenta al instante que a la negra le gustaba el Alberto. Y el Alberto, pues no la despreciaba precisamente. Yo soy la española, sí. Y recuerdo perfectamente que pensé para mí: Vale, alguien a quien llaman la española no puede competir con alguien que se llama La negra sin Alma, no hay comparación. Pero nena, préstamelo un rato, lo disfruto, y te lo regreso, que yo me vuelvo a mi país y todito para tí. Juro por Malverde que lo pensé. Pero ni modo de decírselo a un tipa que acabas de conocer, en su casa, en su fiesta, llegando acompañada del tipo que le gusta, y encima de todo, a una sinaloense. Temí amanecer en la morgue. Y aún no estaba tan enamorada de México como para querer morir allá. Así que me callé por puro sentido de supervivencia y continué autopresentándome. Conocí a varios cuyos nombres ya traía en el radar y tan encantados de que les llevara noticias del hermano, que me separaron de mi objetivo.

Pero el Alberto no parecía nada triste por mi ausencia. Más bien al contrario. Al fondo, muy al fondo, en la escalera de acceso a la casa (como si lo estuviera viendo, oye) estaban la negra y el Alberto, en alegre y coquetuela cháchara, ajenos a la fiesta, al mundo, y a mí, que era lo peor. Yo, sentada en el suelo, ríe ríe, bebe y bebe, y mirando de reojo a ese par de ingratos-desgraciados-jijosdelachingada que me ignoraban con singular alegría. De hecho, la negra de vez en cuando me echaba una miradita, supongo que para cerciorarse que yo seguía bien lejos y no representaba peligro. La alacrana se debió dar cuenta, me cae, porque no me daba tregua con la plática y la cerveza. Debió pensar que la mejor forma de salir del trance era emborracharme hasta la inconsciencia y nos evitábamos todos un drama. Se mascaba la tragedia... Aquello era un choque de coronas en toda regla. Era la negra o yo. Y jugando en terreno "enemigo".

Llegó la hora de retirarse y tuve que rendirme ante la evidencia. Yo no pintaba nada. Había jugado límpio, había respetado las distancias y no me había entrometido más allá de las eventuales miradas de tanteo... sin resultados. Está bien, me dije, a casita. La alacrana se ofreció a llevarme y ya andaba yo despidiéndome y tratando de mantener el equilibrio, cuando el Alberto se planta ante mí, raudo y veloz. Yo te llevo, me dice. Nel, me lleva la alacrana (ahora te quedas con tu negrita, cabrón). Yo te traje, pos yo te llevo, insistió. No importa. Sí que importa. Negrita sonriendo. Orales. Vámonos. Juntos. Bye, negris, un placer...

Y salí sin mirar atrás, no fuera a convertirme en sal, escoltada por el Alberto. Fue subirnos en la camioneta de la risa, que estaba aparcada frente a la casa (si se asomaban a la terraza, nos veían, fijo) y sin decir palabra, nos lanzamos, literalmente, uno en brazos del otro. Vámonos de aquí en chinga, cabrón, o alguien va a salir a la terraza rollito francotirador. Dónde vamos?, preguntó, cándido. A casa con mis padres a proteger mi virginidad, no te jode... pos a un motel, alma de cántaro. Y al más corriente, a ser posible, que tengo espíritu de antropóloga. Lo que pasó luego es justamente lo que os podeis imaginar, así que me ahorro comentarios lúbricos. Al día siguiente, radiante y feliz, me dejaba en casa. Yo esa mañana salía a Mazatlán a pasar unos días y me despedí con la promesa de llamarle en cuanto llegara, informándole del hotel en el que me alojaría, porque el Alberto, que lo sepais, desde la noche de lujuria, ya no podía pasar ni un segundo sin mí. Vamos, que le faltaba el aire, la sangre no le circulaba, y todas las desgracias del mundo le iban a sobrevenir si no estaba a mi lado. Já. Le juré y le perjuré que lo llamaba llegando. Me pidió el número de mi amiga (para tenerme controlada) pero yo no lo tenía encima (mentiras mías). Que sí, que te llamo.

Cuando llegué a Mazatlán, mis amigas me recordaron que llamara al Alberto. Me reí y dije ¿de veras creeis que le voy a llamar sin saber qué onda aquí?, naaahhh, yo salgo esta noche y mañana ya veremos...

