<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1" ?><feed version="0.3" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns="http://purl.org/atom/ns#"><title><![CDATA[Un caso muy húmedo]]></title><link rel="" type="" href="" title=""/><link rel="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" title="Un caso muy húmedo"/><id><![CDATA[ID]]></id><tagline><![CDATA[Una novela on-line, a ver si la termino]]></tagline><generator><![CDATA[http://www.ya.com]]></generator><entry><title><![CDATA[CAPITULO XIV: TOMANDO EL SOL]]></title><link rel="Un caso muy húmedo" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" title="Un caso muy húmedo"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200506]]></issued><modified><![CDATA[200506]]></modified><created><![CDATA[200506]]></created><summary><![CDATA[CAPITULO XIV: TOMANDO EL SOL]]></summary><author><name><![CDATA[Xquick]]></name></author><dc:subject><![CDATA[CAPITULO XIV: TOMANDO EL SOL]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/unanovela/c_15.htm"><![CDATA[La playa nudista estaba vallada por altos matorrales de acebo y tenía todo el aspecto de ser un club social. Se accedía a través de un edificio encalado de blanco como la mayoría de casas del pueblo. Leonardo entró, pagó la cuota y se dirigió a una sala de taquillas para dejar la ropa. Aunque no era persona pudorosa, se sintió ligeramente incómodo sin más vestimenta que unas chancletas que le habían dado en la recepción. <br/>En la playa había poca gente y fue fácil dar con Koldo, gracias a las descripciones de Sinera. Estaba tomando el sol, estirado boca abajo sobre una toalla blanca. Mientras Leonardo se acercaba, lo observó detenidamente. El hombre tenía la piel muy clara y la exposición al sol le había enrojecido la espalda y las nalgas. Tenía poco pelo y el trasero se veía suave como el de un bebé. En las piernas apenas tenía una ligera pelusa rubia. Leonardo se sentó en la arena junto a la toalla de Koldo antes de pronunciar su nombre. <br/>- Koldo Hasselhoff – dijo sin levantar el tono de voz.<br/>El hombre giró la cabeza hacia su izquierda y parpadeó un par de veces antes de preguntar:<br/>- ¿Quién pregunta por mí?<br/>- Me llamo Leonardo – se presentó este-. Quería hacerle algunas preguntas.<br/>- ¿Sobre qué? No me gustan las preguntas. Estoy harto de preguntas. ¿No será poli?<br/>- No, no soy policía. Y sólo quiero hacerle unas preguntas para esclarecer un caso que me han encomendado. Soy detective – Leonardo pensó que lo mejor era no andarse con rodeos. <br/>Koldo se sentó sobre la toalla, mostrando un pecho desprovisto de pelo, muy blanco y huesudo. La tez rubicunda del hombre estaba salpicada de pecas que le conferían un aspecto juvenil aunque las arrugas alrededor de los ojos, que aún no habían pasado por el quirófano, decían que los cuarenta ya no los cumplía. <br/>- ¿Quién lo envía?<br/>- Una sirena.<br/>- ¡Sinera! – exclamó Koldo, sonriendo por primera vez-. ¿Está bien?<br/>- Sí, está bien. <br/>- Estaba preocupado por ella. Oí decir que la culpaban de la muerte de Milton. Y no sabía dónde localizarla. No tiene a nadie en la superficie, que yo sepa.<br/>- Le aseguro que está perfectamente. Por lo menos lo estaba hace escasamente hora y media. <br/>- ¿Está aquí? – la voz de Koldo expresaba una mezcla de desasosiego y alegría. <br/>- La aprecia bastante ¿no?<br/>- Es una chica encantadora. Era un placer ocuparme de ella y me gustaba mucho cuando salía de la pecera y charlábamos en el jardín, a la sombra para que no se deshidratase demasiado. <br/>- Si no estoy mal informado, se ocupaba usted de cuidar la casa del señor LaFiffa y de suministrar las viandas para la sirena en su ausencia. <br/>- Sí, pasaba todas las tardes por la casa, traía comida, revisaba las llamadas del contestador, recogía el correo y esas cosas. Milton era un jefe muy generoso y poco exigente. <br/>- ¿Y algo más?<br/>- ¿A qué se refiere?<br/>- Bueno, no pretendo ser indiscreto pero… ¿tenían ustedes algo más que una relación de trabajo?<br/>- Milton estaba muy colado con Sinera y durante el tiempo que la tuvo en la casa no se buscó otras compañías, pero… bueno, sí, fui amante suyo una temporadita. Antes de la llegada de la chica. Luego me ofreció el trabajo de secretario y accedí. <br/>- ¿No sintió celos?<br/>- No, no – Koldo parecía sincero al negarlo-. Me gustó nada más verla. Y luego me gustó más. Era como las sirenas de los cuentos: dulce, amable y hermosa. <br/>- ¿Quién cree que podía haber asesinado al señor LaFiffa?<br/>- No lo sé. Su mujer no, es muy liberal y se aprovechaba de su marido, tanto económicamente como sexualmente. Todas las amantes de LaFiffa acostumbraban a pasar por su cama. A ella le divertía engatusarlas para fastidiar al marido. Pero no, creo que nunca hubiera llegado a pensar siquiera en matarlo. Y el hijo es un comilón sin más, no tiene mucho empuje y no le veo yo tramando asesinar al padre que, por otra parte, le firmaba muchos cheques. <br/>- Usted podría ser también sospechoso… - dejó caer Leonardo, en tono ligero.<br/>- No sería capaz de matar una mosca. Y le tenía aprecio a Milton. Me trató siempre bien. <br/>- Pero le dejó por Sinera.<br/>- Y no me importó, se lo aseguro. <br/>- Me alegra saberlo – fue el comentario de Leonardo.<br/>- Si Sinera está por aquí me gustaría verla – solicitó Koldo-. Si la viera me quedaría más tranquilo.<br/>- No sé. No sé si será buena idea. <br/>- Puede confiar en mí. Y si quieren, pueden quedarse en casa a pasar la noche. Marcel estará encantado de tener invitados.<br/>- De acuerdo.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[CAPITULO XIII: ¿DÓNDE ESTÁ KOLDO?]]></title><link rel="Un caso muy húmedo" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" title="Un caso muy húmedo"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200506]]></issued><modified><![CDATA[200506]]></modified><created><![CDATA[200506]]></created><summary><![CDATA[CAPITULO XIII: ¿DÓNDE ESTÁ KOLDO?]]></summary><author><name><![CDATA[Xquick]]></name></author><dc:subject><![CDATA[CAPITULO XIII: ¿DÓNDE ESTÁ KOLDO?]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/unanovela/c_14.htm"><![CDATA[La galería de Koldo estaba en una callecita soleada muy tranquila. Un jazmín colgaba del balcón superior perfumando la brisa. Al abrir la puerta, sonó un tintineo de campanillas en el local. Leonardo esperó en la entrada a que se personase alguien a recibirlo. <br/>Del interior salió un hombre de barriga prominente, moreno y peludo, de ojos muy claros y nariz aguileña. Iba vestido escuetamente con un bañador largo y floreado que dejaba a la vista un ombligo rodeado de pelos. <br/>- Buenos días – saludó el hombre con una voz gutural y un ligero deje gangoso-. ¿En qué puedo servirle? Soy Marcel, el propietario. <br/>- Buenos días, Marcel. Estoy buscando a Koldo Hasselhoff. Tengo entendido que trabaja aquí.<br/>- Sí, es mi socio. ¿Para qué le busca?<br/>- Quisiera hacerle algunas preguntas. <br/>- Pues va a tener que bajar a la playa. Koldo pasa la mayor parte del tiempo entre la playa y la discoteca. <br/>- ¿En qué parte de la playa? – dijo Leonardo, con tono amable-. Por lo que he visto, la playa es bastante extensa. <br/>- Siempre está en la zona nudista. Ahora le ha dado por eso y por la comida biológica. ¿Usted no es de por aquí, no?<br/>- No, soy de la City.