Algunos ejemplares curiosos con los que una se topa
Recuerdo una cita que tuve, hace ya algunos años, con un tipo que todo él era una mentira. Nos presentaron en una fiesta, me pidió el teléfono y una tarde me llamó para invitarme a cenar. Tenía que haber sospechado desde el principio, cuando al concretar a la hora en que me recogería, se esforzó por dejarme clarito que vendría en un BMW negro descapotable por mí. Un BMW. Sí. Negro. Que sí. Descapotable. Que siiiiii, que ya me he enterado. El tipo igual y debía esperar que yo gimiera de placer ante la posibilidad de asentar mis posaderas sobre semejante máquina. Bueno. El tipo llega a la cita, maqueado como si fuera aspirante a entrar a una fiesta del Archy en plenos ochenta. Es decir, vestido de pies a cabeza con ropas de marca bien visible. Rectifico, a los pies no le debió llegar el presupuesto porque llevaba unos zapatos baratones, lo cual es un indicativo evidente que es un pretencioso y un hortera (por si lo del coche no hubiera bastado).
A esas alturas (o sea, nada más empezar la velada) ya me estaba yo divirtiendo bastante. Pero traté de no dejar traslucir ninguna emoción porque la noche prometía una carcajada final memorable y no me la quería perder por nada del mundo, así que le seguí el rollo. Fuimos a tomar unas cañas y el colega (cuyo único atractivo físico aparente radicaba en no tener barriga y ser unos cinco centímetros más alto que yo) comenzó un monólogo sobre sus logros laborales en el que trató de colocarme que ser jefe de área de una multinacional era equivalente a haber escalado el himalaya a pulmón libre -esfuerzo titánico por ocultar mis bostezos- ,sus vacaciones en Marbella -esfuerzo titánico por aguantar la risa- y un repaso exhaustivo de sus conquistas femeninas con detalles reveladores sobre su capacidad sexual -esfuerzo titánico por contener las náuseas-.
Soporté estóicamente su monólogo autoafirmativo en el que la educación recibida me ayudó a apoyarlo con monosílabos, medias sonrisas y sostener su mirada (cuando mis ojos se querían perder por la barra, por la calle, por una alcantarilla) porque de pequeñita me enseñaron que cuando te hablan, hay que mirar a los ojos a tu interlocutor como muestra de interés. Así llegamos a la cena. Me llevó a un restaurante corriente, de los de "raciones". Y con un par de huevos, eso pidió. "Raciones". Qué derroche de elegancia y glamour para una primera cita. Y qué palabra tan espantosa. Raciones. Habría que fusilar al que la inventó y prohibir su consumo por ley en una cita, es desesperanzador. Pero ahí me ví, conteniendo mis ganas de salir corriendo en dirección opuesta a ese ejemplar de Torrente de lujo, por pura intuición.
Y tuve mi premio a tanta paciencia. Sentado frente a mí, comiendo raciones, y hablando del chalet de sus padres en un pueblo de Toledo, aderezando la información con datos económicos (cada ventana cuesta XXX miles de pesetas¡¡¡) advierto en él un gesto extraño: estiraba mucho los brazos, mostrando las muñecas. Al principio, pensé que era una especie de tic nervioso -lo que ya de por sí era inquietante- pero al poco rato caí en la cuenta del propósito real. Estaba mostrándome su reloj, según debió pensar, disimuladamente. Ay. Ya no pude más, y al quinto estiramiento -temí que le fuera a dar un tirón- le pregunté, con la artillería dispuesta:
- Te ocurre algo? Te veo hacer unos gestos muy raros...
- Ah¡¡, veo que te has dado cuenta... pues... es que estreno reloj y me incomoda, qué te parece? -sonrisa luminosa-
Y me alarga su entebrazo bajo mi mirada alucinada que contempla, ya sin filtro educacional, "aquello"... sonrío malévolamente...
- Qué?, pregunto yo, casi desafiante.
- Pues... qué opinas?
- De qué?, ampliando la sonrisa, preparando el ataque.
- De qué va a ser, mujer.. de mi reloj nuevo¡¡¡
- "Esto" es tu reloj nuevo?, inquiero afilando los colmillos.
- Claro¡¡ (debía estar calculando las posibilidades que yo fuera lela), es un Rolex¡¡¡.
