Sensacional de lucha libre
Es probable, queridos lectores ibéricos, que durante este fin de semana hayan visto en las noticias un corte informativo en el que se daba cuenta de un espectáculo de lucha libre en la Casa de América, en Madrid. El viernes a las diez de la noche, Casa de América -AKA El Palacio de Linares, para los que extrañan a los famosos fantasmas- abría sus puertas a la marabunta de medios informativos, comunidad mexicana residente y curiosos varios que deseábamos disfrutar de la primera velada de lucha en la capital. Bruno y yo llegamos temprano porque servidora estaba empeñada en situarse en el ring, o en su defecto, cerca, muy cerca, que me salpicara la sangre, que para eso me vestí de blanco.
Ya era hora que trajeran la lucha libre a Madrid. Y como prueba del éxito, estaba hasta la bandera. Claro, igual influye que había barra libre y catering mexicano, que somos muy gumias todos. Todos trincando coronas y ceviche como locos. Y yo explicándole a un camarero sudoroso que no se apurase en introducir rajas de limón en las botellas, que eso es un invento español. Me miró como si yo fuera su abogado y le diera la llave de la libertad. "Reinvidica tu mexicanismo", le dije. Pero era de Cádiz y no lo debió ver claro.
Bruno estaba encantado de ir a un evento sin cargar la cámara. Casi no lo creía. Iba sonriendo y saludando a los compañeros de los medios, entre risitas y comentarios jocosos: "hoy vengo por placer", "ale, a trabajar todos", "me voy a poder quedar a la fiesta sin tener que salir corriendo como siempre". Mientras él recordaba viejos tiempos con sus antiguos compañeros de Telemadrid, yo cantaba corridos con el mariachi, sin soltar la cerveza. Y así, entre guacamole y rancheras, nos enviaron abajo, al "arena".
Allí estaba. El ring tan bonito, con su lona impecable, azulita ella. Todo nuevito, a estrenar. Su micro extensible de techo. Como antiguo, chido. Y la gente llegando. Nosotros bien situados, en un corner, pegaditos a las cuerdas. Y más gente. Peleas por la ubicación. Un putal de camarógrafos en el coso deslumbrando con sus focos. Locutores grabando la entradilla: "desde el improvisado arena de Casa de América...". Y venga gente. Saltan al ring dos presentadores de televisión a hacer las veces de comentaristas "a la mexicana". Bueno. Más o menos. Salta la tía buena de todos los combates. Con un culo como la plaza de toros, bien apretadita ella, con su vestido como segunda piel, escotazo y taconazo. Mexicana. La gritan, pero menos de lo que se merece. La tía buena se retira. A mi derecha un río de flashes anuncia la llegada de Skorpio. A cara descubierta pa´ dar miedo: tiene cara de toro el cabrón. Y el pelo güero oxigenado. Con ese cuerpo de los atletas de los años cuarenta, fornido, enoooorme y pesado, sin definición muscular. Me cae que come plomo. Llega gruñendo y amenazando, como debe ser. Se arranca la capa de vinilo negra y luce unos shorts de plástico negros con la leyenda "guapo" en verde manzana. Todos le chiflan y le abuchean. La estrella es el otro. Y el juego comienza.
El árbitro trata de calmarlo y que le baje a sus amenazas pero Skorpio quiere quitarle la máscara al otro. Deja que llegue, el cobarde. Empieza a calentar contra las cuerdas y el contrincante, al fin, aparece. El clamor le jalea. Silbidos y gritos. El Hijo del Santo, todo de plata, con su capa brillosa de la Bandera de México con su Guadalupana, hace entrada triunfal. La perrada le chilla emocionada "Santo, Santo, Santo". Los focos y los flashes lo siguen como super estrella. El Hijo del Santo se deja querer y saluda con seguridad.
La arena estaba de bote en bote, la gente loca de la emoción....
Comienza el combate....
