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Un caso muy húmedo
Una novela on-line, a ver si la termino
Acerca de
Hace tiempo comencé a escribir una novela que nunca termino. Como me funcionó el sistema de obligarme a escribir diariamente gracias a mi primer blog, creo que esta es una buena oportunidad de tratar de terminar la dichosa novela. Alguna vez tendrá que ser la primera.
Sindicación
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CAPITULO XIV: TOMANDO EL SOL
La playa nudista estaba vallada por altos matorrales de acebo y tenía todo el aspecto de ser un club social. Se accedía a través de un edificio encalado de blanco como la mayoría de casas del pueblo. Leonardo entró, pagó la cuota y se dirigió a una sala de taquillas para dejar la ropa. Aunque no era persona pudorosa, se sintió ligeramente incómodo sin más vestimenta que unas chancletas que le habían dado en la recepción.
En la playa había poca gente y fue fácil dar con Koldo, gracias a las descripciones de Sinera. Estaba tomando el sol, estirado boca abajo sobre una toalla blanca. Mientras Leonardo se acercaba, lo observó detenidamente. El hombre tenía la piel muy clara y la exposición al sol le había enrojecido la espalda y las nalgas. Tenía poco pelo y el trasero se veía suave como el de un bebé. En las piernas apenas tenía una ligera pelusa rubia. Leonardo se sentó en la arena junto a la toalla de Koldo antes de pronunciar su nombre.
- Koldo Hasselhoff – dijo sin levantar el tono de voz.
El hombre giró la cabeza hacia su izquierda y parpadeó un par de veces antes de preguntar:
- ¿Quién pregunta por mí?
- Me llamo Leonardo – se presentó este-. Quería hacerle algunas preguntas.
- ¿Sobre qué? No me gustan las preguntas. Estoy harto de preguntas. ¿No será poli?
- No, no soy policía. Y sólo quiero hacerle unas preguntas para esclarecer un caso que me han encomendado. Soy detective – Leonardo pensó que lo mejor era no andarse con rodeos.
Koldo se sentó sobre la toalla, mostrando un pecho desprovisto de pelo, muy blanco y huesudo. La tez rubicunda del hombre estaba salpicada de pecas que le conferían un aspecto juvenil aunque las arrugas alrededor de los ojos, que aún no habían pasado por el quirófano, decían que los cuarenta ya no los cumplía.
- ¿Quién lo envía?
- Una sirena.
- ¡Sinera! – exclamó Koldo, sonriendo por primera vez-. ¿Está bien?
- Sí, está bien.
- Estaba preocupado por ella. Oí decir que la culpaban de la muerte de Milton. Y no sabía dónde localizarla. No tiene a nadie en la superficie, que yo sepa.
- Le aseguro que está perfectamente. Por lo menos lo estaba hace escasamente hora y media.
- ¿Está aquí? – la voz de Koldo expresaba una mezcla de desasosiego y alegría.
- La aprecia bastante ¿no?
- Es una chica encantadora. Era un placer ocuparme de ella y me gustaba mucho cuando salía de la pecera y charlábamos en el jardín, a la sombra para que no se deshidratase demasiado.
- Si no estoy mal informado, se ocupaba usted de cuidar la casa del señor LaFiffa y de suministrar las viandas para la sirena en su ausencia.
- Sí, pasaba todas las tardes por la casa, traía comida, revisaba las llamadas del contestador, recogía el correo y esas cosas. Milton era un jefe muy generoso y poco exigente.
- ¿Y algo más?
- ¿A qué se refiere?
- Bueno, no pretendo ser indiscreto pero… ¿tenían ustedes algo más que una relación de trabajo?
- Milton estaba muy colado con Sinera y durante el tiempo que la tuvo en la casa no se buscó otras compañías, pero… bueno, sí, fui amante suyo una temporadita. Antes de la llegada de la chica. Luego me ofreció el trabajo de secretario y accedí.
- ¿No sintió celos?