Queridos niños y niñas: si eres malo, lo pagas. Y lo pagué. Efectivamente, salí esa noche. No voy a entrar en detalles, pero hice un par de travesuras (pequeñas, casi ínfimas). Y la verdad, es que el panorama no prometía. Así que al día siguiente, le marqué. Y me encuentro a un Alberto presa de los nervios, que dónde me había metido, que andaba loco esperando mi llamada, que se había pasado la noche de su casa a la central de autobuses, pensando si tomar uno y salir a buscarme, vagando, por las calles, como homeless, desesperado por encontrarme... pooooooobrecito. Hasta me conmovió y todo. Me lo creí todito y me sentí la mar de culpable. Así que ya le informé, me disculpé hasta la saciedad, y finalmente, vino a Mazatlán.

Ingenua de mí, inocente, tan poco experimentada en mexicanos aún, no sabía que a dos horas de camino, en Culiacán, la negra y yo nos habíamos convertido en hermanas.

Pasé el resto de mis vacaciones entregada al Alberto, como enamorados los dos, como bobos, más bien. Y regresé a España, con promesas (todos los mexicanos cantan en la cama, se enamoran de tí y se quieren casar contigo. Todo es mentira, menos las canciones. Pero aún no lo sabía). Me la pasaba conectada al msn. Hablando con él. Hablando con la alacrana. Y un día la alacrana, invita a la negra a la conversación. Casi me da urticaria. La muchacha me caía bien, sí. Pero era una enamorada de MI Alberto. La negra, encantadora, comienza a contarme, como enloquecida, que está enamorada, mucho, muchísimo (ayayayay.. esto me huele mal) y que putamadre, el tipo no la hace el caso que ella precisa (pos no, nena, está ocupado) y que sospecha que hay otra mujer... creo que ha sido la única vez que he agradecido la distancia. Sudé de pánico.

Por algún motivo que ignoro, las conversaciones entre la negra y yo se fueron haciendo diarias, constantes. Podría haberla bloqueado, eliminado. Pero no se porqué, no lo hice. La escuchaba llorar su amor por el tipo que era algo así como mi proyecto de novio. La negra me confiaba sus penas y sus sospechas de "la otra". Y yo temblaba. Cada día me caía mejor. Nos fuimos haciendo amigas. Y el Alberto ignoraba mis súplicas para que hablara con ella y aclarara el lío internacional. Así que un día me armé de valor y la escribí una carta en la que se lo confesaba todo. Ya quería yo a la negra, y no podía ser su amiga y tenerla engañada con lo que la hacía sufrir tanto. El Alberto, para ese momento, se desapareció del mapa. Huyó como alma que lleva el diablo. Volvió con su novia de siempre y nos dejó a las dos, enfrentadas, derrotadas, y solas una frente a otra.

La reacción de la negra fue espectacular. De reina. La negra vino a decir que con su amor haría una bolita y se la tragaría frente a una mujer como yo. Y que seríamos amigas pa´ siempre. Lloré. La negra demostró tener una talla como he visto en muy poca gente. Una dignidad, una generosidad y una elegancia para "perder" que dudo pueda yo alcanzar nunca. La negra me tendió la mano cuando era ella la que estaba hundida.

La negra, desde aquel episodio en el que nos encontramos hace cinco años y yo, somos amigas, hermanas, y últimamente, gemelas.

Claro que, despues de lo que pasamos juntas, nos ha quedado la "tara" de querer compartirlo todo. Como si nos curásemos en salud y en lugar de llegar a ser rivales, dado que compartimos gustos peligrosamente (y no solo por el Alberto) pues mejor cedemos ambas y contentas las dos. O los tres. O quizás sea porque realmente lo que nos divierte es que esté la otra allí, cerca, al lado, encima, debajo, como sea, pero allí. El tipo, a veces, es lo de menos.

Mientras esté ella, mi negrita hermosa, mi hermana.

(La otra versión en el blog de la negra)
 
Que se jodan¡¡ (inasequible al desaliento)
Vengo de dar una vuelta por blogs varios y me he topado con uno que me ha dejado completamente agotada. No se molesten en preguntarme cual, porque ni loca le voy a hacer propaganda a semejante delirio neurótico...