<br/>- Ya, se le nota. Los de ciudad tienen un aspecto inconfundible. A nadie se le ocurriría pasearse por Cadaqués con esos pantalones y tan vestido como usted.<br/>- No tengo costumbre de venir por aquí – Leonardo sonrió, esperando que su amabilidad ayudara a sonsacar algún dato interesante al socio de Koldo.<br/>- ¿Le apetece una limonada? La hago yo mismo.<br/>- Pues sí, le acepto la invitación.<br/>Los dos hombres entraron en la trastienda de la galería que era muy distinta del cuarto en penumbras del galerista que Leonardo había conocido un rato atrás. Era un cuarto amplio, embaldosado con piezas de cerámica, paredes de ladrillo visto e iluminado por dos amplios ventanales que daban a un jardín. Marcel cogió dos vasos de un mostrador de piedra, los llenó con el contenido de una jarra de cristal que sacó de un pequeño refrigerador y le tendió a Leonardo uno. <br/>- Tiene un sabor un tanto particular – comentó Leonardo después del primer trago-. Es refrescante pero detecto que no sólo hay limón y agua.<br/>- Sí, es mi fórmula secreta – dijo Marcel alegremente-. Un poco de maría le añade un toque estimulante. ¿Le apetece fumar?<br/>Salieron, por una puerta lateral, al jardín que Leonardo había visto a través de los ventanales. Marcel lió con maestría un cigarro, lo encendió, le dio una profunda calada y se lo pasó a Leonardo. Ambos hombres fumaron en silencio entre trago y trago de refresco. <br/>- ¿Qué relación tiene con Koldo? – interrumpió Leonardo el mutismo de ambos-. Además de socios, quiero decir.<br/>- Fuimos pareja. Le llevo a Koldo demasiados años como para esperar que me sea fiel y desde hace tres años somos poco más que amigos. Le tengo aprecio. Es un buen chico, aunque últimamente está un poco extraño.<br/>- ¿Qué le hace pensar que está raro?<br/>- Con todo aquel follón del millonario lo pasó bastante mal. La policía lo acribilló a preguntas. Siempre tuve la sospecha de que se entendía con él y que su muerte le había resultado un duro golpe. <br/>- ¿El magnate LaFiffa?<br/>- Él mismo. Koldo le cuidaba la casa y la chica. Por lo menos eso es lo que a mí me decía. Pero creo que también se entendía con el “jefe”. Cuando empezó a trabajar en la casa de LaFiffa fue cuando rompimos nuestra relación. <br/>- ¿Cuál fue el motivo que dio para romper?<br/>- Que yo no le daba lo que él necesitaba, que era demasiado pasivo y que lo tenía algo abandonado. Realmente era cierto. Con los años me he vuelto comodón y he perdido la pasión. Pero… sesenta años pesan. <br/>- He estado conversando con un galerista que me ha dicho que estuvo liado con Koldo.<br/>- Me imagino con quien – Marcel sonrió divertido-. Supongo que no le habrá llevado a su “cuarto oscuro”.<br/>- Me temo que sí – contestó Leonardo.<br/>- Es buena gente pero le va la marcha. No deja pasar la más mínima oportunidad de hacérselo con el primero que pasa. Además, usted, con ese cuerpo atlético que se adivina bajo su ropa de ciudad y esa piel tan oscura tiene que haberle resultado un bocado exquisito. Me lo parece a mí.<br/>- Me temo que tengo que marcharme –se disculpó Leonardo, viendo que el tema se apartaba hacia un lado que no le interesaba.<br/>- Ha sido un placer charlar con usted – le dijo Marcel, acompañándolo a la salida-. Si algún día le apetece un poco de charla no deje de pasar por aquí. Y si busca buenos cuadros, tampoco. <br/>- Así lo haré. <br/>Leonardo se fue pensando en todo lo que sabía. Era más bien poco pero le estaba sirviendo para preparar su entrevista con el hombre. Caminando tranquilamente, ya que aún le quedaba hora y media para encontrarse con Sinera, bajó hasta el paseo y preguntó a un transeúnte por la playa nudista. Este le indicó que se hallaba al final del paseo, un poco más allá de la playa en la que había dejado a Sinera.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[CAPITULO XII: ADMIRANDO CUADROS]]></title><link rel="Un caso muy húmedo" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" title="Un caso muy húmedo"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200504]]></issued><modified><![CDATA[200504]]></modified><created><![CDATA[200504]]></created><summary><![CDATA[CAPITULO XII: ADMIRANDO CUADROS]]></summary><author><name><![CDATA[Xquick]]></name></author><dc:subject><![CDATA[CAPITULO XII: ADMIRANDO CUADROS]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/unanovela/c_13.htm"><![CDATA[En la lista de sospechosos de Leonardo quedaba uno por visitar: Koldo Hasselhoff. Leonardo no contaba con relaciones en los círculos artísticos, así que se planteó ir hasta Cadaqués y visitar todas y cada una de las galerías de arte del antiguo pueblo pesquero. Lo habló con Sinera y ella estuvo conforme en pagar el alquiler de un vehículo volante para la ocasión.<br/>Sinera insistió en acompañarle. El tiempo era magnífico y estaba deseosa de poder sumergirse en las cálidas aguas del Mediterráneo. Eso, por supuesto, significaba cierto riesgo, pues alguien podría reconocerla y dar parte a las autoridades. Pero a pesar de la insistencia de Leonardo, Sinera siguió en sus trece. <br/>Partieron muy de mañana en el aero-coche de alquiler, evitando las horas de más congestión aérea. El viaje transcurrió sin incidentes y tremendamente silencioso, pues ambos se mantuvieron inmersos en sus propios pensamientos.<br/>Leonardo se sentía tenso junto a Sinera, aspirando el delicado aroma de su perfume y mirándola de reojo de vez en cuando. Ella mantuvo los ojos cerrados durante todo el trayecto, aunque no estaba dormida. Pensaba en Leonardo, en la proximidad de aquel cuerpo oscuro, en el olor suave de su transpiración. La noche anterior había entrado en el dormitorio mientras él descansaba. Lo había contemplado largamente, deleitándose en aquel cuerpo magro y fibroso, en el que cada músculo se marcaba suavemente. Leonardo dormía desnudo, únicamente cubierto por la sábana, con el cubrecamas revuelto a los pies de la cama. Sinera se había sentado en el borde de la cama, con mucho cuidado para no despertarlo. Contempló el rostro relajado del hombre que respiraba profunda y silenciosamente. Había deseado colarse bajo la sábana y apretar su cuerpo al de él, pero no se atrevió. Aunque Leonardo la trataba con amabilidad, sabía que muchos hombres sentían un rechazo hacia las acuáticas. Y no quería que Leonardo se lo demostrara. <br/>Abrió los ojos cuando Leonardo le anunció que estaban llegando al aeropuerto de Rosas. El último tramo lo harían por carretera. Aquella parte del país había cambiado poco y aún conservaba ese aire montaraz de la Costa Brava. Condujeron tranquilamente por la estrecha franja plateada de la carretera, contemplando los enormes molinos que la flanqueaban. <br/>Cadaqués les dio la bienvenida con su característica quietud y el blanco encalado de sus casas. De repente, ambos se sintieron transportados a otra época. Tuvieron que dejar el vehículo en el aparcamiento del pueblo, a la entrada del mismo. Cadaqués había crecido mucho en los últimos cincuenta años, pero sin perder ni un ápice del encanto que le caracterizaba. Era enteramente peatonal y el único transporte que sus habitantes utilizaban era la bicicleta. Alquilaron un tandem y se adentraron en las callecitas tranquilas, dirigiéndose hacia el paseo marítimo. Dejaron el tándem en una zona de aparcamiento y se acercaron a la orilla. Leonardo, que no había pensado en llevarse el bañador, se remangó los pantalones, se descalzó y caminó junto a la mujer por la arena