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Un caso muy húmedo
Una novela on-line, a ver si la termino
Acerca de
Hace tiempo comencé a escribir una novela que nunca termino. Como me funcionó el sistema de obligarme a escribir diariamente gracias a mi primer blog, creo que esta es una buena oportunidad de tratar de terminar la dichosa novela. Alguna vez tendrá que ser la primera.
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CAPITULO III: LA CONTROVERTIDA FAMILIA LAFIFFA
Mientras Sinera Goldfish, como así se llamaba la mujer, se remojaba en el jacuzzi miniatura del apartamento, Leonardo se dedicó a repasar y compilar todo lo que ella le había contado. Se conectó a la red de la Terminal para ponerse al día.
El caso era complejo. Por un lado estaba Sinera, amante del millonario Milton LaFiffa, que había sido señalada como la principal sospechosa de asesinato del susodicho ricachón. Ella juraba y perjuraba que no lo había hecho y que necesitaba limpiar su nombre antes de que sus branquias se secaran. Por otro lado, estaba la esposa del millonario, Alana LaFiffa –de soltera Alana McFarlane- que era beneficiaria de un hermoso pellizco de dinero a través de una póliza de seguros del marido. También tenía motivos para deshacerse del lujurioso marido que siempre estaba buscándose nuevas y exóticas amantes. Leonardo consultó un archivo fotográfico de un periódico de prensa amarilla para buscar fotos. LaFiffa era un tipo grueso, de papada prominente bajo una barbilla huidiza, ojos oscuros y nariz aguileña. Leonardo sólo pudo encontrar una foto-retrato del tipo en cuestión. La mujer del magnate, por lo que el detective pudo comprobar, había pasado por todas y cada una de las operaciones estéticas que Leonardo había supuesto en Sinera. Era hermosa, y así lo comprobó Leonardo en unas fotos en las que la imaginación se quedaba en el paro. Pero en su rostro había un no-sé-qué de cruel… Quizá la sonrisa. Leonardo archivó algunas fotos en su Terminal y anotó en un archivo todos los detalles de estos personajes.
Había dos personas más, relacionadas con el caso, que podían tener algo que ver en la muerte. La primera era la secretaria de LaFiffa, Thelma Quatermain. Una treinteañera exuberante que había sido amante del magnate. Y la otra persona era el único hijo del millonario: Bosley. Bosley LaFiffa, con sus veintiún años recién cumplidos, tenía el aspecto de una enorme bola de grasa. Una versión ampliada del padre. Con respecto a las aptitudes para los negocios, los genes de Bosley no tenían nada programado. Bosley pasaba sus días y noches entre ágapes y cenas. Un tipo que, sin duda, admiraba profundamente la gastronomía… aunque tuviera un paladar poco delicado, por lo que se comentaba por ahí.
Leonardo fue almacenando los datos, tratando de sacar el máximo jugo a los artículos de la prensa del corazón. Incluyó notas al margen de sus impresiones. Una vez tuvo esa información registrada, buscó información sobre los acuáticos. Sinera era la primera persona acuática que veía en toda su vida.
Los primeros acuáticos fueron un puñado de personas que se sometieron a ciertos experimentos genéticos a mediados del siglo XXI. Un grupo de científicos estaba intentando crear un ser humano que pudiera vivir bajo el agua, para aprovechar el potencial del fondo marino. Por aquel entonces, los problemas de espacio comenzaban a dar guerra, aunque no eran tan graves como a finales del XXII. El resultado tuvo poco éxito pero años más tarde se creó la primera colonia acuática en una reserva natural del Mediterráneo. Los veinte acuáticos que allí se instalaron se ocupaban, básicamente, de vigilar el fondo marino e impedir la degradación de aquella pequeña zona. Ayudaban a los aficionados al submarinismo como guías turísticos, llevándolos a los lugares donde podían ver o fotografiar mejores ejemplares. Y constituían un pequeño reducto policial bajo el agua, que preservaba las maravillas naturales de las islas.
Al principio los acuáticos –o “sirénidos” como los llamaba alguna gente- sólo podían asentarse en el litoral marino, muy cerca de la costa. No soportaban vivir a más de cierta profundidad debido a la presión. Pero en cuestión de unas pocas generaciones, una mutación genética no sólo les facultó de agallas para respirar si no que también les preparó para vivir en lugares bastante profundos. Hasta entonces habían sido más parecidos a delfines o ballenas y sólo eran capaces de aguantar la respiración durante largos períodos de tiempo. Las casitas sumergidas de los acuáticos eran pequeñas burbujas de aire bajo el mar que se alimentaban del exterior mediante chimeneas flexibles. Los “nuevos” acuáticos podían vivir a más de cien metros de profundidad y no necesitaban salir a la superficie para respirar. Pero todo tiene sus inconvenientes: sus cuerpos debían pasar por un período de descompresión antes de salir a la superficie y las agallas soportaban mal el aire, secándose con facilidad. Los poco desarrollados pulmones, que aún poseían, funcionaban más o menos bien, pero los períodos que las agallas soportaban fuera del agua eran bastante cortos. La mayoría prefería quedarse en sus mojadas ciudades. ¿Para qué salir a la superficie si donde vivían tenían todo lo que necesitaban?
Siempre habría descarriados, curiosos y aventureros, por supuesto. Sinera estaba en esa lista. Los acuáticos se regulaban mediante un sistema de matriarcado y a Sinera le había tocado ser la tercera hija de una familia acuática. Por decreto ley, la tercera era quien se hacía cargo de la abuela –la matriarca de la familia- y a la chica le había tocado un hueso muy duro de roer. No sólo se había convertido prácticamente en una esclava al servicio de los caprichos de una abuela desagradable, sino que había tenido que abandonar todos sus sueños, tanto referentes a estudios como a matrimonio. Su abuela nunca accedería a dejarla entrar en la Universidad –“con que sepas las reglas básicas tienes más que suficiente, chica” eran las palabras de la matriarca- y era impensable que diera el visto bueno a cualquier candidato a la mano de Sinera que tuviera la osadía de pedirla. Así que a Sinera le esperaba la esclavitud absoluta mientras su abuela viviera. Y los acuáticos eran muy longevos sin necesidad de tratamientos geriátricos.
Unos suaves pasos sobre la moqueta hicieron que Leonardo abandonara un instante la lectura en el Terminal. Sinera debía haber salido del baño.
 
Comentario:
Me ha gustado descubrir tu blog y poder descubrir cómo va naciendo, creciendo y muriendo tu novela.
También me sirve a mí como motivación para dedicarle más tiempo a mi, por ahora, pequeñito embrión :-)
Un beso.
 
Comentario:
Me gusta como describes a los personajes antes de hacerlos entrar en escena.
Un saludo
 
Comentario:
Esta es la parte en la que entra un buen grupo de personajes, bien definidos, y sobre los que ya se puede empezar a hacer conjeturas. Sigo sintiendo interés por ese mundo apasionante de los sirénidos y lo que más me llama la atención es la relación tan ferrea entre Sinera y la abuela, porque parece una relación anacrónica, como de mediados del siglo XX, en la que los vínculos familiares eran mucho más fuertes que ahora. Yo pienso que caminamos hacia el individualismo, que cada vez queremos y necesitamos menos al prójimo -sea familiar o no-. De todas formas quiero saber cuál es la razón por la que Sinera y la abuela tienen esa relación. Esperemos el cuarto capítulo.
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