CAPITULO IV: COMENZANDO POR EL PRINCIPIO.
Al día siguiente se apresuró a aprovisionar el refrigerador de pescado y marisco para Sinera. Su amigo Jacinto, que tenía una parada en Mercapuerto, se avino a comprar el pescado –congelado- en su nombre y a llevarlo al apartamento. Así se vio libre del problema alimenticio enseguida y pudo continuar tranquilamente con sus averiguaciones.
Consultó, antes de iniciar cualquier visita, los archivos policiales del caso. Otro amigo, Catalino Mercer, antiguo compañero de la Universidad, le facilitó todo el material sin hacer preguntas. Catalino había llevado el caso y había sido apartado de él por causas desconocidas. Aunque el hombre sostenía que la sirena, sin duda, era culpable de algo (tenía algo de acuófobo) su interés por esclarecer el asunto era tanto como el de Sinera y Leonardo. Aunque fuera de forma extraoficial.
Después de estudiarse bien el informe pericial y las conclusiones del forense, Leonardo se encontró más preparado para seguir con la investigación. Al magnate lo habían asesinado asestándole una única puñalada en la base del cráneo. No se había encontrado el arma pero el informe apuntaba que probablemente fuera un pela-patatas o un abrecartas. A Leonardo le recordó eso una vieja novela de Agatha Christie – “El asesinato de Lord no-sé-qué”- en la que el arma homicida era precisamente un abrecartas. Anotó sus impresiones al respecto. La víctima debía conocer al asesino y no desconfiaba de él. O de ella. No hacía falta gran fuerza para asestar la puñalada. El muerto había sido hallado desnudo en el dormitorio, sobre un charco de sangre oscura que empezaba a coagularse. Eso apuntaba a que el asesino pudiera ser una de las amantes de LaFiffa. Descartaba, en principio, a un asesino varón, pero era aún pronto para asegurarlo. LaFiffa podría haberse encaprichado de algún jovencito en su búsqueda de nuevas experiencias. En la casa sólo habían encontrado huellas de LaFiffa, de Koldo y de Sinera. Se habían encontrado cabellos rubios y castaños. El perito los catalogó como pertenecientes a Alana y a Sinera, aunque era curiosa la falta de huellas de Alana en la casa… Se pospuso el estudio genético de los cabellos (había una huelga en la oficina científica) y, al poco tiempo, las muestras desaparecieron… Lo que podía indicar que el asesino tenía algo que ver con ellos y había conseguido que se perdiera la prueba incriminatoria. O quizá no, pero todo el asunto olía y no precisamente a sardinas recién pescadas.
Consultó, antes de iniciar cualquier visita, los archivos policiales del caso. Otro amigo, Catalino Mercer, antiguo compañero de la Universidad, le facilitó todo el material sin hacer preguntas. Catalino había llevado el caso y había sido apartado de él por causas desconocidas. Aunque el hombre sostenía que la sirena, sin duda, era culpable de algo (tenía algo de acuófobo) su interés por esclarecer el asunto era tanto como el de Sinera y Leonardo. Aunque fuera de forma extraoficial.
Después de estudiarse bien el informe pericial y las conclusiones del forense, Leonardo se encontró más preparado para seguir con la investigación. Al magnate lo habían asesinado asestándole una única puñalada en la base del cráneo. No se había encontrado el arma pero el informe apuntaba que probablemente fuera un pela-patatas o un abrecartas. A Leonardo le recordó eso una vieja novela de Agatha Christie – “El asesinato de Lord no-sé-qué”- en la que el arma homicida era precisamente un abrecartas. Anotó sus impresiones al respecto. La víctima debía conocer al asesino y no desconfiaba de él. O de ella. No hacía falta gran fuerza para asestar la puñalada. El muerto había sido hallado desnudo en el dormitorio, sobre un charco de sangre oscura que empezaba a coagularse. Eso apuntaba a que el asesino pudiera ser una de las amantes de LaFiffa. Descartaba, en principio, a un asesino varón, pero era aún pronto para asegurarlo. LaFiffa podría haberse encaprichado de algún jovencito en su búsqueda de nuevas experiencias. En la casa sólo habían encontrado huellas de LaFiffa, de Koldo y de Sinera. Se habían encontrado cabellos rubios y castaños. El perito los catalogó como pertenecientes a Alana y a Sinera, aunque era curiosa la falta de huellas de Alana en la casa… Se pospuso el estudio genético de los cabellos (había una huelga en la oficina científica) y, al poco tiempo, las muestras desaparecieron… Lo que podía indicar que el asesino tenía algo que ver con ellos y había conseguido que se perdiera la prueba incriminatoria. O quizá no, pero todo el asunto olía y no precisamente a sardinas recién pescadas.
Comentario:
Este es el capítulo con más humor, parece una mezcla de géneros; policíaco, ciuencia ficción, humor e presiento que romantico porque Leonardo y Sinera caminan en direcciones parecidas
y apuntan a encontrarse.
y apuntan a encontrarse.
Comentario:
Cada trozo me gusta mas y se me hace mas corto. Pero es divertido leer un libro que va haciendoso mientras lo leo.





