CAPITULO XII: ADMIRANDO CUADROS
En la lista de sospechosos de Leonardo quedaba uno por visitar: Koldo Hasselhoff. Leonardo no contaba con relaciones en los círculos artísticos, así que se planteó ir hasta Cadaqués y visitar todas y cada una de las galerías de arte del antiguo pueblo pesquero. Lo habló con Sinera y ella estuvo conforme en pagar el alquiler de un vehículo volante para la ocasión.
Sinera insistió en acompañarle. El tiempo era magnífico y estaba deseosa de poder sumergirse en las cálidas aguas del Mediterráneo. Eso, por supuesto, significaba cierto riesgo, pues alguien podría reconocerla y dar parte a las autoridades. Pero a pesar de la insistencia de Leonardo, Sinera siguió en sus trece.
Partieron muy de mañana en el aero-coche de alquiler, evitando las horas de más congestión aérea. El viaje transcurrió sin incidentes y tremendamente silencioso, pues ambos se mantuvieron inmersos en sus propios pensamientos.
Leonardo se sentía tenso junto a Sinera, aspirando el delicado aroma de su perfume y mirándola de reojo de vez en cuando. Ella mantuvo los ojos cerrados durante todo el trayecto, aunque no estaba dormida. Pensaba en Leonardo, en la proximidad de aquel cuerpo oscuro, en el olor suave de su transpiración. La noche anterior había entrado en el dormitorio mientras él descansaba. Lo había contemplado largamente, deleitándose en aquel cuerpo magro y fibroso, en el que cada músculo se marcaba suavemente. Leonardo dormía desnudo, únicamente cubierto por la sábana, con el cubrecamas revuelto a los pies de la cama. Sinera se había sentado en el borde de la cama, con mucho cuidado para no despertarlo. Contempló el rostro relajado del hombre que respiraba profunda y silenciosamente. Había deseado colarse bajo la sábana y apretar su cuerpo al de él, pero no se atrevió. Aunque Leonardo la trataba con amabilidad, sabía que muchos hombres sentían un rechazo hacia las acuáticas. Y no quería que Leonardo se lo demostrara.
Abrió los ojos cuando Leonardo le anunció que estaban llegando al aeropuerto de Rosas. El último tramo lo harían por carretera. Aquella parte del país había cambiado poco y aún conservaba ese aire montaraz de la Costa Brava. Condujeron tranquilamente por la estrecha franja plateada de la carretera, contemplando los enormes molinos que la flanqueaban.
Cadaqués les dio la bienvenida con su característica quietud y el blanco encalado de sus casas. De repente, ambos se sintieron transportados a otra época. Tuvieron que dejar el vehículo en el aparcamiento del pueblo, a la entrada del mismo. Cadaqués había crecido mucho en los últimos cincuenta años, pero sin perder ni un ápice del encanto que le caracterizaba. Era enteramente peatonal y el único transporte que sus habitantes utilizaban era la bicicleta. Alquilaron un tandem y se adentraron en las callecitas tranquilas, dirigiéndose hacia el paseo marítimo. Dejaron el tándem en una zona de aparcamiento y se acercaron a la orilla. Leonardo, que no había pensado en llevarse el bañador, se remangó los pantalones, se descalzó y caminó junto a la mujer por la arena húmeda. Sinera se despojó del vestido, mostrando su esbelto cuerpo enfundado en un bañador rojo, y despidiéndose de Leonardo con la mano, caminó mar adentro hasta que la profundidad de la playa le permitió comenzar a nadar. Cuando estuviera lo suficientemente lejos de la playa, se sumergiría. Habían acordado que se encontrarían en el mismo lugar tres horas más tarde, para darle tiempo a Leonardo de encontrar la galería y a ella de recobrarse un poco de tantos días sin más agua que la del jacuzzi del apartamento. Aquella pequeña excursión alargaría unos pocos días más la estancia de Sinera en tierra.
Leonardo dejó el tandem y se dirigió al barrio artístico caminando. No estaba demasiado lejos y Leonardo sabía apreciar algo cuando lo tenía a mano: pasear era todo un placer.
