CAPITULO XI: CONOCIENDO A THELMA
Bursátil Inc. tenía las oficinas en pleno centro de la ciudad, en la planta veintisiete de un edificio de acero y cristal. Un guardia jurado cacheó a Leonardo en la entrada, asegurándose de que no llevara arma alguna entre sus ropas y aprovechando la ocasión para magrearlo un poco. A Leonardo le fastidió el escrutinio pero se dejó hacer. Precisaba llegar a la oficina de la Quatermain sin armar ningún alboroto.
- Ya estás, majo – le dijo el guardia después de sobarle a conciencia la entrepierna-. Por cierto, termino a las ocho. Si te apetece, ven a buscarme a esa hora.
- Gracias por la invitación – respondió Leonardo poco entusiasta-. La tomaré en consideración.
El ascensor que llevaba a las plantas impares era enorme, completamente construido de acero inoxidable. Durante el trayecto, Leonardo tuvo la oportunidad de escuchar el último éxito de los 40 Principales mientras contemplaba como un peripuesto ejecutivo se sacaba los mocos con la uña larga y afilada del meñique.
Al llegar a la planta, se encontró en un lujoso vestíbulo. Al fondo había un mostrador blanco y, tras él, una mujer joven y rubia que mataba el tiempo pintándose las uñas.
- Buenas tardes – saludó Leonardo-. Estoy buscando el despacho de la señorita Quartermain.
- Espere un instante – le respondió la recepcionista, haciendo una mueca de fastidio.
La mujer tecleó algo en la consola de comunicación y habló brevemente, a través del micrófono que colgaba junto a su boca pintada de cereza.
- La señorita Quatermain está en una reunión en este momento. De todas formas, si quiere esperarla, puede sentarse allí – la mujer señaló unos butacones en la otra punta del vestíbulo.
- Gracias.
A Leonardo la espera se le hizo tremendamente larga. Consultó su reloj de pulsera varias veces, descubriendo que el minutero avanzaba muy lentamente. Leyó sin demasiado interés algunas de las revistas electrónicas que se ofrecían a los visitantes. La mayoría incluían artículos y entrevistas a famosos del mundillo de la prensa rosa. Gente que no cantaba, ni bailaba, ni escribía… no hacían nada más que salir en las revistas, posar como su madre los trajo al mundo y participar en estúpidos concursos que acaparaban la atención de miles de televidentes aburridos. Había un par de Playboys que ofrecían fotos en exclusiva de las últimas bellezas. Leonardo pasó las páginas, hastiado de tanta silicona. Pero detuvo el botón de avance de improviso. En el número del mes anterior, aparecían unas fotos que atrajeron todo su interés. Si aquella belleza no era Sinera él no se llamaba Leonardo. Posaba desnuda, mostrando sus agallas sin pudor, rodeada de algas de plástico y de fondos de cartón piedra. Sintió una punzada inexplicable en el corazón. ¿Por qué no se lo había contado? No había nada malo en que hubiera posado para una revista. ¿O sí?
Sus pensamientos fueron interrumpidos de pronto por la voz femenina que surgió de un altavoz. Era la recepcionista.
- La señorita Quatermain le espera en su despacho – dijo la voz. La imagen de Sinera desapareció de la pantalla de cuarzo líquido y en su lugar apareció un pequeño plano de la planta de Bursátil Inc. indicándole dónde debía dirigirse.
El despacho de Thelma Quatermain era mucho más lujoso de lo que Leonardo se había imaginado. La mesa de polímero imitando la madera de balsa era impresionante. En las paredes colgaban cuadros originales de pintores famosos y los asientos eran de cuero sintético naturalizado. Thelma estaba sentada en un enorme butacón, que aún olía a nuevo, jugueteando con una pluma de aspecto muy caro.
- Buenas tardes, señor Graves – saludó la mujer, sonriendo -. Por supuesto, en Bursátil Inc. no se nos pasa nada por alto, como podrá ver.
- Ya veo, es excelente el servicio de información del que disponen.
