la culichi chafa
Hace unos días recibí un correo de mi Flaco. El Flaco es un buen amigo mío, al que quiero y extraño a partes iguales, mexicano, sinaloense y culichi (de Culiacán, capital del estado) para más señas. Mi Flaco me contaba de su vida, en ese inigualable estilo suyo de no poner ni un pinche punto y aparte y, sin embargo, consigue que que su redacción sea liviana como su cuerpecillo de aire.
Me dió muchísimo gusto saber de él, y por unos momentos, sentí que andaba rondando cerca con su cahuama (botella de litro de cerveza), su cigarrito prendido y su sonrisilla dispuesto a narrar una de sus historias que nos mataban de la risa a su incondicional auditorio. Me echó una regañadita bien curiosa que a continuación reproduzco: "sólo un comentario: te estas españolizando demasiado, se te esta quitando esa parte culichi que tenías y que de una u otra forma ya te caracterizaba".
Ayyyy... es cierto... yo lo sé y me pesa. Creo que ando con demasiados españoles y a estos pinches gachupines (yo soy culichi, ya saben) les molesta mi acento y lenguaje, lo que me impide tomar más de tres cervezas porque me sale solo el cabrón, me sale lo mexicano y empiezo a pronunciar distinto, más cariñoso, como cantando.
México.
Conozco muchas personas que adoran a un país, una ciudad. Y está muy bien tener querencias de este tipo. Pero para mí México es mucho más. Yo pertenezco a México. México está dentro de mí, forma parte de mí, como mi sangre, como mi piel.
Imagino a mis amigos españoles leyéndome seriecitos.
Imagino a mis amigos mexicanos leyéndome botados de la risa.
Y eso es algo que entiendo mejor. La risa. Su risa. Siempre presente, el sentido del humor ácido, irónico, listo para disparar y acabar con el discurso más estirado y profundo. Los cabrones de los mexicanos se ríen de dios y del diablo. Y me enseñaron a reirme de todo, de mí misma para empezar.
Como dice el Flaco, una parte de mí es culichi. Y como yo no nací en México, la cosa es más grave. Porque, como bien me recuerdan todos, hay que estar muy mal para querer ser culichi. Culiacán, ciudad del Diablo. Pueblo chico, infierno grande. Soy del mero Sinaloa, donde se rompen las olas...
Pero no lo elegí yo. Yo no pude hacer nada por evitarlo. Me vino dado. Como si me hubieran amarrado y me hubieran dicho: esto es pa´ tí, mijita. Y no tuve otra que abrir las fauces y tragármelo enterito (sin albur). Como traje a medida, como guante, el gigante azteca en su versión más noroeste se instaló dentro de mí, transformándome paulatinamente en la mestiza que soy.
Comprendí que la vida es un segundo, y que más vale sea intenso. Comprendí que una nevera puede estar vacía de todo menos de cervezas. Un desayuno es un acto social. La generosidad te envuelve como un manto amable y tibio. Lo cotidiano es mágico. El surrealismo está en la puerta de casa y a nadie le extraña. El color como antídoto a la tristeza. Sonrisas armadas hasta los dientes. Mercados de la miseria. Maíz, tomate y frijol. La vida y la muerte en elegante baile macabro.
Y así, canto corridos cuando se me parte el alma hasta agotarme, porque el dolor sabe mejor con José Alfredo. En el amor hay que saber gozar pero también sufrir, y nadie sufre tan bien como los mexicanos, los reyes de las canciones para cortarse las venas.
Le pongo veladoras a Malverde, santo patrón de los narcotraficantes, para que cumpla mis mandas (y funciona). Le rezo para que suelten a Rafael Caro Quintero, porque me cae a todo dar. Le pido, en fin, para que me mantenga bien envenenada y no permita que venza mi lado español y un día olvide que fuí sinaloense para pena del Flaco que tanto amaba mi culichi chafa.
Así está la cosa, señores. Esto va como adelanto de la Fiesta de la Independencia, que esta servidora de ustedes no se piensa perder para desgracia del erario público mexicanito.
Algún patrocinador desea hacerme feliz y regalarme un boleto de avión?