La búsqueda resultó infructuosa en las dos primeras galerías. En una de ellas, el propietario, un hombre delgado y huesudo, de mirada inquisitiva y perilla mefistofélica, intentó venderle un cuadro bastante horroroso por una suma astronómica. Leonardo se percató enseguida de que el marchante le había tomado por un turista.
La tercera visita resultó bastante fructífera. El propietario, un chico bronceado y de largo cabello rizado, conocía a Koldo. Sin ningún recato afirmó haber estado liado con él durante una temporada, cosa que a Leonardo ya no sorprendió. Tenía la impresión de que todos y cada uno de los entrevistados estaban deseosos de airear su vida sexual y contársela con pelos y señales. De todas formas, el chico era muy amable y simpático.
- Koldo es cojonudo – le aseguró, mirándole por encima de sus gafas de sol plateadas-. Tiene un toque especial para reconocer una buena obra y la gente se pega de palos para exponer en su galería.
- Estoy muy interesado en visitarla. Un amigo me comentó que podría encontrar buenos cuadros para el salón de mi casa – comentó Leonardo.
- Si quiere puedo mostrarle mis últimas adquisiciones –se ofreció el galerista, algo decepcionado pero dispuesto a venderle algo a aquel tipo que, a horas vista, se veía que era de ciudad.
- La verdad es que dispongo de muy poco tiempo… - intentó excusarse Leonardo.
- Serán unos minutos. Aunque Koldo tiene un surtido excepcional, creo que aquí puede encontrar cosas muy interesantes.
- Bien, si sólo son unos minutos.
El muchacho dio rápidamente vuelta al cartelillo colgado en la puerta de cristal y acompañó a Leonardo al interior del local. La sala que visitaron era cuadrada, de altas paredes pintadas de blanco e iluminada profusamente con luz natural gracias a una enorme claraboya del techo. Leonardo miró sin demasiado interés los cuadros que el chico le iba mostrando. Después pasaron a una sala más pequeña, donde el galerista afirmaba que tenía las últimas adquisiciones aún por exponer.
- Aquí estaremos tranquilos – dijo el chico acercándose a Leonardo por detrás y colocando sus manos suavemente sobre sus hombros-. Desde el primer momento he visto cómo me mirabas. Y sé reconocer una insinuación.
- ¿Qué? – exclamó Leonardo, girándose y apartándose del muchacho.
- Venga, ahora no te hagas el estrecho, ricura. Ya me he dado cuenta que los cuadros no te interesaban…
- Bueno, no he visto ninguno que me llamara especialmente la atención – intentó explicar Leonardo, sin ganas de mostrarse poco amable. Aún no había conseguido saber dónde estaba exactamente la galería de Koldo.
- Ahora vas a ver algo que espero acapare toda tu atención. – El joven se bajó los pantalones de lino blancos bajo los que no llevaba ninguna otra pieza de ropa. El miembro del muchacho ya se erguía en todo su esplendor.
- Creo que te estás equivocando conmigo… - le avisó Leonardo-. No me gusta los hombres.
- Venga, venga… te hago una mamada si no quieres entrar en mayores – aflojó el otro.
- No me estás entendiendo. No he venido con ningún motivo sexual. Sólo estoy buscando a Koldo.
- ¿Por sus cuadros? – el joven soltó una carcajada-. Venga, no me quieras enredar. Koldo está más solicitado por sus dotes sexuales que por sus actividades artísticas.
- Pues yo lo busco por lo segundo. – Leonardo se dirigió hacia la puerta para descubrir que estaba cerrada con llave-. Dame la llave – la voz de Leonardo tenía una amenaza implícita.
- Si quieres la llave, vas a tener que ser amable conmigo – dijo el otro con voz melosa.
- Si quieres que continúe siendo amable, tendrás que darme la llave – contestó Leonardo con ironía.
- Vale, vale, lo capto – el chico se subió los pantalones y le tendió la llave de la puerta-. Pero que conste que te habría hecho pasar un rato muy pero que muy agradable.
- Bueno, pues no será hoy cuando lo compruebe –Leonardo abrió la puerta y lanzó la llave a su dueño-. Antes de irme, dame la dirección de Koldo.
El joven, viendo el ceño fruncido de Leonardo, prefirió no discutir más con él y garrapateó la dirección en un papel. Leonardo salió dando largas zancadas, seguido de cerca por el galerista.
