Perfecto.
Me gusta sentirme luteciano. Adoro la cálida sensación que me invade al saber que la cultura del miedo vence cualquier propósito de ideología... o de simple uso de la razón al enjuiciar a un gobernante.
Lo más peligroso del emperador es que se sabe respaldado por su pueblo, a él se debe, claro. Lo más peligroso del emperador es que en franca lucha contra las evidencias consigue movilizar a sus ejercitos. Ya sé que no es nuevo, pero jamás hemos osado cuestionar los preceptos democráticos... ¡cuestión de totalitarismos!, decían los exacerbados gritones... Pues no, amigos, no. Cuando la corriente de opinión puede moldearse impunemente al servicio del poder, ¿a qué nos estamos enfrentando? Los totalitarismos exprimieron la máquina de los sueñoa hasta lograr politizar las ilusiones... Una vez alcanzada esta nueva cota de poder decidieron reescribir la ética y darle un color concreto y una tonalidad precisa. El mal ya estaba hecho.
Releyendo la historia reciente de occidente descubrimos, yo al menos con horror, que no ha resultado difícil: nos han tipificado y ordenado para que respondamos con exactitud a los patrones que ellos mismo confeccionan.
Volvemos a ser salvajes: seres diminutos e incapaces de enfrentarse con el medio. Esbozos de individuo que perdimos la esencia que nos constituye.
La única diferencia real es que servimos a propósitos distintos... y no olvidemos que resulta esencial que exista el conflicto para que la mascarada surga el efecto deseado. En ninguna parte del mundo se puede ser individuo. No somos nada, quizá cadáveres que muestran la nostalgia de lo que pudieron ser...
Estoy aterrado, lo reconozco. No ha quedado ahora al descubierto que una sociedad que se considera inteligente, brillante y el fin de la evolución es facilmente manipulable. No, eso ya lo sabíamos. Lo que ha quedado al descubierto ahora es que esa sociedad es la nuestra. Que tu y yo tampoco lo conseguiremos.
Lo peor del emperador es que no es de esos que se sirven con mahonesa. Un chiste malo: parece que eso somos.
Metáfora barata acerca de un estado preocupante con final terrible y pasado por agua. Llueve tontería por estos lares (y he perdido mi paragüas).
A medias aguas, entre el proceloso Océano que aspira a la trascendencia y la mar calmada que invita al abandono más plácido, un pescador relleno de salitre caníbal se aventura a lanzar una botella.
Se sabe gregario en el momento en el que la botella lanzada comienza a describir la parábola de su trayectoria. Y golpea las olas con un gran impacto. La botella también.
¿Y si nadara de espaldas? ¿Qué pasaría, si ajeno a las respuestas, se esforzara por deshilvanar definiciones que le dan nombre concreto? Sin duda el salitre, rabioso, le mordería en la comisura de los labios heridos... ¿pero merece la pena purificarse?
Se tragó un pez de un bocado y decidió ser villeta. ¡Malditas sean las manchas en alta mar!.
El agua fría no puede ser sopa. Ni de marisco ni de cocido.
Precipitado como un vaso no comunicante y terriblemente confuso como el celebérrimo filósofo oriental (chino, para más señas).
Me invade un extraño sentimiento de abandono. Es algo físico y doloroso que se interpone entre mi pierna derecha y el final de mi vientre. He probado diversas sustancias pero ninguna ha funcionado... quizá lo mejor sea volver a dormir solo. ¿Puede doler un amor con forma de aguja?
Una espalda reseca exhala exabruptos de cortesía y amabilidad. Habrá que creerla... sus corazonadas son, cuanto menos, verosímiles... y mi fatalidad meridianamente precisa.
Suspendido en un éter que germina a partir de un poliedro de nylon, un buceador insistente asestó el golpe definitivo: colocó un espejo de mano a la altura de sus ojos. Le llamaron Narciso, pero él sabía que no era una flor, así pues, ¿qué le importaba el estambre?
"(...)y al descubrir su rostro, dos ángeles blancos le vendaron los ojos, dos oscuros seres le arrancaron el tronco y una larga damisela vestida con un chal iridiscente aulló de felicidad mientras degustaba su corazón aún en un puño"
Y hay quien dice que él gritó: "¡Puñetera!".