Me he quedado tan exhausta que hasta me ha quitado las ganas de enviar un sms al que me roba el sueño algunas noches. La autora se pasa todo el rato lamentándose. Por todo. Es una pena que tanta dosis extra-large de drama me hayan echado para atrás, porque la tía escribe bastante bien. Es buena de cojones, vaya. Pero yo no puedo con tantos kilos de mal rollo por más que admire su estilo literario. Y es que no consigo comprender porqué algunos/as gustan de regodearse en la mierda con ese placer sádico y repetitivo. Eso sí, como nadie me ha llamado a leerla, no tengo el mal gusto de opinarle con un comentario de esos que te hacen perder la fe en la bondad ajena. Me voy con mis apetitos a otra parte y listos.

Y es que soy una mujer práctica. Mucho. Soy de las que saca partido a todo. De las que ve la cara buena a todo. Que no hay mal que por bien no venga, lo hago mío a velocidades supersónicas.

Que mi indio decide pasar las vacaciones de semana santa (y la anterior y la posterior, vamos, que se ha pirado tres semanas como tres soles) a México y dejarme aquí sola y desamparada... pues a hacer visitas a los amigos que los tengo muy abandonados. A tener la casa como un jaspe solo por escuchar a mamá decir: "hija, qué bien lo tienes todo" (pero por favor, no abras el armario). A comer como a mí me da la gana, que los siete kilos que perdí en Culiacán los recuperé en dos semanas junto al indio y llega el verano y esto no puede ser (vamos, lo de todos los años), que estoy harta de tener cuatro tallas distintas ocupando espacio en siete maletas.

Que en las tres semanas de ausencia, me he portado como una buena chica y no he cedido a un par de tentaciones la mar de seductoras...por guardar ausencias... Vale, vale... no te lo crees ni tú... que si no has cedido es porque el objetivo no es el mismo que los de las propuestas tentadoras. Es que el objetivo se vende muy caro, el cabrón. Y una tendrá hambre, pero yo tengo que comer del plato que yo decido. Y si no, ayuno.

Que anoche, mi indio me llama y me dice que no le espere el jueves a comer. Que se va un mes al Caribe a retratar a un candidato a gobernador. Mecagoentostusmuertos. Mi amor, lo siento. Vale, vale, no hay problema. De veras, mi amor, si dudé fue por tí, por volver a tus brazos... El muy jijodelachingada sabe perfectamente que sus cursilerías me desarman. Y que soy más buena que el pan. Hubiera rematado con un "si tú me lo pides, no voy". Pero claro, no se arriesga, que ya me conoce. Como le quiero con el alma que no tengo, según el flaco, le digo bien tranquila: "Cariño, vete. Mi único problema es que me muero por coger contigo. Si hubieras venido y me hubieras dado lo que me merezco, no la haría de tos, que no la hago, que conste, pero pues...se me acumulan las ganas y ya si no garantizo integridades físicas". Me dice: "Pues yo también muero por coger contigo (si dice que no, le mato, con esas cosas no se juega) pero ni modo, saca la agenda y los condones". Ale, buen viaje.

Y pues aquí me tienen. Otro mes más por delante. Sola. Con el armario que da miedo abrirlo de toda la ropa por planchar acumulada. Con la nevera llena de cosas verdes (al menos, no se mueven aún). Con la bicicleta recordándome los días que faltan para dejar las medias guardadas seis meses y yo usándola como perchero. Estrenando nuevo horario, lo que implica mucho más tiempo para mí y mis maldades. No les doy lástima????

Que se jodan¡¡¡ (nuevo lema de la negra y mío, recién importado de Puerto Rico). Pena, yo??, Já.

Mi indio es lo que tiene. Nunca está mucho tiempo en el mismo lugar. O bien por trabajo o bien por culo de mal asiento, le gusta andar de zascandil. Viaja mucho. Pero así le compré. Y así le quiero yo. Me gusta, en el fondo, que haga sus escapaditas, nos da libertad y aire y renovadas ganas de estar juntos.

Tengo un mes por delante para hacer lo que me venga en gana (por otro lado, es lo que suelo hacer), quedar con quien quiera sin avisar que no llego a cenar, o a dormir... ver todos los programas de la tele que quiera sin negociar, dormirme a la hora que me de la gana, decidirme de una vez a usar mi flamante bici sin escuchar risitas desalentadoras, tirarme al teléfono horas hablando todo lo alto que quiera y ocupar la compu cuando me apetece sin lidiar...

Y.. voy a enviar un sms...

Positiva que es una...
 
Mi hermana la negra
Paquita la del barrio me acompaña con su "pobre pistolita" (y que nadie se de por aludido, que los hay suspicaces). La última vez que escuché esta canción fue en Culiacán, en la fiesta de cumpleaños de mi sobrina. Y la canté, a huevo y a coro con unas ruquillas cagadas de la risa entre comentarios malévolos de a quién se la dedicábamos... la naturaleza femenina, en algunos casos, es cruel...

