... y tú
Caminaba entre la multitud con la cabeza agachada, en su perenne peregrinar mirando al suelo, sin dejarse contagiar de la algarabía que todos a su alrededor parecían compartir. Tragaba saliva y sentía en el paladar el regusto amargo que deja la vida cada vez que te asomas por la ventana y le echas un vistazo al mundo.
Lloramos muy despacio si tenemos en cuenta lo rápido que se esfuma el eco de una sonrisa. El descenso de una lágrima por nuestras mejillas se hace interminable, hasta que muere con su sabor salado en la comisura de la boca. Por eso, en su recuerdo, lejos de la amargura que disparaba la vida, llevaba tatuado su aliento, en finas hebras, para convertirlo cuando quisiera en su imagen.
La recordaba sin apenas esforzarse, sin ni siquiera cerrar los ojos. Incluso ahí, en medio de todos y lejos de cualquiera, podía notar sobre su mano el roce de la de ella. Antes de que mañana se convirtiese en ayer y ese ayer se esfumase para siempre, se permitió volver a pensar en ella. Una sonrisa.
Una voz amenazó con arrancarle de su sueño, pero devolvió el saludo con un tímido movimiento de cabeza, antes de apretar el paso. No quería formar parte de nada en ese momento, y todo lo que le pertenecía estaba en su cabeza. Continuó esquivando gente mientras soñaba despierto, saboreando lentamente el leve escalofrío que recorría toda su piel. Un abrazo.
A pesar de la música y el jaleo, notaba cómo en sus oídos latía intensamente su voz. No escuchaba palabras, o al menos no las entendía, sólo su eco lejano distanciándole del mundo. Dejó atrás la multitud. Cuando la música se convirtió en ruido, y el ruido apenas fue audible, cerró los ojos y se mordió el labio, como si el dolor fuera a despertarle de una vez de su sueño. Un beso.
Se encontró andando en una calle vacía, él y sus recuerdos contra el mundo. Sin ella. Otra vez sin ella. Se permitió un último vistazo atrás, no para despedirse de la gente, ni de las luces, ni de la música; sino para asegurarse de que su imagen todavía le acompañaba. Estaba ahí. Se armó del valor que nunca había tenido y miró decididamente al frente, caminando hacia un futuro que se le antojaba completamente desconocido, sin más compañía que la tenue luz de las farolas...
... y tú.
Lloramos muy despacio si tenemos en cuenta lo rápido que se esfuma el eco de una sonrisa. El descenso de una lágrima por nuestras mejillas se hace interminable, hasta que muere con su sabor salado en la comisura de la boca. Por eso, en su recuerdo, lejos de la amargura que disparaba la vida, llevaba tatuado su aliento, en finas hebras, para convertirlo cuando quisiera en su imagen.
La recordaba sin apenas esforzarse, sin ni siquiera cerrar los ojos. Incluso ahí, en medio de todos y lejos de cualquiera, podía notar sobre su mano el roce de la de ella. Antes de que mañana se convirtiese en ayer y ese ayer se esfumase para siempre, se permitió volver a pensar en ella. Una sonrisa.
Una voz amenazó con arrancarle de su sueño, pero devolvió el saludo con un tímido movimiento de cabeza, antes de apretar el paso. No quería formar parte de nada en ese momento, y todo lo que le pertenecía estaba en su cabeza. Continuó esquivando gente mientras soñaba despierto, saboreando lentamente el leve escalofrío que recorría toda su piel. Un abrazo.
A pesar de la música y el jaleo, notaba cómo en sus oídos latía intensamente su voz. No escuchaba palabras, o al menos no las entendía, sólo su eco lejano distanciándole del mundo. Dejó atrás la multitud. Cuando la música se convirtió en ruido, y el ruido apenas fue audible, cerró los ojos y se mordió el labio, como si el dolor fuera a despertarle de una vez de su sueño. Un beso.
Se encontró andando en una calle vacía, él y sus recuerdos contra el mundo. Sin ella. Otra vez sin ella. Se permitió un último vistazo atrás, no para despedirse de la gente, ni de las luces, ni de la música; sino para asegurarse de que su imagen todavía le acompañaba. Estaba ahí. Se armó del valor que nunca había tenido y miró decididamente al frente, caminando hacia un futuro que se le antojaba completamente desconocido, sin más compañía que la tenue luz de las farolas...
... y tú.





