Vuelta... y vuelta
Mirar hacia un lado y hacia el otro: no ver nada. Intentar escuchar más allá del sonido... y nada.
Nada comparado con otros lugares, nada comparado con la acostumbrada soledad de los sonidos superpuestos de la urbe. Sólo arena, agua, aire. Las playas desiertas no sólo existen en los anuncios de promociones vacacionales de la tele, ¡¡las hay de verdad!! ¡¡En serio!! Aunque pensemos que el encuadre es el que tiene la culpa de que las playas de los folletos se vean desiertas y después de pagar una pasta te encuentres con todo Madrid embotellado en... el Caribe (un suponer), aún quedan sitios donde mires a la derecha o a la izquierda sólo ves arena, agua y más agua y unas palmeras que esconden unas pequeñas cabañas...
Nuestras vacaciones empezaron ahí, exactamente en Mompiche, provincia de Esmeraldas, territorio pegado a la frontera costera de Colombia...
Después de torrarnos esperando un autobús en Atacames (no vayais, es como Benidorm pero a la ecuatoriana) un camino de tierra naranja con vegetación tropical a los lados nos llevó hasta el lugar. Allí, en medio de cuatro casas de tablillas, una señora responde a mi pregunta de dónde podemos comer algo: levanta el brazo y miro hacia donde nos señala. Allí, dice. Miramos hacia allá, pero mis cejas se levantan y mi boca muestra una mueca. Andamos un poco y vemos que entre las casas sobresale el cartel de un hostal/bar que resulta ser refugio de surfer@s colgadetes que se pasan el tiempo entre las olas y todo lo demás que se pueda imaginar. También nos sirve de refugio a nosotras que en el lugar más inesperado, después de pensar que quizás no pudiéramos comer, nos sirven un rico burrito vegetariano y una "hamburguesa" 5 cereales...
Mientras comemos esperamos a Marco, un viejete ecuatoriano que regenta unas cabañas en la playa. Yo imagino que no estará lejos, pero llama unas cuantas veces excusándose por tener el carro dañado y por tener que ir a pie hasta allá. Cuando llega enfilamos hacia la derecha de la playa, y andamos, y andamos, y andamos tanto como habla y habla y habla el tal Marco... Teoría 1: los ecuatorianos no se dan cuenta del extasis existencial al que aspiramos los europeos cuando estamos ante un paisaje que nos parece exótico, inigualable, increíble... o sea, desconocido y punto.
Pasear por una playa kilométrica, en la que únicamente te cruzas con unos pajarracos negros que se comen a las tortugas que han llegado a parar, muertas ya, a la playa (bueno, también con una señora que va con el carrito de la compra por toda la playa como si viniera del Carrefour de al lado) es la mejor manera de disfrutar del tiempo. Salir a la playa en la mañana, comer, salir por la tarde hacia el otro lado, comer, salir un rato de noche y sentarte frente a las olas esas que les gustan tanto a los surferos colgados... y a ti también pero vistas con ojos más románticos...
Pues eso, y que estábamos en plena zona de manglar, selva marina degradada por la construcción de criaderos de camarones. Dimos un paseo en barca entre los caminos de lo que parece agua dulce pero es salada, aunque sea donde se junta el río con el mar: tira y afloja, sube la marea, baja, se ve la arena y cruzas por ella andando, ahora agua caliente, ahora fría... Mezclas, mezclas... Y entre todo este paisaje animalejos campando por ahí, como piqueros, o como cangrejos rojos que salen de los miles de agujeros que se ven en el fango... ¡¡¡ O como cangrejos exóticos enormes con caparazón azul, patas rojas y pinzas blancas !!! Teoría 2: si quieres comer cangrejos vas, se lo dices al de la barca, y te lleva a donde un amigo que los coje... Y así, al menos, deja por un rato esa mala costumbre lugareña de charlar y charlar mientras las dos europeas de turno están pensando, con sonrisa falsa en la cara, que no estaría nada mal que se cayase de una vez y las dejara contemplar en silencio ese paisaje... desconocido.
La segunda parte del viaje vendrá más tarde. Hoy estoy de vuelta al trabajo. ¿Un día no más?, como me dicen aquí. Pues sí, un día no más. Mañana me voy a Galápagos: ingenios de alguien que se va a trabajar a las Islas Encantadas, y de los ocho días que va dos son fiesta y otros dos fin de semana :=)
Así que nada, vuelta... y vuelta. Y dentro de unos días, más.