- Es importante conocer a nuestros clientes a fondo para poder satisfacer sus necesidades.
- Entonces sabrá que no he venido a invertir ¿no? –dijo Leonardo, con cierta ironía.
- Efectivamente. Creo que tiene interés en conocer mi relación con Milton. ¿Me equivoco?
- No.
- Conocí a Milton en una fiesta. Me habían contratado como acompañante para un viejo que no se aguantaba ni los pedos. Milton era uno de los invitados. Iba muy cargado y, mientras lo hacíamos en uno de los excusados, se mareó. Le acompañé a casa, lo acosté y a día siguiente me contrató como secretaria personal.
- Y después la dejó por otra.
- Miltón era muy caprichoso. Y se cansaba de todo muy rápidamente. Se puede decir que lo mío fue un rotundo éxito porque le duré más que la mayoría. Me dejó muy bien colocada, económicamente hablando, y gracias a su prestigio conseguí el trabajo que ahora tengo.
- ¿No se sintió herida al ser abandonada por la sirena que pasó a ser la siguiente amante?
- No, por supuesto que no.
- Tengo cierta información que asegura que se presentó en una fiesta y se desnudó frente a él en estado de embriaguez.
- Eso fue una tontería.
- No lo niega
- ¿Por qué debería hacerlo? No me arrepiento ni me avergüenzo de mis actos. Estaba borracha, eso es todo. ¿No se ha emborrachado nunca?
- Sí, pero no me he desnudado en público.
- Pues debería hacerlo. Resulta divertido.
- ¿Tiene usted alguna sospecha de quien pudo haber asesinado al señor LaFiffa?
- Por supuesto, la sirena. No debió encajar demasiado bien que Milton se la quisiera sacar de encima.
- Así pues ¿había una nueva mujer en la vida de Milton?
- Bueno, siempre habían dos o tres. La favorita, que disfrutaba de todas las ventajas de ser amante de un ricachón, y tres o cuatro ocasionales. Una noche trajo a dos mulatas para que se lo hicieran conmigo.
- Ahórreme los detalles – dijo Leonardo, evitando la mirada lasciva de la mujer-. Pero sí le agradecería que me contase si tenía alguna relación con la esposa del señor LaFiffa.
- ¿Alana? ¡Vaya putón! Se lo hace con cualquiera que se cruce en su camino. Le gustan todos y todas. ¿Quiere saber una cosa? Se lo hace con la doncella, esa filipina bajita que no habla nunca. He oído decir que ambas trabajaron en el porno duro. La doncella cayó en desgracia por un asunto de pantalones y la despidieron. Alana se hizo cargo de ella, la contrató de por vida y, cuando no tiene a nadie más a mano, busca el consuelo de su amiga y sirvienta.
- ¿Lo intentó con usted?
- Sí.
- ¿Y?
- Acepté, por supuesto. Será lo que sea pero también es una verdadera fiera en la cama.
- ¿Mantienen aún una buena relación?
- Bueno, si se le puede llamar relación… Viene a verme algunas veces, pero sólo por diversión. Y paga bien.
- Ya veo, una relación de negocios.
- Digamos que una relación ambivalente -Thelma soltó una risita-. Si no tiene más cosas que preguntarme, demos por terminado esta entrevista. Tengo una reunión dentro de diez minutos.
- Gracias por dedicarme su tiempo –respondió Leonardo, tendiéndole la mano-. Espero poder entrevistarme de nuevo con usted si necesito algo más de información.
- Sólo tiene que llamarme – Thelma le tendió una tarjeta digital-. En la tarjeta están todos mis datos profesionales. Con ella puede concertar una entrevista con mi secretaria.
Leonardo bajó pensativo en el ascensor. Como más averiguaba de la familia de LaFiffa y allegados, más creía estar sumergiéndose en un mundo de pesadilla. ¿Por qué estaban todos tan obsesionados con el sexo? Salvo Bosley, cuya única perversión era la glotonería, todos estaban liados prácticamente con todos.
