Una historia para dos
Conocí al Alberto por encargo. Su hermano era amigo mío. Cuando me decidí a cruzar el charco por primera vez y visitar el racho de mis amores, el hermano me encargó que buscara al Alberto para que me paseara. Te va a gustar mucho, me dijo, premonitorio.
Así que volé a Culiacán con el teléfono del Alberto apuntado en la agenda, junto con otros varios recomendados. Llegué, me instalé, y empecé a hacer llamadas para ir concertando citas. Entre ellas, con el hermano del hermano. El día que apareció a buscarme a la casa donde me andaba quedando y lo ví, casi dos metros de tiarrón, enorme, moreno, pelón, y ojos como luceros... pues me gustó, a qué negarlo. Guapo es, un rato. Tan educadito, tan calladito, tan joven y tierno. Tan grande. Ay. Y además, fotógrafo en ciernes. Pero lo mejor de todo, lo que me conquistó definitivamente fue que conducía la camioneta más destartalada de toda la ciudad. Era una de esas camionetas como las de los dibujos animados, llena de ruidos y cuerdas, y tan divertida que al subirme no podía dejar de reir.
En una ciudad donde el consumismo llega a ser salvaje, y eres diseccionado con crueldad en función de la ropa que llevas y del coche que manejas, se me hacía absolutamente conmovedor y transgresor ir con el Alberto en su camioneta de caricatura. No quería bajarme, quería dar vueltas y vueltas y saludar a todo el mundo como si fuera el papa. Teniendo en cuenta que me encantan los tractores, pasear con el Alberto en su carro era como ir en Cadillac.
El tipo era lo suficientemente encantador, divertido, inteligente, artista y guapo para que a los diez minutos de conocerle, ya tuviera decidido que me lo llevaba puesto. Y no tardé en advertir que yo también le hacía gracia. Pues ya está, amigo (yo, en mi línea de para qué vamos a perder más tiempo). Pero el Alberto tenía sus pleitos, su novia a punto de volverse exnovia, sus dudas, sus miedos... sus cosas. Yo, pues tranquila. Tomándolo con calma. Ya caerá...
Una noche vino a buscarme para ir a una fiesta. Y yo me prometí que de esa noche no pasaba. Así que me puse mi vestido de la suerte (un día perdió sus superpoderes y ya no me lo he vuelto a poner) mi mejor sonrisa y condones en el bolso. No recuerdo si cenamos algo antes o no, pero sí que pasamos por el Dispamocusa (suerte de estanco tamaño corteinglés solamente de venta de cervezas) a cargar todos los botes que podíamos llevar. Y aparecimos allí, como ángeles sin alas, divertidos, flirteando y haciéndonos ojitos.
Ronda de presentaciones. Entre ellos a la anfitriona: la negra. Me dice que se llama XX, pero que su sobrenombre es La Negra sin Alma. Como si me conociera de siempre, me saludó efusiva, simpatiquísima, y toda cariños. Tú eres la famosa española, me espetó. Me dí cuenta al instante que a la negra le gustaba el Alberto. Y el Alberto, pues no la despreciaba precisamente. Yo soy la española, sí. Y recuerdo perfectamente que pensé para mí: Vale, alguien a quien llaman la española no puede competir con alguien que se llama La negra sin Alma, no hay comparación. Pero nena, préstamelo un rato, lo disfruto, y te lo regreso, que yo me vuelvo a mi país y todito para tí. Juro por Malverde que lo pensé. Pero ni modo de decírselo a un tipa que acabas de conocer, en su casa, en su fiesta, llegando acompañada del tipo que le gusta, y encima de todo, a una sinaloense. Temí amanecer en la morgue. Y aún no estaba tan enamorada de México como para querer morir allá. Así que me callé por puro sentido de supervivencia y continué autopresentándome. Conocí a varios cuyos nombres ya traía en el radar y tan encantados de que les llevara noticias del hermano, que me separaron de mi objetivo.