Métele la willson, métele la nelson, la quebradora y el tirabuzón, quítale el candado, pícale los ojos, jálale los pelos... sácalo del ring¡¡¡
Les dejo un vídeo para que vean cómo estuvo la cosa. Sobra decir que ganó, con los sustos debidos para darle emoción, el Hijo del Santo. Y yo perdí la voz de tanto que grité, jaleé y animé.
Cuando acabó el espectáculo, continuaron los mariachis un rato más para luego dejar paso a una sesión de DJ en la que se mezclaron los narcocorridos con las cumbias y el flamenco, todo ello ya en el jardín, regados con margaritas demasiado fuertes para mi garganta herida. Conocí gente, saludé a amigos, me encontré con otros que no esperaba, pero todos los que esperaba, estaban, infaltables en una cita de altura como fue.
Así que sobre las dos y media llegaba a casa, prácticamente afónica, feliz y rezando a Malverde para que nos traigan la lucha de nuevo...
Disfruten del combate...
Por cierto, Bruno y yo salimos en el vídeo. Y en la noticias de esta noche en Telemadrid con el insoportable del Sánchez Dragó. La española que más grita, esa mera, soy yo.
Ya era hora que trajeran la lucha libre a Madrid. Y como prueba del éxito, estaba hasta la bandera. Claro, igual influye que había barra libre y catering mexicano, que somos muy gumias todos. Todos trincando coronas y ceviche como locos. Y yo explicándole a un camarero sudoroso que no se apurase en introducir rajas de limón en las botellas, que eso es un invento español. Me miró como si yo fuera su abogado y le diera la llave de la libertad. "Reinvidica tu mexicanismo", le dije. Pero era de Cádiz y no lo debió ver claro.
Bruno estaba encantado de ir a un evento sin cargar la cámara. Casi no lo creía. Iba sonriendo y saludando a los compañeros de los medios, entre risitas y comentarios jocosos: "hoy vengo por placer", "ale, a trabajar todos", "me voy a poder quedar a la fiesta sin tener que salir corriendo como siempre". Mientras él recordaba viejos tiempos con sus antiguos compañeros de Telemadrid, yo cantaba corridos con el mariachi, sin soltar la cerveza. Y así, entre guacamole y rancheras, nos enviaron abajo, al "arena".
Allí estaba. El ring tan bonito, con su lona impecable, azulita ella. Todo nuevito, a estrenar. Su micro extensible de techo. Como antiguo, chido. Y la gente llegando. Nosotros bien situados, en un corner, pegaditos a las cuerdas. Y más gente. Peleas por la ubicación. Un putal de camarógrafos en el coso deslumbrando con sus focos. Locutores grabando la entradilla: "desde el improvisado arena de Casa de América...". Y venga gente. Saltan al ring dos presentadores de televisión a hacer las veces de comentaristas "a la mexicana". Bueno. Más o menos. Salta la tía buena de todos los combates. Con un culo como la plaza de toros, bien apretadita ella, con su vestido como segunda piel, escotazo y taconazo. Mexicana. La gritan, pero menos de lo que se merece. La tía buena se retira. A mi derecha un río de flashes anuncia la llegada de Skorpio. A cara descubierta pa´ dar miedo: tiene cara de toro el cabrón. Y el pelo güero oxigenado. Con ese cuerpo de los atletas de los años cuarenta, fornido, enoooorme y pesado, sin definición muscular. Me cae que come plomo. Llega gruñendo y amenazando, como debe ser. Se arranca la capa de vinilo negra y luce unos shorts de plástico negros con la leyenda "guapo" en verde manzana. Todos le chiflan y le abuchean. La estrella es el otro. Y el juego comienza.
El árbitro trata de calmarlo y que le baje a sus amenazas pero Skorpio quiere quitarle la máscara al otro. Deja que llegue, el cobarde. Empieza a calentar contra las cuerdas y el contrincante, al fin, aparece. El clamor le jalea. Silbidos y gritos. El Hijo del Santo, todo de plata, con su capa brillosa de la Bandera de México con su Guadalupana, hace entrada triunfal. La perrada le chilla emocionada "Santo, Santo, Santo". Los focos y los flashes lo siguen como super estrella. El Hijo del Santo se deja querer y saluda con seguridad.