- ....
- ....
- No.
- No? no qué? (comienza a enrojecer de ira)
- Que no lo es. (sonrisa luminosa, esta vez, mía).
- Pero qué dices? claro que lo es¡¡¡ es un Rolex¡¡¡
- Verás, querido (mis colmillos arañaban la rústica mesa de pino), lamento comunicarte que "eso" no es un Rolex, puede que sea un reloj, de lo que tampoco estoy segura, pero un Rolex, no, desde luego. "Eso" es una burda imitación. Es más, me lo prestas un momento, por favor? (me lo entrega, rojo carabinero). Mmmm... es de Nueva York, verdad?.
- ....
-.... ???
- Cómo lo has sabido? (ya tornando el color hacia violeta) porque nadie se ha dado cuenta¡¡¡
- Atiende bien, nene. No tiene la corona distintiva en la cuerda. No tiene el sello identificativo en la parte posterior de la esfera. Este cierre no es el clásico de Rolex. La cadena está mal articulada, ves?, y por último, el segundero va a saltos, en lugar de ininterrumpidamente, como todo buen reloj de precisión. Alguna pregunta?.
- Sí... cómo sabes tanto de relojes?.
- Tengo dos Rolex, auténticos, claro. Y algunos más que dudo conozcas. Yo voy en metro y en bus a todos lados. No tengo coche y menos un BMW-negro-descapotable de los años setenta, desvencijado. Y si lo tuviera, te aseguro que no iría presumiéndolo. Si llevo ropa de firma o no, es algo que tú no vas a descubrir porque eso sólo lo ve el que me desnuda y no vas a ser tú. No necesito exhibir etiquetas para parecer "algo". Soy dependienta en una tienda, no soy jefa de nada más que de la escalera del almacén y se me rebela a veces, pero reconozco un Rolex falso a la legua. Tampoco tengo chalet ni la ordinariez de hablar del dinero que me cuestan las cosas, que solo evidencian un pobre concepto de tí mismo y tu mediocre visión del mundo que te rodea: tanto tienes, tanto vales y ni siquiera es auténtico. Respecto a tus conquistas, que no me atrevo a poner en duda en su cantidad, yo que tú me preguntaría a qué clase de gente atraes si acostumbras a usar como reclamo tu coche fantástico, tu reloj falso, tu ropa de marca y tus vacaciones ese pueblo inmundo y hortera hasta el delirio. Aunque comprendo que, si no tienes nada más que ofrecer, sea tu tarjeta de presentación. Y por último, invierte en zapatos, por favor. No te molestes en llevarme a casa, que en el metro voy divinamente.
Y me piré, riéndome un buen rato hasta que comprendí que de gracioso, no tenía nada el tipo. Era un pobre hombre, minúsculo, insignificante, ignorante, triste y patético, cuyos valores debían ser comprados con dinero porque él carecía de ellos. Y ni siquiera invertía en realidades, con lo cual rayaba en la estafa, en su intento de aparentar ser algo que obviamente, estaba fuera de su alcance y confiando en la ignorancia ajena para engañarlo con falsos oropeles y espejismos. Ese tipo vendía humo y su inconsistencia se manifestaba en la exposición de haberes. Digno de lástima.
Podeis pensar que fuí cruel con el pobre hombre y tendreis razón. Yo era muy joven, tenía muy larga la lengua y corta la paciencia con los fantasmillas del tres al cuarto. Me encantaba desmontarles su farsa. Hoy, si hubiera tenido la paciencia de soportar una cita similar, le hubiera seguido el rollo y le hubiese hecho feliz pensando que me había engatusado con sus bisuterías. Al final, el que sale perdiendo sería él, el que se engaña es él. A mí que más me da si uno se siente mejor consigo mismo disfrazando sus miserias con etiquetas, contando su dinero, o sintiéndose el gran Casanova. Pues si así es feliz, me alegro mucho.
No lo volví a ver nunca más. Pero me acuerdo a veces de él y me pregunto muchas veces cómo será su vida ahora. Por pura curiosidad, por saber cómo sobreviven estos ejemplares, para mí, afortunadamente, raros. Tendrá un coche atómico y para ocupar el asiento del copiloto, se verá obligado a poner anuncios con la marca bien visible, como reclamo?. O se habrá casado con una mujercita satisfecha de llevar del brazo colgado un louis vuitton de mercadillo? y lo que es más intrigante: seguirá cenando "raciones"?.
