La Isla
La primera vez que fuí a la isla, fue en un mes de febrero, huyendo del frío de Madrid y de una relación que se iba a pique. La última noche mis dos amigas y yo fuimos a un bar en el que, por fin, ponían buena música. Y él se sentó a mi lado. Muy simpático, el uruguayo aquel, conversó con nosotras y nos invitó a cervezas. Yo no dejaba de mirar su esplédida musculatura imaginando cómo se lo montaba. Pero nos íbamos al día siguiente y quedó en promesas las excursiones que nos proponía.
De nuevo en Madrid, rompí con aquel y como es habitual en mis separaciones importantes, fuí perdiendo peso paulatinamente, mientras llegaba el verano y una de las dos amigas con las que había viajado, decidió buscar trabajo en la isla. M. se marchó como avanzadilla, acordando que si había buen plan, yo me uniría en agosto.
- Esto es un puto supermercado, tía. Tienes que venir. No vas a dar crédito... sol, playa, y montones de hombres heterosexuales guapísimos de todas partes del mundo.
- Y hay "tema"? (palabra clave para designar a las drogas)
- Esto es una isla, qué crees tú?
- Que sí...
- Pues eso, y además tengo localizados todos los clubes decentes para ir a bailar... ya te estás tardando...
En aquellos años, mi vida ociosa giraba en torno a la música -mis rutas nocturnas las definían los djs o los conciertos-, las drogas -como especia que adereza un plato y lo mejora- y el sexo. Por ese orden. Salía para escuchar música y bailar, tomaba drogas para divertirme y ensanchar mi percepción del mundo y finalmente, pero sólo finalmente, tenía sexo porque si no, me muero, Así que compré un billete de avión y volé. Ya en el vuelo traía yo al uruguayo en la cabeza y maquinaba maniobras de acercamiento. Al llegar, M. me advirtió que se había enrrollado con un argentino guapísimo (camarero del bar) y que no podría estar todo lo pendiente de mí que yo quisiera, así que debería buscarme la vida yo solita. Ningún problema, dije, mientras entrábamos en el bar donde conocí al uruguayo y le veía sentado con un grupo de amigos. A las dos horas, ya había retomado el contacto con él y empezó a proponerme planes a los que asentí, así fueran tirarme por un puente, mientras disfrutaba de la visión hermosa y perfecta de su piel bronceada y sus músculos trabajados. Cuando me acosté esa noche (sola) brincaba de emoción... M. no había exagerado ni un ápice. Todos los tipos que me presentó estaban imponentes, super simpáticos y encantados de tenernos allí. Y yo soy muy agradecida...
Así que en pocos días, ya me integraba yo con la gente del bar, como una más. Iba a la playa privada del bar, con los dueños y los camareros y un pequeño grupo de amigos íntimos, comíamos juntos, o iba a casa de alguno de ellos, o el uruguayo nos paseaba, atento y sexy, haciéndome sufrir con sus constantes abrazos y besos... sin pasar de ahí.
Pero una noche, al llegar al bar, ví al fondo del local al divino uruguayo que estaba acompañado de un italiano guapísimo. Moreno agitanado, con el cabello rizado y revuelto, los ojos negros, tatuajes en lo brazos, una camisa perfecta, abierta hasta la cintura y luciendo sobre su pecho lampiño un cadenón de oro cual modelo chuloputas de Dolce&Gabanna. En Madrid, ni lo hubiera mirado, pero allí, en la isla, encajaba a la perfección con el ambiente relajado y casual. El divino se acercó a mí y me lo presentó:
- Tribeca, este es Lulú, el negro.
- Encantado de conocerte, dijo Lulú el negro, mientras me miraba con ojos golosos repasándome de arriba a abajo. Tenía voz de gitano y la piel lisa y oscura como sus ojos ávidos.
Algo hizo "click" entre los dos. Lulú el negro no se apartó de mí en toda la noche, ante la mirada cómplice del uruguayo. Me mató de la risa con sus historias enloquecidas y surrealistas, no me dejó pagar ni una copa y me llevó a casa como un perfecto caballero en su volvo enorme ranchera. A partir de ese día, Lulú, el uruguayo y yo nos hicimos inseparables. A veces venía M. con nosotros en las excursiones que nos regalaban visitando la isla. Recuerdo especialmente un día en el que atravesando una zona desértica, con los bafles tamaño discoteca que tenía Lulú en el maletero a todo volumen sonando house excelente recién traído de Miami, un calor de muerte, cervezas heladas para todos, el divino liando porros y nosotras dos bailando como posesas en los asientos de atrás, de pronto, M. y yo nos miramos y señalando con el dedo la desnudez del uruguayo y de Lulú (iban sin camisetas) y con gestos fuimos conscientes de la inmensa suerte que teníamos de estar allá, escuchando la mejor música del mundo, en lugar paradisíaco, con dos hombres a cual más sexy y apetecible y estaban con nosotras... aquello era el cielo...