La arena estaba de bote en bote, la gente loca de la emoción....
Comienza el combate....
Métele la willson, métele la nelson, la quebradora y el tirabuzón, quítale el candado, pícale los ojos, jálale los pelos... sácalo del ring¡¡¡
Les dejo un vídeo para que vean cómo estuvo la cosa. Sobra decir que ganó, con los sustos debidos para darle emoción, el Hijo del Santo. Y yo perdí la voz de tanto que grité, jaleé y animé.
Cuando acabó el espectáculo, continuaron los mariachis un rato más para luego dejar paso a una sesión de DJ en la que se mezclaron los narcocorridos con las cumbias y el flamenco, todo ello ya en el jardín, regados con margaritas demasiado fuertes para mi garganta herida. Conocí gente, saludé a amigos, me encontré con otros que no esperaba, pero todos los que esperaba, estaban, infaltables en una cita de altura como fue.
Así que sobre las dos y media llegaba a casa, prácticamente afónica, feliz y rezando a Malverde para que nos traigan la lucha de nuevo...
Disfruten del combate...
Por cierto, Bruno y yo salimos en el vídeo. Y en la noticias de esta noche en Telemadrid con el insoportable del Sánchez Dragó. La española que más grita, esa mera, soy yo.
La visita de la Negra sin Alma
Tras cinco largos años de espera, la negra sin alma cruzó el atlántico y plantó sus botas en la vieja Europa. La recibí en la T4 de Barajas a las seis de la mañana, con la ciudad aún durmiendo. Creo que los únicos despiertos a esas horas intempestivas éramos el personal del aeropuerto, el del metro que comenzaba a desperezarse, yo y el taxista guatemalteco que me había llevado hasta la terminal perdiéndose un par de veces.
Era un martes y comenzaba la aventura.
Cuando un extranjero llega a España por primera vez, suele traer en la agenda la lista de los museos y monumentos que quiere visitar. El Prado, por ejemplo. La negra también, pero por fuera. Vamos, que no entró. Para qué, si hay unas visitas virtuales estupendas en internet. Y si te gastas el dinero en cultura pos luego no te alcanza pa´ las chelas. Y eso si que no, mijita. Los bares son cultura, apoco no?. La gastronomía española, la dieta mediterránea, el vino, las tapas... eso no se obtiene por internet. Y ahí soy un hacha. En la calle todo el día, de bar en bar, de restaurante en restaurante, tapeo fino y diversidad de viandas para trazarle un mapa de la piel de toro en la panza.
En casa, desayunos a la mexicana (sin frijoles pero con huevos), y flamenco para culturizar. A cambio, la negra me descubrió un grupo portorriqueño excelente (Tráfico Pesado), me regresó mi acento culichi -culichi chafa, como dice el flaco- e incluyó en mi vocabulario bonitas y musicales expresiones propias del rancho como la palabra "riata" (verga, en castellano) y que adopté con alegría, o la contundente "a la verga", "vales verga", y variantes similares que aplicábamos unas veinte veces al día porque el mundo lo merece.
Salimos por la noche, sí, salimos. Y hubo hombres, sí, los hubo. Disponibles y heterosexuales. Guapos y mayores de edad, y con pulso, que muertos como que dan frío. Pero la negra no quiso disponer de mi agenda, que la comparto con sumo gusto, porque es así de chula ella y los blanquitos como que la sobran. Yo, conste, la ofrecí lo mejor que tenía. Y en mi agenda negros no me quedan, que ya me los acabé.
La negra visitó Toledo el día del Corpus y regresó oliendo a incienso y pensando comprarse una mantilla para ir a bailar salsa. La negra visitó El Escorial y acabó ligándose a un guardia de seguridad argentino empeñado en que le explicara el significado del término "fuck" en la intimidad de su dormitorio. La negra fue a Segovia y se quedó pasmada con el acueducto, repitiendo "qué cantidad de piedroooootas".
Y nos fuimos a Italia.
