CAPITULO I: UN CASO MUY HÚMEDO
A Leonardo le hubiera gustado conocer los dorados días de principios del siglo XXI. Cuando las calles aún eran transitables y la gente podía permitirse el lujo de pasear.
Un combustible nuevo había revolucionado el mundo del transporte. Claro que el combustible, de coste ínfimo y no contaminante, había saturado las calles de vehículos, tanto terrestres como volantes. Y lo que, en un principio, había encantado a los fabricantes, por el increíble volumen de ventas, había convertido la ciudad en un infierno para los transeúntes. Las calles eran verdaderas carreras de obstáculos.
Un camión sanitario ocupaba el carril de la derecha, mientras que dos camiones de reparto se hallaban, afortunadamente, en una zona marcada para carga y descarga. Un poco más allá, dos taxis trataban de dejar a un grupo de turistas japoneses que no parecían conformes con el precio de la carrera. Se habían puesto a discutir en mitad de la calle, originando tras de ellos una orquesta de bocinas. La acera estaba ocupada por vehículos que sus propietarios no habían podido dejar en el garaje comunitario. Ni en el de pago, por otro lado, carísimo. Se amontonaban sobre la acera dejando apenas un resquicio por el que se escurrían los peatones. Y eso que aún no era hora punta. Entonces más valía no salir a la calle. La única solución que tenía un peatón a esa hora era sacar su propio vehículo y sumergirse en la maraña de tráfico de la que, con un poco de suerte, saldría ileso tarde o temprano.
Al cerrarse la puerta neumática del edificio, bocinas, gritos y motores enmudecieron. Leonardo había tenido suerte al encontrar aquel apartamento. Por supuesto había dado buena cuenta de todos sus ahorros, pero valía la pena. Los jardines que decoraban el centro del bloque estaban aislados del exterior por una cubierta transparente que únicamente dejaba entrar la luz del sol. Potentes ventiladores absorbían aire del exterior y, gracias al sistema climático, se mantenía una agradable temperatura, constante durante todo el año, tanto en el jardín como en los apartamentos.
Todos los apartamentos tenían acceso al jardín, a través del servicio de ascensores que conectaban los pisos con este. Leonardo vivía en el piso 47, apartamento 7, por lo que tenía que cruzar el jardín para acceder al suyo. Eso le gustaba. Caminar entre el verdor de los bien cuidados arriates de flores y los decorativos árboles –amén del gorgoteo de la pequeña cascada que caía en el lago artificial- le llenaban de sosiego.
Paseaba, embriagado por el bucólico ambiente, sin darse mucha prisa, cuando una mujer salida de la nada prácticamente lo arrolló a mitad de camino.
- ¡Qué prisa! –exclamó Leonardo, recuperándose del encontronazo.
La mujer, sin mirarlo, se dirigió hacia el ascensor 7. Cuando Leonardo llegó allí, sólo pudo contemplar como los brillantes zapatos rojos de la agresora desaparecían de su vista, mientras el camarín de cristal y acero se sumergía en el interior de la columna elevadora.
Un par de minutos más tarde Leonardo entró en la cabina. Un perfume exótico se había enseñoreado del interior de la cabina. Leonardo lo había olido ya al ser atropellado por la mujer. Unos instantes más tarde, el elevador se detenía frente a la puerta de su apartamento: 47-7 se leía en letras doradas sobre la puerta de imitación caoba. El perfume flotaba suavemente en el aire aunque Leonardo apenas lo detectó porque estaba saturado del mismo pero, nada más salir de la cabina, vio a la mujer. Por supuesto, sólo podía estar esperándole a él. En aquella planta no había más apartamentos.
- ¿Es usted Leonardo Graves? – preguntó la mujer a Leonardo- ¡Dios mío! ¡Cuánto lo siento! – exclamó compungida, al darse cuenta de que era el hombre con el que había tropezado en los jardines – Ruego que disculpe mi… mi…
- ¿Su falta de educación…? – comentó Leonardo que no pensaba perdonarla porque fuera guapa, alta y tuviera el rostro de una muñeca de porcelana. Hacía mucho que esos detalles no surtían efecto en él. Sobre todo desde que Helena…
Leonardo se tomó su tiempo observándola. Debía medir alrededor de metro setenta. Ojos verdes -probablemente lentillas-, cabello castaño rojizo –seguramente teñido-, pechos exuberantes – apostó que eran pura silicona-, cinturilla estrecha –se preguntó si le faltaría alguna costilla-, labios rojos –sin duda el perfilador era tatuado– y un culo que debía haber pasado por una buena sesión de liposucción. Toda ella vestida de rojo, de pies a cabeza, salvo por la camisa negra y escotada que asomaba entre las solapas de la elegante chaqueta.