Aunque yo seguía durmiendo sola...
Puede que fuera esa misma noche, no lo recuerdo muy bien, regresamos de nuestra comida en un pueblo de pescadores y nos dejaron en la pensión para que nos arregláramos para salir. M. se quedó y yo me fuí sola al bar. Me uní a la bola de gente habitual, escogí música para pinchar, bebí con todos, y como siempre, a la hora de cerrar, nos quedamos los íntimos en la terraza. Nos invitó María a su casa a seguir la fiesta y allá que fuimos todos. Yo, con Lulú y con el uruguayo y con mis ganas de los dos, bastante igualadas. Realmente no podía decidir cúal de los dos me gustaba más. Y con esas, seguimos en casa de María, hasta bien entrada la mañana, bebiendo, ampliando horizontes, escuchándo música y riendo. Sobre las siete, el uruguayo se levantó anunciando su retirada y despidiéndose de todos, se me quedó mirando fíjamente. Yo estaba sentada en el suelo, entre las piernas de Lulú mientras él me acariciaba el cabello. Así que el divino me sonrió, aceptando, guiñó un ojo a Lulú (pude sentir la sonrisa de este) y se fue. La elección, involuntaria, estaba hecha. Media hora más tarde y sin decir una sola palabra, me subía en el carrazo de Lulú destino a su casa.
Lulú era guapísimo, rico, sexy, divertido y peligroso. Lulú follaba como los ángeles y no se cansaba. Lulú tenía una polla lisa, morena, grande e insaciable. Lulú tenía una boca de labios gruesos y sabios que me hacían subir al cielo. Y poseía unas manos que parecían conocer mi cuerpo desde siempre. Además de varios perros de raza para crianza, dos serpientes pitones, una casa tipo melrose place, piscina privada, tres coches de diferentes tamaños, equipos de buceo, de surf, de esquí acuático, discotecas en varios lugares del mundo y sus correspondientes casas, montones de joyería en oro, una pistola en la mesilla de noche, varios frascos grandes de los de guardar macarrones llenos de cosas ilegales y fajos de dinero en diversas divisas por toda la casa. Y nada mejor que hacer en todo el día que su "niña, qué te apetece hoy?" con su voz de gitano resacoso que me encantaba.
No volví a dormir en la pensión. Lulú me "secuestraba" cada noche devolviéndome al día siguiente, ante mi negativa de trasladarme definitivamente a su casa, por mantener mi parcela de libertad e independencia, pese a sus ruegos. Preparaba cenas para mí en el jardín de su casa (cocinaba de lujo) mientras yo me columpiaba en su hamaca bebiendo vino o escogiendo la música. A menudo cenábamos con M. y con el divino y terminábamos invariablemente de día, con todo un menú salido de los frascos de su cocina, debidamente servido en bandejitas, sobre la mesa.
El uruguayo solía despertarnos a la hora de comer. Entraba en la casa, Lulú le recibía y no se si ignorante, inconsciente o simplemente, le valía madres, siempre le indicaba que fuera a la habitación a darme los buenos días. Y yo esperaba, desnuda, haciéndome la dormida, a que se abriera la puerta con cuidado y ver su exuberante anatomía a contraluz, entrando despacito. Se sentaba en la cama y me besaba en la espalda. A veces, me incorporaba y le abría los brazos, para recibirlo. Tener esa mole de músculos rodeando mi cuerpo desnudo en una cama susurrándome al oído entre risas "me voy porque me pones muy caliente" era una tortura que me ponía en órbita para todo el día y me mandaba a la ducha directita al agua fría para calmarme y poder desayunar con ambos el café napolitano recién hecho de Lulú entre miraditas cruzadas del divino y yo.
Como dice Mor, "Tensión sexual no Resuelta". Lulú nunca me dijo nada acerca del uruguayo, más bien al contrario, se veía encantado que estuviéramos tan "unidos" y en varias ocasiones llegó a ponerme en serios compromisos, como dejarme a solas con él en su casa o pedirme, en una ocasión, que le diera un masaje con crema hidratante porque el divino, haciendo esquí acuático se había quemado...ay, no, casi muero...