húmeda. Sinera se despojó del vestido, mostrando su esbelto cuerpo enfundado en un bañador rojo, y despidiéndose de Leonardo con la mano, caminó mar adentro hasta que la profundidad de la playa le permitió comenzar a nadar. Cuando estuviera lo suficientemente lejos de la playa, se sumergiría. Habían acordado que se encontrarían en el mismo lugar tres horas más tarde, para darle tiempo a Leonardo de encontrar la galería y a ella de recobrarse un poco de tantos días sin más agua que la del jacuzzi del apartamento. Aquella pequeña excursión alargaría unos pocos días más la estancia de Sinera en tierra. <br/>Leonardo dejó el tandem y se dirigió al barrio artístico caminando. No estaba demasiado lejos y Leonardo sabía apreciar algo cuando lo tenía a mano: pasear era todo un placer. <br/>La búsqueda resultó infructuosa en las dos primeras galerías. En una de ellas, el propietario, un hombre delgado y huesudo, de mirada inquisitiva y perilla mefistofélica, intentó venderle un cuadro bastante horroroso por una suma astronómica. Leonardo se percató enseguida de que el marchante le había tomado por un turista. <br/>La tercera visita resultó bastante fructífera. El propietario, un chico bronceado y de largo cabello rizado, conocía a Koldo. Sin ningún recato afirmó haber estado liado con él durante una temporada, cosa que a Leonardo ya no sorprendió. Tenía la impresión de que todos y cada uno de los entrevistados estaban deseosos de airear su vida sexual y contársela con pelos y señales. De todas formas, el chico era muy amable y simpático. <br/>- Koldo es cojonudo – le aseguró, mirándole por encima de sus gafas de sol plateadas-. Tiene un toque especial para reconocer una buena obra y la gente se pega de palos para exponer en su galería. <br/>- Estoy muy interesado en visitarla. Un amigo me comentó que podría encontrar buenos cuadros para el salón de mi casa – comentó Leonardo.<br/>- Si quiere puedo mostrarle mis últimas adquisiciones –se ofreció el galerista, algo decepcionado pero dispuesto a venderle algo a aquel tipo que, a horas vista, se veía que era de ciudad.<br/>- La verdad es que dispongo de muy poco tiempo… - intentó excusarse Leonardo. <br/>- Serán unos minutos. Aunque Koldo tiene un surtido excepcional, creo que aquí puede encontrar cosas muy interesantes. <br/>- Bien, si sólo son unos minutos.<br/>El muchacho dio rápidamente vuelta al cartelillo colgado en la puerta de cristal y acompañó a Leonardo al interior del local. La sala que visitaron era cuadrada, de altas paredes pintadas de blanco e iluminada profusamente con luz natural gracias a una enorme claraboya del techo. Leonardo miró sin demasiado interés los cuadros que el chico le iba mostrando. Después pasaron a una sala más pequeña, donde el galerista afirmaba que tenía las últimas adquisiciones aún por exponer. <br/>- Aquí estaremos tranquilos – dijo el chico acercándose a Leonardo por detrás y colocando sus manos suavemente sobre sus hombros-. Desde el primer momento he visto cómo me mirabas. Y sé reconocer una insinuación.<br/>- ¿Qué? – exclamó Leonardo, girándose y apartándose del muchacho.<br/>- Venga, ahora no te hagas el estrecho, ricura. Ya me he dado cuenta que los cuadros no te interesaban… <br/>- Bueno, no he visto ninguno que me llamara especialmente la atención – intentó explicar Leonardo, sin ganas de mostrarse poco amable. Aún no había conseguido saber dónde estaba exactamente la galería de Koldo. <br/>- Ahora vas a ver algo que espero acapare toda tu atención. – El joven se bajó los pantalones de lino blancos bajo los que no llevaba ninguna otra pieza de ropa. El miembro del muchacho ya se erguía en todo su esplendor.<br/>- Creo que te estás equivocando conmigo… - le avisó Leonardo-. No me gusta los hombres. <br/>- Venga, venga… te hago una mamada si no quieres entrar en mayores – aflojó el otro.<br/>- No me estás entendiendo. No he venido con ningún motivo sexual. Sólo estoy buscando a Koldo.<br/>- ¿Por sus cuadros? – el joven soltó una carcajada-. Venga, no me quieras enredar. Koldo está más solicitado por sus dotes sexuales que por sus actividades artísticas. <br/>- Pues yo lo busco por lo segundo. – Leonardo se dirigió hacia la puerta para descubrir que estaba cerrada con llave-. Dame la llave – la voz de Leonardo tenía una amenaza implícita. <br/>- Si quieres la llave, vas a tener que ser amable conmigo – dijo el otro con voz melosa.<br/>- Si quieres que continúe siendo amable, tendrás que darme la llave – contestó Leonardo con ironía.<br/>- Vale, vale, lo capto – el chico se subió los pantalones y le tendió la llave de la puerta-. Pero que conste que te habría hecho pasar un rato muy pero que muy agradable. <br/>- Bueno, pues no será hoy cuando lo compruebe –Leonardo abrió la puerta y lanzó la llave a su dueño-. Antes de irme, dame la dirección de Koldo. <br/>El joven, viendo el ceño fruncido de Leonardo, prefirió no discutir más con él y garrapateó la dirección en un papel. Leonardo salió dando largas zancadas, seguido de cerca por el galerista.<br/>- Eres un tipo duro ¿eh? – dijo este, mientras mantenía la puerta de cristal de local abierta para dejar salir a Leonardo-. Si algún día cambias de opinión, ven por aquí. <br/>- No lo creo, pero gracias por la invitación.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[CAPITULO XI: CONOCIENDO A THELMA]]></title><link rel="Un caso muy húmedo" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" title="Un caso muy húmedo"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200503]]></issued><modified><![CDATA[200503]]></modified><created><![CDATA[200503]]></created><summary><![CDATA[CAPITULO XI: CONOCIENDO A THELMA]]></summary><author><name><![CDATA[Xquick]]></name></author><dc:subject><![CDATA[CAPITULO XI: CONOCIENDO A THELMA]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/unanovela/c_12.htm"><![CDATA[Bursátil Inc. tenía las oficinas en pleno centro de la ciudad, en la planta veintisiete de un edificio de acero y cristal. Un guardia jurado cacheó a Leonardo en la entrada, asegurándose de que no llevara arma alguna entre sus ropas y aprovechando la ocasión para magrearlo un poco. A Leonardo le fastidió el escrutinio pero se dejó hacer. Precisaba llegar a la oficina de la Quatermain sin armar ningún alboroto. <br/>- Ya estás, majo – le dijo el guardia después de sobarle a conciencia la entrepierna-. Por cierto, termino a las ocho. Si te apetece, ven a buscarme a esa hora.<br/>- Gracias por la invitación – respondió Leonardo poco entusiasta-. La tomaré en consideración.<br/>El ascensor que llevaba a las plantas impares era enorme, completamente construido de acero inoxidable. Durante el trayecto, Leonardo tuvo la oportunidad de escuchar el último éxito de los 40 Principales mientras contemplaba como un peripuesto ejecutivo se sacaba los mocos con la uña larga y afilada del meñique. <br/>Al llegar a la planta, se encontró en un lujoso vestíbulo. Al fondo había un mostrador blanco y, tras él, una mujer joven y rubia que mataba el tiempo pintándose las uñas. <br/>- Buenas tardes – saludó Leonardo-. Estoy buscando el despacho de la señorita Quartermain. <br/>- Espere un instante – le respondió la recepcionista, haciendo una mueca de fastidio. <br/>La mujer tecleó algo en la consola de comunicación y habló brevemente, a través del micrófono que colgaba junto a su boca pintada de cereza. <br/>- La señorita Quatermain está en una reunión en este momento. De todas formas, si quiere esperarla, puede sentarse allí – la mujer señaló unos butacones en la otra punta del vestíbulo.