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UN DIARIO DIFERENTE
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En este diario trata de mis pensamientos sobre el mundo, mi forma de ver lo que hacen los demás... y opiniones sobre multitud de temas, que me incumban a mí, pero también a todos los que leáis esto. Podéis dejar comentarios opinando, criticando, o sugiriendo nuevos temas, aunque serán borrados los comentarios claramente racistas, sexistas, a favor de la violencia, o que insulten gratuítamente. Para asuntos personales no dejéis comentarios, escribidme a degus@undiariodiferente.tk

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LAS VÍCTIMAS SIEMPRE SON LAS MISMAS
Apenas tres meses después del tsunami que arrasó las costas asiáticas, se ha producido una réplica, casi de igual intensidad al maremoto de diciembre. Los epicentros de sendos seísmos se han situado muy cerca uno del otro, a poco más de 150 kilómetros de distancia. Mientras que el del 26 de diciembre se produjo en alta mar, el terremoto del lunes pasado tuvo lugar frente a la costa de Sumatra, prácticamente debajo de la pequeña isla de Nias, en la cual la devastación ha sido total. En esta ocasión, no ha habido ola gigante, sólo una leve marejada. Gracias a esto, el número de víctimas no alcanzará la centésima parte del producido por el tsunami. Un número que parece pequeño cuando se comenta en términos relativos, pero que en valores absolutos, resulta tremendo: se habla de miles de muertos.

Esto no acaba aquí. Éstos solamente han sido los dos primeros capítulos de una tragedia que apenas ha comenzado a escribirse. Según los sismólogos, continuarán produciéndose réplicas de gran magnitud durante los próximos dos o tres años, y cada una de ellas, seguida de otros pequeños temblores (es decir, las réplicas tendrán réplicas a su vez). Y los habitantes de la zona, que ya no saben dónde esconderse, conviven con el miedo.

Pero lo peor de estos cataclismos son sus consecuencias. Por culpa de ellos, hay cientos de miles de personas sin techo, que pasan hambre, y que estan muy expuestos a las epidemias. Millones de hectáreas de arrozales han sido anegadas por agua salada, lo cual deja las tierras inservibles para el cultivo durante muchos años. Y no solo es un desastre para la agricultura (que, por cierto, es la principal fuente de ingresos allí), sino también para el turismo. Nadie quiere ahora visitar lo que hasta hace poco era un paraíso turístico. Con todo, las gentes de allí, que ya eran de las más pobres del planeta, se hunden aún más en la miseria.

A menudo, cuando acontecen esta clase de noticias, es inevitable preguntarse por qué las desgracias les ocurren siempre a los mismos, a los más pobres, a los más indefensos. La explicación es tan lógica como sencilla. No es que tengan mala suerte, lo que pasa es que son pobres y desgraciados precisamente porque la zona en que viven es propensa a las catástrofes naturales. Y son estas hecatombes las que impiden que el país escape del subdesarrollo.

Esta relación causa-efecto se ve confirmada por un estudio de la Universidad de Columbia y del Banco Mundial, que indica los países más expuestos a las catástrofes naturales. Se trata de Taiwán, Costa Rica, Vanuatu, Filipinas, Guatemala, Ecuador, Chile, Japón, Vietnam, Islas Salomón, Nepal, El Salvador, Tayikistán, Panamá, Nicaragua, Bangladesh, República Dominicana, Burundi, Haití, Malawi y Honduras. Es decir, países pobres o muy pobres. La excepción es Japón, que se salva gracias a que sus edificios lo aguantan todo.
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