Pero mis vacaciones llegaron a su fin y tuve que regresar a Madrid. Me hicieron una fiesta de despedida en la que no faltó de nada y que duró hasta bien entrado el día siguiente. Lulú haciendo planes para venir a visitarme y el uruguayo alterando mis fluídos con sus comentarios lúbricos en voz baja y sus abrazos tipo boa constrictor. Ahí quedó todo. Volví a mi vida normal, aunque bronceada y delgada por los excesos.
Aquel verano fue uno de los más felices de mi vida. Tuve todo lo necesario (en aquella época) para sentirme bien y en cantidades industriales. La isla fue mi paraíso particular al que regreso mentalmente de vez en cuando, al mirar la foto que hay sobre mi cama, en la que, morena y sonriente, abrazo a Lulú y al divino, uno a cada lado, en perfecto triángulo...
De nuevo en Madrid, rompí con aquel y como es habitual en mis separaciones importantes, fuí perdiendo peso paulatinamente, mientras llegaba el verano y una de las dos amigas con las que había viajado, decidió buscar trabajo en la isla. M. se marchó como avanzadilla, acordando que si había buen plan, yo me uniría en agosto.
- Esto es un puto supermercado, tía. Tienes que venir. No vas a dar crédito... sol, playa, y montones de hombres heterosexuales guapísimos de todas partes del mundo.
- Y hay "tema"? (palabra clave para designar a las drogas)
- Esto es una isla, qué crees tú?
- Que sí...
- Pues eso, y además tengo localizados todos los clubes decentes para ir a bailar... ya te estás tardando...
En aquellos años, mi vida ociosa giraba en torno a la música -mis rutas nocturnas las definían los djs o los conciertos-, las drogas -como especia que adereza un plato y lo mejora- y el sexo. Por ese orden. Salía para escuchar música y bailar, tomaba drogas para divertirme y ensanchar mi percepción del mundo y finalmente, pero sólo finalmente, tenía sexo porque si no, me muero, Así que compré un billete de avión y volé. Ya en el vuelo traía yo al uruguayo en la cabeza y maquinaba maniobras de acercamiento. Al llegar, M. me advirtió que se había enrrollado con un argentino guapísimo (camarero del bar) y que no podría estar todo lo pendiente de mí que yo quisiera, así que debería buscarme la vida yo solita. Ningún problema, dije, mientras entrábamos en el bar donde conocí al uruguayo y le veía sentado con un grupo de amigos. A las dos horas, ya había retomado el contacto con él y empezó a proponerme planes a los que asentí, así fueran tirarme por un puente, mientras disfrutaba de la visión hermosa y perfecta de su piel bronceada y sus músculos trabajados. Cuando me acosté esa noche (sola) brincaba de emoción... M. no había exagerado ni un ápice. Todos los tipos que me presentó estaban imponentes, super simpáticos y encantados de tenernos allí. Y yo soy muy agradecida...
Así que en pocos días, ya me integraba yo con la gente del bar, como una más. Iba a la playa privada del bar, con los dueños y los camareros y un pequeño grupo de amigos íntimos, comíamos juntos, o iba a casa de alguno de ellos, o el uruguayo nos paseaba, atento y sexy, haciéndome sufrir con sus constantes abrazos y besos... sin pasar de ahí.
Pero una noche, al llegar al bar, ví al fondo del local al divino uruguayo que estaba acompañado de un italiano guapísimo. Moreno agitanado, con el cabello rizado y revuelto, los ojos negros, tatuajes en lo brazos, una camisa perfecta, abierta hasta la cintura y luciendo sobre su pecho lampiño un cadenón de oro cual modelo chuloputas de Dolce&Gabanna. En Madrid, ni lo hubiera mirado, pero allí, en la isla, encajaba a la perfección con el ambiente relajado y casual. El divino se acercó a mí y me lo presentó:
- Tribeca, este es Lulú, el negro.
- Encantado de conocerte, dijo Lulú el negro, mientras me miraba con ojos golosos repasándome de arriba a abajo. Tenía voz de gitano y la piel lisa y oscura como sus ojos ávidos.