<br/>- Gracias. <br/><br/>A Leonardo la espera se le hizo tremendamente larga. Consultó su reloj de pulsera varias veces, descubriendo que el minutero avanzaba muy lentamente. Leyó sin demasiado interés algunas de las revistas electrónicas que se ofrecían a los visitantes. La mayoría incluían artículos y entrevistas a famosos del mundillo de la prensa rosa. Gente que no cantaba, ni bailaba, ni escribía… no hacían nada más que salir en las revistas, posar como su madre los trajo al mundo y participar en estúpidos concursos que acaparaban la atención de miles de televidentes aburridos. Había un par de Playboys que ofrecían fotos en exclusiva de las últimas bellezas. Leonardo pasó las páginas, hastiado de tanta silicona. Pero detuvo el botón de avance de improviso. En el número del mes anterior, aparecían unas fotos que atrajeron todo su interés. Si aquella belleza no era Sinera él no se llamaba Leonardo. Posaba desnuda, mostrando sus agallas sin pudor, rodeada de algas de plástico y de fondos de cartón piedra. Sintió una punzada inexplicable en el corazón. ¿Por qué no se lo había contado? No había nada malo en que hubiera posado para una revista. ¿O sí? <br/>Sus pensamientos fueron interrumpidos de pronto por la voz femenina que surgió de un altavoz. Era la recepcionista.<br/>- La señorita Quatermain le espera en su despacho – dijo la voz. La imagen de Sinera desapareció de la pantalla de cuarzo líquido y en su lugar apareció un pequeño plano de la planta de Bursátil Inc. indicándole dónde debía dirigirse. <br/><br/>El despacho de Thelma Quatermain era mucho más lujoso de lo que Leonardo se había imaginado. La mesa de polímero imitando la madera de balsa era impresionante. En las paredes colgaban cuadros originales de pintores famosos y los asientos eran de cuero sintético naturalizado. Thelma estaba sentada en un enorme butacón, que aún olía a nuevo, jugueteando con una pluma de aspecto muy caro. <br/>- Buenas tardes, señor Graves – saludó la mujer, sonriendo -. Por supuesto, en Bursátil Inc. no se nos pasa nada por alto, como podrá ver. <br/>- Ya veo, es excelente el servicio de información del que disponen. <br/>- Es importante conocer a nuestros clientes a fondo para poder satisfacer sus necesidades. <br/>- Entonces sabrá que no he venido a invertir ¿no? –dijo Leonardo, con cierta ironía. <br/>- Efectivamente. Creo que tiene interés en conocer mi relación con Milton. ¿Me equivoco?<br/>- No.<br/>- Conocí a Milton en una fiesta. Me habían contratado como acompañante para un viejo que no se aguantaba ni los pedos. Milton era uno de los invitados. Iba muy cargado y, mientras lo hacíamos en uno de los excusados, se mareó. Le acompañé a casa, lo acosté y a día siguiente me contrató como secretaria personal.<br/>- Y después la dejó por otra.<br/>- Miltón era muy caprichoso. Y se cansaba de todo muy rápidamente. Se puede decir que lo mío fue un rotundo éxito porque le duré más que la mayoría. Me dejó muy bien colocada, económicamente hablando, y gracias a su prestigio conseguí el trabajo que ahora tengo. <br/>- ¿No se sintió herida al ser abandonada por la sirena que pasó a ser la siguiente amante?<br/>- No, por supuesto que no. <br/>- Tengo cierta información que asegura que se presentó en una fiesta y se desnudó frente a él en estado de embriaguez.<br/>- Eso fue una tontería. <br/>- No lo niega<br/>- ¿Por qué debería hacerlo? No me arrepiento ni me avergüenzo de mis actos. Estaba borracha, eso es todo. ¿No se ha emborrachado nunca?<br/>- Sí, pero no me he desnudado en público.<br/>- Pues debería hacerlo. Resulta divertido. <br/>- ¿Tiene usted alguna sospecha de quien pudo haber asesinado al señor LaFiffa? <br/>- Por supuesto, la sirena. No debió encajar demasiado bien que Milton se la quisiera sacar de encima. <br/>- Así pues ¿había una nueva mujer en la vida de Milton?<br/>- Bueno, siempre habían dos o tres. La favorita, que disfrutaba de todas las ventajas de ser amante de un ricachón, y tres o cuatro ocasionales. Una noche trajo a dos mulatas para que se lo hicieran conmigo. <br/>- Ahórreme los detalles – dijo Leonardo, evitando la mirada lasciva de la mujer-. Pero sí le agradecería que me contase si tenía alguna relación con la esposa del señor LaFiffa.<br/>- ¿Alana? ¡Vaya putón! Se lo hace con cualquiera que se cruce en su camino. Le gustan todos y todas. ¿Quiere saber una cosa? Se lo hace con la doncella, esa filipina bajita que no habla nunca. He oído decir que ambas trabajaron en el porno duro. La doncella cayó en desgracia por un asunto de pantalones y la despidieron. Alana se hizo cargo de ella, la contrató de por vida y, cuando no tiene a nadie más a mano, busca el consuelo de su amiga y sirvienta. <br/>- ¿Lo intentó con usted?<br/>- Sí. <br/>- ¿Y?<br/>- Acepté, por supuesto. Será lo que sea pero también es una verdadera fiera en la cama. <br/>- ¿Mantienen aún una buena relación?<br/>- Bueno, si se le puede llamar relación… Viene a verme algunas veces, pero sólo por diversión. Y paga bien. <br/>- Ya veo, una relación de negocios.<br/>- Digamos que una relación ambivalente -Thelma soltó una risita-. Si no tiene más cosas que preguntarme, demos por terminado esta entrevista. Tengo una reunión dentro de diez minutos.<br/>- Gracias por dedicarme su tiempo –respondió Leonardo, tendiéndole la mano-. Espero poder entrevistarme de nuevo con usted si necesito algo más de información.<br/>- Sólo tiene que llamarme – Thelma le tendió una tarjeta digital-. En la tarjeta están todos mis datos profesionales. Con ella puede concertar una entrevista con mi secretaria. <br/><br/>Leonardo bajó pensativo en el ascensor. Como más averiguaba de la familia de LaFiffa y allegados, más creía estar sumergiéndose en un mundo de pesadilla. ¿Por qué estaban todos tan obsesionados con el sexo? Salvo Bosley, cuya única perversión era la glotonería, todos estaban liados prácticamente con todos. <br/>Al salir del edificio se cruzó con el guarda de seguridad que le había cacheado al entrar. Lo miró de soslayo y el hombre le dedicó una radiante sonrisa al tiempo que le guiñaba un ojo con complicidad.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[CAPÍTULO X: CONOCIENDO NUEVOS DETALLES]]></title><link rel="Un caso muy húmedo" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" title="Un caso muy húmedo"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200503]]></issued><modified><![CDATA[200503]]></modified><created><![CDATA[200503]]></created><summary><![CDATA[CAPÍTULO X: CONOCIENDO NUEVOS DETALLES]]></summary><author><name><![CDATA[Xquick]]></name></author><dc:subject><![CDATA[CAPÍTULO X: CONOCIENDO NUEVOS DETALLES]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/unanovela/c_11.htm"><![CDATA[Thelma Quatermain trabajaba, desde su despedida como secretaria y amante de LaFiffa, en una multinacional dedicada a inversiones bursátiles. A Leonardo le costó un par de días, y todas sus influencias, localizarla. El amigo de un amigo le puso en contacto con una prostituta del West-End de la ciudad que conocía a Thelma. Ambas habían compartido apartamento antes de que Milton descubriera las capacidades de Thelma. <br/>La prostituta le citó en un bar, tras mostrar cierta reticencia a hablar de su antigua amiga y compañera.