A esas alturas (o sea, nada más empezar la velada) ya me estaba yo divirtiendo bastante. Pero traté de no dejar traslucir ninguna emoción porque la noche prometía una carcajada final memorable y no me la quería perder por nada del mundo, así que le seguí el rollo. Fuimos a tomar unas cañas y el colega (cuyo único atractivo físico aparente radicaba en no tener barriga y ser unos cinco centímetros más alto que yo) comenzó un monólogo sobre sus logros laborales en el que trató de colocarme que ser jefe de área de una multinacional era equivalente a haber escalado el himalaya a pulmón libre -esfuerzo titánico por ocultar mis bostezos- ,sus vacaciones en Marbella -esfuerzo titánico por aguantar la risa- y un repaso exhaustivo de sus conquistas femeninas con detalles reveladores sobre su capacidad sexual -esfuerzo titánico por contener las náuseas-.
Soporté estóicamente su monólogo autoafirmativo en el que la educación recibida me ayudó a apoyarlo con monosílabos, medias sonrisas y sostener su mirada (cuando mis ojos se querían perder por la barra, por la calle, por una alcantarilla) porque de pequeñita me enseñaron que cuando te hablan, hay que mirar a los ojos a tu interlocutor como muestra de interés. Así llegamos a la cena. Me llevó a un restaurante corriente, de los de "raciones". Y con un par de huevos, eso pidió. "Raciones". Qué derroche de elegancia y glamour para una primera cita. Y qué palabra tan espantosa. Raciones. Habría que fusilar al que la inventó y prohibir su consumo por ley en una cita, es desesperanzador. Pero ahí me ví, conteniendo mis ganas de salir corriendo en dirección opuesta a ese ejemplar de Torrente de lujo, por pura intuición.
Y tuve mi premio a tanta paciencia. Sentado frente a mí, comiendo raciones, y hablando del chalet de sus padres en un pueblo de Toledo, aderezando la información con datos económicos (cada ventana cuesta XXX miles de pesetas¡¡¡) advierto en él un gesto extraño: estiraba mucho los brazos, mostrando las muñecas. Al principio, pensé que era una especie de tic nervioso -lo que ya de por sí era inquietante- pero al poco rato caí en la cuenta del propósito real. Estaba mostrándome su reloj, según debió pensar, disimuladamente. Ay. Ya no pude más, y al quinto estiramiento -temí que le fuera a dar un tirón- le pregunté, con la artillería dispuesta:
- Te ocurre algo? Te veo hacer unos gestos muy raros...
- Ah¡¡, veo que te has dado cuenta... pues... es que estreno reloj y me incomoda, qué te parece? -sonrisa luminosa-
Y me alarga su entebrazo bajo mi mirada alucinada que contempla, ya sin filtro educacional, "aquello"... sonrío malévolamente...
- Qué?, pregunto yo, casi desafiante.
- Pues... qué opinas?
- De qué?, ampliando la sonrisa, preparando el ataque.
- De qué va a ser, mujer.. de mi reloj nuevo¡¡¡
- "Esto" es tu reloj nuevo?, inquiero afilando los colmillos.
- Claro¡¡ (debía estar calculando las posibilidades que yo fuera lela), es un Rolex¡¡¡.
- ....
- ....
- No.
- No? no qué? (comienza a enrojecer de ira)
- Que no lo es. (sonrisa luminosa, esta vez, mía).
- Pero qué dices? claro que lo es¡¡¡ es un Rolex¡¡¡
- Verás, querido (mis colmillos arañaban la rústica mesa de pino), lamento comunicarte que "eso" no es un Rolex, puede que sea un reloj, de lo que tampoco estoy segura, pero un Rolex, no, desde luego. "Eso" es una burda imitación. Es más, me lo prestas un momento, por favor? (me lo entrega, rojo carabinero). Mmmm... es de Nueva York, verdad?.
- ....
-.... ???
