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Una más en el mundo...
Pensamientos y aventuras de una expatriada en Quito, ahora en Paraguay...
Acerca de
"...arrecia el arraigo y yo sin paraguas" (Peio)

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La hora en Asunción



Sindicación
 
Piercing torero
Moisés tiene 20 años y lleva tres de ellos recorriendo el mundo subido en unas bolas de malabares. Ese mundo, de momento, se reduce a terreno latinoamericano, sudamericano para ser más exactos... Recién llegado de Colombia a Ecuador quiere bajar hasta Tierra de Fuego, y de vuelta a Centroamérica, y de ahí a Europa... si le dejan.

Lo único que sabe es que nació en Venezuela, pero que es de donde está en cada momento. Un día llegó a un pueblito colombiano de donde había salido la guerrilla, voló por los aires sus bolas de colores para niños y viejos, para todo el mundo, y después de tres días no querían dejarle salir de aquel lugar...

Se engancha en la cabeza un sombrero morado de paño de los que usan en ciertas zonas de la sierra andina para guardarse del frío y para sus bailes tradicionales... Debajo un pelo medio rapado medio con rastas, unos pantalones a rayas verdes y blancas que se enredan a mitad de pierna para dejar ver sus All Star negras atadas a los tobillos... En su cara pecas y tres piercing, dos de ellos estilo torero, o más bien estilo toro de esos que salen en los dibujos animados, anillados por la nariz. Su sonrisa se come las palabras que le salen de la boca cuando dice que a su bola transparente con pintas plateadas la cuida como a nada de lo que tiene. Perdió el pasaporte, y por eso se quedará más en Ecuador, pero esa bola le costó 10 dólares, porque estaba usada, aunque cuesta treinta y cinco: y se ríe...
 
De Gatorade en Gatorade
No hay cosa como que venga la familia del dueño de la casa para que pongan un guarda, para "su" seguridad. Se van, adiós guardia. Y así, en este país donde te dicen que no te fíes de la policía y la gente paga a alguien armado hasta las cejas para que guarde su puerta, me atracaron dos clases de individuos muy diferentes.

Los primeros atacan profundo, te tumban y te dejan echa polvo. No sé cómo será su cara, pero seguro que son feos, o feas... Los parásitos intestinales volvieron a la carga y me los traje de las fiestas de Otavalo como montados en los coches de choque, que aunque pensemos en los otavaleños como típicos indígenas, también usan de estas maquinarias horteras, y ponen la misma música hortera que en las ferias españolas...

El otro asaltante tendría como quince o dieciseis años. Yo, acompañada de otras dos compañeras, que casi mejor que ni hubiese ido acompañada, porque al acercarse el tipo, ya en la verja de nuestra casa, cogieron y empezaron a irse para alante y me dejaron con él, cara a cara. Este también era feo, pero por golpes, porque tenía la nariz rota y la cabeza llena de heridas: la policía, que le cogió el día anterior. Les cogen, les pegan, y a la calle, así de racional todo. Pues el tipo me dice que le dé una moneda, yo que se la doy y luego se va, él que ahora me das todo lo que tienes, yo que no le doy el monedero entero porque llevo cosas mías, y él venga a sacarme la pasta que llevaba dentro... A todo esto, el arma del asaltante era ni más ni menos que un Gatorade. Me dieron ganas de decirle ¡Amigo! ¿Tú también necesitas rehidratarte, tienes cagalera? Pero me lo pensé mejor, y mientras veía a mis compañeras paradas a unos cuantos metros de mi, le fui dando los once dólares y medio al colega, que gatorade en mano, con tapón y todo, me decía que o le daba todo o me mataba. Y otra vez mi mente respirando intensamente en esos segundos y pensando que qué extraño eso de que te atraquen con una botella con tapón, y no sabía si reirme o si cagarme -por eso de los parásitos- pensando en que si estallaba la botella contra la verja de casa eso podía hacer mucho daño...