Me dió muchísimo gusto saber de él, y por unos momentos, sentí que andaba rondando cerca con su cahuama (botella de litro de cerveza), su cigarrito prendido y su sonrisilla dispuesto a narrar una de sus historias que nos mataban de la risa a su incondicional auditorio. Me echó una regañadita bien curiosa que a continuación reproduzco: "sólo un comentario: te estas españolizando demasiado, se te esta quitando esa parte culichi que tenías y que de una u otra forma ya te caracterizaba".
Ayyyy... es cierto... yo lo sé y me pesa. Creo que ando con demasiados españoles y a estos pinches gachupines (yo soy culichi, ya saben) les molesta mi acento y lenguaje, lo que me impide tomar más de tres cervezas porque me sale solo el cabrón, me sale lo mexicano y empiezo a pronunciar distinto, más cariñoso, como cantando.
México.
Conozco muchas personas que adoran a un país, una ciudad. Y está muy bien tener querencias de este tipo. Pero para mí México es mucho más. Yo pertenezco a México. México está dentro de mí, forma parte de mí, como mi sangre, como mi piel.
Imagino a mis amigos españoles leyéndome seriecitos.
Imagino a mis amigos mexicanos leyéndome botados de la risa.
Y eso es algo que entiendo mejor. La risa. Su risa. Siempre presente, el sentido del humor ácido, irónico, listo para disparar y acabar con el discurso más estirado y profundo. Los cabrones de los mexicanos se ríen de dios y del diablo. Y me enseñaron a reirme de todo, de mí misma para empezar.
Como dice el Flaco, una parte de mí es culichi. Y como yo no nací en México, la cosa es más grave. Porque, como bien me recuerdan todos, hay que estar muy mal para querer ser culichi. Culiacán, ciudad del Diablo. Pueblo chico, infierno grande. Soy del mero Sinaloa, donde se rompen las olas...
Pero no lo elegí yo. Yo no pude hacer nada por evitarlo. Me vino dado. Como si me hubieran amarrado y me hubieran dicho: esto es pa´ tí, mijita. Y no tuve otra que abrir las fauces y tragármelo enterito (sin albur). Como traje a medida, como guante, el gigante azteca en su versión más noroeste se instaló dentro de mí, transformándome paulatinamente en la mestiza que soy.
Comprendí que la vida es un segundo, y que más vale sea intenso. Comprendí que una nevera puede estar vacía de todo menos de cervezas. Un desayuno es un acto social. La generosidad te envuelve como un manto amable y tibio. Lo cotidiano es mágico. El surrealismo está en la puerta de casa y a nadie le extraña. El color como antídoto a la tristeza. Sonrisas armadas hasta los dientes. Mercados de la miseria. Maíz, tomate y frijol. La vida y la muerte en elegante baile macabro.
Y así, canto corridos cuando se me parte el alma hasta agotarme, porque el dolor sabe mejor con José Alfredo. En el amor hay que saber gozar pero también sufrir, y nadie sufre tan bien como los mexicanos, los reyes de las canciones para cortarse las venas.
Le pongo veladoras a Malverde, santo patrón de los narcotraficantes, para que cumpla mis mandas (y funciona). Le rezo para que suelten a Rafael Caro Quintero, porque me cae a todo dar. Le pido, en fin, para que me mantenga bien envenenada y no permita que venza mi lado español y un día olvide que fuí sinaloense para pena del Flaco que tanto amaba mi culichi chafa.
Así está la cosa, señores. Esto va como adelanto de la Fiesta de la Independencia, que esta servidora de ustedes no se piensa perder para desgracia del erario público mexicanito.
Algún patrocinador desea hacerme feliz y regalarme un boleto de avión?
Comentario:
Pienso como el flaco: se te estaba quitando lo culichi, ya ni siquiera chafa eras... te estan haciendo falta unas pacifico bien heladas, unos camarones en aguachile y los chirrines tocandote en tu mesa esa de *diosito santo, que feo me sabe, la miel amarga de su traicion* (obviamente en Altata) Ponte a juntar dinero y nos vemos este invierno en Culiacan, que dices???