- No, no – Koldo parecía sincero al negarlo-. Me gustó nada más verla. Y luego me gustó más. Era como las sirenas de los cuentos: dulce, amable y hermosa.
- ¿Quién cree que podía haber asesinado al señor LaFiffa?
- No lo sé. Su mujer no, es muy liberal y se aprovechaba de su marido, tanto económicamente como sexualmente. Todas las amantes de LaFiffa acostumbraban a pasar por su cama. A ella le divertía engatusarlas para fastidiar al marido. Pero no, creo que nunca hubiera llegado a pensar siquiera en matarlo. Y el hijo es un comilón sin más, no tiene mucho empuje y no le veo yo tramando asesinar al padre que, por otra parte, le firmaba muchos cheques.
- Usted podría ser también sospechoso… - dejó caer Leonardo, en tono ligero.
- No sería capaz de matar una mosca. Y le tenía aprecio a Milton. Me trató siempre bien.
- Pero le dejó por Sinera.
- Y no me importó, se lo aseguro.
- Me alegra saberlo – fue el comentario de Leonardo.
- Si Sinera está por aquí me gustaría verla – solicitó Koldo-. Si la viera me quedaría más tranquilo.
- No sé. No sé si será buena idea.
- Puede confiar en mí. Y si quieren, pueden quedarse en casa a pasar la noche. Marcel estará encantado de tener invitados.
- De acuerdo.
 
CAPITULO XIII: ¿DÓNDE ESTÁ KOLDO?
La galería de Koldo estaba en una callecita soleada muy tranquila. Un jazmín colgaba del balcón superior perfumando la brisa. Al abrir la puerta, sonó un tintineo de campanillas en el local. Leonardo esperó en la entrada a que se personase alguien a recibirlo.
Del interior salió un hombre de barriga prominente, moreno y peludo, de ojos muy claros y nariz aguileña. Iba vestido escuetamente con un bañador largo y floreado que dejaba a la vista un ombligo rodeado de pelos.
- Buenos días – saludó el hombre con una voz gutural y un ligero deje gangoso-. ¿En qué puedo servirle? Soy Marcel, el propietario.
- Buenos días, Marcel. Estoy buscando a Koldo Hasselhoff. Tengo entendido que trabaja aquí.
- Sí, es mi socio. ¿Para qué le busca?
- Quisiera hacerle algunas preguntas.
- Pues va a tener que bajar a la playa. Koldo pasa la mayor parte del tiempo entre la playa y la discoteca.
- ¿En qué parte de la playa? – dijo Leonardo, con tono amable-. Por lo que he visto, la playa es bastante extensa.
- Siempre está en la zona nudista. Ahora le ha dado por eso y por la comida biológica. ¿Usted no es de por aquí, no?
- No, soy de la City.
- Ya, se le nota. Los de ciudad tienen un aspecto inconfundible. A nadie se le ocurriría pasearse por Cadaqués con esos pantalones y tan vestido como usted.
- No tengo costumbre de venir por aquí – Leonardo sonrió, esperando que su amabilidad ayudara a sonsacar algún dato interesante al socio de Koldo.
- ¿Le apetece una limonada? La hago yo mismo.
- Pues sí, le acepto la invitación.
Los dos hombres entraron en la trastienda de la galería que era muy distinta del cuarto en penumbras del galerista que Leonardo había conocido un rato atrás. Era un cuarto amplio, embaldosado con piezas de cerámica, paredes de ladrillo visto e iluminado por dos amplios ventanales que daban a un jardín. Marcel cogió dos vasos de un mostrador de piedra, los llenó con el contenido de una jarra de cristal que sacó de un pequeño refrigerador y le tendió a Leonardo uno.
- Tiene un sabor un tanto particular – comentó Leonardo después del primer trago-. Es refrescante pero detecto que no sólo hay limón y agua.
- Sí, es mi fórmula secreta – dijo Marcel alegremente-. Un poco de maría le añade un toque estimulante. ¿Le apetece fumar?
