CAPÍTULO X: CONOCIENDO NUEVOS DETALLES
Thelma Quatermain trabajaba, desde su despedida como secretaria y amante de LaFiffa, en una multinacional dedicada a inversiones bursátiles. A Leonardo le costó un par de días, y todas sus influencias, localizarla. El amigo de un amigo le puso en contacto con una prostituta del West-End de la ciudad que conocía a Thelma. Ambas habían compartido apartamento antes de que Milton descubriera las capacidades de Thelma.
La prostituta le citó en un bar, tras mostrar cierta reticencia a hablar de su antigua amiga y compañera.
El bar era ciertamente un antro. No sólo era la falta de luz y de higiene lo que lo convertía en un sitio poco grato. Era el ambiente mismo, cargado del humo de tabaco, del olor rancio de cerveza y de fritangas. Aunque después de la visita a Bosley, los olores eran lo que menos preocupaba a Leonardo.
La mujer le esperaba sentada en un reservado del fondo del local. La mesa de cristal en la que apoyaba su vaso estaba débilmente iluminada por un foco que pendía del techo. Una flor de plástico, en un jarrón de porcelana de pésimo gusto, compartía la decoración con el cenicero rebosante de colillas sobre la mesa. Leonardo se sentó en un taburete, frente a la mujer.
- Venga, tú dirás – le espetó la mujer por toda bienvenida-. No tengo mucho tiempo, que los clientes aguardan.
- Bien, sólo necesito que me diga dónde puedo localizar a Thelma Quatermain. Y me gustaría que me hablara un poco de ella.
- ¿Es usted detective, eh? No me gustan los detectives, siempre andan metiendo sus narices donde no les llaman.
- Sólo quiero un poco de información. – Leonardo deslizó un billete de 100 euros sobre el cristal sucio de la mesa. La mujer tardó un suspiro en recogerlo y esconderlo en el generoso canalón de su escote.
- Thelma era una buena chica. Muy solicitada. Nunca tuve ocasión de hacer un trío con ella, porque decía que la amistad no se mezcla con el trabajo, pero dicen que era una tigresa. Y debe seguir siéndolo.
- ¿Por qué?
- Bueno, el que esté en Bursátil Inc. lo dice todo ¿no? Allí no entra nadie que no tenga una recomendación espléndida o que no se haya acostado con algún pez gordo.
- ¿Y ella está recomendada o se ha acostado?
La carcajada de la mujer reverberó en la sala. Estuvo riendo durante unos minutos, golpeándose el muslo con la mano.
- ¡Qué ingenuo eres, corazón! – dijo cuando consiguió controlar la risa -. Es evidente que no la conoces.
- No, no la conozco. Por eso le pido que me hable un poco de ella.
- Thelma tiene una habilidad innata. Yo de usted me guardaría muy mucho de caer en sus redes. Le convertiría en un pelele.
- Continúe – le animó Leonardo.
- Cuando vivíamos juntas, se llevaba los mejores clientes y me hizo algunas malas jugadas… Pero era también una compañera muy divertida y pagaba el alquiler por las dos. Podía hacerlo. El millonetis apareció de la nada, no sé dónde le conoció. Dos o tres días después hizo el petate y se marchó. Me dejó un abultado sobre encima de la mesa, con suficiente dinero para pagar el alquiler durante seis meses.
- Una mujer generosa ¿eh?
- Bueno, me tiene aprecio.
- ¿Está en contacto con ella ahora?
- Bueno, a veces, viene por casa y le cedo algunos clientes. Siempre dice que la vida, desde que está en Bursátil Inc. no es tan divertida como antes. Que le relaja hacérselo con desconocidos de vez en cuando. Ella trabaja y yo cobro. ¿No está mal, eh?
- Tienen ustedes una relación ciertamente peculiar.
- Llámalo como quieras. Y si ya has terminado el interrogatorio, podríamos subir y echar un polvo. –sugirió la mujer, sonriendo pícaramente-. Estás lo suficientemente bueno como para hacértelo gratis.
- No, gracias – respondió Leonardo, levantándose-. Quizás en otra ocasión.
- Pásate por aquí cuando quieras. Me voy, que tengo trabajo.
Leonardo contempló a la mujer mientras subía las oscuras escaleras que llevaban a la planta superior. Salió del local, suspirando aliviado y aspirando con ansia el aire de la calle.
