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Capítulo II - Tercera entrega
3.
En el autobús le vino a la mente todo lo que había leído en aquel manual de escritura que había hojeado en la Fnac. Llevaba lo más importante apuntado en su cuaderno.
"Antes de empezar, piensa en qué es lo que te ha llevado a querer escribir esta historia."
Antes de empezar...
...Antes de empezar...
Recordó el olor a tabaco negro de aquel hombre que estaba sentado a su derecha en la sala de lectura. Parecía embebido en los secretos de la jardinería zen y el feng-shui y no se daba cuenta de que su abrigo, arrugado de mala manera contra el respaldo, apenas le dejaba espacio a ella para escribir con cierta comodidad. Sostenía el libro en vilo con la mano izquierda y tenía el cuaderno sobre sus rodillas. Leía e iba asintiendo mentalmente a cada indicación del autor. Y, repentinamente, su mirada se paró ante una frase quemante, que la obsesionó durante horas.
"Antes de empezar, piensa en qué es lo que te ha llevado a querer escribir esta historia."
Casi un día después, seguía encallada en la misma idea, se preguntaba cuál era el origen de aquello y por qué tenía que escribir acerca de esa mujer.
Solamente podía estar segura de que tenía que hacerlo. Era su misión. Pero no sabía por qué y según Ernesto Virumbrales, el prestigioso autor del manual de escritura creativa que ella había escogido, era esencial hacerse esa pregunta. Sin embargo, no pudo evitar caer en un sopor paulatino. Casi sin darse cuenta, cerró los ojos y se dejó llevar por las tibias imágenes que le regalaba su mente. Despertó apenas un instante antes de su parada, igual que siempre, y bajó del autobús con el mismo rostro somnoliento e inexpresivo de todos los días. Durante su corto trayecto en metro, pensó únicamente en lo que la esperaba en la oficina, en las tareas a medio terminar, en el olor de los capuccinos de saldo de la máquina de café en la sala de descanso.
Comenzaba una nueva semana.
En el autobús le vino a la mente todo lo que había leído en aquel manual de escritura que había hojeado en la Fnac. Llevaba lo más importante apuntado en su cuaderno.
"Antes de empezar, piensa en qué es lo que te ha llevado a querer escribir esta historia."
Antes de empezar...
...Antes de empezar...
Recordó el olor a tabaco negro de aquel hombre que estaba sentado a su derecha en la sala de lectura. Parecía embebido en los secretos de la jardinería zen y el feng-shui y no se daba cuenta de que su abrigo, arrugado de mala manera contra el respaldo, apenas le dejaba espacio a ella para escribir con cierta comodidad. Sostenía el libro en vilo con la mano izquierda y tenía el cuaderno sobre sus rodillas. Leía e iba asintiendo mentalmente a cada indicación del autor. Y, repentinamente, su mirada se paró ante una frase quemante, que la obsesionó durante horas.
"Antes de empezar, piensa en qué es lo que te ha llevado a querer escribir esta historia."
Casi un día después, seguía encallada en la misma idea, se preguntaba cuál era el origen de aquello y por qué tenía que escribir acerca de esa mujer.
Solamente podía estar segura de que tenía que hacerlo. Era su misión. Pero no sabía por qué y según Ernesto Virumbrales, el prestigioso autor del manual de escritura creativa que ella había escogido, era esencial hacerse esa pregunta. Sin embargo, no pudo evitar caer en un sopor paulatino. Casi sin darse cuenta, cerró los ojos y se dejó llevar por las tibias imágenes que le regalaba su mente. Despertó apenas un instante antes de su parada, igual que siempre, y bajó del autobús con el mismo rostro somnoliento e inexpresivo de todos los días. Durante su corto trayecto en metro, pensó únicamente en lo que la esperaba en la oficina, en las tareas a medio terminar, en el olor de los capuccinos de saldo de la máquina de café en la sala de descanso.
Comenzaba una nueva semana.
Capítulo II - segunda entrega
2.
Hacía mucho frío, pero no podía cerrar las ventanas. El viento agitaba las cortinas y todo lo que había en la casa, aunque todo estaba silencioso a su alrededor. Ni un susurro, ni un temblor, ni un quejido.
Era una tempestad sin alma.