Salieron, por una puerta lateral, al jardín que Leonardo había visto a través de los ventanales. Marcel lió con maestría un cigarro, lo encendió, le dio una profunda calada y se lo pasó a Leonardo. Ambos hombres fumaron en silencio entre trago y trago de refresco.
- ¿Qué relación tiene con Koldo? – interrumpió Leonardo el mutismo de ambos-. Además de socios, quiero decir.
- Fuimos pareja. Le llevo a Koldo demasiados años como para esperar que me sea fiel y desde hace tres años somos poco más que amigos. Le tengo aprecio. Es un buen chico, aunque últimamente está un poco extraño.
- ¿Qué le hace pensar que está raro?
- Con todo aquel follón del millonario lo pasó bastante mal. La policía lo acribilló a preguntas. Siempre tuve la sospecha de que se entendía con él y que su muerte le había resultado un duro golpe.
- ¿El magnate LaFiffa?
- Él mismo. Koldo le cuidaba la casa y la chica. Por lo menos eso es lo que a mí me decía. Pero creo que también se entendía con el “jefe”. Cuando empezó a trabajar en la casa de LaFiffa fue cuando rompimos nuestra relación.
- ¿Cuál fue el motivo que dio para romper?
- Que yo no le daba lo que él necesitaba, que era demasiado pasivo y que lo tenía algo abandonado. Realmente era cierto. Con los años me he vuelto comodón y he perdido la pasión. Pero… sesenta años pesan.
- He estado conversando con un galerista que me ha dicho que estuvo liado con Koldo.
- Me imagino con quien – Marcel sonrió divertido-. Supongo que no le habrá llevado a su “cuarto oscuro”.
- Me temo que sí – contestó Leonardo.
- Es buena gente pero le va la marcha. No deja pasar la más mínima oportunidad de hacérselo con el primero que pasa. Además, usted, con ese cuerpo atlético que se adivina bajo su ropa de ciudad y esa piel tan oscura tiene que haberle resultado un bocado exquisito. Me lo parece a mí.
- Me temo que tengo que marcharme –se disculpó Leonardo, viendo que el tema se apartaba hacia un lado que no le interesaba.
- Ha sido un placer charlar con usted – le dijo Marcel, acompañándolo a la salida-. Si algún día le apetece un poco de charla no deje de pasar por aquí. Y si busca buenos cuadros, tampoco.
- Así lo haré.
Leonardo se fue pensando en todo lo que sabía. Era más bien poco pero le estaba sirviendo para preparar su entrevista con el hombre. Caminando tranquilamente, ya que aún le quedaba hora y media para encontrarse con Sinera, bajó hasta el paseo y preguntó a un transeúnte por la playa nudista. Este le indicó que se hallaba al final del paseo, un poco más allá de la playa en la que había dejado a Sinera.
 
CAPITULO XII: ADMIRANDO CUADROS
En la lista de sospechosos de Leonardo quedaba uno por visitar: Koldo Hasselhoff. Leonardo no contaba con relaciones en los círculos artísticos, así que se planteó ir hasta Cadaqués y visitar todas y cada una de las galerías de arte del antiguo pueblo pesquero. Lo habló con Sinera y ella estuvo conforme en pagar el alquiler de un vehículo volante para la ocasión.
Sinera insistió en acompañarle. El tiempo era magnífico y estaba deseosa de poder sumergirse en las cálidas aguas del Mediterráneo. Eso, por supuesto, significaba cierto riesgo, pues alguien podría reconocerla y dar parte a las autoridades. Pero a pesar de la insistencia de Leonardo, Sinera siguió en sus trece.
Partieron muy de mañana en el aero-coche de alquiler, evitando las horas de más congestión aérea. El viaje transcurrió sin incidentes y tremendamente silencioso, pues ambos se mantuvieron inmersos en sus propios pensamientos.