<br/>El bar era ciertamente un antro. No sólo era la falta de luz y de higiene lo que lo convertía en un sitio poco grato. Era el ambiente mismo, cargado del humo de tabaco, del olor rancio de cerveza y de fritangas. Aunque después de la visita a Bosley, los olores eran lo que menos preocupaba a Leonardo. <br/>La mujer le esperaba sentada en un reservado del fondo del local. La mesa de cristal en la que apoyaba su vaso estaba débilmente iluminada por un foco que pendía del techo. Una flor de plástico, en un jarrón de porcelana de pésimo gusto, compartía la decoración con el cenicero rebosante de colillas sobre la mesa. Leonardo se sentó en un taburete, frente a la mujer. <br/>- Venga, tú dirás – le espetó la mujer por toda bienvenida-. No tengo mucho tiempo, que los clientes aguardan.<br/>- Bien, sólo necesito que me diga dónde puedo localizar a Thelma Quatermain. Y me gustaría que me hablara un poco de ella.<br/>- ¿Es usted detective, eh? No me gustan los detectives, siempre andan metiendo sus narices donde no les llaman. <br/>- Sólo quiero un poco de información. – Leonardo deslizó un billete de 100 euros sobre el cristal sucio de la mesa. La mujer tardó un suspiro en recogerlo y esconderlo en el generoso canalón de su escote. <br/>- Thelma era una buena chica. Muy solicitada. Nunca tuve ocasión de hacer un trío con ella, porque decía que la amistad no se mezcla con el trabajo, pero dicen que era una tigresa. Y debe seguir siéndolo. <br/>- ¿Por qué?<br/>- Bueno, el que esté en Bursátil Inc. lo dice todo ¿no? Allí no entra nadie que no tenga una recomendación espléndida o que no se haya acostado con algún pez gordo. <br/>- ¿Y ella está recomendada o se ha acostado?<br/>La carcajada de la mujer reverberó en la sala. Estuvo riendo durante unos minutos, golpeándose el muslo con la mano. <br/>- ¡Qué ingenuo eres, corazón! – dijo cuando consiguió controlar la risa -. Es evidente que no la conoces. <br/>- No, no la conozco. Por eso le pido que me hable un poco de ella. <br/>- Thelma tiene una habilidad innata. Yo de usted me guardaría muy mucho de caer en sus redes. Le convertiría en un pelele. <br/>- Continúe – le animó Leonardo.<br/>- Cuando vivíamos juntas, se llevaba los mejores clientes y me hizo algunas malas jugadas… Pero era también una compañera muy divertida y pagaba el alquiler por las dos. Podía hacerlo. El millonetis apareció de la nada, no sé dónde le conoció. Dos o tres días después hizo el petate y se marchó. Me dejó un abultado sobre encima de la mesa, con suficiente dinero para pagar el alquiler durante seis meses. <br/>- Una mujer generosa ¿eh?<br/>- Bueno, me tiene aprecio. <br/>- ¿Está en contacto con ella ahora?<br/>- Bueno, a veces, viene por casa y le cedo algunos clientes. Siempre dice que la vida, desde que está en Bursátil Inc. no es tan divertida como antes. Que le relaja hacérselo con desconocidos de vez en cuando. Ella trabaja y yo cobro. ¿No está mal, eh?<br/>- Tienen ustedes una relación ciertamente peculiar. <br/>- Llámalo como quieras. Y si ya has terminado el interrogatorio, podríamos subir y echar un polvo. –sugirió la mujer, sonriendo pícaramente-. Estás lo suficientemente bueno como para hacértelo gratis. <br/>- No, gracias – respondió Leonardo, levantándose-. Quizás en otra ocasión.<br/>- Pásate por aquí cuando quieras. Me voy, que tengo trabajo.<br/>Leonardo contempló a la mujer mientras subía las oscuras escaleras que llevaban a la planta superior. Salió del local, suspirando aliviado y aspirando con ansia el aire de la calle.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[CAPITULO IX: SORPRESA BAJO LA MESA]]></title><link rel="Un caso muy húmedo" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" title="Un caso muy húmedo"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200503]]></issued><modified><![CDATA[200503]]></modified><created><![CDATA[200503]]></created><summary><![CDATA[CAPITULO IX: SORPRESA BAJO LA MESA]]></summary><author><name><![CDATA[Xquick]]></name></author><dc:subject><![CDATA[CAPITULO IX: SORPRESA BAJO LA MESA]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/unanovela/c_10.htm"><![CDATA[Leonardo se sobresaltó al notar algo que se apoyaba suavemente en su entrepierna. Bajó la mirada y vio que el pie descalzo de Alana se había posado allí. No tardó en comenzar a juguetear con los dedos. La masculinidad de Leonardo, que no era de piedra, comenzó a crecer dentro de los pantalones. Leonardo se sonrojó ligeramente y miró a la mujer. Ella estaba muy relajada en su silla y una sonrisa juguetona asomaba en sus labios. <br/>- Alana, me tendrá que disculpar, pero… si me distrae seré incapaz de terminar esta entrevista – susurró casi tartamudeando Leonardo. <br/>- ¿No le gusta? Es una de mis virtudes. Nací con los pies casi prensiles… Herencia de mi padre. Y los he entrenado a conciencia para que tengan prácticamente la misma flexibilidad que los dedos de mis manos. – mientras hablaba, los juguetones dedos de sus pies habían encontrado la bragueta y se disponían a abrirla con una tremenda facilidad. <br/>- No, si no se trata de que no me guste, pero me es imposible concentrarme… - musitó Leonardo, cada vez más excitado. <br/>- Relájese, hombre. Es usted muy atractivo. Y encuentro fascinante ese tostado color suyo de piel. ¿Quizá herencia africana?<br/>- Sí – apenas pudo pronunciar Leonardo. <br/>Ambos quedaron en silencio. Alana contemplaba el rostro de Leonardo divertida. Leonardo cerró los ojos. Aquel pie travieso había apresado su turgente y duro pene y… no él no se sentía con fuerzas de detenerlo. Finalmente Leonardo lanzó un bramido contenido y manchó los dedos manicurados y largos de los pies de Alana. <br/>- ¡Cielos! – exclamó Leonardo, jadeando.<br/>- Una nueva experiencia ¿eh? – comentó ella, limpiándose el pie con una servilleta y volviéndolo a calzar. <br/>- Si pretendía sorprenderme, lo ha conseguido.<br/>- No era exactamente mi intención, Leonardo. ¿Qué le parece si ahora usted me devuelve el favor?<br/>Leonardo no tuvo que contestar. Alana se acercó a él, levantándose el vestido más arriba de las caderas. No llevaba bragas y el detective descubrió un rasurado pubis en el que la mujer tenía tatuada una flor de lis negra. Nuevamente excitado la apoyó contra la lisa pared de la terraza. Ella enlazó las piernas alrededor de la cintura masculina. Los macizos pechos de la mujer se liberaron de la escasa y fina tela que los cubría. Ella gemía y, entrecortadamente, le animaba a seguir. Él no contuvo esta vez sus aullidos de placer. Cuando Leonardo estaba a punto de repetir orgasmo se abrió la puerta de la terraza. <br/>La doncella entró y los miró con indiferencia.<br/>- Señora, hay un caballero que quiere hablar con usted. <br/>- Un momento, Clarita – contestó Alana entre gemidos – Un momento que acabo.<br/>Alana animó a Leonardo para que siguiera y este, tratando de ignorar a la criada, continuó hasta que la mujer lanzó un aullido potente y quedó relajada entre sus brazos. Leonardo acalló un grito en el cuello perfumado de Alana. <br/>Ambos se separaron. Leonardo, de vuelta a la cordura, se sintió estúpido con los pantalones bajados y el miembro al aire. Se apresuró a vestirse mientras Alana colocaba bien la falda del vestido y metía los pechos nuevamente en su lugar, bajo la liviana tela. <br/>- Bien, Leonardo, tendremos que dejar nuestra entrevista para otro momento – comentó la mujer.