Pero el Alberto no parecía nada triste por mi ausencia. Más bien al contrario. Al fondo, muy al fondo, en la escalera de acceso a la casa (como si lo estuviera viendo, oye) estaban la negra y el Alberto, en alegre y coquetuela cháchara, ajenos a la fiesta, al mundo, y a mí, que era lo peor. Yo, sentada en el suelo, ríe ríe, bebe y bebe, y mirando de reojo a ese par de ingratos-desgraciados-jijosdelachingada que me ignoraban con singular alegría. De hecho, la negra de vez en cuando me echaba una miradita, supongo que para cerciorarse que yo seguía bien lejos y no representaba peligro. La alacrana se debió dar cuenta, me cae, porque no me daba tregua con la plática y la cerveza. Debió pensar que la mejor forma de salir del trance era emborracharme hasta la inconsciencia y nos evitábamos todos un drama. Se mascaba la tragedia... Aquello era un choque de coronas en toda regla. Era la negra o yo. Y jugando en terreno "enemigo".
Llegó la hora de retirarse y tuve que rendirme ante la evidencia. Yo no pintaba nada. Había jugado límpio, había respetado las distancias y no me había entrometido más allá de las eventuales miradas de tanteo... sin resultados. Está bien, me dije, a casita. La alacrana se ofreció a llevarme y ya andaba yo despidiéndome y tratando de mantener el equilibrio, cuando el Alberto se planta ante mí, raudo y veloz. Yo te llevo, me dice. Nel, me lleva la alacrana (ahora te quedas con tu negrita, cabrón). Yo te traje, pos yo te llevo, insistió. No importa. Sí que importa. Negrita sonriendo. Orales. Vámonos. Juntos. Bye, negris, un placer...
Y salí sin mirar atrás, no fuera a convertirme en sal, escoltada por el Alberto. Fue subirnos en la camioneta de la risa, que estaba aparcada frente a la casa (si se asomaban a la terraza, nos veían, fijo) y sin decir palabra, nos lanzamos, literalmente, uno en brazos del otro. Vámonos de aquí en chinga, cabrón, o alguien va a salir a la terraza rollito francotirador. Dónde vamos?, preguntó, cándido. A casa con mis padres a proteger mi virginidad, no te jode... pos a un motel, alma de cántaro. Y al más corriente, a ser posible, que tengo espíritu de antropóloga. Lo que pasó luego es justamente lo que os podeis imaginar, así que me ahorro comentarios lúbricos. Al día siguiente, radiante y feliz, me dejaba en casa. Yo esa mañana salía a Mazatlán a pasar unos días y me despedí con la promesa de llamarle en cuanto llegara, informándole del hotel en el que me alojaría, porque el Alberto, que lo sepais, desde la noche de lujuria, ya no podía pasar ni un segundo sin mí. Vamos, que le faltaba el aire, la sangre no le circulaba, y todas las desgracias del mundo le iban a sobrevenir si no estaba a mi lado. Já. Le juré y le perjuré que lo llamaba llegando. Me pidió el número de mi amiga (para tenerme controlada) pero yo no lo tenía encima (mentiras mías). Que sí, que te llamo.
Cuando llegué a Mazatlán, mis amigas me recordaron que llamara al Alberto. Me reí y dije ¿de veras creeis que le voy a llamar sin saber qué onda aquí?, naaahhh, yo salgo esta noche y mañana ya veremos...
Queridos niños y niñas: si eres malo, lo pagas. Y lo pagué. Efectivamente, salí esa noche. No voy a entrar en detalles, pero hice un par de travesuras (pequeñas, casi ínfimas). Y la verdad, es que el panorama no prometía. Así que al día siguiente, le marqué. Y me encuentro a un Alberto presa de los nervios, que dónde me había metido, que andaba loco esperando mi llamada, que se había pasado la noche de su casa a la central de autobuses, pensando si tomar uno y salir a buscarme, vagando, por las calles, como homeless, desesperado por encontrarme... pooooooobrecito. Hasta me conmovió y todo. Me lo creí todito y me sentí la mar de culpable. Así que ya le informé, me disculpé hasta la saciedad, y finalmente, vino a Mazatlán.