Leonardo se sentía tenso junto a Sinera, aspirando el delicado aroma de su perfume y mirándola de reojo de vez en cuando. Ella mantuvo los ojos cerrados durante todo el trayecto, aunque no estaba dormida. Pensaba en Leonardo, en la proximidad de aquel cuerpo oscuro, en el olor suave de su transpiración. La noche anterior había entrado en el dormitorio mientras él descansaba. Lo había contemplado largamente, deleitándose en aquel cuerpo magro y fibroso, en el que cada músculo se marcaba suavemente. Leonardo dormía desnudo, únicamente cubierto por la sábana, con el cubrecamas revuelto a los pies de la cama. Sinera se había sentado en el borde de la cama, con mucho cuidado para no despertarlo. Contempló el rostro relajado del hombre que respiraba profunda y silenciosamente. Había deseado colarse bajo la sábana y apretar su cuerpo al de él, pero no se atrevió. Aunque Leonardo la trataba con amabilidad, sabía que muchos hombres sentían un rechazo hacia las acuáticas. Y no quería que Leonardo se lo demostrara.
Abrió los ojos cuando Leonardo le anunció que estaban llegando al aeropuerto de Rosas. El último tramo lo harían por carretera. Aquella parte del país había cambiado poco y aún conservaba ese aire montaraz de la Costa Brava. Condujeron tranquilamente por la estrecha franja plateada de la carretera, contemplando los enormes molinos que la flanqueaban.
Cadaqués les dio la bienvenida con su característica quietud y el blanco encalado de sus casas. De repente, ambos se sintieron transportados a otra época. Tuvieron que dejar el vehículo en el aparcamiento del pueblo, a la entrada del mismo. Cadaqués había crecido mucho en los últimos cincuenta años, pero sin perder ni un ápice del encanto que le caracterizaba. Era enteramente peatonal y el único transporte que sus habitantes utilizaban era la bicicleta. Alquilaron un tandem y se adentraron en las callecitas tranquilas, dirigiéndose hacia el paseo marítimo. Dejaron el tándem en una zona de aparcamiento y se acercaron a la orilla. Leonardo, que no había pensado en llevarse el bañador, se remangó los pantalones, se descalzó y caminó junto a la mujer por la arena húmeda. Sinera se despojó del vestido, mostrando su esbelto cuerpo enfundado en un bañador rojo, y despidiéndose de Leonardo con la mano, caminó mar adentro hasta que la profundidad de la playa le permitió comenzar a nadar. Cuando estuviera lo suficientemente lejos de la playa, se sumergiría. Habían acordado que se encontrarían en el mismo lugar tres horas más tarde, para darle tiempo a Leonardo de encontrar la galería y a ella de recobrarse un poco de tantos días sin más agua que la del jacuzzi del apartamento. Aquella pequeña excursión alargaría unos pocos días más la estancia de Sinera en tierra.
Leonardo dejó el tandem y se dirigió al barrio artístico caminando. No estaba demasiado lejos y Leonardo sabía apreciar algo cuando lo tenía a mano: pasear era todo un placer.
La búsqueda resultó infructuosa en las dos primeras galerías. En una de ellas, el propietario, un hombre delgado y huesudo, de mirada inquisitiva y perilla mefistofélica, intentó venderle un cuadro bastante horroroso por una suma astronómica. Leonardo se percató enseguida de que el marchante le había tomado por un turista.
La tercera visita resultó bastante fructífera. El propietario, un chico bronceado y de largo cabello rizado, conocía a Koldo. Sin ningún recato afirmó haber estado liado con él durante una temporada, cosa que a Leonardo ya no sorprendió. Tenía la impresión de que todos y cada uno de los entrevistados estaban deseosos de airear su vida sexual y contársela con pelos y señales. De todas formas, el chico era muy amable y simpático.
- Koldo es cojonudo – le aseguró, mirándole por encima de sus gafas de sol plateadas-. Tiene un toque especial para reconocer una buena obra y la gente se pega de palos para exponer en su galería.
- Estoy muy interesado en visitarla. Un amigo me comentó que podría encontrar buenos cuadros para el salón de mi casa – comentó Leonardo.