Rebeca corría por las distintas estancias intentando atisbar signos de esperanza en la oscuridad, pero no tenía nada a qué agarrarse, todo se desprendía de su sitio, volaba y se deshacía y ella se quedaba sola en su carrera. Se despertó cuando notó que incluso el suelo le faltaba bajo los pies.
Miró el despertador. Las siete y media. Fuera el día se desperezaba exactamente igual que lo había hecho siempre desde que ella tenía conciencia. Una mañana de noviembre clara, fría y no demasiado bulliciosa aún, que en nada se diferenciaba de todas las demás mañanas de noviembre. Pero no sabía si respirar aliviada por ello.
Se levantó. El suelo estaba frío. No le apetecía desayunar, pero aun así se prepaó un cola-cao. Encendió el televisor. Muertes, diatribas, fútbol. Los Lunnis. Estuvo más de veinte minutos bajo la ducha. Se puso unos vaqueros viejos, cogió su carpeta y se marchó a trabajar.
Hacía mucho frío, pero no podía cerrar las ventanas. El viento agitaba las cortinas y todo lo que había en la casa, aunque todo estaba silencioso a su alrededor. Ni un susurro, ni un temblor, ni un quejido.
Era una tempestad sin alma.
Rebeca corría por las distintas estancias intentando atisbar signos de esperanza en la oscuridad, pero no tenía nada a qué agarrarse, todo se desprendía de su sitio, volaba y se deshacía y ella se quedaba sola en su carrera. Se despertó cuando notó que incluso el suelo le faltaba bajo los pies.
Miró el despertador. Las siete y media. Fuera el día se desperezaba exactamente igual que lo había hecho siempre desde que ella tenía conciencia. Una mañana de noviembre clara, fría y no demasiado bulliciosa aún, que en nada se diferenciaba de todas las demás mañanas de noviembre. Pero no sabía si respirar aliviada por ello.
Se levantó. El suelo estaba frío. No le apetecía desayunar, pero aun así se prepaó un cola-cao. Encendió el televisor. Muertes, diatribas, fútbol. Los Lunnis. Estuvo más de veinte minutos bajo la ducha. Se puso unos vaqueros viejos, cogió su carpeta y se marchó a trabajar.
Capítulo II - Primera entrega
1.
Se decidió a ir a la Fnac después de pasar dos días un tanto intranquila y meditabunda, aunque ella no sabía que en realidad había estado nerviosa por la revelación que había tenido en Samarkanda. Había sido eso, sí, y no el trabajo agotador de aquella semana en la oficina o el hecho de que se acercaba cada vez más la fecha de lo que habría sido su primer aniversario con Enrique. O quizá fue precisamente todo aquello lo que hizo que aquella desconocida invadiera sus pensamientos, una mala jugada de su mente, una oportunidad de poner al fin todas sus ideas en orden, no se atrevía del todo a dilucidar la naturaleza de aquella irrupción que a ella se le antojaba absurda. Con ese ánimo de espera pasó el viernes y el sábado, hasta que en la mañana del domingo la despertó una llamada telefónica.
-Hola, ¿cómo estás?
-Dormida, hasta ahora. ¿Quién eres?
-¡Qué mala memoria tienes! Soy el mejor de tus fans.
-¡Ah, Javi, perdona! Me lo pasé muy bien contigo la otra noche.
-Te llamaba precisamente porque quería repetirlo.
-¿Cuándo?
-Esta noche.
-Imposible, estoy ocupada.
-Vaya, te gusta hacerte la difícil... ¿Cuándo podrás quedar?
-Ahora tengo mucho trabajo, en serio. Tal vez el miércoles o el jueves. Te llamaré en cuanto sepa que tengo un rato libre.
-Bueno, entonces te espero. Un beso, preciosa.
La había llamado preciosa. Rebeca se sonrió porque por fin era cierto que tenía algo que hacer. Se puso una sudadera vieja y salió a la calle. Era un día soleado, seco y frío de invierno. Quería respirar.