<br/>- Cuando le parezca bien – respondió Leonardo, azorado. <br/>- Como registré su número de teléfono, ya le llamaré.<br/>Con un gesto altanero, Alana dio fin a la visita. Se acercó a la doncella y cogió la tarjeta que esta le tendía. <br/>Leonardo abandonó la terraza y se encaminó hacia la salida. En el vestíbulo se tropezó con un hombre. La visita de Alana. Debía rondar la cincuentena. Ambos hombres se saludaron y Leonardo abandonó la casa. <br/>No había averiguado gran cosa, sólo había conseguido una versión personal de algunos detalles por parte de Alana. Y había disfrutado del mejor polvo de los últimos tres años. Seguro que aquella mujer era una caja de sorpresas y probablemente aún tenía más por descubrir.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[CAPITULO VIII: CONOCIENDO A ALANA]]></title><link rel="Un caso muy húmedo" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" title="Un caso muy húmedo"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200503]]></issued><modified><![CDATA[200503]]></modified><created><![CDATA[200503]]></created><summary><![CDATA[CAPITULO VIII: CONOCIENDO A ALANA]]></summary><author><name><![CDATA[Xquick]]></name></author><dc:subject><![CDATA[CAPITULO VIII: CONOCIENDO A ALANA]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/unanovela/c_9.htm"><![CDATA[Alana vivía en la zona costera de los acantilados. Su residencia, una hermosa casa estilo colonial con amplias terrazas, estaba construida justamente encima del abismo y desde la terraza posterior había una larga caída vertical hasta el océano. <br/>Abrió la puerta una doncella bajita y rechoncha, vestida con cofia y delantal. La mujer, que no sonrió ni una sola vez aunque era ceremoniosa en extremo, lo acompañó hasta una sala profusamente iluminada por la luz solar. Era un lugar austero, en cuanto a decoración, pero que denotaba dinero y buen gusto. Las paredes estaban pintadas de color verde mar y, a pesar de la suavidad del tono, este contrastaba con el blanco prístino y casi doloroso de techo y suelo. En una de las paredes se alzaba una chimenea de mármol blanco, que no parecía haber sido usada nunca. Sólo le faltaba el embalaje de fábrica. A su alrededor se agrupaban varios sillones, de aspecto mullido y cómodo, tapizados con tela brillante de un tono verde algo más oscuro que las paredes. Una mesita de café, probablemente de carey, completaba el conjunto. Sobre la mesita una vela solitaria en un cuenco de cerámica verde. <br/>Leonardo, atraído por los ventanales de la habitación, que se extendían de punta a punta de la pared frontal, no se sentó en los sillones. El panorama desde allí era impresionante. La bahía se abría al mar, cobijando entre sus dos brazos rocosos  veleros y barcos. Unas nubes blanquecinas, como algodón deshilachado, se amontonaban perezosas en el horizonte. El resto del cielo era de un intenso azul. <br/>Alana sorprendió a Leonardo doblemente. Porque no la oyó entrar y por otros motivos. Al margen de las múltiples operaciones que la habían modelado, no se podía desdeñar su imponente y atractiva figura. Era esbelta y casi tan alta como Leonardo, que se sentía orgulloso de su buen metro noventa. Y su figura perfecta –aunque creada a golpe de talonario- no pretendía esconderse en el convencionalismo del vestir. Alana vestía un escueto vestido, de satén azul oscuro, que mostraba la espalda al completo y marcaba lujuriosamente los pechos turgentes. Las piernas, torneadas, largas y bronceadas apenas estaban cubiertas por la liviana tela, ya que el vestido sólo cubría los primeros centímetros de muslo. El cabello, de un resplandeciente rubio dorado, caía en largas y lisas guedejas sobre la espalda desnuda y sobre el generoso escote. Pero era el rostro lo que más atrajo la mirada de Leonardo, aunque competía insistente con la perspectiva de los voluminosos pectorales de la mujer. <br/>En aquel rostro, Leonardo descubrió algo de la dureza que le había transmitido su voz. Era un rostro hermoso pero anguloso, de pómulos altos, nariz recta y barbilla firme. Y tenía un aire de crueldad que no sólo reflejaban unos labios de sonrisa despiadada, sino la claridad de unos ojos glaciales, de un azul pálido, que le miraban directamente a las pupilas. <br/>- Buenas tardes, señor… <br/>- Graves, Leonardo Graves – se presentó el detective. <br/>- Bien, Leonardo, si le parece podemos sentarnos en la terraza a charlar – invitó ella –. Por lo que veo le ha gustado el panorama que se disfruta desde aquí.<br/>- Ciertamente es espectacular.<br/>- Hoy hace un día magnifico para estar fuera y disfrutar del sol – Alana se acercó a la chimenea y oprimió un botón–. Pediré que nos traigan algo de beber. ¿Qué prefiere?<br/>- Si no tiene inconveniente, me tomaré un refresco de cola – contestó Leonardo.<br/>- Perfecto…<br/>La doncella entró a los pocos minutos, tomó nota de lo que la señora quería y volvió a salir tan silenciosamente como había entrado. Alana y Leonardo salieron a la amplia y soleada terraza. En uno de los extremos había una mesa flanqueada por tres sillas. Del centro de la misma sobresalía un parasol cerrado. Alana no se preocupó en abrirlo y se sentó en una de las sillas. Leonardo la imitó.<br/>- Pues usted dirá, Leonardo, qué puedo contarle al respecto de la desafortunada muerte de mi marido, que en paz descanse – dijo ella con un falso tono de tristeza. <br/>- Bien, como le conté escuetamente por video-teléfono, estoy investigando el asesinato de su marido. Y todos los detalles que pueda conocer sobre él y sobre sus actividades pueden ser de utilidad para esclarecer el caso.<br/>- Cuente con mi colaboración, por supuesto. <br/>En aquel preciso instante llegó la doncella con las bebidas. Dejó la bandeja sobre la mesa y se retiró nuevamente. Leonardo prosiguió la conversación truncada. <br/>- Aunque he revisado el expediente de la policía y el informe del forense, sé que usted fue una de las primeras personas que vio el cadáver. Y me gustaría conocer sus impresiones. Quizás algún detalle que usted vio puede ayudarme.<br/>- Bueno, de hecho fui a la casa porque me llamó Koldo muy nervioso. La policía acababa de llegar a la residencia. Me bombardearon a preguntas. Y sí, vi el cadáver, aunque no fui la primera… Creo que, en realidad, a Milton lo encontró la chica sirena. <br/>- ¿Qué relación tenía usted con esa chica? Tengo entendido, y perdone mi grosería, que era amante de su marido.<br/>- ¡Bah! No se preocupe. Mi marido y yo siempre fuimos un matrimonio liberal. No es un secreto que yo tengo mis pasatiempos y él no se quedaba corto. La chica sirena era su amante, sí. Una hermosa mujer. Yo no la conocía apenas, aunque había hablado un par de veces con ella. Nunca me molestaron los caprichos de mi marido, especialmente porque él toleraba los míos… <br/>- ¿Sólo habló un par de veces con ella? – se arriesgó a preguntar Leonardo, a fin de corroborar la historia de Sinera. <br/>- Digamos que sí… Aunque le aseguro que me hubiera gustado hacer algo más que charlar. Desde luego, es bien conocida mi afición por lo exótico. Quizá se me contagió de Milton.<br/>- ¿Tuvo relaciones con ella? –insistió Leonardo. <br/>- Ya me hubiera gustado. Pero se negó y no la forcé. A mí lo que me gustan son las amantes sumisas, dispuestas a cumplir mis caprichos. Si no, no me interesan. La tenté, para qué negarlo, pero la chica parecía muy poco dispuesta. Lo dejé estar.