Ingenua de mí, inocente, tan poco experimentada en mexicanos aún, no sabía que a dos horas de camino, en Culiacán, la negra y yo nos habíamos convertido en hermanas.
Pasé el resto de mis vacaciones entregada al Alberto, como enamorados los dos, como bobos, más bien. Y regresé a España, con promesas (todos los mexicanos cantan en la cama, se enamoran de tí y se quieren casar contigo. Todo es mentira, menos las canciones. Pero aún no lo sabía). Me la pasaba conectada al msn. Hablando con él. Hablando con la alacrana. Y un día la alacrana, invita a la negra a la conversación. Casi me da urticaria. La muchacha me caía bien, sí. Pero era una enamorada de MI Alberto. La negra, encantadora, comienza a contarme, como enloquecida, que está enamorada, mucho, muchísimo (ayayayay.. esto me huele mal) y que putamadre, el tipo no la hace el caso que ella precisa (pos no, nena, está ocupado) y que sospecha que hay otra mujer... creo que ha sido la única vez que he agradecido la distancia. Sudé de pánico.
Por algún motivo que ignoro, las conversaciones entre la negra y yo se fueron haciendo diarias, constantes. Podría haberla bloqueado, eliminado. Pero no se porqué, no lo hice. La escuchaba llorar su amor por el tipo que era algo así como mi proyecto de novio. La negra me confiaba sus penas y sus sospechas de "la otra". Y yo temblaba. Cada día me caía mejor. Nos fuimos haciendo amigas. Y el Alberto ignoraba mis súplicas para que hablara con ella y aclarara el lío internacional. Así que un día me armé de valor y la escribí una carta en la que se lo confesaba todo. Ya quería yo a la negra, y no podía ser su amiga y tenerla engañada con lo que la hacía sufrir tanto. El Alberto, para ese momento, se desapareció del mapa. Huyó como alma que lleva el diablo. Volvió con su novia de siempre y nos dejó a las dos, enfrentadas, derrotadas, y solas una frente a otra.
La reacción de la negra fue espectacular. De reina. La negra vino a decir que con su amor haría una bolita y se la tragaría frente a una mujer como yo. Y que seríamos amigas pa´ siempre. Lloré. La negra demostró tener una talla como he visto en muy poca gente. Una dignidad, una generosidad y una elegancia para "perder" que dudo pueda yo alcanzar nunca. La negra me tendió la mano cuando era ella la que estaba hundida.
La negra, desde aquel episodio en el que nos encontramos hace cinco años y yo, somos amigas, hermanas, y últimamente, gemelas.
Claro que, despues de lo que pasamos juntas, nos ha quedado la "tara" de querer compartirlo todo. Como si nos curásemos en salud y en lugar de llegar a ser rivales, dado que compartimos gustos peligrosamente (y no solo por el Alberto) pues mejor cedemos ambas y contentas las dos. O los tres. O quizás sea porque realmente lo que nos divierte es que esté la otra allí, cerca, al lado, encima, debajo, como sea, pero allí. El tipo, a veces, es lo de menos.
Mientras esté ella, mi negrita hermosa, mi hermana.