Se decidió a ir a la Fnac después de pasar dos días un tanto intranquila y meditabunda, aunque ella no sabía que en realidad había estado nerviosa por la revelación que había tenido en Samarkanda. Había sido eso, sí, y no el trabajo agotador de aquella semana en la oficina o el hecho de que se acercaba cada vez más la fecha de lo que habría sido su primer aniversario con Enrique. O quizá fue precisamente todo aquello lo que hizo que aquella desconocida invadiera sus pensamientos, una mala jugada de su mente, una oportunidad de poner al fin todas sus ideas en orden, no se atrevía del todo a dilucidar la naturaleza de aquella irrupción que a ella se le antojaba absurda. Con ese ánimo de espera pasó el viernes y el sábado, hasta que en la mañana del domingo la despertó una llamada telefónica.
-Hola, ¿cómo estás?
-Dormida, hasta ahora. ¿Quién eres?
-¡Qué mala memoria tienes! Soy el mejor de tus fans.
-¡Ah, Javi, perdona! Me lo pasé muy bien contigo la otra noche.
-Te llamaba precisamente porque quería repetirlo.
-¿Cuándo?
-Esta noche.
-Imposible, estoy ocupada.
-Vaya, te gusta hacerte la difícil... ¿Cuándo podrás quedar?
-Ahora tengo mucho trabajo, en serio. Tal vez el miércoles o el jueves. Te llamaré en cuanto sepa que tengo un rato libre.
-Bueno, entonces te espero. Un beso, preciosa.
La había llamado preciosa. Rebeca se sonrió porque por fin era cierto que tenía algo que hacer. Se puso una sudadera vieja y salió a la calle. Era un día soleado, seco y frío de invierno. Quería respirar.
Capítulo I - Segunda entrega
2.
El café de aquella mañana se llamaba Samarkanda. Se imaginó al dueño leyendo algún artículo en el dominical de un periódico, iluminado por la idea de llamar "Samarkanda" a su cafetería. Veía a un hombre joven pero ya algo calvo, refregando las mesas de formica allá por finales de los setenta (creía que ésa sería la fecha de la fundación, los muebles parecían de aquella época) con rostro de íntima satisfacción, creyéndose mejor y más cultivado por haber llamado Samarkanda a su humilde café de barrio. Pero tal vez no había ocurrido así. Tal vez el dueño había estado realmente en Samarkanda, o se enamoró de una misteriosa mujer en la ruta de la seda, o tuvo empleada a una uzbekistaní limpiando su casa. En cualquier caso, lo único exótico que tenía aquella cafetería era su nombre. El resto era como en cualquier otra tasca de barrio: carteles descoloridos de ciudades más o menos turísticas en las paredes, viejas mesas de esquinas raídas, el tufillo de los churros recién hechos flotando en el aire. Y de repente vio a una chica vestida de rojo, la estaba viendo tan sólo en su mente pero casi podía tocarla. Estaba sentada allí, en aquel mismo café mugriento con nombre de novela de viajes, y no soportaba sus tacones negros de charol. Había salido de una fiesta y tomaba un té para despejarse un poco antes de volver a casa.
Era una de esas mujeres elegantes que parecen salidas de una película de Bogart, pero algo en sus ojos no cuadraba demasiado con su aspecto. Tenía la mirada huidiza de una liebre cogida en una trampa, aunque sabía disimularlo muy bien fijando esos ojos trémulos en lugares sin peligro: la foto de un torero en la pared, la carta de precios de los distintos desayunos.
¿Cómo podría retratarla? ¿Cuál era su historia? Escribir una novela se le antojaba un proyecto demasiado comprometido para ella.
Miró nerviosamente a su alrededor: dos hombres de unos sesenta años discutían sin acritud acerca de política. El camarero se había escondido en la cocina. El televisor vomitaba anuncios a todo volumen con un ruido sucio y desagradable. Se levantó para pagar. Llamó al camarero por su nombre, aunque nunca lo había visto antes.
Y se marchó.