No creo que hubiéramos podido escoger un destino mejor. Los cinco días que vivimos allí nos la pasamos girando la cabeza constantemente ante la abrumadora belleza que te rodea. Un chingo de piedrotas, sí. Pero eso lo podeis ver en internet, chavales. Claro que no es lo mismo y por mucho que una haya estudiado cinco años de arte, se queda boquiabierta en el foro. Pero de lo que no hablan en las guías es del porte magnífico, chulesco y extremadamente sexy de los romanos. Háganse cuenta que están en un anuncio de Dolce&Gabbanna callejero. Los romanos deben tener unas madres la mar de amorosas que desde bien chiquitos les crían repitiéndoles como mantra lo guapos que son. Y se lo creen. Porque caminan pagadísimos de sí mismos, rectos como si llevaran una tabla incrustada en la espalda, desfilando en una pasarela imaginaria en la que ellos son el maniquí estrella.
Impecablemente vestidos, elegantes hasta para ir al baño, pasean su excelente anatomía regalándote miradas más que indiscretas a traves de sus enormes lentes de sol de firma. Todos bien ajustaditos para marcar sus espaldas anchas, sus brazos musculosos y su vientre plano. No hay gordos en Roma. Y sí un chingo de calvos. La pasta, me cae, produce alopecia. Pero bendita alopecia. Esas cabezas de rasgos finos y bronceados ya las quisiera yo tener entre... mmm.. en varios lugares.
Para ser un buen romano, deduzco, hay que estar calvo, bronceadísimo, matarte en el gimnasio, llevar una talla de camisa menos de la que te corresponde y conducir una vespa suicida. Porque, amigos, si visitan la ciudad eterna, más vale que aprendan a cruzar las calles con arrojo y seguridad, o te quedas viéndolos pasar, que tampoco está mal, pero a las horas da hambre.
De las romanas no puedo hablar porque no las ví. Ni mi lado más lésbico me empujó a girar la cabeza ante una fémina. Con esa cantidad de hombres guapos no te da tiempo. Igual y ni estaban en la ciudad.
La negra y yo establecimos un sistema de clasificación para diferenciarlos:
- Giorgio: dícese del italiano trajeado sin una sola arruga con diseño hasta en el papel higiénico.
- Armani: dícese del italiano trajeado que acompaña a Giorgio, de similares características.
- Andrea: italiano con melena ondulada y aires intelectuales, provisto de lentes rectangulares, camisas de lino blanco cuello mao y libro en la mano como accesorio. Puede ir en bici.
- Luca: chulazo sexy mega fashion, coleccionista de vaqueros y zapatillas tennis de último diseño, como sus cortes de pelo, y pinta de tomar martinis para desayunar y follarte sobre la encimera de su cocina último grito.
- y Pepino: obrero cincuentón salpicado de pintura o cemento de la obra, bajito y rechoncho. Escasean, para regocijo de la vista.
Todos, seguro, tienen su vespa. Todos, seguro, tienen yate amarrado en Capri. Bueno, Pepino no, que tiene motocarro y no sabe nadar. Y todos, menos Pepino el entrañable, están buenísimos, forrados, y follan incansablemente sin necesidad de viagra, porque no se puede ser tan guapo y follar mal, que es pecado y estamos en la ciudad santa.
Y después de recorrernos la ciudad caminando (hasta ví de casualidad el Palacio de Alessandro Lecquio, impresionante), nos fuimos a Florencia, donde nos esperaba la Alacrana...
Hasta aquí llego por hoy... en breve, más.
Era un martes y comenzaba la aventura.
Cuando un extranjero llega a España por primera vez, suele traer en la agenda la lista de los museos y monumentos que quiere visitar. El Prado, por ejemplo. La negra también, pero por fuera. Vamos, que no entró. Para qué, si hay unas visitas virtuales estupendas en internet. Y si te gastas el dinero en cultura pos luego no te alcanza pa´ las chelas. Y eso si que no, mijita. Los bares son cultura, apoco no?. La gastronomía española, la dieta mediterránea, el vino, las tapas... eso no se obtiene por internet. Y ahí soy un hacha. En la calle todo el día, de bar en bar, de restaurante en restaurante, tapeo fino y diversidad de viandas para trazarle un mapa de la piel de toro en la panza.
