CAPITULO XIV: TOMANDO EL SOL
La playa nudista estaba vallada por altos matorrales de acebo y tenía todo el aspecto de ser un club social. Se accedía a través de un edificio encalado de blanco como la mayoría de casas del pueblo. Leonardo entró, pagó la cuota y se dirigió a una sala de taquillas para dejar la ropa. Aunque no era persona pudorosa, se sintió ligeramente incómodo sin más vestimenta que unas chancletas que le habían dado en la recepción.
En la playa había poca gente y fue fácil dar con Koldo, gracias a las descripciones de Sinera. Estaba tomando el sol, estirado boca abajo sobre una toalla blanca. Mientras Leonardo se acercaba, lo observó detenidamente. El hombre tenía la piel muy clara y la exposición al sol le había enrojecido la espalda y las nalgas. Tenía poco pelo y el trasero se veía suave como el de un bebé. En las piernas apenas tenía una ligera pelusa rubia. Leonardo se sentó en la arena junto a la toalla de Koldo antes de pronunciar su nombre.
- Koldo Hasselhoff – dijo sin levantar el tono de voz.
El hombre giró la cabeza hacia su izquierda y parpadeó un par de veces antes de preguntar:
- ¿Quién pregunta por mí?
- Me llamo Leonardo – se presentó este-. Quería hacerle algunas preguntas.
- ¿Sobre qué? No me gustan las preguntas. Estoy harto de preguntas. ¿No será poli?
- No, no soy policía. Y sólo quiero hacerle unas preguntas para esclarecer un caso que me han encomendado. Soy detective – Leonardo pensó que lo mejor era no andarse con rodeos.
Koldo se sentó sobre la toalla, mostrando un pecho desprovisto de pelo, muy blanco y huesudo. La tez rubicunda del hombre estaba salpicada de pecas que le conferían un aspecto juvenil aunque las arrugas alrededor de los ojos, que aún no habían pasado por el quirófano, decían que los cuarenta ya no los cumplía.
- ¿Quién lo envía?
- Una sirena.
- ¡Sinera! – exclamó Koldo, sonriendo por primera vez-. ¿Está bien?
- Sí, está bien.
- Estaba preocupado por ella. Oí decir que la culpaban de la muerte de Milton. Y no sabía dónde localizarla. No tiene a nadie en la superficie, que yo sepa.
- Le aseguro que está perfectamente. Por lo menos lo estaba hace escasamente hora y media.
- ¿Está aquí? – la voz de Koldo expresaba una mezcla de desasosiego y alegría.
- La aprecia bastante ¿no?
- Es una chica encantadora. Era un placer ocuparme de ella y me gustaba mucho cuando salía de la pecera y charlábamos en el jardín, a la sombra para que no se deshidratase demasiado.
- Si no estoy mal informado, se ocupaba usted de cuidar la casa del señor LaFiffa y de suministrar las viandas para la sirena en su ausencia.
- Sí, pasaba todas las tardes por la casa, traía comida, revisaba las llamadas del contestador, recogía el correo y esas cosas. Milton era un jefe muy generoso y poco exigente.
- ¿Y algo más?
- ¿A qué se refiere?
- Bueno, no pretendo ser indiscreto pero… ¿tenían ustedes algo más que una relación de trabajo?
- Milton estaba muy colado con Sinera y durante el tiempo que la tuvo en la casa no se buscó otras compañías, pero… bueno, sí, fui amante suyo una temporadita. Antes de la llegada de la chica. Luego me ofreció el trabajo de secretario y accedí.
- ¿No sintió celos?
- No, no – Koldo parecía sincero al negarlo-. Me gustó nada más verla. Y luego me gustó más. Era como las sirenas de los cuentos: dulce, amable y hermosa.
- ¿Quién cree que podía haber asesinado al señor LaFiffa?
- No lo sé. Su mujer no, es muy liberal y se aprovechaba de su marido, tanto económicamente como sexualmente. Todas las amantes de LaFiffa acostumbraban a pasar por su cama. A ella le divertía engatusarlas para fastidiar al marido. Pero no, creo que nunca hubiera llegado a pensar siquiera en matarlo. Y el hijo es un comilón sin más, no tiene mucho empuje y no le veo yo tramando asesinar al padre que, por otra parte, le firmaba muchos cheques.
- Usted podría ser también sospechoso… - dejó caer Leonardo, en tono ligero.
- No sería capaz de matar una mosca. Y le tenía aprecio a Milton. Me trató siempre bien.
- Pero le dejó por Sinera.
- Y no me importó, se lo aseguro.
- Me alegra saberlo – fue el comentario de Leonardo.
- Si Sinera está por aquí me gustaría verla – solicitó Koldo-. Si la viera me quedaría más tranquilo.
- No sé. No sé si será buena idea.