- Si quiere puedo mostrarle mis últimas adquisiciones –se ofreció el galerista, algo decepcionado pero dispuesto a venderle algo a aquel tipo que, a horas vista, se veía que era de ciudad.
- La verdad es que dispongo de muy poco tiempo… - intentó excusarse Leonardo.
- Serán unos minutos. Aunque Koldo tiene un surtido excepcional, creo que aquí puede encontrar cosas muy interesantes.
- Bien, si sólo son unos minutos.
El muchacho dio rápidamente vuelta al cartelillo colgado en la puerta de cristal y acompañó a Leonardo al interior del local. La sala que visitaron era cuadrada, de altas paredes pintadas de blanco e iluminada profusamente con luz natural gracias a una enorme claraboya del techo. Leonardo miró sin demasiado interés los cuadros que el chico le iba mostrando. Después pasaron a una sala más pequeña, donde el galerista afirmaba que tenía las últimas adquisiciones aún por exponer.
- Aquí estaremos tranquilos – dijo el chico acercándose a Leonardo por detrás y colocando sus manos suavemente sobre sus hombros-. Desde el primer momento he visto cómo me mirabas. Y sé reconocer una insinuación.
- ¿Qué? – exclamó Leonardo, girándose y apartándose del muchacho.
- Venga, ahora no te hagas el estrecho, ricura. Ya me he dado cuenta que los cuadros no te interesaban…
- Bueno, no he visto ninguno que me llamara especialmente la atención – intentó explicar Leonardo, sin ganas de mostrarse poco amable. Aún no había conseguido saber dónde estaba exactamente la galería de Koldo.
- Ahora vas a ver algo que espero acapare toda tu atención. – El joven se bajó los pantalones de lino blancos bajo los que no llevaba ninguna otra pieza de ropa. El miembro del muchacho ya se erguía en todo su esplendor.
- Creo que te estás equivocando conmigo… - le avisó Leonardo-. No me gusta los hombres.
- Venga, venga… te hago una mamada si no quieres entrar en mayores – aflojó el otro.
- No me estás entendiendo. No he venido con ningún motivo sexual. Sólo estoy buscando a Koldo.
- ¿Por sus cuadros? – el joven soltó una carcajada-. Venga, no me quieras enredar. Koldo está más solicitado por sus dotes sexuales que por sus actividades artísticas.
- Pues yo lo busco por lo segundo. – Leonardo se dirigió hacia la puerta para descubrir que estaba cerrada con llave-. Dame la llave – la voz de Leonardo tenía una amenaza implícita.
- Si quieres la llave, vas a tener que ser amable conmigo – dijo el otro con voz melosa.
- Si quieres que continúe siendo amable, tendrás que darme la llave – contestó Leonardo con ironía.
- Vale, vale, lo capto – el chico se subió los pantalones y le tendió la llave de la puerta-. Pero que conste que te habría hecho pasar un rato muy pero que muy agradable.
- Bueno, pues no será hoy cuando lo compruebe –Leonardo abrió la puerta y lanzó la llave a su dueño-. Antes de irme, dame la dirección de Koldo.
El joven, viendo el ceño fruncido de Leonardo, prefirió no discutir más con él y garrapateó la dirección en un papel. Leonardo salió dando largas zancadas, seguido de cerca por el galerista.
- Eres un tipo duro ¿eh? – dijo este, mientras mantenía la puerta de cristal de local abierta para dejar salir a Leonardo-. Si algún día cambias de opinión, ven por aquí.
- No lo creo, pero gracias por la invitación.
 
CAPITULO XI: CONOCIENDO A THELMA
Bursátil Inc. tenía las oficinas en pleno centro de la ciudad, en la planta veintisiete de un edificio de acero y cristal. Un guardia jurado cacheó a Leonardo en la entrada, asegurándose de que no llevara arma alguna entre sus ropas y aprovechando la ocasión para magrearlo un poco. A Leonardo le fastidió el escrutinio pero se dejó hacer. Precisaba llegar a la oficina de la Quatermain sin armar ningún alboroto.