En casa, desayunos a la mexicana (sin frijoles pero con huevos), y flamenco para culturizar. A cambio, la negra me descubrió un grupo portorriqueño excelente (Tráfico Pesado), me regresó mi acento culichi -culichi chafa, como dice el flaco- e incluyó en mi vocabulario bonitas y musicales expresiones propias del rancho como la palabra "riata" (verga, en castellano) y que adopté con alegría, o la contundente "a la verga", "vales verga", y variantes similares que aplicábamos unas veinte veces al día porque el mundo lo merece.
Salimos por la noche, sí, salimos. Y hubo hombres, sí, los hubo. Disponibles y heterosexuales. Guapos y mayores de edad, y con pulso, que muertos como que dan frío. Pero la negra no quiso disponer de mi agenda, que la comparto con sumo gusto, porque es así de chula ella y los blanquitos como que la sobran. Yo, conste, la ofrecí lo mejor que tenía. Y en mi agenda negros no me quedan, que ya me los acabé.
La negra visitó Toledo el día del Corpus y regresó oliendo a incienso y pensando comprarse una mantilla para ir a bailar salsa. La negra visitó El Escorial y acabó ligándose a un guardia de seguridad argentino empeñado en que le explicara el significado del término "fuck" en la intimidad de su dormitorio. La negra fue a Segovia y se quedó pasmada con el acueducto, repitiendo "qué cantidad de piedroooootas".
Y nos fuimos a Italia.
No creo que hubiéramos podido escoger un destino mejor. Los cinco días que vivimos allí nos la pasamos girando la cabeza constantemente ante la abrumadora belleza que te rodea. Un chingo de piedrotas, sí. Pero eso lo podeis ver en internet, chavales. Claro que no es lo mismo y por mucho que una haya estudiado cinco años de arte, se queda boquiabierta en el foro. Pero de lo que no hablan en las guías es del porte magnífico, chulesco y extremadamente sexy de los romanos. Háganse cuenta que están en un anuncio de Dolce&Gabbanna callejero. Los romanos deben tener unas madres la mar de amorosas que desde bien chiquitos les crían repitiéndoles como mantra lo guapos que son. Y se lo creen. Porque caminan pagadísimos de sí mismos, rectos como si llevaran una tabla incrustada en la espalda, desfilando en una pasarela imaginaria en la que ellos son el maniquí estrella.
Impecablemente vestidos, elegantes hasta para ir al baño, pasean su excelente anatomía regalándote miradas más que indiscretas a traves de sus enormes lentes de sol de firma. Todos bien ajustaditos para marcar sus espaldas anchas, sus brazos musculosos y su vientre plano. No hay gordos en Roma. Y sí un chingo de calvos. La pasta, me cae, produce alopecia. Pero bendita alopecia. Esas cabezas de rasgos finos y bronceados ya las quisiera yo tener entre... mmm.. en varios lugares.
Para ser un buen romano, deduzco, hay que estar calvo, bronceadísimo, matarte en el gimnasio, llevar una talla de camisa menos de la que te corresponde y conducir una vespa suicida. Porque, amigos, si visitan la ciudad eterna, más vale que aprendan a cruzar las calles con arrojo y seguridad, o te quedas viéndolos pasar, que tampoco está mal, pero a las horas da hambre.
De las romanas no puedo hablar porque no las ví. Ni mi lado más lésbico me empujó a girar la cabeza ante una fémina. Con esa cantidad de hombres guapos no te da tiempo. Igual y ni estaban en la ciudad.
La negra y yo establecimos un sistema de clasificación para diferenciarlos:
- Giorgio: dícese del italiano trajeado sin una sola arruga con diseño hasta en el papel higiénico.
- Armani: dícese del italiano trajeado que acompaña a Giorgio, de similares características.
- Andrea: italiano con melena ondulada y aires intelectuales, provisto de lentes rectangulares, camisas de lino blanco cuello mao y libro en la mano como accesorio. Puede ir en bici.