El café de aquella mañana se llamaba Samarkanda. Se imaginó al dueño leyendo algún artículo en el dominical de un periódico, iluminado por la idea de llamar "Samarkanda" a su cafetería. Veía a un hombre joven pero ya algo calvo, refregando las mesas de formica allá por finales de los setenta (creía que ésa sería la fecha de la fundación, los muebles parecían de aquella época) con rostro de íntima satisfacción, creyéndose mejor y más cultivado por haber llamado Samarkanda a su humilde café de barrio. Pero tal vez no había ocurrido así. Tal vez el dueño había estado realmente en Samarkanda, o se enamoró de una misteriosa mujer en la ruta de la seda, o tuvo empleada a una uzbekistaní limpiando su casa. En cualquier caso, lo único exótico que tenía aquella cafetería era su nombre. El resto era como en cualquier otra tasca de barrio: carteles descoloridos de ciudades más o menos turísticas en las paredes, viejas mesas de esquinas raídas, el tufillo de los churros recién hechos flotando en el aire. Y de repente vio a una chica vestida de rojo, la estaba viendo tan sólo en su mente pero casi podía tocarla. Estaba sentada allí, en aquel mismo café mugriento con nombre de novela de viajes, y no soportaba sus tacones negros de charol. Había salido de una fiesta y tomaba un té para despejarse un poco antes de volver a casa.
Era una de esas mujeres elegantes que parecen salidas de una película de Bogart, pero algo en sus ojos no cuadraba demasiado con su aspecto. Tenía la mirada huidiza de una liebre cogida en una trampa, aunque sabía disimularlo muy bien fijando esos ojos trémulos en lugares sin peligro: la foto de un torero en la pared, la carta de precios de los distintos desayunos.
¿Cómo podría retratarla? ¿Cuál era su historia? Escribir una novela se le antojaba un proyecto demasiado comprometido para ella.
Miró nerviosamente a su alrededor: dos hombres de unos sesenta años discutían sin acritud acerca de política. El camarero se había escondido en la cocina. El televisor vomitaba anuncios a todo volumen con un ruido sucio y desagradable. Se levantó para pagar. Llamó al camarero por su nombre, aunque nunca lo había visto antes.
Y se marchó.
Nieve en las pestañas - Capítulo I (Primera entrega)
1.
Le gustaba desayunar en cafés mugrientos de barrio cuando la noche anterior la había pasado fuera de casa. Se sentaba en un rincón, con su cola-cao y su tostada, y se dedicaba a observar los gestos y las fingidas tribulaciones de los ancianos aficionados al fútbol habituales del local.
La pesadez de sus miembros, el escozor de sus ojos, la humedad cansada de su sexo eran en esos momentos para ella un cántico de amor al mundo imposible de desdeñar. Se sentía escritora y no era necesario sacar la libretita para ello: no tenía que demostrarlo. Podía adoptar una postura indolente en la silla, o mejor aún, una pose de feliz derrota, y nadie ignoraría que se hallaba ante una verdadera artista.
Solía pagar con el mismo ademán abstraído con el que un millonario deja su tarjeta en el restaurante y dejaba siempre una pequeña propina felicitándose a sí misma por aquel gesto magnánimo, diciéndose: "si supieran que lo poco que tengo en este monedero es toda mi fortuna hasta final de mes..." Lo cual solía ser cierto. Nunca llevaba más de quince o veinte euros en el bolsillo. Presumía de bohemia y de tenerse sólo a sí misma.
Pero lo triste de la vida de Rebeca es que sólo esto último era cierto.
Le gustaba desayunar en cafés mugrientos de barrio cuando la noche anterior la había pasado fuera de casa. Se sentaba en un rincón, con su cola-cao y su tostada, y se dedicaba a observar los gestos y las fingidas tribulaciones de los ancianos aficionados al fútbol habituales del local.
La pesadez de sus miembros, el escozor de sus ojos, la humedad cansada de su sexo eran en esos momentos para ella un cántico de amor al mundo imposible de desdeñar. Se sentía escritora y no era necesario sacar la libretita para ello: no tenía que demostrarlo. Podía adoptar una postura indolente en la silla, o mejor aún, una pose de feliz derrota, y nadie ignoraría que se hallaba ante una verdadera artista.
Solía pagar con el mismo ademán abstraído con el que un millonario deja su tarjeta en el restaurante y dejaba siempre una pequeña propina felicitándose a sí misma por aquel gesto magnánimo, diciéndose: "si supieran que lo poco que tengo en este monedero es toda mi fortuna hasta final de mes..." Lo cual solía ser cierto. Nunca llevaba más de quince o veinte euros en el bolsillo. Presumía de bohemia y de tenerse sólo a sí misma.
Pero lo triste de la vida de Rebeca es que sólo esto último era cierto.