- Ya estás, majo – le dijo el guardia después de sobarle a conciencia la entrepierna-. Por cierto, termino a las ocho. Si te apetece, ven a buscarme a esa hora.
- Gracias por la invitación – respondió Leonardo poco entusiasta-. La tomaré en consideración.
El ascensor que llevaba a las plantas impares era enorme, completamente construido de acero inoxidable. Durante el trayecto, Leonardo tuvo la oportunidad de escuchar el último éxito de los 40 Principales mientras contemplaba como un peripuesto ejecutivo se sacaba los mocos con la uña larga y afilada del meñique.
Al llegar a la planta, se encontró en un lujoso vestíbulo. Al fondo había un mostrador blanco y, tras él, una mujer joven y rubia que mataba el tiempo pintándose las uñas.
- Buenas tardes – saludó Leonardo-. Estoy buscando el despacho de la señorita Quartermain.
- Espere un instante – le respondió la recepcionista, haciendo una mueca de fastidio.
La mujer tecleó algo en la consola de comunicación y habló brevemente, a través del micrófono que colgaba junto a su boca pintada de cereza.
- La señorita Quatermain está en una reunión en este momento. De todas formas, si quiere esperarla, puede sentarse allí – la mujer señaló unos butacones en la otra punta del vestíbulo.
- Gracias.

A Leonardo la espera se le hizo tremendamente larga. Consultó su reloj de pulsera varias veces, descubriendo que el minutero avanzaba muy lentamente. Leyó sin demasiado interés algunas de las revistas electrónicas que se ofrecían a los visitantes. La mayoría incluían artículos y entrevistas a famosos del mundillo de la prensa rosa. Gente que no cantaba, ni bailaba, ni escribía… no hacían nada más que salir en las revistas, posar como su madre los trajo al mundo y participar en estúpidos concursos que acaparaban la atención de miles de televidentes aburridos. Había un par de Playboys que ofrecían fotos en exclusiva de las últimas bellezas. Leonardo pasó las páginas, hastiado de tanta silicona. Pero detuvo el botón de avance de improviso. En el número del mes anterior, aparecían unas fotos que atrajeron todo su interés. Si aquella belleza no era Sinera él no se llamaba Leonardo. Posaba desnuda, mostrando sus agallas sin pudor, rodeada de algas de plástico y de fondos de cartón piedra. Sintió una punzada inexplicable en el corazón. ¿Por qué no se lo había contado? No había nada malo en que hubiera posado para una revista. ¿O sí?
Sus pensamientos fueron interrumpidos de pronto por la voz femenina que surgió de un altavoz. Era la recepcionista.
- La señorita Quatermain le espera en su despacho – dijo la voz. La imagen de Sinera desapareció de la pantalla de cuarzo líquido y en su lugar apareció un pequeño plano de la planta de Bursátil Inc. indicándole dónde debía dirigirse.

El despacho de Thelma Quatermain era mucho más lujoso de lo que Leonardo se había imaginado. La mesa de polímero imitando la madera de balsa era impresionante. En las paredes colgaban cuadros originales de pintores famosos y los asientos eran de cuero sintético naturalizado. Thelma estaba sentada en un enorme butacón, que aún olía a nuevo, jugueteando con una pluma de aspecto muy caro.
- Buenas tardes, señor Graves – saludó la mujer, sonriendo -. Por supuesto, en Bursátil Inc. no se nos pasa nada por alto, como podrá ver.
- Ya veo, es excelente el servicio de información del que disponen.
- Es importante conocer a nuestros clientes a fondo para poder satisfacer sus necesidades.
- Entonces sabrá que no he venido a invertir ¿no? –dijo Leonardo, con cierta ironía.
- Efectivamente. Creo que tiene interés en conocer mi relación con Milton. ¿Me equivoco?
- No.
- Conocí a Milton en una fiesta. Me habían contratado como acompañante para un viejo que no se aguantaba ni los pedos. Milton era uno de los invitados. Iba muy cargado y, mientras lo hacíamos en uno de los excusados, se mareó. Le acompañé a casa, lo acosté y a día siguiente me contrató como secretaria personal.
