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Liz and the Dream Factory
Where time stands still in its rockingchair and dreams play unreality
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El hogar do habitan la Niña de Alas Prestadas y su entrañable Oso Parlante. Sed bienvenidos, acomodaos y limitaros a soñar.
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Bridge To the Stars
 
La secuoya y su amante

Érase una vez un joven que adoraba la naturaleza. Le encantaba el olor de los jazmines de día, y de los galanes de noche cuando el sol se acostaba. Amaba sentarse en otoño en el bosque y contemplar el lento cambio de color de las hojas, el rojizo de los atardeceres en aquellas caducas ramas, el estallido de color de la naturaleza en primavera. Pero tenía un árbol especial, un árbol que reverenciaba y adoraba, una secuoya negra, de tronco liso. La majestuosa secuoya se situaba en medio de un bosque de fresnos, y su altura superaba al resto haciéndola resplandecer como un faro en la noche.

El joven pasaba cada tarde por su lado, le hacia una reverencia, y luego se abrazaba a su liso tronco, canalizando sus energías y sus sentimientos, fundiéndose con el árbol. Pero la secuoya no era insensible a todo eso, en absoluto. Todos los días mandaba un escuadrón de aves a acicalar su tronco, a adornarlo con coronas de lindas flores para que el joven la encontrase bella y aseada.

Así es, la secuoya estaba enamorada del joven, disfrutaba de cada instante con él, y por eso, cada mañana todos los animales del bosque la ayudaban en su aseo, a cambio de un nido y un descanso bajo su enorme sombra. Pero la secuoya sentía demasiado por el joven, y sabía que aquello no podía ser.

Ella era un árbol, enorme, inmóvil y milenario el era un joven, caduco y mortal. Necesitaba estar siempre con el, necesitaba sentirlo cada día por toda la eternidad. Así que presa de su amor, y creyendo que el joven sentía lo mismo por ella, imploro los favores de un espíritu del bosque, una dríada.

La secuoya le pidió que convirtiera al joven en árbol la próxima vez que el viniera a visitarla. -"Tu deseo se cumplirá, hija mía"- dijo la dríada con voz serena- "ya que muchas son las vidas que cobijas bajo tu abrazo, y tu presencia es esencial para este bosque; pero ese deseo sólo te traerá desgracia..." pero la secuoya ya no escuchaba a la dríada, solo pensaba en el mañana, en estar con su amado toda la vida.

Y llego el día, y el joven se presentó como hacia religiosamente todos los días. Hizo su reverencia, y al abrazarse al tronco, sintió que un frío intenso le recorría todo el cuerpo, sus pies comenzaron a enraizarse, su cara se tornó corteza, y de sus brazos salieron pequeñas ramas con hojas verdes y relucientes. El joven era ahora un majestuoso sauce. Maravillada, la secuoya extendió sus raíces y sus ramas para poder acariciar sus hojas, y en el complejo idioma de la flora dijo: -"Amor mío, por fin estamos juntos, por fin somos uno, ahora podremos amarnos como siempre nos hemos querido amar…"

Pero el sauce no respondió la secuoya creyó que aun no había aprendido a hablar en ese complejo idioma, y dejo que el tiempo fluyera, mientras ella le recitaba versos de amor. Mientras los días pasaban, las ramas del joven sauce iban cayendo hacia abajo, sus hojas se tornaban grises y su tronco se agrietaba y envejecía por momentos finalmente, el árbol no era capaz ni de proyectar sombra en un día de verano, desesperada, la secuoya grito: -"Pero que es lo que te ocurre, mi amor? ¿No era esto lo que querías, no era esta la vida que ansiabas?" finalmente, el sauce pudo decir algo: -"Yo te amaba por lo que me dabas, por lo que yo te aportaba a ti y tu me aportabas a mi. Éramos dos criaturas distintas, pero nos complementábamos. Yo te daba pies, te hacia volar, y tu me dabas majestuosidad y calma. Sin embargo, aquí en tu mundo, me has convertido en lo que tu querías que fuese..." "Aquí, secuoya, yo muero de pena."

Fue entonces cuando ella comprendió su error, comprendió que no podía arrastrar a su mundo a alguien que tanto la había amado, y juntando todas sus fuerzas, canalizo toda su energía vital a través de sus raíces, que estaban conectadas con las de él. Poco a poco, las raíces del sauce volvieron a ser pies, y su tronco se torno joven rostro de nuevo. El sauce volvía a ser joven, pero a que precio. La secuoya había dado su vida, y ahora no era más que un tronco marchito, de donde huían todos los animales que antes la habían ayudado. Con el rostro lleno de lágrimas, el joven se abrazó al tronco de la secuoya una vez más, y beso su marchita corteza lisa. Encaramándose a una de sus ramas, tomo la ultima de las semillas que quedaban con vida.

Al llegar a su casa, cogió una maceta, beso la semilla y la deposito en el tiesto, murmurando: -"Volverás a la vida, y aunque yo ya no este, otro te amara incluso más que yo, pero ya sabrás lo que es el amor, y serás feliz..."

