CAPITULO VIII: CONOCIENDO A ALANA
Alana vivía en la zona costera de los acantilados. Su residencia, una hermosa casa estilo colonial con amplias terrazas, estaba construida justamente encima del abismo y desde la terraza posterior había una larga caída vertical hasta el océano.
Abrió la puerta una doncella bajita y rechoncha, vestida con cofia y delantal. La mujer, que no sonrió ni una sola vez aunque era ceremoniosa en extremo, lo acompañó hasta una sala profusamente iluminada por la luz solar. Era un lugar austero, en cuanto a decoración, pero que denotaba dinero y buen gusto. Las paredes estaban pintadas de color verde mar y, a pesar de la suavidad del tono, este contrastaba con el blanco prístino y casi doloroso de techo y suelo. En una de las paredes se alzaba una chimenea de mármol blanco, que no parecía haber sido usada nunca. Sólo le faltaba el embalaje de fábrica. A su alrededor se agrupaban varios sillones, de aspecto mullido y cómodo, tapizados con tela brillante de un tono verde algo más oscuro que las paredes. Una mesita de café, probablemente de carey, completaba el conjunto. Sobre la mesita una vela solitaria en un cuenco de cerámica verde.
Leonardo, atraído por los ventanales de la habitación, que se extendían de punta a punta de la pared frontal, no se sentó en los sillones. El panorama desde allí era impresionante. La bahía se abría al mar, cobijando entre sus dos brazos rocosos veleros y barcos. Unas nubes blanquecinas, como algodón deshilachado, se amontonaban perezosas en el horizonte. El resto del cielo era de un intenso azul.
Alana sorprendió a Leonardo doblemente. Porque no la oyó entrar y por otros motivos. Al margen de las múltiples operaciones que la habían modelado, no se podía desdeñar su imponente y atractiva figura. Era esbelta y casi tan alta como Leonardo, que se sentía orgulloso de su buen metro noventa. Y su figura perfecta –aunque creada a golpe de talonario- no pretendía esconderse en el convencionalismo del vestir. Alana vestía un escueto vestido, de satén azul oscuro, que mostraba la espalda al completo y marcaba lujuriosamente los pechos turgentes. Las piernas, torneadas, largas y bronceadas apenas estaban cubiertas por la liviana tela, ya que el vestido sólo cubría los primeros centímetros de muslo. El cabello, de un resplandeciente rubio dorado, caía en largas y lisas guedejas sobre la espalda desnuda y sobre el generoso escote. Pero era el rostro lo que más atrajo la mirada de Leonardo, aunque competía insistente con la perspectiva de los voluminosos pectorales de la mujer.
En aquel rostro, Leonardo descubrió algo de la dureza que le había transmitido su voz. Era un rostro hermoso pero anguloso, de pómulos altos, nariz recta y barbilla firme. Y tenía un aire de crueldad que no sólo reflejaban unos labios de sonrisa despiadada, sino la claridad de unos ojos glaciales, de un azul pálido, que le miraban directamente a las pupilas.
- Buenas tardes, señor…
- Graves, Leonardo Graves – se presentó el detective.
- Bien, Leonardo, si le parece podemos sentarnos en la terraza a charlar – invitó ella –. Por lo que veo le ha gustado el panorama que se disfruta desde aquí.
- Ciertamente es espectacular.
- Hoy hace un día magnifico para estar fuera y disfrutar del sol – Alana se acercó a la chimenea y oprimió un botón–. Pediré que nos traigan algo de beber. ¿Qué prefiere?
- Si no tiene inconveniente, me tomaré un refresco de cola – contestó Leonardo.
- Perfecto…
La doncella entró a los pocos minutos, tomó nota de lo que la señora quería y volvió a salir tan silenciosamente como había entrado. Alana y Leonardo salieron a la amplia y soleada terraza. En uno de los extremos había una mesa flanqueada por tres sillas. Del centro de la misma sobresalía un parasol cerrado. Alana no se preocupó en abrirlo y se sentó en una de las sillas. Leonardo la imitó.
- Pues usted dirá, Leonardo, qué puedo contarle al respecto de la desafortunada muerte de mi marido, que en paz descanse – dijo ella con un falso tono de tristeza.
- Bien, como le conté escuetamente por video-teléfono, estoy investigando el asesinato de su marido. Y todos los detalles que pueda conocer sobre él y sobre sus actividades pueden ser de utilidad para esclarecer el caso.
- Cuente con mi colaboración, por supuesto.