- De veras que lo siento – musitó ella – Es que tenía tanta prisa por verle que…
- Que me atropelló sin siquiera mirarme – continuó Leonardo.
- Espero que aún pueda atenderme – suplicó ella, haciendo un mohín con aquellos suculentos labios de cereza -. Tengo con que pagarle sus servicios sin ningún problema
La mujer abrió un maletín y a Leonardo se le iluminaron las pupilas al ver tantos billetes juntos. O aquella mujer era millonaria, o aquel dinerito era más falso que los billetes del Monopoly. Casi nadie se podía permitir el lujo de ir por ahí con un cargamento como aquel, cuando la mayoría de la gente sólo tiraba de tarjeta de crédito y no veía un céntimo en su vida. Salvo en los números del extracto mensual.
- Será mejor que pasemos a mi despacho – invitó Leonardo a la mujer, insertando su tarjeta personal en la ranura de acceso – Si tenemos que hablar con calma, mejor hagámoslo cómodamente.
- Gracias – le respondió ella con un suspiro de alivio.
Un combustible nuevo había revolucionado el mundo del transporte. Claro que el combustible, de coste ínfimo y no contaminante, había saturado las calles de vehículos, tanto terrestres como volantes. Y lo que, en un principio, había encantado a los fabricantes, por el increíble volumen de ventas, había convertido la ciudad en un infierno para los transeúntes. Las calles eran verdaderas carreras de obstáculos.
Un camión sanitario ocupaba el carril de la derecha, mientras que dos camiones de reparto se hallaban, afortunadamente, en una zona marcada para carga y descarga. Un poco más allá, dos taxis trataban de dejar a un grupo de turistas japoneses que no parecían conformes con el precio de la carrera. Se habían puesto a discutir en mitad de la calle, originando tras de ellos una orquesta de bocinas. La acera estaba ocupada por vehículos que sus propietarios no habían podido dejar en el garaje comunitario. Ni en el de pago, por otro lado, carísimo. Se amontonaban sobre la acera dejando apenas un resquicio por el que se escurrían los peatones. Y eso que aún no era hora punta. Entonces más valía no salir a la calle. La única solución que tenía un peatón a esa hora era sacar su propio vehículo y sumergirse en la maraña de tráfico de la que, con un poco de suerte, saldría ileso tarde o temprano.
Al cerrarse la puerta neumática del edificio, bocinas, gritos y motores enmudecieron. Leonardo había tenido suerte al encontrar aquel apartamento. Por supuesto había dado buena cuenta de todos sus ahorros, pero valía la pena. Los jardines que decoraban el centro del bloque estaban aislados del exterior por una cubierta transparente que únicamente dejaba entrar la luz del sol. Potentes ventiladores absorbían aire del exterior y, gracias al sistema climático, se mantenía una agradable temperatura, constante durante todo el año, tanto en el jardín como en los apartamentos.
Todos los apartamentos tenían acceso al jardín, a través del servicio de ascensores que conectaban los pisos con este. Leonardo vivía en el piso 47, apartamento 7, por lo que tenía que cruzar el jardín para acceder al suyo. Eso le gustaba. Caminar entre el verdor de los bien cuidados arriates de flores y los decorativos árboles –amén del gorgoteo de la pequeña cascada que caía en el lago artificial- le llenaban de sosiego.
Paseaba, embriagado por el bucólico ambiente, sin darse mucha prisa, cuando una mujer salida de la nada prácticamente lo arrolló a mitad de camino.
- ¡Qué prisa! –exclamó Leonardo, recuperándose del encontronazo.
La mujer, sin mirarlo, se dirigió hacia el ascensor 7. Cuando Leonardo llegó allí, sólo pudo contemplar como los brillantes zapatos rojos de la agresora desaparecían de su vista, mientras el camarín de cristal y acero se sumergía en el interior de la columna elevadora.
Un par de minutos más tarde Leonardo entró en la cabina. Un perfume exótico se había enseñoreado del interior de la cabina. Leonardo lo había olido ya al ser atropellado por la mujer. Unos instantes más tarde, el elevador se detenía frente a la puerta de su apartamento: 47-7 se leía en letras doradas sobre la puerta de imitación caoba. El perfume flotaba suavemente en el aire aunque Leonardo apenas lo detectó porque estaba saturado del mismo pero, nada más salir de la cabina, vio a la mujer. Por supuesto, sólo podía estar esperándole a él. En aquella planta no había más apartamentos.