(La otra versión en el blog de la negra)
Así que volé a Culiacán con el teléfono del Alberto apuntado en la agenda, junto con otros varios recomendados. Llegué, me instalé, y empecé a hacer llamadas para ir concertando citas. Entre ellas, con el hermano del hermano. El día que apareció a buscarme a la casa donde me andaba quedando y lo ví, casi dos metros de tiarrón, enorme, moreno, pelón, y ojos como luceros... pues me gustó, a qué negarlo. Guapo es, un rato. Tan educadito, tan calladito, tan joven y tierno. Tan grande. Ay. Y además, fotógrafo en ciernes. Pero lo mejor de todo, lo que me conquistó definitivamente fue que conducía la camioneta más destartalada de toda la ciudad. Era una de esas camionetas como las de los dibujos animados, llena de ruidos y cuerdas, y tan divertida que al subirme no podía dejar de reir.
En una ciudad donde el consumismo llega a ser salvaje, y eres diseccionado con crueldad en función de la ropa que llevas y del coche que manejas, se me hacía absolutamente conmovedor y transgresor ir con el Alberto en su camioneta de caricatura. No quería bajarme, quería dar vueltas y vueltas y saludar a todo el mundo como si fuera el papa. Teniendo en cuenta que me encantan los tractores, pasear con el Alberto en su carro era como ir en Cadillac.
El tipo era lo suficientemente encantador, divertido, inteligente, artista y guapo para que a los diez minutos de conocerle, ya tuviera decidido que me lo llevaba puesto. Y no tardé en advertir que yo también le hacía gracia. Pues ya está, amigo (yo, en mi línea de para qué vamos a perder más tiempo). Pero el Alberto tenía sus pleitos, su novia a punto de volverse exnovia, sus dudas, sus miedos... sus cosas. Yo, pues tranquila. Tomándolo con calma. Ya caerá...
Una noche vino a buscarme para ir a una fiesta. Y yo me prometí que de esa noche no pasaba. Así que me puse mi vestido de la suerte (un día perdió sus superpoderes y ya no me lo he vuelto a poner) mi mejor sonrisa y condones en el bolso. No recuerdo si cenamos algo antes o no, pero sí que pasamos por el Dispamocusa (suerte de estanco tamaño corteinglés solamente de venta de cervezas) a cargar todos los botes que podíamos llevar. Y aparecimos allí, como ángeles sin alas, divertidos, flirteando y haciéndonos ojitos.
Ronda de presentaciones. Entre ellos a la anfitriona: la negra. Me dice que se llama XX, pero que su sobrenombre es La Negra sin Alma. Como si me conociera de siempre, me saludó efusiva, simpatiquísima, y toda cariños. Tú eres la famosa española, me espetó. Me dí cuenta al instante que a la negra le gustaba el Alberto. Y el Alberto, pues no la despreciaba precisamente. Yo soy la española, sí. Y recuerdo perfectamente que pensé para mí: Vale, alguien a quien llaman la española no puede competir con alguien que se llama La negra sin Alma, no hay comparación. Pero nena, préstamelo un rato, lo disfruto, y te lo regreso, que yo me vuelvo a mi país y todito para tí. Juro por Malverde que lo pensé. Pero ni modo de decírselo a un tipa que acabas de conocer, en su casa, en su fiesta, llegando acompañada del tipo que le gusta, y encima de todo, a una sinaloense. Temí amanecer en la morgue. Y aún no estaba tan enamorada de México como para querer morir allá. Así que me callé por puro sentido de supervivencia y continué autopresentándome. Conocí a varios cuyos nombres ya traía en el radar y tan encantados de que les llevara noticias del hermano, que me separaron de mi objetivo.
Pero el Alberto no parecía nada triste por mi ausencia. Más bien al contrario. Al fondo, muy al fondo, en la escalera de acceso a la casa (como si lo estuviera viendo, oye) estaban la negra y el Alberto, en alegre y coquetuela cháchara, ajenos a la fiesta, al mundo, y a mí, que era lo peor. Yo, sentada en el suelo, ríe ríe, bebe y bebe, y mirando de reojo a ese par de ingratos-desgraciados-jijosdelachingada que me ignoraban con singular alegría. De hecho, la negra de vez en cuando me echaba una miradita, supongo que para cerciorarse que yo seguía bien lejos y no representaba peligro. La alacrana se debió dar cuenta, me cae, porque no me daba tregua con la plática y la cerveza. Debió pensar que la mejor forma de salir del trance era emborracharme hasta la inconsciencia y nos evitábamos todos un drama. Se mascaba la tragedia... Aquello era un choque de coronas en toda regla. Era la negra o yo. Y jugando en terreno "enemigo".