En aquel preciso instante llegó la doncella con las bebidas. Dejó la bandeja sobre la mesa y se retiró nuevamente. Leonardo prosiguió la conversación truncada.
- Aunque he revisado el expediente de la policía y el informe del forense, sé que usted fue una de las primeras personas que vio el cadáver. Y me gustaría conocer sus impresiones. Quizás algún detalle que usted vio puede ayudarme.
- Bueno, de hecho fui a la casa porque me llamó Koldo muy nervioso. La policía acababa de llegar a la residencia. Me bombardearon a preguntas. Y sí, vi el cadáver, aunque no fui la primera… Creo que, en realidad, a Milton lo encontró la chica sirena.
- ¿Qué relación tenía usted con esa chica? Tengo entendido, y perdone mi grosería, que era amante de su marido.
- ¡Bah! No se preocupe. Mi marido y yo siempre fuimos un matrimonio liberal. No es un secreto que yo tengo mis pasatiempos y él no se quedaba corto. La chica sirena era su amante, sí. Una hermosa mujer. Yo no la conocía apenas, aunque había hablado un par de veces con ella. Nunca me molestaron los caprichos de mi marido, especialmente porque él toleraba los míos…
- ¿Sólo habló un par de veces con ella? – se arriesgó a preguntar Leonardo, a fin de corroborar la historia de Sinera.
- Digamos que sí… Aunque le aseguro que me hubiera gustado hacer algo más que charlar. Desde luego, es bien conocida mi afición por lo exótico. Quizá se me contagió de Milton.
- ¿Tuvo relaciones con ella? –insistió Leonardo.
- Ya me hubiera gustado. Pero se negó y no la forcé. A mí lo que me gustan son las amantes sumisas, dispuestas a cumplir mis caprichos. Si no, no me interesan. La tenté, para qué negarlo, pero la chica parecía muy poco dispuesta. Lo dejé estar.
Abrió la puerta una doncella bajita y rechoncha, vestida con cofia y delantal. La mujer, que no sonrió ni una sola vez aunque era ceremoniosa en extremo, lo acompañó hasta una sala profusamente iluminada por la luz solar. Era un lugar austero, en cuanto a decoración, pero que denotaba dinero y buen gusto. Las paredes estaban pintadas de color verde mar y, a pesar de la suavidad del tono, este contrastaba con el blanco prístino y casi doloroso de techo y suelo. En una de las paredes se alzaba una chimenea de mármol blanco, que no parecía haber sido usada nunca. Sólo le faltaba el embalaje de fábrica. A su alrededor se agrupaban varios sillones, de aspecto mullido y cómodo, tapizados con tela brillante de un tono verde algo más oscuro que las paredes. Una mesita de café, probablemente de carey, completaba el conjunto. Sobre la mesita una vela solitaria en un cuenco de cerámica verde.
Leonardo, atraído por los ventanales de la habitación, que se extendían de punta a punta de la pared frontal, no se sentó en los sillones. El panorama desde allí era impresionante. La bahía se abría al mar, cobijando entre sus dos brazos rocosos veleros y barcos. Unas nubes blanquecinas, como algodón deshilachado, se amontonaban perezosas en el horizonte. El resto del cielo era de un intenso azul.
Alana sorprendió a Leonardo doblemente. Porque no la oyó entrar y por otros motivos. Al margen de las múltiples operaciones que la habían modelado, no se podía desdeñar su imponente y atractiva figura. Era esbelta y casi tan alta como Leonardo, que se sentía orgulloso de su buen metro noventa. Y su figura perfecta –aunque creada a golpe de talonario- no pretendía esconderse en el convencionalismo del vestir. Alana vestía un escueto vestido, de satén azul oscuro, que mostraba la espalda al completo y marcaba lujuriosamente los pechos turgentes. Las piernas, torneadas, largas y bronceadas apenas estaban cubiertas por la liviana tela, ya que el vestido sólo cubría los primeros centímetros de muslo. El cabello, de un resplandeciente rubio dorado, caía en largas y lisas guedejas sobre la espalda desnuda y sobre el generoso escote. Pero era el rostro lo que más atrajo la mirada de Leonardo, aunque competía insistente con la perspectiva de los voluminosos pectorales de la mujer.
En aquel rostro, Leonardo descubrió algo de la dureza que le había transmitido su voz. Era un rostro hermoso pero anguloso, de pómulos altos, nariz recta y barbilla firme. Y tenía un aire de crueldad que no sólo reflejaban unos labios de sonrisa despiadada, sino la claridad de unos ojos glaciales, de un azul pálido, que le miraban directamente a las pupilas.