FIN
 
El Árbol de las hojas caídas
Eduardo, un niño de viva imaginación, tenía un problema: las pesadillas. Cada noche despertaba empapado en sudor frío, gritando de pánico y frustración. No comprendía el motivo de su desgracia.

-“De todos los sueños que habitan en el mundo, ¿por qué siempre vienen a mí los más espantosos?” – se preguntaba. Todo esto sucedía hasta que dio con la solución.

Sobre los cielos que se expanden sobre nuestras cabezas hay un gran árbol. Éste, abarca todos los cielos y los universos. Sus ramas y raíces se cuelan entre todos los recodos de los planetas. Su savia surca todos los mares. Su tronco es negro como la tez, sus ramas azabache se camuflan en la negritud de los cielos estrellados. Pero… Son sus hojas plata las que podemos observar desde nuestras ventanas. Y es que este árbol tiene tres tipos de hojas, las que son acordes con su tronco, tan negras y oscuras como él, las de un tono verdoso y las plateadas.
Ya os he descrito mucho sobre este árbol pero no os he dicho su nombre. Este árbol es comúnmente conocido como: El Árbol de los Sueños.

Eduardo esperó a que llegara la noche y quedarse dormido, entonces emprendió su búsqueda para entablar batalla y derrotar aquellas palabras que le atormentaban. Ante él se erguía el motivo de su aflicción: El Árbol de Azabache. Con rapidez y poca cautela trepó hasta la copa del árbol. Recostado sobre una de las ramas más oscuras se sentó. En esa rama gruesa estaba grabada la palabra “ODIO” que le guió a otra rama igual de gruesa o incluso más donde estaba inscrito “ABORRECIMIENTO”. Junto a ambas palabras había hojas feas y arrugadas. Eduardo lleno de curiosidad leyó: aversión, deseo del mal. Claramente enfadado alzó la mirada sólo para ver miles de ramitas cargadas de millones de hojas. Cargado de desprecio no pudo evitar leer en esa inmensidad algunas palabras sueltas; enemistad, hostilidad, crueldad, aversión, aspereza. Lleno de ira buscó a tientas la luz pero allá donde se posaba su mirada, sólo había oscuridad. Todas las hojas desplegadas ante él negras, cada cuál aún más que la anterior. Sin pensarlo ni por un instante estuvo seguro de que estas palabras no tenían cabida en su mundo. Con dificultad comenzó a arrancarlas una a una, sobretodo las que más le mortificaban. Hasta llegar a “SENTIMIENTOS”, una anchísima rama cercana al tronco que tenía grabada en su raíz acción o efecto de sentir. Junto con aquella rama fuerte cayeron muchas otras arrastrando a sus hojas también. Cada vez quedaban menos. Unas ramas más allá de “ODIO” había otra viva, fuerte, difícil de arrancar. En ella estaba grabada la palabra “RENCOR” junto con su frase: resentimiento, enfado persistente. Esta rama estaba llena de ramitas y hojas: rencilla, venganza, envidia, celos… millones de inscripciones. Eduardo estaba tan absorto en su tarea de podar el árbol de toda su maldad que no se percató de que junto con las ramas hojas que iba arrojando al vacío caían otras de un tono distinto: dorado y plateado, mucho más finas que las otras, aunque estaban justamente en frente de ellas. Caían las ramas de “AMOR”, “PERDÓN”, “ESPERANZA”, “BELLEZA”, “PLACER”, “ALEGRÍA” caían dejando pequeños destellos de luz donde se podía leer: sentimiento afectivo que busca el bien, estado de ánimo que presenta como posible lo que deseamos… Caían sus hojillas; alegría, buen humor, optimismo, risueño, gozo, dicha, encanto, brillo, esplendor, estrella, deseo, anhelo, fe, aspirar, anhelar, vida, cariño, apego, devoción, entusiasmo, gracia, favor, olvido, reconciliación… Todas caían sin dejar rastro en el vacío.

Cuando Eduardo había despojado el árbol de toda su savia y sentimiento, se sentó ya más tranquilo y se durmió. Creía haber conseguido lo que buscaba, pero al despertar miró en su corazón para encontrarlo vacío. Quería gritar de felicidad, sonreír, alegrarse por su victoria, pero todo aquello se había esfumado junto con aquellas ramas y hojas que él había arrancado. En su corazón sólo habitaban reflejos de los antiguos sentimientos. Ya no eran reales. Ya no existían.

Se despertó sobresaltado y vio su cuarto vacío. Al asomarse a la ventana de su habitación percibió un mundo ausente de color, las gentes deambulaban de aquí para allá sin poder apreciar nada de lo que les rodeaba, sin apreciar la vida. Dándose cuenta de su error, se llenó de culpabilidad. ¿Qué podía hacer para restaurar al mundo su antiguo color? Ahora sí que estaba todo perdido. El mundo era su pesadilla. Impotente, comenzó a llorar. Justo esas lágrimas fueron las que le despertaron. Estaba en el Árbol de los Sueños, recostado sobre aquella rama que había arrancado. Todo intacto. Entonces comprendió y aceptó que no hay luz sin oscuridad. Existen la una y la otra para poder diferenciarse, definirse y distinguirse. Eduardo había aprendido la lección.