- ¿Es usted Leonardo Graves? – preguntó la mujer a Leonardo- ¡Dios mío! ¡Cuánto lo siento! – exclamó compungida, al darse cuenta de que era el hombre con el que había tropezado en los jardines – Ruego que disculpe mi… mi…
- ¿Su falta de educación…? – comentó Leonardo que no pensaba perdonarla porque fuera guapa, alta y tuviera el rostro de una muñeca de porcelana. Hacía mucho que esos detalles no surtían efecto en él. Sobre todo desde que Helena…
Leonardo se tomó su tiempo observándola. Debía medir alrededor de metro setenta. Ojos verdes -probablemente lentillas-, cabello castaño rojizo –seguramente teñido-, pechos exuberantes – apostó que eran pura silicona-, cinturilla estrecha –se preguntó si le faltaría alguna costilla-, labios rojos –sin duda el perfilador era tatuado– y un culo que debía haber pasado por una buena sesión de liposucción. Toda ella vestida de rojo, de pies a cabeza, salvo por la camisa negra y escotada que asomaba entre las solapas de la elegante chaqueta.
- De veras que lo siento – musitó ella – Es que tenía tanta prisa por verle que…
- Que me atropelló sin siquiera mirarme – continuó Leonardo.
- Espero que aún pueda atenderme – suplicó ella, haciendo un mohín con aquellos suculentos labios de cereza -. Tengo con que pagarle sus servicios sin ningún problema
La mujer abrió un maletín y a Leonardo se le iluminaron las pupilas al ver tantos billetes juntos. O aquella mujer era millonaria, o aquel dinerito era más falso que los billetes del Monopoly. Casi nadie se podía permitir el lujo de ir por ahí con un cargamento como aquel, cuando la mayoría de la gente sólo tiraba de tarjeta de crédito y no veía un céntimo en su vida. Salvo en los números del extracto mensual.
- Será mejor que pasemos a mi despacho – invitó Leonardo a la mujer, insertando su tarjeta personal en la ranura de acceso – Si tenemos que hablar con calma, mejor hagámoslo cómodamente.
- Gracias – le respondió ella con un suspiro de alivio.
Comentario:
Gracias por vuestros comentarios, que animan mucho, la verdad. A esta novela le tengo cierto cariño, porque me he reído mucho con ella (a lo mejor a los demás no les hacen gracia las mismas cosas que a mi, pero...) y porque he pasado largas horas metida en una historia que, en fin, ya veréis lo que pasa próximamente. Tan lanzada estoy que hoy he preparado un capítulo nuevo.
Por cierto, Lorenzo, en realidad esto es parte del primer capítulo "oficial" pero como no quiero agobiar al personal con texto excesivamente largos, trato de hacer particiones lo más lógicas posible.
Por cierto, Lorenzo, en realidad esto es parte del primer capítulo "oficial" pero como no quiero agobiar al personal con texto excesivamente largos, trato de hacer particiones lo más lógicas posible.
Comentario:
esto está muy interesante, me ha gustado mucho!! espero no perderme ningun capitulo XD!!
Besitos salados de CHOI
Besitos salados de CHOI
Comentario:
Interesante planteamiento y perfecta entrada de los dos primeros personajes, aunque veo cierta prisa en la descripción del escenario. Nos has embaucado de un aire "futuro" pero sin describir exactamente la época. Lo del nuevo combustible "no contaminante y barato" ha sido una buena idea. A veces he creído que pasará así. ¿Sabías que hace tiempo que existe? Pero claro, a los magnates del petroleo no les interesa comercializarlo. Has creado ya de entrada y en tan pocas líneas un enigma del cual, nos tienes a todos en la espera descifrar. Espero que continúes con este ritmo tan dinámico.
Deberías, si es novela lo que pretendes escribir, alargar más los capítulos, quizá, bajo mi modesta opinión podrían ir bien dos o tres entregas como esta para el primero.
Saludos y ánimo.
Eres todo un maestro del suspense.
Lorenzo Xaixo
Deberías, si es novela lo que pretendes escribir, alargar más los capítulos, quizá, bajo mi modesta opinión podrían ir bien dos o tres entregas como esta para el primero.
Saludos y ánimo.
Eres todo un maestro del suspense.
Lorenzo Xaixo
Comentario:
Opino como Garson, y añado que como lectora empedernida me gustaria leer este libro.
Un saludo
Un saludo
Comentario:
Buen comienzo. El inicio de una novela siempre es difícil. Aqui identifico dos aciertos importantes; la descripción del escenario -para que el lector se sitúe rápidamente- y que aparezacan pocos personajes. Ya conocemos a dos que parece van a ser los que tiren de la historia en este primer capítulo. Adelante con la segunda entrega.