Acaba de llover. Hace un chingo de frío. Montañas de ropa por planchar. Y yo recordando la conversación de anoche con la negra sin alma. Tengo agujetas de tanto como reímos.

La negra es mi pinche hermana gemela. Me lee el pensamiento la cabrona. Se adelanta a mis deseos en sus locas proposiciones, sabiendo que contará con mi apoyo incondicional, porque queremos lo mismo, nos gusta lo mismo: somos lo mismo.

Siempre que me habla de un hombre que le gusta, me dice: "wey, se que te encantaría, lo se". Y es cierto. Siente debilidad por los fotógrafos y por los diseñadores. Como yo. Le gustan los ñeros, los corrientes, los vulgares. Como a mí. Nos conocimos por un tipo al que acabamos compartiendo. Y eso une mucho, quieras o no. Ya se que una circunstancia como querer al mismo tío a algunas las convierte en enemigas acérrimas, pero a nosotras nos hizo hermanas. Y el tiempo y la vida nos volvió gemelas.

Anoche me decía que somos putas. Lo somos, negra. De las corrientes. De las baratas, negra. Baratas como vino en tetrapack. Vulgares y callejeras. De las caras, no, que lo hacen por dinero. No, negra, de esas no somos. De las que lo hacen por gusto. De las que ni se acuerdan de cobrar.

Compartamos, negra, le digo. Sí, compartamos. Se nos da bien. ¿Qué hacemos?. Secuestremos a fulano. ¿Le secuestramos?, órale mi negris. Le metemos en una suburban negra como el alma que te falta. Lo amarramos y amodazamos pa que no chille, el cobarde. Si va a tener suerte y todo el cabrón. Con las dos, no mames. Arre. Y luego?. Pos nos lo llevamos a un motel, mi negris. Un motel de esos chilo, bien naco, al modo del rancho. De los que cuando prendes la tele puras porno echan. Sale. Y tendremos una hielera con su 24 de Pacífico bien helada. A huevo. Norteña sonando. Ta´bien, mija, te daré gusto. Tons?. Pues nos lo cogemos. Las dos?. Simón, las dos. Ah, qué suerte la suya. Las dos juntas pa´él, mi negris. Qué chiste si no? No se ha visto en otra igual. No, pos no. Estamos de acuerdo?. Simón, wey, olrai. Trato hecho.

La negra mira al mundo con ojos hambrientos y pinta la vida de colores. La negra tiene música en la sangre y palabras pa regalar. La negra te habla y aunque no quieras, sonríes.

La negra va a cruzar el charco y va a aprender palabras nuevas para sus crónicas.

La negra, mi hermana gemela, y yo, queremos embarazarnos en Grecia. Ya tenemos la fecha programada. Y el padre, obviamente, lo compartiremos.

 
El río eléctrico
Cuando algo se desea mucho, el peligro es conseguirlo. Estar cerca, muy cerca del objeto de deseo te vuelve atento, alerta, despierto, en permanente excitación... y esa es una sensación que adoro, incluso más que obtener lo que quiero.

Escucho febrilmente a mi querido Cerati. El siempre me acompaña, siempre está ahí, pero en estos días su presencia adquiere una nueva relevancia, un redescubrimiento de sus letras elaboradas, una adaptación a mi estado, personalizándolo, haciéndolo mío, usándolo incluso. Otras veces estuvo ahí, vinculando mi memoria a momentos especiales, con rostros, pieles, luces. Cerati siempre estará unido al amigo que me lo presentó y me lo entregó como un regalo mientras me cantaba sus canciones bajito. Pero ahora es mi particular banda sonora del momento que vivo.

El cielo entiende que mi obsesión está llegando a un límite...
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El era uno de esos tipos. Lo supo nada más verlo. Lo hubiera reconocido entre todo un estadio lleno de gente. El era de esos.

Unos de esos tipos a los que las palabras les sobran. Les sobra la edad, la nacionalidad, la profesión. Les sobra su físico, su dinero. Les sobra todo. Porque cuando se vuelven a mirarte, sus ojos disuelven el mundo que te rodea, se licúa el piso que te sostiene, el cielo se vuelve agua. Tú te vuelves agua. Y sólo puedes fluir en la corriente que él ha establecido a través de su mirada clavada en tí, como un río eléctrico.