Algo hizo "click" entre los dos. Lulú el negro no se apartó de mí en toda la noche, ante la mirada cómplice del uruguayo. Me mató de la risa con sus historias enloquecidas y surrealistas, no me dejó pagar ni una copa y me llevó a casa como un perfecto caballero en su volvo enorme ranchera. A partir de ese día, Lulú, el uruguayo y yo nos hicimos inseparables. A veces venía M. con nosotros en las excursiones que nos regalaban visitando la isla. Recuerdo especialmente un día en el que atravesando una zona desértica, con los bafles tamaño discoteca que tenía Lulú en el maletero a todo volumen sonando house excelente recién traído de Miami, un calor de muerte, cervezas heladas para todos, el divino liando porros y nosotras dos bailando como posesas en los asientos de atrás, de pronto, M. y yo nos miramos y señalando con el dedo la desnudez del uruguayo y de Lulú (iban sin camisetas) y con gestos fuimos conscientes de la inmensa suerte que teníamos de estar allá, escuchando la mejor música del mundo, en lugar paradisíaco, con dos hombres a cual más sexy y apetecible y estaban con nosotras... aquello era el cielo...
Aunque yo seguía durmiendo sola...
Puede que fuera esa misma noche, no lo recuerdo muy bien, regresamos de nuestra comida en un pueblo de pescadores y nos dejaron en la pensión para que nos arregláramos para salir. M. se quedó y yo me fuí sola al bar. Me uní a la bola de gente habitual, escogí música para pinchar, bebí con todos, y como siempre, a la hora de cerrar, nos quedamos los íntimos en la terraza. Nos invitó María a su casa a seguir la fiesta y allá que fuimos todos. Yo, con Lulú y con el uruguayo y con mis ganas de los dos, bastante igualadas. Realmente no podía decidir cúal de los dos me gustaba más. Y con esas, seguimos en casa de María, hasta bien entrada la mañana, bebiendo, ampliando horizontes, escuchándo música y riendo. Sobre las siete, el uruguayo se levantó anunciando su retirada y despidiéndose de todos, se me quedó mirando fíjamente. Yo estaba sentada en el suelo, entre las piernas de Lulú mientras él me acariciaba el cabello. Así que el divino me sonrió, aceptando, guiñó un ojo a Lulú (pude sentir la sonrisa de este) y se fue. La elección, involuntaria, estaba hecha. Media hora más tarde y sin decir una sola palabra, me subía en el carrazo de Lulú destino a su casa.
Lulú era guapísimo, rico, sexy, divertido y peligroso. Lulú follaba como los ángeles y no se cansaba. Lulú tenía una polla lisa, morena, grande e insaciable. Lulú tenía una boca de labios gruesos y sabios que me hacían subir al cielo. Y poseía unas manos que parecían conocer mi cuerpo desde siempre. Además de varios perros de raza para crianza, dos serpientes pitones, una casa tipo melrose place, piscina privada, tres coches de diferentes tamaños, equipos de buceo, de surf, de esquí acuático, discotecas en varios lugares del mundo y sus correspondientes casas, montones de joyería en oro, una pistola en la mesilla de noche, varios frascos grandes de los de guardar macarrones llenos de cosas ilegales y fajos de dinero en diversas divisas por toda la casa. Y nada mejor que hacer en todo el día que su "niña, qué te apetece hoy?" con su voz de gitano resacoso que me encantaba.
No volví a dormir en la pensión. Lulú me "secuestraba" cada noche devolviéndome al día siguiente, ante mi negativa de trasladarme definitivamente a su casa, por mantener mi parcela de libertad e independencia, pese a sus ruegos. Preparaba cenas para mí en el jardín de su casa (cocinaba de lujo) mientras yo me columpiaba en su hamaca bebiendo vino o escogiendo la música. A menudo cenábamos con M. y con el divino y terminábamos invariablemente de día, con todo un menú salido de los frascos de su cocina, debidamente servido en bandejitas, sobre la mesa.
El uruguayo solía despertarnos a la hora de comer. Entraba en la casa, Lulú le recibía y no se si ignorante, inconsciente o simplemente, le valía madres, siempre le indicaba que fuera a la habitación a darme los buenos días. Y yo esperaba, desnuda, haciéndome la dormida, a que se abriera la puerta con cuidado y ver su exuberante anatomía a contraluz, entrando despacito. Se sentaba en la cama y me besaba en la espalda. A veces, me incorporaba y le abría los brazos, para recibirlo. Tener esa mole de músculos rodeando mi cuerpo desnudo en una cama susurrándome al oído entre risas "me voy porque me pones muy caliente" era una tortura que me ponía en órbita para todo el día y me mandaba a la ducha directita al agua fría para calmarme y poder desayunar con ambos el café napolitano recién hecho de Lulú entre miraditas cruzadas del divino y yo.