Al salir del edificio se cruzó con el guarda de seguridad que le había cacheado al entrar. Lo miró de soslayo y el hombre le dedicó una radiante sonrisa al tiempo que le guiñaba un ojo con complicidad.
- Ya estás, majo – le dijo el guardia después de sobarle a conciencia la entrepierna-. Por cierto, termino a las ocho. Si te apetece, ven a buscarme a esa hora.
- Gracias por la invitación – respondió Leonardo poco entusiasta-. La tomaré en consideración.
El ascensor que llevaba a las plantas impares era enorme, completamente construido de acero inoxidable. Durante el trayecto, Leonardo tuvo la oportunidad de escuchar el último éxito de los 40 Principales mientras contemplaba como un peripuesto ejecutivo se sacaba los mocos con la uña larga y afilada del meñique.
Al llegar a la planta, se encontró en un lujoso vestíbulo. Al fondo había un mostrador blanco y, tras él, una mujer joven y rubia que mataba el tiempo pintándose las uñas.
- Buenas tardes – saludó Leonardo-. Estoy buscando el despacho de la señorita Quartermain.
- Espere un instante – le respondió la recepcionista, haciendo una mueca de fastidio.
La mujer tecleó algo en la consola de comunicación y habló brevemente, a través del micrófono que colgaba junto a su boca pintada de cereza.
- La señorita Quatermain está en una reunión en este momento. De todas formas, si quiere esperarla, puede sentarse allí – la mujer señaló unos butacones en la otra punta del vestíbulo.
- Gracias.
A Leonardo la espera se le hizo tremendamente larga. Consultó su reloj de pulsera varias veces, descubriendo que el minutero avanzaba muy lentamente. Leyó sin demasiado interés algunas de las revistas electrónicas que se ofrecían a los visitantes. La mayoría incluían artículos y entrevistas a famosos del mundillo de la prensa rosa. Gente que no cantaba, ni bailaba, ni escribía… no hacían nada más que salir en las revistas, posar como su madre los trajo al mundo y participar en estúpidos concursos que acaparaban la atención de miles de televidentes aburridos. Había un par de Playboys que ofrecían fotos en exclusiva de las últimas bellezas. Leonardo pasó las páginas, hastiado de tanta silicona. Pero detuvo el botón de avance de improviso. En el número del mes anterior, aparecían unas fotos que atrajeron todo su interés. Si aquella belleza no era Sinera él no se llamaba Leonardo. Posaba desnuda, mostrando sus agallas sin pudor, rodeada de algas de plástico y de fondos de cartón piedra. Sintió una punzada inexplicable en el corazón. ¿Por qué no se lo había contado? No había nada malo en que hubiera posado para una revista. ¿O sí?
Sus pensamientos fueron interrumpidos de pronto por la voz femenina que surgió de un altavoz. Era la recepcionista.
- La señorita Quatermain le espera en su despacho – dijo la voz. La imagen de Sinera desapareció de la pantalla de cuarzo líquido y en su lugar apareció un pequeño plano de la planta de Bursátil Inc. indicándole dónde debía dirigirse.
El despacho de Thelma Quatermain era mucho más lujoso de lo que Leonardo se había imaginado. La mesa de polímero imitando la madera de balsa era impresionante. En las paredes colgaban cuadros originales de pintores famosos y los asientos eran de cuero sintético naturalizado. Thelma estaba sentada en un enorme butacón, que aún olía a nuevo, jugueteando con una pluma de aspecto muy caro.
- Buenas tardes, señor Graves – saludó la mujer, sonriendo -. Por supuesto, en Bursátil Inc. no se nos pasa nada por alto, como podrá ver.
- Ya veo, es excelente el servicio de información del que disponen.
- Es importante conocer a nuestros clientes a fondo para poder satisfacer sus necesidades.
- Entonces sabrá que no he venido a invertir ¿no? –dijo Leonardo, con cierta ironía.
- Efectivamente. Creo que tiene interés en conocer mi relación con Milton. ¿Me equivoco?
- No.