- Eres un tipo duro ¿eh? – dijo este, mientras mantenía la puerta de cristal de local abierta para dejar salir a Leonardo-. Si algún día cambias de opinión, ven por aquí.
- No lo creo, pero gracias por la invitación.
Sinera insistió en acompañarle. El tiempo era magnífico y estaba deseosa de poder sumergirse en las cálidas aguas del Mediterráneo. Eso, por supuesto, significaba cierto riesgo, pues alguien podría reconocerla y dar parte a las autoridades. Pero a pesar de la insistencia de Leonardo, Sinera siguió en sus trece.
Partieron muy de mañana en el aero-coche de alquiler, evitando las horas de más congestión aérea. El viaje transcurrió sin incidentes y tremendamente silencioso, pues ambos se mantuvieron inmersos en sus propios pensamientos.
Leonardo se sentía tenso junto a Sinera, aspirando el delicado aroma de su perfume y mirándola de reojo de vez en cuando. Ella mantuvo los ojos cerrados durante todo el trayecto, aunque no estaba dormida. Pensaba en Leonardo, en la proximidad de aquel cuerpo oscuro, en el olor suave de su transpiración. La noche anterior había entrado en el dormitorio mientras él descansaba. Lo había contemplado largamente, deleitándose en aquel cuerpo magro y fibroso, en el que cada músculo se marcaba suavemente. Leonardo dormía desnudo, únicamente cubierto por la sábana, con el cubrecamas revuelto a los pies de la cama. Sinera se había sentado en el borde de la cama, con mucho cuidado para no despertarlo. Contempló el rostro relajado del hombre que respiraba profunda y silenciosamente. Había deseado colarse bajo la sábana y apretar su cuerpo al de él, pero no se atrevió. Aunque Leonardo la trataba con amabilidad, sabía que muchos hombres sentían un rechazo hacia las acuáticas. Y no quería que Leonardo se lo demostrara.
Abrió los ojos cuando Leonardo le anunció que estaban llegando al aeropuerto de Rosas. El último tramo lo harían por carretera. Aquella parte del país había cambiado poco y aún conservaba ese aire montaraz de la Costa Brava. Condujeron tranquilamente por la estrecha franja plateada de la carretera, contemplando los enormes molinos que la flanqueaban.
Cadaqués les dio la bienvenida con su característica quietud y el blanco encalado de sus casas. De repente, ambos se sintieron transportados a otra época. Tuvieron que dejar el vehículo en el aparcamiento del pueblo, a la entrada del mismo. Cadaqués había crecido mucho en los últimos cincuenta años, pero sin perder ni un ápice del encanto que le caracterizaba. Era enteramente peatonal y el único transporte que sus habitantes utilizaban era la bicicleta. Alquilaron un tandem y se adentraron en las callecitas tranquilas, dirigiéndose hacia el paseo marítimo. Dejaron el tándem en una zona de aparcamiento y se acercaron a la orilla. Leonardo, que no había pensado en llevarse el bañador, se remangó los pantalones, se descalzó y caminó junto a la mujer por la arena húmeda. Sinera se despojó del vestido, mostrando su esbelto cuerpo enfundado en un bañador rojo, y despidiéndose de Leonardo con la mano, caminó mar adentro hasta que la profundidad de la playa le permitió comenzar a nadar. Cuando estuviera lo suficientemente lejos de la playa, se sumergiría. Habían acordado que se encontrarían en el mismo lugar tres horas más tarde, para darle tiempo a Leonardo de encontrar la galería y a ella de recobrarse un poco de tantos días sin más agua que la del jacuzzi del apartamento. Aquella pequeña excursión alargaría unos pocos días más la estancia de Sinera en tierra.
Leonardo dejó el tandem y se dirigió al barrio artístico caminando. No estaba demasiado lejos y Leonardo sabía apreciar algo cuando lo tenía a mano: pasear era todo un placer.
La búsqueda resultó infructuosa en las dos primeras galerías. En una de ellas, el propietario, un hombre delgado y huesudo, de mirada inquisitiva y perilla mefistofélica, intentó venderle un cuadro bastante horroroso por una suma astronómica. Leonardo se percató enseguida de que el marchante le había tomado por un turista.