- Puede confiar en mí. Y si quieren, pueden quedarse en casa a pasar la noche. Marcel estará encantado de tener invitados.
- De acuerdo.
En la playa había poca gente y fue fácil dar con Koldo, gracias a las descripciones de Sinera. Estaba tomando el sol, estirado boca abajo sobre una toalla blanca. Mientras Leonardo se acercaba, lo observó detenidamente. El hombre tenía la piel muy clara y la exposición al sol le había enrojecido la espalda y las nalgas. Tenía poco pelo y el trasero se veía suave como el de un bebé. En las piernas apenas tenía una ligera pelusa rubia. Leonardo se sentó en la arena junto a la toalla de Koldo antes de pronunciar su nombre.
- Koldo Hasselhoff – dijo sin levantar el tono de voz.
El hombre giró la cabeza hacia su izquierda y parpadeó un par de veces antes de preguntar:
- ¿Quién pregunta por mí?
- Me llamo Leonardo – se presentó este-. Quería hacerle algunas preguntas.
- ¿Sobre qué? No me gustan las preguntas. Estoy harto de preguntas. ¿No será poli?
- No, no soy policía. Y sólo quiero hacerle unas preguntas para esclarecer un caso que me han encomendado. Soy detective – Leonardo pensó que lo mejor era no andarse con rodeos.
Koldo se sentó sobre la toalla, mostrando un pecho desprovisto de pelo, muy blanco y huesudo. La tez rubicunda del hombre estaba salpicada de pecas que le conferían un aspecto juvenil aunque las arrugas alrededor de los ojos, que aún no habían pasado por el quirófano, decían que los cuarenta ya no los cumplía.
- ¿Quién lo envía?
- Una sirena.
- ¡Sinera! – exclamó Koldo, sonriendo por primera vez-. ¿Está bien?
- Sí, está bien.
- Estaba preocupado por ella. Oí decir que la culpaban de la muerte de Milton. Y no sabía dónde localizarla. No tiene a nadie en la superficie, que yo sepa.
- Le aseguro que está perfectamente. Por lo menos lo estaba hace escasamente hora y media.
- ¿Está aquí? – la voz de Koldo expresaba una mezcla de desasosiego y alegría.
- La aprecia bastante ¿no?
- Es una chica encantadora. Era un placer ocuparme de ella y me gustaba mucho cuando salía de la pecera y charlábamos en el jardín, a la sombra para que no se deshidratase demasiado.
- Si no estoy mal informado, se ocupaba usted de cuidar la casa del señor LaFiffa y de suministrar las viandas para la sirena en su ausencia.
- Sí, pasaba todas las tardes por la casa, traía comida, revisaba las llamadas del contestador, recogía el correo y esas cosas. Milton era un jefe muy generoso y poco exigente.
- ¿Y algo más?
- ¿A qué se refiere?
- Bueno, no pretendo ser indiscreto pero… ¿tenían ustedes algo más que una relación de trabajo?
- Milton estaba muy colado con Sinera y durante el tiempo que la tuvo en la casa no se buscó otras compañías, pero… bueno, sí, fui amante suyo una temporadita. Antes de la llegada de la chica. Luego me ofreció el trabajo de secretario y accedí.
- ¿No sintió celos?
- No, no – Koldo parecía sincero al negarlo-. Me gustó nada más verla. Y luego me gustó más. Era como las sirenas de los cuentos: dulce, amable y hermosa.
- ¿Quién cree que podía haber asesinado al señor LaFiffa?
- No lo sé. Su mujer no, es muy liberal y se aprovechaba de su marido, tanto económicamente como sexualmente. Todas las amantes de LaFiffa acostumbraban a pasar por su cama. A ella le divertía engatusarlas para fastidiar al marido. Pero no, creo que nunca hubiera llegado a pensar siquiera en matarlo. Y el hijo es un comilón sin más, no tiene mucho empuje y no le veo yo tramando asesinar al padre que, por otra parte, le firmaba muchos cheques.
- Usted podría ser también sospechoso… - dejó caer Leonardo, en tono ligero.
- No sería capaz de matar una mosca. Y le tenía aprecio a Milton. Me trató siempre bien.
- Pero le dejó por Sinera.
- Y no me importó, se lo aseguro.
- Me alegra saberlo – fue el comentario de Leonardo.
- Si Sinera está por aquí me gustaría verla – solicitó Koldo-. Si la viera me quedaría más tranquilo.
- No sé. No sé si será buena idea.
- Puede confiar en mí. Y si quieren, pueden quedarse en casa a pasar la noche. Marcel estará encantado de tener invitados.
- De acuerdo.
Comentario:
Por fin vuelves!!
Luego me paso con tiempo, ya pensaba que no sabria el final.
Saludos
Luego me paso con tiempo, ya pensaba que no sabria el final.
Saludos