- Conocí a Milton en una fiesta. Me habían contratado como acompañante para un viejo que no se aguantaba ni los pedos. Milton era uno de los invitados. Iba muy cargado y, mientras lo hacíamos en uno de los excusados, se mareó. Le acompañé a casa, lo acosté y a día siguiente me contrató como secretaria personal.
- Y después la dejó por otra.
- Miltón era muy caprichoso. Y se cansaba de todo muy rápidamente. Se puede decir que lo mío fue un rotundo éxito porque le duré más que la mayoría. Me dejó muy bien colocada, económicamente hablando, y gracias a su prestigio conseguí el trabajo que ahora tengo.
- ¿No se sintió herida al ser abandonada por la sirena que pasó a ser la siguiente amante?
- No, por supuesto que no.
- Tengo cierta información que asegura que se presentó en una fiesta y se desnudó frente a él en estado de embriaguez.
- Eso fue una tontería.
- No lo niega
- ¿Por qué debería hacerlo? No me arrepiento ni me avergüenzo de mis actos. Estaba borracha, eso es todo. ¿No se ha emborrachado nunca?
- Sí, pero no me he desnudado en público.
- Pues debería hacerlo. Resulta divertido.
- ¿Tiene usted alguna sospecha de quien pudo haber asesinado al señor LaFiffa?
- Por supuesto, la sirena. No debió encajar demasiado bien que Milton se la quisiera sacar de encima.
- Así pues ¿había una nueva mujer en la vida de Milton?
- Bueno, siempre habían dos o tres. La favorita, que disfrutaba de todas las ventajas de ser amante de un ricachón, y tres o cuatro ocasionales. Una noche trajo a dos mulatas para que se lo hicieran conmigo.
- Ahórreme los detalles – dijo Leonardo, evitando la mirada lasciva de la mujer-. Pero sí le agradecería que me contase si tenía alguna relación con la esposa del señor LaFiffa.
- ¿Alana? ¡Vaya putón! Se lo hace con cualquiera que se cruce en su camino. Le gustan todos y todas. ¿Quiere saber una cosa? Se lo hace con la doncella, esa filipina bajita que no habla nunca. He oído decir que ambas trabajaron en el porno duro. La doncella cayó en desgracia por un asunto de pantalones y la despidieron. Alana se hizo cargo de ella, la contrató de por vida y, cuando no tiene a nadie más a mano, busca el consuelo de su amiga y sirvienta.
- ¿Lo intentó con usted?
- Sí.
- ¿Y?
- Acepté, por supuesto. Será lo que sea pero también es una verdadera fiera en la cama.
- ¿Mantienen aún una buena relación?
- Bueno, si se le puede llamar relación… Viene a verme algunas veces, pero sólo por diversión. Y paga bien.
- Ya veo, una relación de negocios.
- Digamos que una relación ambivalente -Thelma soltó una risita-. Si no tiene más cosas que preguntarme, demos por terminado esta entrevista. Tengo una reunión dentro de diez minutos.
- Gracias por dedicarme su tiempo –respondió Leonardo, tendiéndole la mano-. Espero poder entrevistarme de nuevo con usted si necesito algo más de información.
- Sólo tiene que llamarme – Thelma le tendió una tarjeta digital-. En la tarjeta están todos mis datos profesionales. Con ella puede concertar una entrevista con mi secretaria.
Leonardo bajó pensativo en el ascensor. Como más averiguaba de la familia de LaFiffa y allegados, más creía estar sumergiéndose en un mundo de pesadilla. ¿Por qué estaban todos tan obsesionados con el sexo? Salvo Bosley, cuya única perversión era la glotonería, todos estaban liados prácticamente con todos.
Al salir del edificio se cruzó con el guarda de seguridad que le había cacheado al entrar. Lo miró de soslayo y el hombre le dedicó una radiante sonrisa al tiempo que le guiñaba un ojo con complicidad.
Comentario:
Comentario:
Este detective tiene mucho exito, pero tendra tanto en descubrir la verdad?
un beso
un beso
Comentario:
Se está poniendo muy interesante, así que ni se te ocurra dejarlo.
Un beso.
Un beso.