- Luca: chulazo sexy mega fashion, coleccionista de vaqueros y zapatillas tennis de último diseño, como sus cortes de pelo, y pinta de tomar martinis para desayunar y follarte sobre la encimera de su cocina último grito.
- y Pepino: obrero cincuentón salpicado de pintura o cemento de la obra, bajito y rechoncho. Escasean, para regocijo de la vista.
Todos, seguro, tienen su vespa. Todos, seguro, tienen yate amarrado en Capri. Bueno, Pepino no, que tiene motocarro y no sabe nadar. Y todos, menos Pepino el entrañable, están buenísimos, forrados, y follan incansablemente sin necesidad de viagra, porque no se puede ser tan guapo y follar mal, que es pecado y estamos en la ciudad santa.
Y después de recorrernos la ciudad caminando (hasta ví de casualidad el Palacio de Alessandro Lecquio, impresionante), nos fuimos a Florencia, donde nos esperaba la Alacrana...
Hasta aquí llego por hoy... en breve, más.
vacaciones
Queridos todos,
Esta que les quiere se va unos días a dar el rol por las Italias con la insuperable compañía de la Negra sin Alma y allá nos encontraremos con la simpar Alacrana... el viaje promete emociones, alteraciones y subidones que les relataré sin censuras a mi regreso....
Se les quiere, no tengan duda
Esta que les quiere se va unos días a dar el rol por las Italias con la insuperable compañía de la Negra sin Alma y allá nos encontraremos con la simpar Alacrana... el viaje promete emociones, alteraciones y subidones que les relataré sin censuras a mi regreso....
Se les quiere, no tengan duda
Sticky Vicky
Sticky Vicky es una mujer de edad indefinida (me juego lo que querais que ya no cumple los 55) de sonrisa congelada y mirada perdida en un horizonte imaginario. Se sube al pequeño escenario del local cubierta con una túnica brillosa y hace unos pasos que simulan una coreografía ajada, trasnochada, acartonada. Con leves movimientos de cabeza indica al dj los cambios de luces que marcan las pautas a su show. Deja caer su túnica de forma teatral y con un gesto forzadamente orgulloso exhibe su cuerpo desnudo esperando un aplauso que nunca llega. Sticky Vicky debió ser en algún pasado remoto hermosa, firme, atlética. Pero de eso hace mucho y las arrugas marchitan su piel blanquecina y hacen caer fláccidos pliegues de carne de sus brazos, sus piernas, su culo pequeño y sin grasa. Su vientre abultado esconde secretos...
Aletea con sus manos como mariposa cruzando los pies, tratando de ser graciosa y busca refugio tras un pequeño biombo en el que, con los ojos traspasando al público, como si fuerámos transparentes, hace movimientos que no podemos ver, de evidente esfuerzo. Saliendo de su escondite y con el foco apuntando cruel a su vientre, Sticky Vicky adelanta su pelvis y busca, rebusca, en su vagina imberbe. Con un gesto de dolor, teatro, quizás? que me duele a mí como un pinchazo, comienza a sacar de sus entrañas una bola, dos, tres, un ramo de flores, marañas de hilos interminables, un rosario de bolas de colores y el plato fuerte: una ristra de hojas de afeitar que cortan como bisturíes como hace comprobar a un espectador ofreciéndole una hoja de papel de fumar para que la corte con la cuchilla que acaba de sacarse de su vagina sin fondo. El muchacho, con cara de asco, rechaza la invitación, pero Sticky Vicky insiste, amable, suave, con su sonrisa de esfinge y sus arrugas de abuela. El muchacho accede y con cuidado de no tocar el metal con los dedos presiona el papel contra el filo y se parte en dos límpiamente, mientras arranca tímido un aplauso del público.
El show termina y Sticky Vicky se viste de nuevo con su túnica brillosa y se va con sus pasitos de bailarina cansada.