Como dice Mor, "Tensión sexual no Resuelta". Lulú nunca me dijo nada acerca del uruguayo, más bien al contrario, se veía encantado que estuviéramos tan "unidos" y en varias ocasiones llegó a ponerme en serios compromisos, como dejarme a solas con él en su casa o pedirme, en una ocasión, que le diera un masaje con crema hidratante porque el divino, haciendo esquí acuático se había quemado...ay, no, casi muero...
Pero mis vacaciones llegaron a su fin y tuve que regresar a Madrid. Me hicieron una fiesta de despedida en la que no faltó de nada y que duró hasta bien entrado el día siguiente. Lulú haciendo planes para venir a visitarme y el uruguayo alterando mis fluídos con sus comentarios lúbricos en voz baja y sus abrazos tipo boa constrictor. Ahí quedó todo. Volví a mi vida normal, aunque bronceada y delgada por los excesos.
Aquel verano fue uno de los más felices de mi vida. Tuve todo lo necesario (en aquella época) para sentirme bien y en cantidades industriales. La isla fue mi paraíso particular al que regreso mentalmente de vez en cuando, al mirar la foto que hay sobre mi cama, en la que, morena y sonriente, abrazo a Lulú y al divino, uno a cada lado, en perfecto triángulo...
Comentario:
Grovicus: El pasado, pasado está, con lo bueno y lo malo. Ahora somos otros, no?
Mor: desde que me explicaste lo que es la tsnr, estoy jodida, me siento enferma,creo que voy a pedir la baja... ayyy..
Xienra: el álbum completo no tiene siempre fotos bonitas. Solo saco las mejores. Pero gracias, tú siempre tan amable...
Mi Flaco; no te quejes, que las de 20 son britofans, que lo se... de todos modos, Madrid siempre te esperará (yo y alguna más que se apunta fijo)
besos a todos (qué buen rollo tenemos, no?)
Mor: desde que me explicaste lo que es la tsnr, estoy jodida, me siento enferma,creo que voy a pedir la baja... ayyy..
Xienra: el álbum completo no tiene siempre fotos bonitas. Solo saco las mejores. Pero gracias, tú siempre tan amable...
Mi Flaco; no te quejes, que las de 20 son britofans, que lo se... de todos modos, Madrid siempre te esperará (yo y alguna más que se apunta fijo)
besos a todos (qué buen rollo tenemos, no?)
Comentario:
pos a la otra invita, capaz que agarramos a una lulu y tu un lulu y despues paseamos todos, mi vida es muy aburrida, necesito una liberación sexual
Comentario:
Tiene razón Mor, cuanto desparpajo y cuanta vida hay detrás de estos recuerdos. Hablas de mi infancia, pero anda que tu adolescencia-juventud (la anterior y la actual...)no se quedan atrás precisamente.
Una foto da mucho de si, este es un buen ejemplo, lo malo o lo bueno, según se mire, es que en este caso, a los invitados si nos gustaría ver, el album completo.
Besos.
Una foto da mucho de si, este es un buen ejemplo, lo malo o lo bueno, según se mire, es que en este caso, a los invitados si nos gustaría ver, el album completo.
Besos.
Comentario:
No se para qué necesitas ver peliculas, si tu vida es un peliculón!!!
Y qué mala es la TSNR!!!!!
:P
1beso grande grande
p.d. no dejes de escribir, de contar... nunca
Y qué mala es la TSNR!!!!!
:P
1beso grande grande
p.d. no dejes de escribir, de contar... nunca
Comentario:
Bonitas vacaciones. Aunque yo no no haya vivido tus aventuras en esa isla, si que he tenido épocas parecidas, no con tanta tensión sexual pero si con el compadreo de larfos días bebiendome la vida o agotando las horas con todas las sustancias que nos cojian en los bolsillos, pero no tengo buenos ni grandes recuerdos de aquello, locuras, imágenes de una huida hecia delante continua y si, algo de sexo, fácil y salvaje, pero que ahora se me antoja insípido. No estábamos en una isla pero estábamos aislados de todo, bua, no lo hecho en falta y no lo repetiría ahora ni gratis,je.
Un beso niña.
Un beso niña.





