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Un caso muy húmedo
Una novela on-line, a ver si la termino
Acerca de
Hace tiempo comencé a escribir una novela que nunca termino. Como me funcionó el sistema de obligarme a escribir diariamente gracias a mi primer blog, creo que esta es una buena oportunidad de tratar de terminar la dichosa novela. Alguna vez tendrá que ser la primera.
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CAPITULO V: EL HIJO DEL MAGNATE
Al primero que visitó fue a Bosley. Gracias a par de confidentes –que le debían algunos favores- supo dónde encontrar al vástago del magnate. Estaba hospedado en el Ritz con una amiguita suya.
El Ritz ya no era lo que había sido en el siglo XX pero seguía manteniendo unos precios astronómicos. Su clientela era menos escogida, aunque todos con los bolsillos muy bien forrados –de billetes-.
Bosley estaba instalado en una de las habitaciones desde hacía quince días. Había venido con una amiga y ambos permanecían las 24 horas del día encerrados en la habitación, pidiendo que la comida –en cantidades ingentes- les fuera subida. Por lo que charló, previamente, con el servicio del hotel, la pareja no era muy apreciada y el único que estaba aún satisfecho era el cocinero, cuyos platos devoraban con fruición. Bosley, que no daba propinas nunca, había deslizado, en un par de ocasiones, un billetito de 500 Euros para el cocinero. Y este se esmeraba en preparar platos abundantes y suculentos para la pareja. Uno de los camareros le contó que Bosley y su compañera –una rubicunda joven de 200 kilos- habían creado cierto “clima” indeseable en el apartamento del hotel y que él se había negado a volver a subirles el carrito con la comilona.
Ese comentario, que el camarero se negó a precisar, le llenó de curiosidad. Decidió que ya era hora de visitarles pero no quería presentarse ante ellos como detective privado, así por las buenas. Por eso le pidió al único de los camareros que aún accedía a subirles la comida, que le dejara suplantarle un rato. El hombre no puso objeción ninguna a la petición e incluso lanzó un suspiro de alivio al verse liberado de la obligación.
Vestido con un impoluto uniforme blanco, Leonardo llamó a la puerta de la habitación. Una voz ronca le gritó que pasara. Realmente los camareros no habían exagerado ni un ápice sus poco precisas descripciones. El tufo a pedos que se condensaba en aquella habitación era prácticamente irrespirable. Bosley, mientras Leonardo aparcaba el carrito junto a la mesa, levantó su grueso y celulítico trasero del butacón en el que estaba empotrado y soltó una sonora y apestosa ventosidad. La mujer parecía más comedida y un rubor tiñó sus carnosas mejillas cuando un enorme cuesco escapó con un silbido entre las orondas nalgas femeninas. Leonardo comenzó a marearse. Pero tenía que hablar con Bosley.
- Venga, camarero, sírvanos ya la pitanza – dijo Bosley, blandiendo entre los dedos amorcillados de la mano un tenedor grasiento –. Estamos hambrientos y parece que en este maldito hotel nos quieren matar de hambre.
- Mr. Bosley, le sirvo de inmediato – le contestó Leonardo con su mejor interpretación de camarero de categoría-. Si me lo permite, desearía ofrecerle mis más sinceras condolencias.
- ¿Y eso? – dijo el gordo.
- Perdone mi indiscreción. Pero me enteré que el padre de usted murió hace poco y quería decirle cuanto lo siento.
- Yo no lo siento en lo más mínimo – contestó Bosley –. Mi padre era un cerdo y lo único bueno que me ha dejado es una renta que me permitirá comer a gusto durante toda mi vida.
- Eso, eso – añadió la mujer, masticando con deleite el entrecot de su plato –. Tu padre te dejó poco más. Entre la arpía de tu madre y la bruja de la amante, la marina esa, seguro que se han embolsado lo gordo. Seguro.
- Calla, gorda – le ordenó Bosley a su amiga–. Ni siquiera conociste a papá. Y suerte tienes que puedes comer a mi costa...
La mujer pareció muy ofendida por ese comentario y calló de inmediato, sumergiendo su interés en el plato que, rápidamente, estaba quedando rebañado. Leonardo se apresuró a llenarle otra vez el plato.
- Camarero ¿cómo te llamas? – le preguntó Bosley, entre bocado y bocado.
- Esteban – respondió Leonardo.
- Esteban, te agradezco el respeto que me has demostrado con tus condolencias, majo. Espero que no lo hayas hecho para que te dé propina.
- ¡Oh, no! – exclamó Leonardo, intentando parecer ofendido.
- Entonces, gracias. Me gusta la gente sincera y que no va detrás de mi dinero. Y casi todo el mundo lo único que espera de mí es que les suelte algún billete... Por cierto, quizá tú puedas hacer algo por mí, ya que te veo tan majete. Me gustaría localizar a la sirena y averiguar porqué mató a mi padre. Me importa un pito si se murió, lo que me fastidia es que lo hiciera antes de convencerlo para cambiar el nombre del beneficiario de su póliza.
- Bueno, Mr. Bosley, podría preguntar a algunos amigos...
- Pregunte pues y avíseme si alguien la localiza. Estoy deseando que la condenen, la encierren y tiren la llave de la celda. – el gordinflas rió mostrando unos dientes entreverados de restos de comida.
Leonardo salió de aquella habitación con el deseo de no tener que volver a entrar jamás. El hedor era más de lo que podía soportar un ser humano normal y se dirigió a la carrera a los aseos más próximos. No pudo evitar que su estómago arrojara hasta la primera papilla. Una vez aliviado y refrescado, se dirigió a las dependencias del servicio.
Una cosa parecía bastante obvia: Bosley, a pesar de sus desavenencias con el padre, no era el asesino. Aquella mole de grasa y carne no podía cumplir el cometido por sí mismo y, por lo que parecía, no odiaba en realidad a su padre sino a Sinera... Tenía que averiguar por qué esa misma noche. Si hubiera deseado matar a alguien estaba claro que la hubiera eliminado a ella.
 
Comentario:
Buena deduccion, yo tampoco creo que fuera el, pero nunca se sabe. Quizas sospecho del nuevo camarero y hizo el papel.
Me guardo la mejor hora del dia para pasar por aqui.
Un beso
 
Comentario:
Creo que es todo un reto ubicar una novela en el futuro y que exige un esfuerzo mucho mayor que el que, ya de por sí, exige la propia novela.
Ánimos!

PS: Ilusiona el ver que a finales del XXII el euro no habrá sucumbido al dolar y que todavía quedará gente que se ruborice al tirarse un pedo :-)
No