Deconstrucción
No veo porqué he de seguir una "línea editorial" ya que, de momento, no me pagan por escribir aquí. Por lo tanto, como no me debo a nadie más que a mí misma, puedo contar y expresarme como me de la real gana.
El disfraz de frívola con el que me paseo últimamente es un viejo recurso que siempre me ha brindado excelentes resultados, especialmente con las nuevas incorporaciones. La vida es cíclica. Y aunque cambian los escenararios, las caras, la música, las palabras, mis reacciones ante ciertas circunstancias suelen ser las mismas. Las crisis (inevitables, necesarias) las vivo pasando por el mismo proceso (inevitable, necesario) cuyas fases me son, a estas alturas, perfectamente conocidas, amigas ya, esperadas, como un hermano díscolo y malvado al que quieres pese a los conflictos que te causa. Mi tendencia a los extremos me lleva a agotar las posibilidades, aún sabiendo que cuando amenaza tormenta, llueve fijo. Pero soy de esas que se queda paseando por el campo, mirando el cielo negro, negrísimo, renegando del paraguas por si ocurre un milagro. Y no es que sea una inconsciente que no advierte las señales. Para las "tormentas" tengo una intuición propia de un vidente y las huelo a kilómetros. Pero cuando se trata de dos, de un "nosotros", ese plural temido, soñado, anhelado, y odiado, mi capacidad de supervivencia se anula y me quedo con los brazos en cruz esperando que caigan sobre mí rayos, truenos, y todo el agua del mundo.
Empiezo a creer que entregarme al desastre de esta forma, consciente y deliberadamente, responde a una intimísima y secreta necesidad de morir para volver a renacer. Me dejo matar porque quiero vivir otra vez. Y no puedo volver a la vida si no muero antes. Por eso nunca me voy antes de tiempo. Por eso me agoto, le agoto, me exprimo, me desgarro, me autoinmolo, me sacrifico como una vestal, dejo hasta la última palabra dicha, hasta la última gota de sangre entregada, me extralimito más allá de lo razonable, de lo lícito, de lo humano. Por eso entrego un puñal y digo "ábreme en canal, reviéntame, sácame las tripas, desángrame, mátame, quítamelo todo, tómalo todo, mátame, mátame".
Si he llegado hasta ese punto, ya está todo perdido. Y yo lo sé. Lo sé perfectamente. Con una calma interna del que sabe que nada tiene que perder ya y un exterior anegado en lágrimas, doy el paso último, el paso al abismo que me lance al vacío que por fín, nos separe. Nunca he preguntado al otro. Pero supongo que... quién sabe lo que puedan pensar, y la verdad, llegados hasta aquí, ya no importa. Sólo importo yo. El "nosotros" se diluye a la misma velocidad que yo caigo y regresa el "yo" como un manto envolviéndome a medida que me voy precipitando al vacío. No me va a proteger, ni amortiguará la caída, pero no puede ser de otra manera porque he de estrellarme contra el suelo vestida tan sólo con mi propia piel para poder dejarla como una huella sobre la tierra, como una piel de serpiente vieja, yo dejo mi envoltorio ajado, gastado, cubierto de heridas sin cerrar, destruído y agónico, que se vuelva piedra y arena en la superficie mientras yo me zambullo más adentro, adentro, hasta el mero subsuelo, volviéndome semilla de mí misma. La muerte se queda arriba mientras yo renazco abajo.
Lo que ven los demás son recuerdos, imágenes, fotos, memoria de un pasado que ya no existe porque lo he matado, aprovechando la tormenta.
Zona cero.
Comienza la vida. Mi cuerpo muta. Toco la superficie del espejo con las puntas de mis dedos. Dibujo mi silueta y me pinto de colores, esculpiéndome. Esa soy yo. Tridimensional, brillante, luminosa. Me sonrío a mí misma, llena de mí, sin huecos, sin sitio para nada más que para mí, sintiendo mi piel tensándose, novísima y fresca, de recién nacida. Si pudiera clonearme, me haría el amor y no sentiría la menor nostalgia de otros cuerpos.
Soy lo que quiero ser. Siento correr la energía por mis venas calentando mis músculos, alerta, atenta, despierta y llena de fuerza. Receptiva y hambrienta.
Un ave fénix hermoseado con mil vestidos nuevos en la pasarela de la calle, reinventada una y mil veces, tan frágil como indestructible, renacida, virgen-puta.
___________
Anoche, una persona a la que quiero (escribo las palabras que nunca le dije) decidió que mi vida sería mejor sin él. Puede que tenga razón, probablemente la tenga, pero la razón no me asiste mucho cuando es mi corazón el que se pone a hablar.