Una espalda reseca exhala exabruptos de cortesía y amabilidad. Habrá que creerla... sus corazonadas son, cuanto menos, verosímiles... y mi fatalidad meridianamente precisa.
Suspendido en un éter que germina a partir de un poliedro de nylon, un buceador insistente asestó el golpe definitivo: colocó un espejo de mano a la altura de sus ojos. Le llamaron Narciso, pero él sabía que no era una flor, así pues, ¿qué le importaba el estambre?
"(...)y al descubrir su rostro, dos ángeles blancos le vendaron los ojos, dos oscuros seres le arrancaron el tronco y una larga damisela vestida con un chal iridiscente aulló de felicidad mientras degustaba su corazón aún en un puño"
Y hay quien dice que él gritó: "¡Puñetera!".
El infecto insecto se secó. Ni restos descompuestos, ni podredumbre marchita: simplemente el éter hecho canción.
Friego suelos con soltura propia de aventajado lacayo. A lo largo y ancho de mi completo ser, compuesto de extremidades varias, observo vidrios que bien pudieran ser espejos y cerdas que bien pudieran componer guitarras. Las pelusas que se aferran insistentes al cepillo de la escoba prefiero no nombrarlas... ¡Glup!
Aceitoso, descorchado y herido... como un arenque sin ahumar, como un Ribera estampado contra el gres de la cocina.
No debiera existir temor cuando susurro cauteloso. Ya sabes que me agazapo a la sombra de tu vientre para confesar entre tus labios mis deseos. Sabes que agradezco el lenguetazo húmedo y frágil que resbala sobre mis labios mientras tu alumbras suspiros. No te alarmes, voy a emprender un húmedo viaje hasta el final de tu cuerpo. Gruta y caverna encantada donde habita el sinsentido. Quiero que sigas gimiendo, quiero que sudes y grites. Yo, ufano artesano rendido a tus redes, lamo con dedicación y dulzura el lugar exacto desde el que se alza el desafío. Si se entrecorta tu respiración pruebo a embestirte. Adoro el movimiento cadencioso de tu cuerpo desnudo. No falta mucho: dejarás de gritar, un escalofrío de blanco impoluto abrasará tu espalda como en un sueño, Y después, después de haber sido amantes, te abrazarás a mi cuerpo y suplicarás un nuevo relato.
Aceitoso, descorchado y herido... como un arenque sin ahumar, como un Ribera estampado contra el gres de la cocina.
No debiera existir temor cuando susurro cauteloso. Ya sabes que me agazapo a la sombra de tu vientre para confesar entre tus labios mis deseos. Sabes que agradezco el lenguetazo húmedo y frágil que resbala sobre mis labios mientras tu alumbras suspiros. No te alarmes, voy a emprender un húmedo viaje hasta el final de tu cuerpo. Gruta y caverna encantada donde habita el sinsentido. Quiero que sigas gimiendo, quiero que sudes y grites. Yo, ufano artesano rendido a tus redes, lamo con dedicación y dulzura el lugar exacto desde el que se alza el desafío. Si se entrecorta tu respiración pruebo a embestirte. Adoro el movimiento cadencioso de tu cuerpo desnudo. No falta mucho: dejarás de gritar, un escalofrío de blanco impoluto abrasará tu espalda como en un sueño, Y después, después de haber sido amantes, te abrazarás a mi cuerpo y suplicarás un nuevo relato.
La avanzada naturalidad de la sociedad desconcertante me resulta... desconcertante.
Ceganosas inclemencias se extirpan inanes del corazón oriental del Báltico. Estas, y otras cosas, me suceden a menudo.
Latifundio colorista que viste cromático de luz de tarde de verano seco. Soy amarillo e inclemente, soy espiga tostada que se deshace.
Nos escuchan, permanecen atentos a las más mínimas desaveniencias y sólo comparten el fin único, y concreto, de una desaparición deseada. El anhelo insurgente se escribe contra el vidrio como el cuchillo inscrito en el fuego se desahace a través de la materia.
Con una pequeña sonrisa como compañero, decidió volver atrás y, tras el grueso tratado de física, ocultó un diminuto mejillón.
La verdad en escabeche resulta, además de alentadora, sabrosa y colorista.