Según cuentan esto tuvo una fatal, o bonita, consecuencia. El Árbol se resintió y ahora, una vez al año pierde todas sus hojas y queda desolado. Pero luego, al llegar la luz, vuelven a nacer.

Y Eduardo escribió en las hojas de nuestras vidas el significado de las cosas y los sentimientos, clasificándolos y ordenándolos.




N.A.: (Basado en el Diccionario de Eduardo Benot: Diccionario de Ideas Afines y elementos de Tecnología, Segunda Edición Popular. Ediciones Anaconda. Florida 251, Buenos Aires. )
 
Mara, que significa amargo, Hija de Sión.
Al entrar a cada ciudad, todos miran con desprecio este despojo que camina sobre la faz de la tierra, y otros ni siquiera se dignan a posar su mirada sobre ella. Una de las siete hijas de Sion, pero con qué soberbia porto ese nombre! Y con que ahínco echo tierra y ceniza sobre su propia cabeza. Fue criada entre la más noble familia, llevada por el camino recto, pero tanto ella, como sus hermanas decidieron tomar una senda equivocada, y ahora recogen todo aquello que sembraron. En Tarsis fue conocida por su gran belleza y es que mi niña, mi pequeña prefirió ser ramera a ser digna. Llevaba alhajas, se vestía con las mejores telas, aunque su preferida era la seda color grana, carmesí como sus labios. A su paso, florecían las flores pues emanaba un perfume cual jamás se ha podido inspirar. Ella se engrandeció, sin saber que con esa sobriedad cavaba su propia tumba. Y los dioses se fijaron en su belleza y en su porte y decidieron ayudarle en su camino, darle más de su lujuria. Y ella sin saber que todo era vano.
Pero cuando los dioses se hastiaron de ella, se hastiaron de su perfume dulzon, entonces ella, desamparada, se sentó sobre sus cenizas, sobre la tierra llena de barro a causa de sus lagrimas. Pues se dio cuenta de como había buscado con tesón su propia maldición. Y entonces recordó a su padre, su familia, y quiso regresar mas a su paso todos le despreciaban y decían murmurando:

Mirad esta es la Ramera, la Gran Diosa se hacia llamar, miradla ahora descalza! Ni siquiera digna es de las heces sobre las cuales camina. Y ella, indigna, arrepentida, abaja la cabeza mirando avergonzada el suelo, esperando, confiando en que Papa, le perdone y le cobije bajo su amparo.

Al arribar a casa, no encuentra más que un vacío, su familia hace tiempo pereció. Aunque... Alguien debía quedar para poder relatar esta historia. Alli, sentado bajo la higuera seguía yo, amándola igual que desde el primer día en que pose mi mirada sobre su belleza. Ahora se acercaba ese cuerpo desvalido, desechado por el resto de la humanidad y lo la lave, la limpie, la purifique y la tome como esposa limpiando su nombre. Ella muda, solo obedece, pues todas sus iniquidades le atormentan.

Aguardo el día en que ella pueda agradecer todo lo que le he amado, todo lo que le he dado.


Oseas.
 
El Anciano del Bastón

Hubo una vez un anciano que empeño sus últimos días en buscar almas perdidas.
Buscaba con gran ansiedad, pero nada lograba sonsacar, pues las almas de azabache siempre conseguían ir por otros lugares. El anciano caminaba encorvado fijándose casi más en su bastón que en el camino que debía seguir. Le acompañaba una suave melodía, aunque todos sabemos bien que a veces la muerte se acerca con dulces sonidos. Siempre que tenía la oportunidad, el anciano se tumbaba en la hierba fresa para así poder ver el mundo de un modo más amplio. Porque claro, al ser tan viejo y tan encorvado no podía mirar a la vida como en su juventud. El poder ver la vida desde esa vista solo cuando se tumbaba le hizo apreciar verdaderamente lo que es vislumbrar esos colores vivaces que la vida nos regala. Y doquiera que fuera era un gran ejemplo a seguir. Pero llego un día en que su dulce melodía se le acerco demasiado y justo en aquel preciso instante vislumbro una de esas almas, era la suya que se escapaba dejando un cuerpo sin vida a su paso.

 
Lágrimas
Una lágrima cae recorriendo largas distancias hasta su meta final. Desde su motivo inicial, levanta una suave brisa que arrastra todo lo que traspasa.

Detrás de esa lágrima solitaria, siguen otras surgidas por la misma causa. Sin embargo, el fin de una lágrima jamás será alcanzado. El motivo, sedente, ahí estancado, le impide ver cualquier otro tipo de paisaje.

Así todas las lágrimas rodean al anciano sedente, es poderoso. Con la gran masa de aguas rodeándole él es fuerte. Pero llegará un día en que sea derribado por tantas lágrimas causadas. Entonces el río de lava, el río de lágrimas en furia, fluirá a través de los valles y por fin se escuchará el grito:

"¡Mi lágrima murió en libertad!"