- Cómo lo has sabido? (ya tornando el color hacia violeta) porque nadie se ha dado cuenta¡¡¡
- Atiende bien, nene. No tiene la corona distintiva en la cuerda. No tiene el sello identificativo en la parte posterior de la esfera. Este cierre no es el clásico de Rolex. La cadena está mal articulada, ves?, y por último, el segundero va a saltos, en lugar de ininterrumpidamente, como todo buen reloj de precisión. Alguna pregunta?.
- Sí... cómo sabes tanto de relojes?.
- Tengo dos Rolex, auténticos, claro. Y algunos más que dudo conozcas. Yo voy en metro y en bus a todos lados. No tengo coche y menos un BMW-negro-descapotable de los años setenta, desvencijado. Y si lo tuviera, te aseguro que no iría presumiéndolo. Si llevo ropa de firma o no, es algo que tú no vas a descubrir porque eso sólo lo ve el que me desnuda y no vas a ser tú. No necesito exhibir etiquetas para parecer "algo". Soy dependienta en una tienda, no soy jefa de nada más que de la escalera del almacén y se me rebela a veces, pero reconozco un Rolex falso a la legua. Tampoco tengo chalet ni la ordinariez de hablar del dinero que me cuestan las cosas, que solo evidencian un pobre concepto de tí mismo y tu mediocre visión del mundo que te rodea: tanto tienes, tanto vales y ni siquiera es auténtico. Respecto a tus conquistas, que no me atrevo a poner en duda en su cantidad, yo que tú me preguntaría a qué clase de gente atraes si acostumbras a usar como reclamo tu coche fantástico, tu reloj falso, tu ropa de marca y tus vacaciones ese pueblo inmundo y hortera hasta el delirio. Aunque comprendo que, si no tienes nada más que ofrecer, sea tu tarjeta de presentación. Y por último, invierte en zapatos, por favor. No te molestes en llevarme a casa, que en el metro voy divinamente.
Y me piré, riéndome un buen rato hasta que comprendí que de gracioso, no tenía nada el tipo. Era un pobre hombre, minúsculo, insignificante, ignorante, triste y patético, cuyos valores debían ser comprados con dinero porque él carecía de ellos. Y ni siquiera invertía en realidades, con lo cual rayaba en la estafa, en su intento de aparentar ser algo que obviamente, estaba fuera de su alcance y confiando en la ignorancia ajena para engañarlo con falsos oropeles y espejismos. Ese tipo vendía humo y su inconsistencia se manifestaba en la exposición de haberes. Digno de lástima.
Podeis pensar que fuí cruel con el pobre hombre y tendreis razón. Yo era muy joven, tenía muy larga la lengua y corta la paciencia con los fantasmillas del tres al cuarto. Me encantaba desmontarles su farsa. Hoy, si hubiera tenido la paciencia de soportar una cita similar, le hubiera seguido el rollo y le hubiese hecho feliz pensando que me había engatusado con sus bisuterías. Al final, el que sale perdiendo sería él, el que se engaña es él. A mí que más me da si uno se siente mejor consigo mismo disfrazando sus miserias con etiquetas, contando su dinero, o sintiéndose el gran Casanova. Pues si así es feliz, me alegro mucho.
No lo volví a ver nunca más. Pero me acuerdo a veces de él y me pregunto muchas veces cómo será su vida ahora. Por pura curiosidad, por saber cómo sobreviven estos ejemplares, para mí, afortunadamente, raros. Tendrá un coche atómico y para ocupar el asiento del copiloto, se verá obligado a poner anuncios con la marca bien visible, como reclamo?. O se habrá casado con una mujercita satisfecha de llevar del brazo colgado un louis vuitton de mercadillo? y lo que es más intrigante: seguirá cenando "raciones"?.
Comentario:
La verdad es que él también tuvo que pensar que eras un poquito mema. Interesante relato.
Comentario:
Tienes suerte que BMW no te contara lo del melón. Tras perder el pudor y pedír esas bravas con tomate suele venír la narración de los inicios en el bello sexo.
Comentario:
Señorito Miau: De los Breil sólo me interesan las espaldas de las mujeres que los anuncian. Pero le testearé, no se preocupe. Por cierto, está usted de un amable que le sospecho preso de un ataque de "naviditis".
Un beso
Un beso
Comentario:
Je, je, je. Está muy bueno el relato. Yo ahora tengo un Breil (don't touch it); a ver si vienes a "testearmelo".
Un beso.

Un beso.