Nada comparado con otros lugares, nada comparado con la acostumbrada soledad de los sonidos superpuestos de la urbe. Sólo arena, agua, aire. Las playas desiertas no sólo existen en los anuncios de promociones vacacionales de la tele, ¡¡las hay de verdad!! ¡¡En serio!! Aunque pensemos que el encuadre es el que tiene la culpa de que las playas de los folletos se vean desiertas y después de pagar una pasta te encuentres con todo Madrid embotellado en... el Caribe (un suponer), aún quedan sitios donde mires a la derecha o a la izquierda sólo ves arena, agua y más agua y unas palmeras que esconden unas pequeñas cabañas...
Nuestras vacaciones empezaron ahí, exactamente en Mompiche, provincia de Esmeraldas, territorio pegado a la frontera costera de Colombia...
Después de torrarnos esperando un autobús en Atacames (no vayais, es como Benidorm pero a la ecuatoriana) un camino de tierra naranja con vegetación tropical a los lados nos llevó hasta el lugar. Allí, en medio de cuatro casas de tablillas, una señora responde a mi pregunta de dónde podemos comer algo: levanta el brazo y miro hacia donde nos señala. Allí, dice. Miramos hacia allá, pero mis cejas se levantan y mi boca muestra una mueca. Andamos un poco y vemos que entre las casas sobresale el cartel de un hostal/bar que resulta ser refugio de surfer@s colgadetes que se pasan el tiempo entre las olas y todo lo demás que se pueda imaginar. También nos sirve de refugio a nosotras que en el lugar más inesperado, después de pensar que quizás no pudiéramos comer, nos sirven un rico burrito vegetariano y una "hamburguesa" 5 cereales...
Mientras comemos esperamos a Marco, un viejete ecuatoriano que regenta unas cabañas en la playa. Yo imagino que no estará lejos, pero llama unas cuantas veces excusándose por tener el carro dañado y por tener que ir a pie hasta allá. Cuando llega enfilamos hacia la derecha de la playa, y andamos, y andamos, y andamos tanto como habla y habla y habla el tal Marco... Teoría 1: los ecuatorianos no se dan cuenta del extasis existencial al que aspiramos los europeos cuando estamos ante un paisaje que nos parece exótico, inigualable, increíble... o sea, desconocido y punto.
Pasear por una playa kilométrica, en la que únicamente te cruzas con unos pajarracos negros que se comen a las tortugas que han llegado a parar, muertas ya, a la playa (bueno, también con una señora que va con el carrito de la compra por toda la playa como si viniera del Carrefour de al lado) es la mejor manera de disfrutar del tiempo. Salir a la playa en la mañana, comer, salir por la tarde hacia el otro lado, comer, salir un rato de noche y sentarte frente a las olas esas que les gustan tanto a los surferos colgados... y a ti también pero vistas con ojos más románticos...
Pues eso, y que estábamos en plena zona de manglar, selva marina degradada por la construcción de criaderos de camarones. Dimos un paseo en barca entre los caminos de lo que parece agua dulce pero es salada, aunque sea donde se junta el río con el mar: tira y afloja, sube la marea, baja, se ve la arena y cruzas por ella andando, ahora agua caliente, ahora fría... Mezclas, mezclas... Y entre todo este paisaje animalejos campando por ahí, como piqueros, o como cangrejos rojos que salen de los miles de agujeros que se ven en el fango... ¡¡¡ O como cangrejos exóticos enormes con caparazón azul, patas rojas y pinzas blancas !!! Teoría 2: si quieres comer cangrejos vas, se lo dices al de la barca, y te lleva a donde un amigo que los coje... Y así, al menos, deja por un rato esa mala costumbre lugareña de charlar y charlar mientras las dos europeas de turno están pensando, con sonrisa falsa en la cara, que no estaría nada mal que se cayase de una vez y las dejara contemplar en silencio ese paisaje... desconocido.
La segunda parte del viaje vendrá más tarde. Hoy estoy de vuelta al trabajo. ¿Un día no más?, como me dicen aquí. Pues sí, un día no más. Mañana me voy a Galápagos: ingenios de alguien que se va a trabajar a las Islas Encantadas, y de los ocho días que va dos son fiesta y otros dos fin de semana :=)
Así que nada, vuelta... y vuelta. Y dentro de unos días, más.
Comentario:
¿Nos quieres dejar a tus lectores con cara de envidia cochina? Pq lo consigues chiquilla ;o)
Un abrazo!
Un abrazo!