Impresionada por el espectáculo, por esa vagina mágica que imagino pariendo sin esfuerzo, por su decadencia, por lo grotesco que es todo, por ese público tan joven y ella tan vieja, ese contraste brutal entre la manada de asistentes procedentes de un -adivino- suburbio de Liverpool, Manchester o cualquier otra ciudad jodida por el desempleo, convenientemente anestesiada por el alcohol y las ofertas baratas de turismo de fin de semana cutre, me imagino a Sticky Vicky llegando a su casa de madrugada, una vez acabado el periplo que cada noche la arrastra de bar en bar ofreciendo su show. La imagino agotada, derrotada frente a un café, desmaquillándose frente a un espejo que ya no la devuelve frescura. La imagino ensayando su sonrisa de esfinge. La imagino yéndose a dormir para soñar cuando era una estrella y pagaban para verla, cuando arrancaba cientos de aplausos espontáneos, cuando la mandaban flores, cuando su vientre era plano y no estaba deformado por la edad, por la vida, y por los cientos de ramos de flores que se ha ido sacando cada noche de su vagina mágica a lo largo de años.
Sentí ternura.
Benidorm, mayo de 2007.
Aletea con sus manos como mariposa cruzando los pies, tratando de ser graciosa y busca refugio tras un pequeño biombo en el que, con los ojos traspasando al público, como si fuerámos transparentes, hace movimientos que no podemos ver, de evidente esfuerzo. Saliendo de su escondite y con el foco apuntando cruel a su vientre, Sticky Vicky adelanta su pelvis y busca, rebusca, en su vagina imberbe. Con un gesto de dolor, teatro, quizás? que me duele a mí como un pinchazo, comienza a sacar de sus entrañas una bola, dos, tres, un ramo de flores, marañas de hilos interminables, un rosario de bolas de colores y el plato fuerte: una ristra de hojas de afeitar que cortan como bisturíes como hace comprobar a un espectador ofreciéndole una hoja de papel de fumar para que la corte con la cuchilla que acaba de sacarse de su vagina sin fondo. El muchacho, con cara de asco, rechaza la invitación, pero Sticky Vicky insiste, amable, suave, con su sonrisa de esfinge y sus arrugas de abuela. El muchacho accede y con cuidado de no tocar el metal con los dedos presiona el papel contra el filo y se parte en dos límpiamente, mientras arranca tímido un aplauso del público.
El show termina y Sticky Vicky se viste de nuevo con su túnica brillosa y se va con sus pasitos de bailarina cansada.
Impresionada por el espectáculo, por esa vagina mágica que imagino pariendo sin esfuerzo, por su decadencia, por lo grotesco que es todo, por ese público tan joven y ella tan vieja, ese contraste brutal entre la manada de asistentes procedentes de un -adivino- suburbio de Liverpool, Manchester o cualquier otra ciudad jodida por el desempleo, convenientemente anestesiada por el alcohol y las ofertas baratas de turismo de fin de semana cutre, me imagino a Sticky Vicky llegando a su casa de madrugada, una vez acabado el periplo que cada noche la arrastra de bar en bar ofreciendo su show. La imagino agotada, derrotada frente a un café, desmaquillándose frente a un espejo que ya no la devuelve frescura. La imagino ensayando su sonrisa de esfinge. La imagino yéndose a dormir para soñar cuando era una estrella y pagaban para verla, cuando arrancaba cientos de aplausos espontáneos, cuando la mandaban flores, cuando su vientre era plano y no estaba deformado por la edad, por la vida, y por los cientos de ramos de flores que se ha ido sacando cada noche de su vagina mágica a lo largo de años.
Sentí ternura.
Benidorm, mayo de 2007.
Posmodernidad
Anoche me enteré que yo soy posmoderna. Vaya. Yo que pensaba que los posmodernos son los demás, a la manera de Sartre "el infierno son los demás", esa maravillosa frase exculpatoria. Pues no. Yo también soy posmoderna. Y sin haber firmado nada. Así, sin darme cuenta. Es como cuando vas al médico y te dicen "tiene usted disposición genética para que sus hijos nazcan aficionados a la fórmula uno y alérgicos a las nueces". Ah. No sabía yo. Así que he pasado casi 38 años de mi vida en la ignorancia de mi ser/estar respecto de los demás. Porque, queridos amiguitos, uno es respecto de los demás, no se si os habreis dado cuenta. Uno no es porque sí, porque quiere y ya. Yo soy yo y mis circunstancias es una verdad como un templo, que las circunstancias hacen el yo y y el yo altera las circunstancias. Interactuamos con el entorno como si de un videojuego se tratase, pero sin vidas extra.