La prostituta le citó en un bar, tras mostrar cierta reticencia a hablar de su antigua amiga y compañera.
El bar era ciertamente un antro. No sólo era la falta de luz y de higiene lo que lo convertía en un sitio poco grato. Era el ambiente mismo, cargado del humo de tabaco, del olor rancio de cerveza y de fritangas. Aunque después de la visita a Bosley, los olores eran lo que menos preocupaba a Leonardo.
La mujer le esperaba sentada en un reservado del fondo del local. La mesa de cristal en la que apoyaba su vaso estaba débilmente iluminada por un foco que pendía del techo. Una flor de plástico, en un jarrón de porcelana de pésimo gusto, compartía la decoración con el cenicero rebosante de colillas sobre la mesa. Leonardo se sentó en un taburete, frente a la mujer.
- Venga, tú dirás – le espetó la mujer por toda bienvenida-. No tengo mucho tiempo, que los clientes aguardan.
- Bien, sólo necesito que me diga dónde puedo localizar a Thelma Quatermain. Y me gustaría que me hablara un poco de ella.
- ¿Es usted detective, eh? No me gustan los detectives, siempre andan metiendo sus narices donde no les llaman.
- Sólo quiero un poco de información. – Leonardo deslizó un billete de 100 euros sobre el cristal sucio de la mesa. La mujer tardó un suspiro en recogerlo y esconderlo en el generoso canalón de su escote.
- Thelma era una buena chica. Muy solicitada. Nunca tuve ocasión de hacer un trío con ella, porque decía que la amistad no se mezcla con el trabajo, pero dicen que era una tigresa. Y debe seguir siéndolo.
- ¿Por qué?
- Bueno, el que esté en Bursátil Inc. lo dice todo ¿no? Allí no entra nadie que no tenga una recomendación espléndida o que no se haya acostado con algún pez gordo.
- ¿Y ella está recomendada o se ha acostado?
La carcajada de la mujer reverberó en la sala. Estuvo riendo durante unos minutos, golpeándose el muslo con la mano.
- ¡Qué ingenuo eres, corazón! – dijo cuando consiguió controlar la risa -. Es evidente que no la conoces.
- No, no la conozco. Por eso le pido que me hable un poco de ella.
- Thelma tiene una habilidad innata. Yo de usted me guardaría muy mucho de caer en sus redes. Le convertiría en un pelele.
- Continúe – le animó Leonardo.
- Cuando vivíamos juntas, se llevaba los mejores clientes y me hizo algunas malas jugadas… Pero era también una compañera muy divertida y pagaba el alquiler por las dos. Podía hacerlo. El millonetis apareció de la nada, no sé dónde le conoció. Dos o tres días después hizo el petate y se marchó. Me dejó un abultado sobre encima de la mesa, con suficiente dinero para pagar el alquiler durante seis meses.
- Una mujer generosa ¿eh?
- Bueno, me tiene aprecio.
- ¿Está en contacto con ella ahora?
- Bueno, a veces, viene por casa y le cedo algunos clientes. Siempre dice que la vida, desde que está en Bursátil Inc. no es tan divertida como antes. Que le relaja hacérselo con desconocidos de vez en cuando. Ella trabaja y yo cobro. ¿No está mal, eh?
- Tienen ustedes una relación ciertamente peculiar.
- Llámalo como quieras. Y si ya has terminado el interrogatorio, podríamos subir y echar un polvo. –sugirió la mujer, sonriendo pícaramente-. Estás lo suficientemente bueno como para hacértelo gratis.
- No, gracias – respondió Leonardo, levantándose-. Quizás en otra ocasión.
- Pásate por aquí cuando quieras. Me voy, que tengo trabajo.
Leonardo contempló a la mujer mientras subía las oscuras escaleras que llevaban a la planta superior. Salió del local, suspirando aliviado y aspirando con ansia el aire de la calle.
Comentario:
Bueno, bueno, menos mal, ya pensé que te habías olvidado de que aqui una servidora, estaba esperando el capítulo siguiente. Ahora, no tardes mucho, la curiosidad me mata.
Un beso.
Un beso.
Comentario:
Que grata sorpresa, un nuevo capitulo.
saludos
saludos