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[CAPITULO VII: CONCERTANDO ENTREVISTA]]></title><link rel="Un caso muy húmedo" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" title="Un caso muy húmedo"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200503]]></issued><modified><![CDATA[200503]]></modified><created><![CDATA[200503]]></created><summary><![CDATA[CAPITULO VII: CONCERTANDO ENTREVISTA]]></summary><author><name><![CDATA[Xquick]]></name></author><dc:subject><![CDATA[CAPITULO VII: CONCERTANDO ENTREVISTA]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/unanovela/c_8.htm"><![CDATA[Después de su entrevista con Bosley LaFiffa, que no aportó nada extraordinario, aunque le corroboró la desavenencia existente entre padre e hijo –cosa de la que se había hablado mucho en las revistas del corazón-, Leonardo pensó en contactar con la madre, Alana. <br/>No le resultó excesivamente difícil encontrar sus datos, gracias a un amigo que trabajaba en la red mundial de comunicaciones, que abarcaba desde el servicio del útil y corriente video-teléfono hasta las conexiones sensoriales de la red. Y, por supuesto, una empresa en la que se cocían muchas cosas y no todas comestibles. <br/>Alana, muy al contrario de lo que esperaba, no puso objeción a una entrevista. Como se acostumbraba, cuando el número no estaba registrado en memoria, Alana no encendió el vídeo y la conversación, en ningún momento, fue visual. Pero la cadenciosa voz femenina le pareció cargada de autoridad y detectó cierta prepotencia. Era, sin duda, una mujer cuya voz reflejaba un carácter duro e indomable. <br/>Se convino que él vendría a verla a las cinco de la tarde del día siguiente. <br/>Sinera le había contado algo que añadía nuevos datos a su ya abultado expediente. La sirena no sólo había tenido que torear con las aproximaciones de Bosley. También con las de la madre. Parecía ser que a Alana le gustaba tanto el pescado como la carne, por decirlo de alguna forma, y aquel pescadito le había parecido especialmente apetitoso. Esta vez no hizo falta la inesperada llegada de Koldo para detener a la mujer. Alana no tenía intención de usar la fuerza con Sinera. Pero sí sus peculiares dotes persuasivas, entre ellas el dinero. Ofreció a Sinera una cantidad más que atractiva a cambio de mantener relaciones sexuales con ella. Leonardo percibió cierta vacilación en los ojos de Sinera cuando le confesó que no había aceptado el trato. Ese titubeo le pareció que significaba que sí había aceptado y que no quería confesarlo. Se preguntó si habría algún motivo especial para que ella mintiera. No existían motivos que pudieran impulsar a la chica a esconderle sus inclinaciones sexuales. Aunque sí es cierto que afectó a Leonardo en cierta medida.]]></content></entry><entry><title><![CDATA[CAPITULO VI: DE REGRESO AL HOGAR]]></title><link rel="Un caso muy húmedo" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" title="Un caso muy húmedo"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200503]]></issued><modified><![CDATA[200503]]></modified><created><![CDATA[200503]]></created><summary><![CDATA[CAPITULO VI: DE REGRESO AL HOGAR]]></summary><author><name><![CDATA[Xquick]]></name></author><dc:subject><![CDATA[CAPITULO VI: DE REGRESO AL HOGAR]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/unanovela/c_7.htm"><![CDATA[Cuando llegó a casa, después de su entrevista con Bosley LaFiffa, Sinera estaba picando unos boquerones mientras miraba la televisión. Leonardo se dirigió a la cocina, en busca de una cerveza fría. Pero las cervezas estaban calientes porque alguien las había sacado del refrigerador para colocar una cantidad enorme de fiambreras llenas de comida. Había varitas de merluza con salsa de algas, medallones de rape a la crema de caviar, boquerones confitados con holoturias de mar... Sin duda, Sinera no sólo era aficionada al pescado sino también a las artes culinarias. Advirtió que los dos chuletones aún estaban en el fondo del congelador y dio gracias al cielo. <br/>Aunque no tenía ni un ápice de apetito... y lo que le apetecía era una cerveza... rubia, fría y espumosa. Metió las latas en la nevera, apretujando los tupperwares. Y aunque no tenía ganas de bajar, salió a comprar un par de cervezas en una de las máquinas expendedoras del vestíbulo.<br/>Una vez provisto de bebida, se sentó en el sofá junto a Sinera. La muchacha estaba viendo un programa-concurso de esos que tanto furor causaban entre los telespectadores. Hubiera cambiado el canal sino hubiese sido por la mirada pseudo-hipnotizada de Sinera, que apenas parpadeaba. <br/>- Sinera ¿se encuentra bien? – se decidió a preguntar.<br/>- Sí – fue la escueta respuesta, casi un susurro.<br/>- No debería ver tanto la tele, es malo para la salud.<br/>- Es absolutamente fabuloso – comentó ella, llevándose un boquerón a los labios sin apartar los ojos del televisor<br/>- ¿No había visto nunca la tele?<br/>- No <br/>- ¿Ni siquiera en casa de LaFiffa?<br/>- ...<br/>- Dígame – insistió<br/>- ...<br/>Leonardo se hizo con el mando a distancia y apagó el aparato.<br/>- ¿Por qué ha apagado la tele? – se quejó ella.<br/>- Creo que ha tenido más que suficiente por hoy. ¿No se ha dado cuenta de que prácticamente estaba catatónica?<br/>- Me gusta la tele. Es fascinante.<br/>- Antes le he preguntado si no había visto nunca la tele.<br/>- Nunca. En Acuaria no tenemos nada parecido.<br/>- ¿Y en casa de LaFiffa? <br/>- Nunca la vi allí. Cuando Milton no estaba, yo pasaba todo el tiempo en el acuario. Y cuando venía, pasábamos todo el rato en el dormitorio o en la piscina. <br/>- Ya... Por cierto, hoy me he entrevistado con Bosley, el hijo de LaFiffa. <br/>- Vaya, ya ha conocido al hombre elefante – comentó ella desdeñosamente.<br/>- He conocido a Bosley, sí – dijo Leonardo sin hacer caso del comentario–. Y parece que no le tiene a usted mucho aprecio.<br/>- No sólo es un gordo glotón sino también un libidinoso. Intentó hacerselo conmigo en dos ocasiones, mientras su padre estaba de viaje de negocios. Debería haberlo visto la segunda vez... se metió desnudo en mi pecera, con un equipo de respiración autónoma... Consiguió sacarme del agua. Quizás el agua no sea su elemento pero es difícil resistirse a alguien tan voluminoso. Intentó poseerme sobre el sofá de la sala, frente a mi pecera. Me ató pero me libré por los pelos.<br/>- Así que al hijo también le gustaba ¿eh? – comentó Leonardo, pensando que a él también -.  Por cierto, simple curiosidad ¿cómo se libró?<br/>- Porque en ese momento llegó Koldo... <br/>Leonardo estaba cansado. Tenía ganas de meterse en la cama y dormir hasta bien entrada la mañana siguiente. <br/>- Buenas noches. Si quiere ver la tele, por mí hágalo  – dijo de camino a su dormitorio –, pero no le aconsejo que lo haga.<br/>- Quizá sólo un ratito... – dijo ella con desgana. <br/>- Usted verá...<br/>La mullida cama acogió el cansado cuerpo de Leonardo. Se arropó, desnudo entre las suaves frazadas. Apenas programó el despertador, cayó casi instantáneamente en un sopor delicioso.