El disfraz de frívola con el que me paseo últimamente es un viejo recurso que siempre me ha brindado excelentes resultados, especialmente con las nuevas incorporaciones. La vida es cíclica. Y aunque cambian los escenararios, las caras, la música, las palabras, mis reacciones ante ciertas circunstancias suelen ser las mismas. Las crisis (inevitables, necesarias) las vivo pasando por el mismo proceso (inevitable, necesario) cuyas fases me son, a estas alturas, perfectamente conocidas, amigas ya, esperadas, como un hermano díscolo y malvado al que quieres pese a los conflictos que te causa. Mi tendencia a los extremos me lleva a agotar las posibilidades, aún sabiendo que cuando amenaza tormenta, llueve fijo. Pero soy de esas que se queda paseando por el campo, mirando el cielo negro, negrísimo, renegando del paraguas por si ocurre un milagro. Y no es que sea una inconsciente que no advierte las señales. Para las "tormentas" tengo una intuición propia de un vidente y las huelo a kilómetros. Pero cuando se trata de dos, de un "nosotros", ese plural temido, soñado, anhelado, y odiado, mi capacidad de supervivencia se anula y me quedo con los brazos en cruz esperando que caigan sobre mí rayos, truenos, y todo el agua del mundo.
Empiezo a creer que entregarme al desastre de esta forma, consciente y deliberadamente, responde a una intimísima y secreta necesidad de morir para volver a renacer. Me dejo matar porque quiero vivir otra vez. Y no puedo volver a la vida si no muero antes. Por eso nunca me voy antes de tiempo. Por eso me agoto, le agoto, me exprimo, me desgarro, me autoinmolo, me sacrifico como una vestal, dejo hasta la última palabra dicha, hasta la última gota de sangre entregada, me extralimito más allá de lo razonable, de lo lícito, de lo humano. Por eso entrego un puñal y digo "ábreme en canal, reviéntame, sácame las tripas, desángrame, mátame, quítamelo todo, tómalo todo, mátame, mátame".
Si he llegado hasta ese punto, ya está todo perdido. Y yo lo sé. Lo sé perfectamente. Con una calma interna del que sabe que nada tiene que perder ya y un exterior anegado en lágrimas, doy el paso último, el paso al abismo que me lance al vacío que por fín, nos separe. Nunca he preguntado al otro. Pero supongo que... quién sabe lo que puedan pensar, y la verdad, llegados hasta aquí, ya no importa. Sólo importo yo. El "nosotros" se diluye a la misma velocidad que yo caigo y regresa el "yo" como un manto envolviéndome a medida que me voy precipitando al vacío. No me va a proteger, ni amortiguará la caída, pero no puede ser de otra manera porque he de estrellarme contra el suelo vestida tan sólo con mi propia piel para poder dejarla como una huella sobre la tierra, como una piel de serpiente vieja, yo dejo mi envoltorio ajado, gastado, cubierto de heridas sin cerrar, destruído y agónico, que se vuelva piedra y arena en la superficie mientras yo me zambullo más adentro, adentro, hasta el mero subsuelo, volviéndome semilla de mí misma. La muerte se queda arriba mientras yo renazco abajo.
Lo que ven los demás son recuerdos, imágenes, fotos, memoria de un pasado que ya no existe porque lo he matado, aprovechando la tormenta.
Zona cero.
Comienza la vida. Mi cuerpo muta. Toco la superficie del espejo con las puntas de mis dedos. Dibujo mi silueta y me pinto de colores, esculpiéndome. Esa soy yo. Tridimensional, brillante, luminosa. Me sonrío a mí misma, llena de mí, sin huecos, sin sitio para nada más que para mí, sintiendo mi piel tensándose, novísima y fresca, de recién nacida. Si pudiera clonearme, me haría el amor y no sentiría la menor nostalgia de otros cuerpos.
Soy lo que quiero ser. Siento correr la energía por mis venas calentando mis músculos, alerta, atenta, despierta y llena de fuerza. Receptiva y hambrienta.
Un ave fénix hermoseado con mil vestidos nuevos en la pasarela de la calle, reinventada una y mil veces, tan frágil como indestructible, renacida, virgen-puta.
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Anoche, una persona a la que quiero (escribo las palabras que nunca le dije) decidió que mi vida sería mejor sin él. Puede que tenga razón, probablemente la tenga, pero la razón no me asiste mucho cuando es mi corazón el que se pone a hablar.
Comentario:
Comentario:
Hola, gracias por tu visita. Sabes? me ha gustado mucho tu 'mutación', me recuerda mucho a la mía, aunque no se si la hubiera podido describir así de bien.
Yo tambien tengo una zona cero, en la que lo único que queda es quitar el escombro, las huellas del desastre y construir, construir algo más bonito y mejor.
Muchos besos
Yo tambien tengo una zona cero, en la que lo único que queda es quitar el escombro, las huellas del desastre y construir, construir algo más bonito y mejor.
Muchos besos