- Y después la dejó por otra.
- Miltón era muy caprichoso. Y se cansaba de todo muy rápidamente. Se puede decir que lo mío fue un rotundo éxito porque le duré más que la mayoría. Me dejó muy bien colocada, económicamente hablando, y gracias a su prestigio conseguí el trabajo que ahora tengo.
- ¿No se sintió herida al ser abandonada por la sirena que pasó a ser la siguiente amante?
- No, por supuesto que no.
- Tengo cierta información que asegura que se presentó en una fiesta y se desnudó frente a él en estado de embriaguez.
- Eso fue una tontería.
- No lo niega
- ¿Por qué debería hacerlo? No me arrepiento ni me avergüenzo de mis actos. Estaba borracha, eso es todo. ¿No se ha emborrachado nunca?
- Sí, pero no me he desnudado en público.
- Pues debería hacerlo. Resulta divertido.
- ¿Tiene usted alguna sospecha de quien pudo haber asesinado al señor LaFiffa?
- Por supuesto, la sirena. No debió encajar demasiado bien que Milton se la quisiera sacar de encima.
- Así pues ¿había una nueva mujer en la vida de Milton?
- Bueno, siempre habían dos o tres. La favorita, que disfrutaba de todas las ventajas de ser amante de un ricachón, y tres o cuatro ocasionales. Una noche trajo a dos mulatas para que se lo hicieran conmigo.
- Ahórreme los detalles – dijo Leonardo, evitando la mirada lasciva de la mujer-. Pero sí le agradecería que me contase si tenía alguna relación con la esposa del señor LaFiffa.
- ¿Alana? ¡Vaya putón! Se lo hace con cualquiera que se cruce en su camino. Le gustan todos y todas. ¿Quiere saber una cosa? Se lo hace con la doncella, esa filipina bajita que no habla nunca. He oído decir que ambas trabajaron en el porno duro. La doncella cayó en desgracia por un asunto de pantalones y la despidieron. Alana se hizo cargo de ella, la contrató de por vida y, cuando no tiene a nadie más a mano, busca el consuelo de su amiga y sirvienta.
- ¿Lo intentó con usted?
- Sí.
- ¿Y?
- Acepté, por supuesto. Será lo que sea pero también es una verdadera fiera en la cama.
- ¿Mantienen aún una buena relación?
- Bueno, si se le puede llamar relación… Viene a verme algunas veces, pero sólo por diversión. Y paga bien.
- Ya veo, una relación de negocios.
- Digamos que una relación ambivalente -Thelma soltó una risita-. Si no tiene más cosas que preguntarme, demos por terminado esta entrevista. Tengo una reunión dentro de diez minutos.
- Gracias por dedicarme su tiempo –respondió Leonardo, tendiéndole la mano-. Espero poder entrevistarme de nuevo con usted si necesito algo más de información.
- Sólo tiene que llamarme – Thelma le tendió una tarjeta digital-. En la tarjeta están todos mis datos profesionales. Con ella puede concertar una entrevista con mi secretaria.

Leonardo bajó pensativo en el ascensor. Como más averiguaba de la familia de LaFiffa y allegados, más creía estar sumergiéndose en un mundo de pesadilla. ¿Por qué estaban todos tan obsesionados con el sexo? Salvo Bosley, cuya única perversión era la glotonería, todos estaban liados prácticamente con todos.
Al salir del edificio se cruzó con el guarda de seguridad que le había cacheado al entrar. Lo miró de soslayo y el hombre le dedicó una radiante sonrisa al tiempo que le guiñaba un ojo con complicidad.
 
CAPÍTULO X: CONOCIENDO NUEVOS DETALLES
Thelma Quatermain trabajaba, desde su despedida como secretaria y amante de LaFiffa, en una multinacional dedicada a inversiones bursátiles. A Leonardo le costó un par de días, y todas sus influencias, localizarla. El amigo de un amigo le puso en contacto con una prostituta del West-End de la ciudad que conocía a Thelma. Ambas habían compartido apartamento antes de que Milton descubriera las capacidades de Thelma.