<br/>En el salón, Sinera encendió de nuevo el televisor. Pero esta vez no consiguió dejarse seducir por el programa de turno –el concurso ya había terminado-. Los pensamientos bullían en su cabeza... y sentía una extraña desazón que, desde que había conocido a Leonardo, controlaba a duras penas. La televisión le había servido para inhibirse de aquella extraña atracción, pero sólo temporalmente. <br/>Lo cierto es que los terrestres siempre le habían disgustado bastante. Había sido relativamente fácil complacer a LaFiffa, porque la visitaba de tarde en tarde y ella hacía de tripas corazón. Y le convenía. Se las había arreglado con Bosley para evitar que la violara. Alana era harina de otro costal... Pero con Leonardo sentía una extraña y desconocida sensación. <br/>Invadida por sus pensamientos, cerró la tele y se recostó en el sofá. Luego, pensó que lo mejor sería descansar un poco. Entró en el baño, se despojó de la ropa y se metió en las frescas aguas del jacuzzi. Su cuerpo quedó totalmente sumergido en el agua. Pequeñas burbujitas surgían de sus costados. No encendió el motor que ponía en marcha el sistema de masaje. No lo necesitaba. Prefería el silencio. Echaba en falta su mar y el recuerdo de las profundidades marinas le produjo un pinchazo de nostalgia. El océano no era compatible con Leonardo, que era terrestre. Y ella no tenía mucho tiempo si no conseguía algo mejor que ese jacuzzi. Como mucho podría alargar su estancia si lo utilizaba con regularidad, pero no era la panacea. No podría estar soportar estar fuera de su elemento sin unas condiciones más adecuadas. Por un instante se sintió como el salmón que coletea entre las zarpas del oso...]]></content></entry><entry><title><![CDATA[CAPITULO V: EL HIJO DEL MAGNATE]]></title><link rel="Un caso muy húmedo" type="text/html" href="http://blogs.ya.com/unanovela/atom.xml" title="Un caso muy húmedo"/><id><![CDATA[]]></id><issued><![CDATA[200503]]></issued><modified><![CDATA[200503]]></modified><created><![CDATA[200503]]></created><summary><![CDATA[CAPITULO V: EL HIJO DEL MAGNATE]]></summary><author><name><![CDATA[Xquick]]></name></author><dc:subject><![CDATA[CAPITULO V: EL HIJO DEL MAGNATE]]></dc:subject><content type="application/xhtml+xml" xml:lang="sp" xml:base="http://blogs.ya.com/unanovela/c_6.htm"><![CDATA[Al primero que visitó fue a Bosley. Gracias a par de confidentes –que le debían algunos favores- supo dónde encontrar al vástago del magnate. Estaba hospedado en el  Ritz con una amiguita suya.<br/>El Ritz ya no era lo que había sido en el siglo XX pero seguía manteniendo unos precios astronómicos. Su clientela era menos escogida, aunque todos con los bolsillos muy bien forrados –de billetes-. <br/>Bosley estaba instalado en una de las habitaciones desde hacía quince días. Había venido con una amiga y ambos permanecían las 24 horas del día encerrados en la habitación, pidiendo que la comida –en cantidades ingentes- les fuera subida. Por lo que charló, previamente, con el servicio del hotel, la pareja no era muy apreciada y el único que estaba aún satisfecho era el cocinero, cuyos platos devoraban con fruición. Bosley, que no daba propinas nunca, había deslizado, en un par de ocasiones, un billetito de 500 Euros para el cocinero. Y este se esmeraba en preparar platos abundantes y suculentos para la pareja. Uno de los camareros le contó que Bosley y su compañera –una rubicunda joven de 200 kilos- habían creado cierto “clima” indeseable en el apartamento del hotel y que él se había negado a volver a subirles el carrito con la comilona. <br/>Ese comentario, que el camarero se negó a precisar, le llenó de curiosidad. Decidió que ya era hora de visitarles pero no quería presentarse ante ellos como detective privado, así por las buenas. Por eso le pidió al único de los camareros que aún accedía a subirles la comida, que le dejara suplantarle un rato. El hombre no puso objeción ninguna a la petición e incluso lanzó un suspiro de alivio al verse liberado de la obligación. <br/>Vestido con un impoluto uniforme blanco, Leonardo llamó a la puerta de la habitación. Una voz ronca le gritó que pasara. Realmente los camareros no habían exagerado ni un ápice sus poco precisas descripciones. El tufo a pedos que se condensaba en aquella habitación era prácticamente irrespirable. Bosley, mientras Leonardo aparcaba el carrito junto a la mesa, levantó su grueso y celulítico trasero del butacón en el que estaba empotrado y soltó una sonora y apestosa ventosidad. La mujer parecía más comedida y un rubor tiñó sus carnosas mejillas cuando un enorme cuesco escapó con un silbido entre las orondas nalgas femeninas. Leonardo comenzó a marearse. Pero tenía que hablar con Bosley.<br/>- Venga, camarero, sírvanos ya la pitanza – dijo Bosley, blandiendo entre los dedos amorcillados de la mano un tenedor grasiento –. Estamos hambrientos y parece que en este maldito hotel nos quieren matar de hambre.<br/>- Mr. Bosley, le sirvo de inmediato – le contestó Leonardo con su mejor interpretación de camarero de categoría-. Si me lo permite, desearía ofrecerle mis más sinceras condolencias.<br/>- ¿Y eso? – dijo el gordo.<br/>- Perdone mi indiscreción. Pero me enteré que el padre de usted murió hace poco y quería decirle cuanto lo siento.<br/>- Yo no lo siento en lo más mínimo – contestó Bosley  –. Mi padre era un cerdo y lo único bueno que me ha dejado es una renta que me permitirá comer a gusto durante toda mi vida.<br/>- Eso, eso – añadió la mujer, masticando con deleite el entrecot de su plato –. Tu padre te dejó poco más. Entre la arpía de tu madre y la bruja de la amante, la marina esa, seguro que se han embolsado lo gordo. Seguro. <br/>- Calla, gorda – le ordenó Bosley a su amiga–. Ni siquiera conociste a papá. Y suerte tienes que puedes comer a mi costa...<br/>La mujer pareció muy ofendida por ese comentario y calló de inmediato, sumergiendo su interés en el plato que, rápidamente, estaba quedando rebañado. Leonardo se apresuró a llenarle otra vez el plato. <br/>- Camarero ¿cómo te llamas? – le preguntó Bosley, entre bocado y bocado.<br/>- Esteban – respondió Leonardo.<br/>- Esteban, te agradezco el respeto que me has demostrado con tus condolencias, majo. Espero que no lo hayas hecho para que te dé propina.<br/>- ¡Oh, no! – exclamó Leonardo, intentando parecer ofendido.  <br/>- Entonces, gracias. Me gusta la gente sincera y que no va detrás de mi dinero. Y casi todo el mundo lo único que espera de mí es que les suelte algún billete... Por cierto, quizá tú puedas hacer algo por mí, ya que te veo tan majete. Me gustaría localizar a la sirena y averiguar porqué mató a mi padre. Me importa un pito si se murió, lo que me fastidia es que lo hiciera antes de convencerlo para cambiar el nombre del beneficiario de su póliza. <br/>- Bueno, Mr. Bosley, podría preguntar a algunos amigos...<br/>- Pregunte pues y avíseme si alguien la localiza. Estoy deseando que la condenen, la encierren y tiren la llave de la celda. – el gordinflas rió mostrando unos dientes entreverados de restos de comida. <br/>Leonardo salió de aquella habitación con el deseo de no tener que volver a entrar jamás. El hedor era más de lo que podía soportar un ser humano normal y se dirigió a la carrera a los aseos más próximos. No pudo evitar que su estómago arrojara hasta la primera papilla. Una vez aliviado y refrescado, se dirigió a las dependencias del servicio. <br/>Una cosa parecía bastante obvia: Bosley, a pesar de sus desavenencias con el padre, no era el asesino. Aquella mole de grasa y carne no podía cumplir el cometido por sí mismo y, por lo que parecía, no odiaba en realidad a su padre sino a Sinera... Tenía que averiguar por qué esa misma noche. Si hubiera deseado matar a alguien estaba claro que la hubiera eliminado a ella.]]></content></entry></feed>