Llegó la hora de retirarse y tuve que rendirme ante la evidencia. Yo no pintaba nada. Había jugado límpio, había respetado las distancias y no me había entrometido más allá de las eventuales miradas de tanteo... sin resultados. Está bien, me dije, a casita. La alacrana se ofreció a llevarme y ya andaba yo despidiéndome y tratando de mantener el equilibrio, cuando el Alberto se planta ante mí, raudo y veloz. Yo te llevo, me dice. Nel, me lleva la alacrana (ahora te quedas con tu negrita, cabrón). Yo te traje, pos yo te llevo, insistió. No importa. Sí que importa. Negrita sonriendo. Orales. Vámonos. Juntos. Bye, negris, un placer...
Y salí sin mirar atrás, no fuera a convertirme en sal, escoltada por el Alberto. Fue subirnos en la camioneta de la risa, que estaba aparcada frente a la casa (si se asomaban a la terraza, nos veían, fijo) y sin decir palabra, nos lanzamos, literalmente, uno en brazos del otro. Vámonos de aquí en chinga, cabrón, o alguien va a salir a la terraza rollito francotirador. Dónde vamos?, preguntó, cándido. A casa con mis padres a proteger mi virginidad, no te jode... pos a un motel, alma de cántaro. Y al más corriente, a ser posible, que tengo espíritu de antropóloga. Lo que pasó luego es justamente lo que os podeis imaginar, así que me ahorro comentarios lúbricos. Al día siguiente, radiante y feliz, me dejaba en casa. Yo esa mañana salía a Mazatlán a pasar unos días y me despedí con la promesa de llamarle en cuanto llegara, informándole del hotel en el que me alojaría, porque el Alberto, que lo sepais, desde la noche de lujuria, ya no podía pasar ni un segundo sin mí. Vamos, que le faltaba el aire, la sangre no le circulaba, y todas las desgracias del mundo le iban a sobrevenir si no estaba a mi lado. Já. Le juré y le perjuré que lo llamaba llegando. Me pidió el número de mi amiga (para tenerme controlada) pero yo no lo tenía encima (mentiras mías). Que sí, que te llamo.
Cuando llegué a Mazatlán, mis amigas me recordaron que llamara al Alberto. Me reí y dije ¿de veras creeis que le voy a llamar sin saber qué onda aquí?, naaahhh, yo salgo esta noche y mañana ya veremos...
Queridos niños y niñas: si eres malo, lo pagas. Y lo pagué. Efectivamente, salí esa noche. No voy a entrar en detalles, pero hice un par de travesuras (pequeñas, casi ínfimas). Y la verdad, es que el panorama no prometía. Así que al día siguiente, le marqué. Y me encuentro a un Alberto presa de los nervios, que dónde me había metido, que andaba loco esperando mi llamada, que se había pasado la noche de su casa a la central de autobuses, pensando si tomar uno y salir a buscarme, vagando, por las calles, como homeless, desesperado por encontrarme... pooooooobrecito. Hasta me conmovió y todo. Me lo creí todito y me sentí la mar de culpable. Así que ya le informé, me disculpé hasta la saciedad, y finalmente, vino a Mazatlán.
Ingenua de mí, inocente, tan poco experimentada en mexicanos aún, no sabía que a dos horas de camino, en Culiacán, la negra y yo nos habíamos convertido en hermanas.