Y de repente, ¡Zas! ¡La policía de la nada! Parecía una película: salieron dos uniformados de la esquina, pillaron al chico y nos dijeron que era un ladrón conocido, del barrio.¡Pues mira tú qué bien, al menos me atracaba un tipo "familiar"! Le hicieron devolverme el dinero y el chico empezó a llorar, y al final, ahí nos tienes a las compañeras cooperantes, veinte minutos de negociación, para que lo soltaran: si me llevan con el "tentiente" me pegan, como ayer, y luego me sueltan... Así que conseguimos que no le pegaran, y que le soltaran.

Pese a la mala leche que me entró, por eso de sentirme vulnerable en tres segundos, la racionalidad paseó por delante de nuestra puerta, y yo negociando como la que más para que le soltaran... ¿Y si las vuelves a ver qué vas a hacer? ¡Pues las acompaño a casa!

Totalmente surrealista... sobre todo porque me daban ganas de decirle al tipo que era de las suyas mientras sacaba la botella de Gatorade que llevaba en mi bolso...
 
Disculparán cualquier cosita 2 ó peticiones del oyente...
Quito, una ciudad compleja en el sentido de que el centro está lleno de edificios de cristal ahumado y cochazos "del año" y la periferia se acerca un poco más a la imagen que tenemos. En este lugar me encuentro con un mensaje esclarecedor: "Tenemos medios de comunicación, los queremos enteros".

Grandísima reflexión que me lleva a contar, a petición del público, que el peruano con perfil no era más que un recurso literario, porque el verdadero es un hortera que se fue a España con su mujer cooperante y no hizo más que buscar en las ópticas unas gafas de aviador de esas del año de la Tana, con los cristales de espejo... Puedo contar de sus camisas abiertas a lo macho andino, por ejemplo, para dar más datos… Pero mejor dejar a un lado al latin lover hoy lojano.

Sigo con mi web, parece que mi ordenador está muy malito por virus y mi estómago sufre por inercia, y me lleva al baño cada dos por tres. Una nunca está segura en este lugar, de verdad… El tercer asalto contra mi estómago creo que ya es suficiente…

Los jóvenes cooperantes, más la becaria de AECI, nos fuimos a las fiestas de Otavalo. Más similitudes de las que pensaríamos nos unen: manzanas con palo y caramelo de ese rojo de las que después de comerte el caramelo no quieres saber nada, algodones de azúcar de colores, desfile de carrozas. Un otavaleño, compañero de trabajo de un compañero cooperante, nos llevó a su bar. Veníamos de su hostal – podríamos pensar que son muy hospitalarios, pero más bien son muy corporativos-. Mientras empezaba el desfile tomamos unas cervezas y como se retrasó una hora, pues empezamos a comer algo… Cuando nos quisimos dar cuenta la gente había sacado a la calle no sólo sillas sino hasta sillones para ver pasar el desfile. El detalle presagiaba algo: un desfile de cuatro horas: carrozas con damas propuestas para la elección, carrozas con damas de otros lugares, bailes de Otavalo, de Ibarra, de Bolivia, de Perú, de Colombia… parecía que de todos lados porque eso no se acababa nunca, y las calles tan llenas de gente que nos quedamos atrapados en el bar viendo el desfile en Dolby Sorround: un ojo en la calle y otro en la tele, canal de Otavalo, donde se veía con una hora de retraso cómo pasaban los que ya habíamos visto por delante de no se sabe quién…

¡¡¡¡UHF!!!! Seguro que el otavaleño compañero, que no amigo (eso no puede hacerlo un amigo) lo sabía todo. De eso no me quedó duda cuando, por la noche, le preguntamos por una peña y nos llevó al bar…¡de su hermana!

Resultado: a la mañana siguiente, y tras comprobar que en su hostal no había agua caliente, nos fuimos a otro lugar más céntrico, más barato y sin vínculos familiares. Un descanso… Por cierto, caí: compré una chaqueta de lana y de colores en el mercado de Otavalo… ¡si es que no puede ser! ¡Ahí sí que la carne es débil…!