- Buenas tardes, señor…
- Graves, Leonardo Graves – se presentó el detective.
- Bien, Leonardo, si le parece podemos sentarnos en la terraza a charlar – invitó ella –. Por lo que veo le ha gustado el panorama que se disfruta desde aquí.
- Ciertamente es espectacular.
- Hoy hace un día magnifico para estar fuera y disfrutar del sol – Alana se acercó a la chimenea y oprimió un botón–. Pediré que nos traigan algo de beber. ¿Qué prefiere?
- Si no tiene inconveniente, me tomaré un refresco de cola – contestó Leonardo.
- Perfecto…
La doncella entró a los pocos minutos, tomó nota de lo que la señora quería y volvió a salir tan silenciosamente como había entrado. Alana y Leonardo salieron a la amplia y soleada terraza. En uno de los extremos había una mesa flanqueada por tres sillas. Del centro de la misma sobresalía un parasol cerrado. Alana no se preocupó en abrirlo y se sentó en una de las sillas. Leonardo la imitó.
- Pues usted dirá, Leonardo, qué puedo contarle al respecto de la desafortunada muerte de mi marido, que en paz descanse – dijo ella con un falso tono de tristeza.
- Bien, como le conté escuetamente por video-teléfono, estoy investigando el asesinato de su marido. Y todos los detalles que pueda conocer sobre él y sobre sus actividades pueden ser de utilidad para esclarecer el caso.
- Cuente con mi colaboración, por supuesto.
En aquel preciso instante llegó la doncella con las bebidas. Dejó la bandeja sobre la mesa y se retiró nuevamente. Leonardo prosiguió la conversación truncada.
- Aunque he revisado el expediente de la policía y el informe del forense, sé que usted fue una de las primeras personas que vio el cadáver. Y me gustaría conocer sus impresiones. Quizás algún detalle que usted vio puede ayudarme.
- Bueno, de hecho fui a la casa porque me llamó Koldo muy nervioso. La policía acababa de llegar a la residencia. Me bombardearon a preguntas. Y sí, vi el cadáver, aunque no fui la primera… Creo que, en realidad, a Milton lo encontró la chica sirena.
- ¿Qué relación tenía usted con esa chica? Tengo entendido, y perdone mi grosería, que era amante de su marido.
- ¡Bah! No se preocupe. Mi marido y yo siempre fuimos un matrimonio liberal. No es un secreto que yo tengo mis pasatiempos y él no se quedaba corto. La chica sirena era su amante, sí. Una hermosa mujer. Yo no la conocía apenas, aunque había hablado un par de veces con ella. Nunca me molestaron los caprichos de mi marido, especialmente porque él toleraba los míos…
- ¿Sólo habló un par de veces con ella? – se arriesgó a preguntar Leonardo, a fin de corroborar la historia de Sinera.
- Digamos que sí… Aunque le aseguro que me hubiera gustado hacer algo más que charlar. Desde luego, es bien conocida mi afición por lo exótico. Quizá se me contagió de Milton.
- ¿Tuvo relaciones con ella? –insistió Leonardo.
- Ya me hubiera gustado. Pero se negó y no la forcé. A mí lo que me gustan son las amantes sumisas, dispuestas a cumplir mis caprichos. Si no, no me interesan. La tenté, para qué negarlo, pero la chica parecía muy poco dispuesta. Lo dejé estar.
Comentario:
Lo siento mucho por tí, pero esto que escribes es un verdadero bodrio. Con el más profundo de los respetos te aconsejo que dejes de perder el tiempo con esto y disfrutes con la lectura de cosas que merezcan la pena.
Comentario:
Vine siguiendo el hilo del nombre de tu blog, me gustó el valiente propósito de sacar adelante tu novela. Espero que no lo tomes como una disciplina autoimpuesta, sino que verdaderamente entiendas y sientas la necesidad del puro placer de escribir. Tras haber leído tu post, no me cabe la menor duda de que es así. ¡Qué mujer esa Alana!, aunque me temo que ni su cirujano plástico ni el dinero podrán retocar nunca ese corazón ladino, que empiezo a intuir palpita tras la silicona. Te seguiré leyendo, me gustan las novelas por entregas. Un abrazo libertario.
Comentario:
Una descripcion perfecta de los lugares.
un beso
un beso