La prostituta le citó en un bar, tras mostrar cierta reticencia a hablar de su antigua amiga y compañera.
El bar era ciertamente un antro. No sólo era la falta de luz y de higiene lo que lo convertía en un sitio poco grato. Era el ambiente mismo, cargado del humo de tabaco, del olor rancio de cerveza y de fritangas. Aunque después de la visita a Bosley, los olores eran lo que menos preocupaba a Leonardo.
La mujer le esperaba sentada en un reservado del fondo del local. La mesa de cristal en la que apoyaba su vaso estaba débilmente iluminada por un foco que pendía del techo. Una flor de plástico, en un jarrón de porcelana de pésimo gusto, compartía la decoración con el cenicero rebosante de colillas sobre la mesa. Leonardo se sentó en un taburete, frente a la mujer.
- Venga, tú dirás – le espetó la mujer por toda bienvenida-. No tengo mucho tiempo, que los clientes aguardan.
- Bien, sólo necesito que me diga dónde puedo localizar a Thelma Quatermain. Y me gustaría que me hablara un poco de ella.
- ¿Es usted detective, eh? No me gustan los detectives, siempre andan metiendo sus narices donde no les llaman.
- Sólo quiero un poco de información. – Leonardo deslizó un billete de 100 euros sobre el cristal sucio de la mesa. La mujer tardó un suspiro en recogerlo y esconderlo en el generoso canalón de su escote.
- Thelma era una buena chica. Muy solicitada. Nunca tuve ocasión de hacer un trío con ella, porque decía que la amistad no se mezcla con el trabajo, pero dicen que era una tigresa. Y debe seguir siéndolo.
- ¿Por qué?
- Bueno, el que esté en Bursátil Inc. lo dice todo ¿no? Allí no entra nadie que no tenga una recomendación espléndida o que no se haya acostado con algún pez gordo.
- ¿Y ella está recomendada o se ha acostado?
La carcajada de la mujer reverberó en la sala. Estuvo riendo durante unos minutos, golpeándose el muslo con la mano.
- ¡Qué ingenuo eres, corazón! – dijo cuando consiguió controlar la risa -. Es evidente que no la conoces.
- No, no la conozco. Por eso le pido que me hable un poco de ella.
- Thelma tiene una habilidad innata. Yo de usted me guardaría muy mucho de caer en sus redes. Le convertiría en un pelele.
- Continúe – le animó Leonardo.
- Cuando vivíamos juntas, se llevaba los mejores clientes y me hizo algunas malas jugadas… Pero era también una compañera muy divertida y pagaba el alquiler por las dos. Podía hacerlo. El millonetis apareció de la nada, no sé dónde le conoció. Dos o tres días después hizo el petate y se marchó. Me dejó un abultado sobre encima de la mesa, con suficiente dinero para pagar el alquiler durante seis meses.
- Una mujer generosa ¿eh?
- Bueno, me tiene aprecio.
- ¿Está en contacto con ella ahora?
- Bueno, a veces, viene por casa y le cedo algunos clientes. Siempre dice que la vida, desde que está en Bursátil Inc. no es tan divertida como antes. Que le relaja hacérselo con desconocidos de vez en cuando. Ella trabaja y yo cobro. ¿No está mal, eh?
- Tienen ustedes una relación ciertamente peculiar.
- Llámalo como quieras. Y si ya has terminado el interrogatorio, podríamos subir y echar un polvo. –sugirió la mujer, sonriendo pícaramente-. Estás lo suficientemente bueno como para hacértelo gratis.
- No, gracias – respondió Leonardo, levantándose-. Quizás en otra ocasión.
- Pásate por aquí cuando quieras. Me voy, que tengo trabajo.
Leonardo contempló a la mujer mientras subía las oscuras escaleras que llevaban a la planta superior. Salió del local, suspirando aliviado y aspirando con ansia el aire de la calle.