Pasé el resto de mis vacaciones entregada al Alberto, como enamorados los dos, como bobos, más bien. Y regresé a España, con promesas (todos los mexicanos cantan en la cama, se enamoran de tí y se quieren casar contigo. Todo es mentira, menos las canciones. Pero aún no lo sabía). Me la pasaba conectada al msn. Hablando con él. Hablando con la alacrana. Y un día la alacrana, invita a la negra a la conversación. Casi me da urticaria. La muchacha me caía bien, sí. Pero era una enamorada de MI Alberto. La negra, encantadora, comienza a contarme, como enloquecida, que está enamorada, mucho, muchísimo (ayayayay.. esto me huele mal) y que putamadre, el tipo no la hace el caso que ella precisa (pos no, nena, está ocupado) y que sospecha que hay otra mujer... creo que ha sido la única vez que he agradecido la distancia. Sudé de pánico.
Por algún motivo que ignoro, las conversaciones entre la negra y yo se fueron haciendo diarias, constantes. Podría haberla bloqueado, eliminado. Pero no se porqué, no lo hice. La escuchaba llorar su amor por el tipo que era algo así como mi proyecto de novio. La negra me confiaba sus penas y sus sospechas de "la otra". Y yo temblaba. Cada día me caía mejor. Nos fuimos haciendo amigas. Y el Alberto ignoraba mis súplicas para que hablara con ella y aclarara el lío internacional. Así que un día me armé de valor y la escribí una carta en la que se lo confesaba todo. Ya quería yo a la negra, y no podía ser su amiga y tenerla engañada con lo que la hacía sufrir tanto. El Alberto, para ese momento, se desapareció del mapa. Huyó como alma que lleva el diablo. Volvió con su novia de siempre y nos dejó a las dos, enfrentadas, derrotadas, y solas una frente a otra.
La reacción de la negra fue espectacular. De reina. La negra vino a decir que con su amor haría una bolita y se la tragaría frente a una mujer como yo. Y que seríamos amigas pa´ siempre. Lloré. La negra demostró tener una talla como he visto en muy poca gente. Una dignidad, una generosidad y una elegancia para "perder" que dudo pueda yo alcanzar nunca. La negra me tendió la mano cuando era ella la que estaba hundida.
La negra, desde aquel episodio en el que nos encontramos hace cinco años y yo, somos amigas, hermanas, y últimamente, gemelas.
Claro que, despues de lo que pasamos juntas, nos ha quedado la "tara" de querer compartirlo todo. Como si nos curásemos en salud y en lugar de llegar a ser rivales, dado que compartimos gustos peligrosamente (y no solo por el Alberto) pues mejor cedemos ambas y contentas las dos. O los tres. O quizás sea porque realmente lo que nos divierte es que esté la otra allí, cerca, al lado, encima, debajo, como sea, pero allí. El tipo, a veces, es lo de menos.
Mientras esté ella, mi negrita hermosa, mi hermana.
(La otra versión en el blog de la negra)
Comentario:
Tú si que eres una reina!!!!!
"Chapó!!"
1beso
"Chapó!!"
1beso
Comentario:
jajaja me encantaron tus anecdotas prometo leerte mas seguido........solo q me confundes en estas en España o en Sinaloa por lo cuentas todo como si estuvieras aca, jajjaja ya q vengas nos ponemos de acuerdo y salimos jajjaja seria interesante q me cotaras todo eso y ya te enteraras de las mias jajajja
Comentario:
Por motivos ajenos a nuestros deseos, la correspondiente réplica ha de ser editada, pero llegará.
Daedaluss/Anuska: bienvenidas, estais en vuestra casa. Me encanta la sangre fresca...
Daedaluss/Anuska: bienvenidas, estais en vuestra casa. Me encanta la sangre fresca...
Comentario:
Me gustas
Comentario:
Comparto ese brindis con gusto, gusto que se ha visto enormemente incrementando leyéndote. Con tu permiso, o sin él, creo que me voy a pasar de cuando en cuando por aquí.