Con la piel erizada, húmeda, te das cuenta de inmediato. Es uno de esos tipos. Mal asunto. Porque estos tipos son de los que ya no se van nunca. De los que te siguen a donde quiera que vas. Metidos en tu cabeza, mirándote a cada rato, apareciéndose en sueños. Chingándote con su sonrisita perversa cuando a tu memoria se le pega la gana.

El tipo sabía jugar. Puta madre si sabía jugar. Porque cuando se encontraban y la abrazaba para saludarla (delante de todo el mundo), y colocaba su mano casi al final de la espalda ejerciendo la presión adecuada para hacer rozar sus caderas, susurrando fórmulas de cortesía que en sus oídos se traducían como proposiciones sonrojantes (por el tono que empleaba) y ella se abandonaba entre sus brazos, sintiendo el calor aumentar y finalmente, él deshacía el abrazo clavando sus ojos en ella segundos más de lo educado, ella, febril, aturdida, tímida, maldecía su incapacidad de reaccionar, algo impropio en ella. Manejada como muñeca.

Nunca tuvieron intimidad, tal y como se entiende comunmente. Nunca estuvieron a solas. Nunca se tocaron más allá de los saludos. Ni siquiera se dijeron en voz alta algo demasiado personal. Pero en los encuentros, inevitables al coincidir los amigos comunes, los juegos de miradas eran tan elocuentes que no pasaban desapercibidos al entorno, desatando murmuraciones. Los comentarios con doble sentido, el metalenguaje que desarrollaron con la intuición de los que se reconocen como adversarios y cómplices y la química brutal que siempre dejaba un rastro feromónico en el aire, fueron alimentando el deseo de ambos poco a poco a lo largo de años. Siempre latente, siempre ahí, escondido en algún rincón, pero dispuesto a salir rejuvenecido en cualquier fiesta en la que coincidieran, en la mención de su nombre en una conversación, en una llamada de trabajo...

Una noche, a las tres de la mañana, ella recibe un mensaje en el móvil. Se despertó, extrañada y consultó quién podría ser el impresentable que osaba incomodarla a esas horas. El mensaje, aparentemente, no iba dirigida a ella, un error, digamos. Pero era de él. Y contestó haciéndole notar su equivocación. Respuesta en forma de disculpas. Lo leyó y se acomodó entre los brazos de su pareja para regresar al sueño. Pero él volvió a la carga con más disculpas. Y con ese mensaje prendió el botón de encendido.

Ella se dió cuenta que era una artimaña para acercarse. El tipo estaba jugando. Pues hagan juego, señores... y comenzó un bombardeo de mensajes que la quebró el sueño y la prudencia. La fiebre de nuevo. Ese hambre nerviosa que el tipo la producía, hambre de él. Un hambre que no entendía de las parejas del otro, ni de horas, ni de límites, ni de nada políticamente correcto. Ella estaba tumbada en la cama, diciéndole que iba a ir a su casa en sueños. Y él la suplicaba que fuera de inmediato.

Las noches de insomnio se sucedieron. Ella podía adivinar su perversa sonrisa mientras escribía mensajes reclamando su dosis de placer. Y ella respondía exigiendo el suyo, dibujándose para él, inventándole para ella.

Juegos de seducción. Paseo inmoral. Come de mí, come de mi carne.

Cerrar los ojos y verlo. Mirándola. El río eléctrico tensando su cuerpo como un arco, atravesándola, dejándola exhausta. El, como maestro, ejerciendo su dominio sobre ella de forma brutal y despiadada. Ella, como alumna, pidiendo más. Ella, esperando. El, administrando los tiempos. MI querida Hidra, se que tú entenderás muy bien a qué me refiero...

Desde que comenzó el juego, no se han llamado ni una sola vez. No se han visto ni una sola vez. No existen el uno para el otro más que cuando el timbre del móvil anuncia que el juego comienza de nuevo.

Sólo es una fantasía...

Quizás lo más interesante de la historia es que nunca suceda en la realidad lo que por las noches se prometen. Porque en el juego son quienes quieren ser, no lo que son. Porque en el juego, no hay límites, ni censuras, ni moral. Porque en el juego no hay sentimientos que enturbien la relación. Ni terceros. No hay miedo, ni cansancio, ni circunstancias, ni entorno.

Pero quién sabe que vayan a hacer, qué vaya a pasar... tú que crees?