La tercera visita resultó bastante fructífera. El propietario, un chico bronceado y de largo cabello rizado, conocía a Koldo. Sin ningún recato afirmó haber estado liado con él durante una temporada, cosa que a Leonardo ya no sorprendió. Tenía la impresión de que todos y cada uno de los entrevistados estaban deseosos de airear su vida sexual y contársela con pelos y señales. De todas formas, el chico era muy amable y simpático.
- Koldo es cojonudo – le aseguró, mirándole por encima de sus gafas de sol plateadas-. Tiene un toque especial para reconocer una buena obra y la gente se pega de palos para exponer en su galería.
- Estoy muy interesado en visitarla. Un amigo me comentó que podría encontrar buenos cuadros para el salón de mi casa – comentó Leonardo.
- Si quiere puedo mostrarle mis últimas adquisiciones –se ofreció el galerista, algo decepcionado pero dispuesto a venderle algo a aquel tipo que, a horas vista, se veía que era de ciudad.
- La verdad es que dispongo de muy poco tiempo… - intentó excusarse Leonardo.
- Serán unos minutos. Aunque Koldo tiene un surtido excepcional, creo que aquí puede encontrar cosas muy interesantes.
- Bien, si sólo son unos minutos.
El muchacho dio rápidamente vuelta al cartelillo colgado en la puerta de cristal y acompañó a Leonardo al interior del local. La sala que visitaron era cuadrada, de altas paredes pintadas de blanco e iluminada profusamente con luz natural gracias a una enorme claraboya del techo. Leonardo miró sin demasiado interés los cuadros que el chico le iba mostrando. Después pasaron a una sala más pequeña, donde el galerista afirmaba que tenía las últimas adquisiciones aún por exponer.
- Aquí estaremos tranquilos – dijo el chico acercándose a Leonardo por detrás y colocando sus manos suavemente sobre sus hombros-. Desde el primer momento he visto cómo me mirabas. Y sé reconocer una insinuación.
- ¿Qué? – exclamó Leonardo, girándose y apartándose del muchacho.
- Venga, ahora no te hagas el estrecho, ricura. Ya me he dado cuenta que los cuadros no te interesaban…
- Bueno, no he visto ninguno que me llamara especialmente la atención – intentó explicar Leonardo, sin ganas de mostrarse poco amable. Aún no había conseguido saber dónde estaba exactamente la galería de Koldo.
- Ahora vas a ver algo que espero acapare toda tu atención. – El joven se bajó los pantalones de lino blancos bajo los que no llevaba ninguna otra pieza de ropa. El miembro del muchacho ya se erguía en todo su esplendor.
- Creo que te estás equivocando conmigo… - le avisó Leonardo-. No me gusta los hombres.
- Venga, venga… te hago una mamada si no quieres entrar en mayores – aflojó el otro.
- No me estás entendiendo. No he venido con ningún motivo sexual. Sólo estoy buscando a Koldo.
- ¿Por sus cuadros? – el joven soltó una carcajada-. Venga, no me quieras enredar. Koldo está más solicitado por sus dotes sexuales que por sus actividades artísticas.
- Pues yo lo busco por lo segundo. – Leonardo se dirigió hacia la puerta para descubrir que estaba cerrada con llave-. Dame la llave – la voz de Leonardo tenía una amenaza implícita.
- Si quieres la llave, vas a tener que ser amable conmigo – dijo el otro con voz melosa.
- Si quieres que continúe siendo amable, tendrás que darme la llave – contestó Leonardo con ironía.
- Vale, vale, lo capto – el chico se subió los pantalones y le tendió la llave de la puerta-. Pero que conste que te habría hecho pasar un rato muy pero que muy agradable.
- Bueno, pues no será hoy cuando lo compruebe –Leonardo abrió la puerta y lanzó la llave a su dueño-. Antes de irme, dame la dirección de Koldo.
El joven, viendo el ceño fruncido de Leonardo, prefirió no discutir más con él y garrapateó la dirección en un papel. Leonardo salió dando largas zancadas, seguido de cerca por el galerista.
- Eres un tipo duro ¿eh? – dijo este, mientras mantenía la puerta de cristal de local abierta para dejar salir a Leonardo-. Si algún día cambias de opinión, ven por aquí.
- No lo creo, pero gracias por la invitación.