Allá por los ochenta, cuando muchos de vosotros ni habíais nacido, esta que os quiere, leía una revista que se llamaba "La Luna de Madrid", dirigida, si mal no recuerdo, por Borja Casani. Yo era una adolescente pizpireta y curiosa con la cabeza llena de preguntas que leía con voracidad. Y "La Luna" era, en aquellos momentos de la incipiente democracia, el escaparate de la vanguardia artística y cultural. La famosa movida tenía en "La Luna" su revista. Por sus páginas desfilaban todos los que significaban algo en aquellos tiempos. Ilustradores como Ceesepe y el Hortelano, fotógrafos como Vallhonrat, Ouka Lele, Alberto García-Alix, las divertidísimas crónicas de Patty Diphusa (alter ego de Pedro Almodóvar) y un Carlos García-Calvo bastante alejado del actual clasista y autodenominado adalid de la elegancia que debatía en penosas tertulias con la simpar (afortunadamente) Ana Rosa Quintana hace no mucho tiempo, y así muchos otros, conformaban un equipo de artistas y pensadores que inventaron un nuevo horizonte para las pacatas mentes del españolito de entonces, poniendo colores donde sólo había escalas de grises (recordad a Las Costus, a Agatha Ruiz-de la Prada) y hablando de la libertad cuando aún el miedo nos calaba en los huesos (recordad el crimen de los abogados de Atocha, ved "Siete días de enero" de Bardem).
Pues yo leía "La Luna" y allí, entre sus páginas de papel cutre, pero amable, leí por vez primera el término posmodernidad. Ya no bastaba con ser moderno: había que ser posmoderno. Pero no explicaban en qué consistía. Era todo un misterio para mí. Así que se me ocurrió que ser posmoderno era una suerte de antihéroe, con los pelos cardados y cara triste, lánguido y atormentado, que tocaba en grupos postpunks, escribía rimas asonantes y novelas urbanas, asistía a exposiciones con cara de desdén, y sentía una profunda decepción del mundo que le rodeaba. Tenían que haber publicado un manual de "cómo ser posmoderno" para que los adolescentes curiosos como yo, nos enterásemos, pero yo sospechaba que había una especie de secretismo al respecto, un si no lo sabes, es que no mereces entrar en el club que claro, a mí me dejaba fuera automáticamente.
No es que quisiera ser posmoderna. La verdad, nunca he querido ser nada concreto en la vida (y así me va). Pero al menos, quería saber de qué iba la cosa. Poder decir: "ah, vale, que era esto, pues yo paso". Pero me quedé con las ganas. Hasta anoche.
Salí con mi hermanito el inventado y quedamos donde siempre. Tengo unos veinte donde siempre dependiendo con quién haya quedado, cada uno el suyo, que soy muy ordenada. Y mi hermanito, sacando libros de su bolsa recien comprados en la feria del libro, me muestra uno en el que habla de la posmodernidad. Y le hago la pregunta fatal que llevo tantos años tratando de averiguar: ¿Qué es la posmodernidad?. Ufff, me dice. A ver cómo te lo explico yo. Pues bien, acoto, para eso eres profesor y enloqueces a tus alumnas. Sonríe, encantador, y comienza una exposición sesuda, aludiendo a autores, citas, cronologías y diferentes opticas que, de pronto, me abren el cielo de esa incógnita que vivía en mi cabeza.
- Entonces, pregunto iluminada, yo soy posmoderna?
- Lo dudas?, dice riendo...
No, ya no.
Treinta y ocho años para saber qué había que hacer para entrar en el club, cuando siempre estuve en él. Hay que fastidiarse. Y qué elegante, en este caso, es la ignorancia.





